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Un poema de Silvina Ocampo

 

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903/1993) se transforma, poesía mediante, en Casandra. En la mitología griega, Casandra («la que enreda a los hombres») fue la hija de los reyes de Troya. Sacerdotisa de Apolo, pactó con él la concesión del don de la profecía a cambio de un encuentro carnal. Cuando lo logró rechazó el amor del dios quien, viéndose traicionado, la maldijo escupiéndole en la boca: seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. Ella, junto con Laocoonte, fueron los únicos que predijeron el engaño en el caballo de Troya, pero nadie le creyó. ¿Se sentiría así Silvina?

 

 

 

 POR SILVINA OCAMPO

 

 

Los ojos

 

 

Como Casandra yo escuché tu paso

en las baldosas de la galería.

Como ella, adivinaba yo en los días

y en la voz recurrente del ocaso

lo que ocultabas y conozco tanto.

Ciega, sola, atenta penetré

en tu velado reino y consagré

bajo sus plantas, al rencor, mi espanto.

Transformabas el mundo en un desierto.

Como a Casandra no quisiste oírme.

Pensando junto al río sólo en irme,

en la noche incesante busqué el puerto.

Al ver los astros, con aristas, rojos,

sabía que el infierno era mirarte

y volver a tu lado y no olvidarte.

¡Ah, por qué no quemé más bien mis ojos!

¡Vanas son las mentiras y las guerras!

Nuestros ojos traicionan nuestra cara;

la vuelven transparente, fría y clara

como el agua en la orilla de las tierras.

No me perdonarás de haber llorado:

no me lo perdonabas, yo tampoco.

Tus noches y tus días los evoco.

¡Por qué con tanto amor me has engañado!

Símbolos tiene la desesperanza,

propiedades antiguas y suntuosas,

A veces tiene cosas muy preciosas.

Como la muerte, siempre nos alcanza.

Con el rostro de piedra, de la ira,

por tu amor me acerqué a sus pabellones.

Ah, fue triste en los pérfidos frontones

de sus oscuras torres tu mentira.

Vi que en su primavera con glicinas,

la languidez secreta de las ramas,

las canciones del mirlo, las retamas,

la vegetal constancia que germina,

urden una ávida y común tortura

a ejemplo de esos ramos en la muerte

que simbolizan con un lujo inerte

la soledad, el polvo, la locura.

Vi al pie de las columnas los despojos

de las fiestas en sueño, de la aurora;

te seguí paso a paso, hora por hora,

más que tu sombra guiada por tus ojos.

Oscuros en tu cuarto me rodeaban

los muebles habituales: los abismos

labraban en desorden cataclismos

mientras las furias su clamor callaban.

En los iridiscentes labios rojos

de alguna flor resplandecía el alma

del céfiro purísimo en su calma:

mas yo estaba cegada por tus ojos.

La llanura, la nieve o la montaña

me recibía reconciliadora:

y persistía entre árboles sonora

la dicha exigua que la duda empaña.

Vi caras, muchas caras previsibles;

todos mis diálogos fueron falaces;

escuché de las voces los compases

sin oír las palabras más sensibles;

proyecté formas de mi destrucción.

En las ciudades, en la calle sucia,

en los sórdidos parques, sin astucia

llegué al infierno con obstinación.

Como alas nacen del cansancio arrojos

busqué por todas partes el horror,

el desencanto pacificador

como los santos porque vi tus ojos.

Y conseguí morir perfectamente

sin ningún esplendor como soñaba

sola en el iris gris que me aterraba

viendo tus ojos incesantemente.

 

 

 

 

 

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