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Vivir mejor: un desafío cotidiano

Vivir mejor. Un desafío cotidiano (Paidós) de Martín Alomo es un ensayo de divulgación psicológica y crecimiento personal lleno de ideas útiles, prácticas y consejos para mejorar nuestra vida cotidiana y consejos sobre los aspectos cruciales de la vida. Están escritos en un lenguaje directo, que elude la bajada de línea y se expide abierta y francamente sin temor ni medias tintas, lo que le permite al lector o la lectora captar el carozo de problemáticas complejas de un modo aparentemente sencillo. Aunque de sencillo no tengan nada: la escritura de Alomo nos lleva de la mano, sin prisas, acompañándonos como un amigo, hasta el nudo mismo de los asuntos más espinosos y cotidianos, donde nos deja para que saquemos nuestras propias conclusiones.

 

 

 

Vivir mejor está organizado en cinco apartados: “10 consejos para vivir mejor el amor”, “10 consejos para vivir mejor el trabajo”, “10 consejos para vivir mejor con los hijos”, “10 consejos para vivir mejor en las redes sociales” y “10 consejos para vivir mejor la vida después de la vida”. Concluye con cinco tablas de autoevaluación, referidas a cada uno de los capítulos, para que el lector o la lectora interesada pueda administrárselas al cabo de la lectura y, de ese modo, revisar su propia situación respecto de cada uno de los ejes.
En esta época vertiginosa, casi una fábrica de personas cansadas, agobiadas y deprimidas, Vivir mejor es un libro necesario que le extiende al lector o la lectora la siguiente invitación: hagamos una pausa para reflexionar acerca de qué es lo que estamos haciendo.

 

POR MARTÍN ALOMO

Amar
Primer consejo para vivir mejor el amor: amar. Suena fácil y obvio. Sin embargo, no es fácil hacerlo ni obvio darse cuenta de cuál es la importancia ni lo preferible respecto de ser amado. Y no es fácil por varios motivos; entre ellos, el que más conspira en su contra es el hecho de que tiene “mejor prensa” ser amado. Sin embargo, amar a alguien implica una apertura diferente; se trata de una disposición más saludable, que declara varios puntos fundamentales que hablan bien del agente.
En primer lugar, amar es una declaración de valentía, ya que abrirse al amor es atreverse a poner en juego en un vínculo con otra persona esos aspectos que nos vuelven más vulnerables. En este sentido, amar es entregarle al otro el poder. El otro sabe dónde nos duele más, conoce nuestras debilidades. Además, si se trata de la persona que amamos por sobre todas las otras, de nuestro partenaire sentimental y erótico, en ese caso, esa persona sabe muy bien cuál es nuestra principal debilidad: ¡ella misma en tanto objeto amoroso! Por lo tanto, basta con que llegue tarde, no acuda a la cita puntualmente o no responda nuestros mensajes para que nuestra tranquilidad vacile. En
este sentido, esta persona nos tiene en sus manos.
Es común encontrarse con personas que dicen cosas tales como “ni loco me vuelvo a poner en pareja” y es fácil entender que una experiencia dolorosa –acaso tal vez más de una– propicie el recrudecimiento de las defensas, y que la protección aparentemente más segura en tales casos sea un retraimiento respecto de los lazos con los otros. Por eso mismo, exige valentía sobreponerse a los temores, muchas veces fundados en el programa que proponen las experiencias adversas del pasado cuando van al lugar de lo normativo.
Sin embargo, como decíamos –y afortunadamente–, en razón de la contingencia que siempre nos da la chance de elegir, aun con nuestros miedos a cuestas, las personas solemos abrirnos al amor luego de reponernos de experiencias difíciles. Ese amor nuevo nos da la oportunidad de ser valientes cuando podemos salir del lugar del amado, de ser simplemente aquella persona que se deja amar y, en cambio, amar decididamente al otro, aun a sabiendas del riesgo que ello implica.
En cuanto al otro punto que mencionábamos, referido a que no son tan obvios los argumentos que abonan la ventaja de ser el amante antes que el amado, nos encontramos con la sensación de plenitud que nos vuelve accesible el lugar del amante.
De ninguna manera propongo que sería conveniente que no nos amen porque es mejor no ocupar el lugar del amado. No.
Me refiero a la importancia de poder abrirse al amor, sin quedar exclusivamente a merced de los designios del otro en lo que atañe a los destinos de la vida amorosa: resulta cardinal elegir a quien se ama y, además, amarlo. Algunas veces, es condición amorosa estar fijada o fijado en el lugar del objeto, condición que cristaliza esa posición en una especie de pasividad, de estar a merced, de dejarse hacer, de dejarse amar. Por otra parte, es cierto que a veces algunas parejas funcionan bajo la modalidad de que uno ama y el otro se deja. Como sabemos, resulta excluyente, para que una pareja funcione, que al menos uno de los dos se deje amar. Sin embargo, si una pareja funciona bajo la modalidad del amante y el amado como posiciones fijas, se trata de una configuración problemática en sí misma, en la que
la asimetría, al cristalizarse en posiciones rígidas, propicia las condiciones para una pareja despareja, en la que las diferencias no se dan en el terreno de la paridad, de la horizontalidad, sino que reproducen un sistema de jerarquías en el que uno ejerce el poder y el otro –quien silenciosamente lo concede, cómplice– gusta de someterse.
Por otra parte, cabría que nos hiciéramos una pregunta. Si el primer consejo es “amar”, pues bien, ¿qué significa eso? Este es un libro práctico, es decir que no vamos a ocuparnos aquí de disquisiciones teóricas. Por eso, me interesa exponer las cosas en términos sencillos y accesibles, sin necesidad de que para proseguir la lectura sea requisito tener que consultar manuales o realizar cursos de filosofía, de psicoanálisis o de psicología.
Amar, tal como me interesa plantearlo aquí –lo que equivale a decir: tal como lo entiendo– es dar. Sí, darle a la otra persona, a la elegida, a la preferida de nuestros afectos, lo más preciado que tenemos: tiempo, energía, cariño, colaboración, apoyo, etc. Además, dado que nos referimos aquí al amor de pareja, todo ello se diferencia de la amistad y de otros vínculos amorosos, por incluir en un lugar principal el erotismo. Aquella persona a la que amo, ocupa el lugar de mi pareja erótica, sensual y sexual. En Occidente, en nuestra era, y conviviendo en la actualidad con otros múltiples paradigmas de relaciones amorosas y de modos de vivir el amor de pareja y el erotismo, la pareja amorosa, tal vez clásica y en este sentido algo conservadora, requiere estos requisitos: dos personas que se eligen para compartir la vida, sus proyectos; deberán también desearse y compartir la sexualidad, por lo general, en condiciones restringidas de exclusividad, consensuadas por los integrantes de cada pareja. Si el vínculo, además, es rubricado por medio de un contrato matrimonial, el compromiso queda escrito, firmado, y constituye un documento público que cambia el estado civil de los implicados y explicita la exigencia de “fidelidad”.
En este contexto, poder ocupar el lugar de amante y no solo el de amado, implica poder constituirse en agente del deseo erótico y posicionarse como alguien capaz de vivir el goce sexual sin que ello implique obstáculos morales, ideológicos o religiosos, o a pesar de tales circunstancias. Además, todo lo dicho en el contexto de una relación amorosa.
El amor de pareja es el difícil equilibrio entre el amor pasional, erótico, es decir, el deseo sexual que busca el goce propio, la satisfacción con el otro en el encuentro cuerpo a cuerpo, y también el amor altruista y tierno. La pareja amorosa responde a la política del deseo, que podemos resumir en los siguientes términos: deseo estar contigo porque la vida es mejor si estamos juntos y, al contrario, todo empeora si no te tengo a mi lado.
Pero también el amor de pareja se potencia si se destaca el carácter electivo, contingente del encuentro, es decir, si responde a la política de desear la vida aun antes y más allá del partenaire: la vida es mejor con vos y por eso te deseo, pero no porque no pueda vivir sin vos, sino porque prefiero tenerte a mi lado y quiero que cuentes conmigo.
Empezamos por amar, entonces.

 

 

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