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Sonidos de Marte, de David Stubbs

Nadie puede negar hoy la omnipresencia de la música electrónica: desde los éxitos pop masivos que encabezan los rankings hasta las exploraciones sonoras más aventuradas son en su gran mayoría fruto del encuentro íntimo entre la creatividad humana y las máquinas. ¿Pero qué queda hoy, en el siglo de su definitiva consagración, de la imaginación futurista que caracterizó a esos sueños hechos de loops de cintas magnéticas, señales de ruido blanco y osciladores? Para responder a esta pregunta, Sonidos de Marte de David Stubbs nos conduce en un viaje sonoro a la vez exhaustivo y personal que recorre más de cien años de música electrónica para descubrir en su legado no solo un halo de nostalgia retromaníaca sino también el parpadeo de territorios sonoros aún inexplorados. Caja Negra nos trae esta joya en una edición preciosa.

 

INTRODUCCIÓN

 

En enero de 2017, con la intención de poner a prueba la idea de que la música electrónica es la tela de la que está cortado el postpop del siglo xxi, decidí escuchar el Top 20 para el Reino Unido de los que solían llamarse singles. A mediados de los años noventa, cuando todavía existía Top of the Pops, los charts eran como el clima: sabías quién estaba en lo alto, qué sonidos dominaban el aire, y cuando Wet Wet Wet se
mantuvo durante varias semanas en la primera posición con “Love Is All Around” no había forma de no sentirlo, de no estar al tanto, como pasa con los prolongados períodos de lloviznas.

En 2017, enterarse de quién o qué figura en los charts se parece más a una tarea de periodismo de investigación, o a meterse a escondidas en la habitación de un adolescente y prender la computadora para intentar averiguar qué pasa por sus jóvenes mentes. Pero este extrañamiento del pop no está confinado a personas de una cierta edad: el pop mismo se encuentra en vías de ser suplantado por YouTubers, veinteañeros burbujeantes e inquietos que han esquivado las molestas exigencias del negocio de la música para convertirse en estrellas exclusivamente sobre la base de su efervescente audiencia y que desde el borde de sus camas se la pasan hablando con adolescentes y preadolescentes infatuados.

Sin embargo, y a pesar de que las “ventas” son un verdadero problema cuando hay pocas cosas más sencillas que bajar música ilegalmente, ripear videos de YouTube a mp3 o simplemente arreglárselas con Spotify, siguen confeccionándose charts que reflejan las tendencias predominantes, el estado de las cosas.

No todo en este Top 20 tiene un componente electrónico. “I Don’t Wanna Live Forever” de zayn y Taylor Swift es un ejercicio virtuosístico de pureza acústica; aún subsiste un dejo del reproche de los músicos “de verdad” hacia un entorno pop sobreprocesado. Swift parece claramente destinada a resaltar en esta década, como si tuviera un corazón más grande e intenciones más puras que sus pares. Mientras
tanto, después de una intro que por un momento suena como si fuese a desembocar en “Safe From Harm” de Massive Attack, “Human” de Rag’n’Bone Man estremece con significantes de una autenticidad de
carne y hueso: desde la súplica que entona con lirismo el corpulento cantante, hasta su alias y el título de la canción. Pero la nota de naturalismo más convincente tal vez sea la que aporta Little Mix, uno de los
cuatro grupos o artistas que tienen dos hits en este Top 20 –un chart que, comparado con épocas pasadas, se siente como un desfile de hits bastante anquilosado–. No obstante su lustre de producto manufacturado, Little Mix contagia una actitud desafiante, abrasiva, de chicas de parranda, reminiscente de las Spice Girls o de Shampoo.

En conjunto, sin embargo, la experiencia es de una homogeneidad horrorosa y sofocante, interrumpida por ocasionales flashes de hechicería electrónica que recuerdan, en tiempos en que lo analógico se ha vuelto el recurso de una vanguardia concienzuda, la potencia de la tecnología digital de última generación y su capacidad para producir permutaciones y microsonidos inauditos. Las máquinas siguen vivas
y coleando. Los problemas empiezan cuando se introduce el factor humano. Así, “Now and Later” de Sage the Gemini tiene un bajo zumbante minimalista por el que muchos hubieran matado hace treinta años pero que hoy es apenas una gota en el océano del pop, acompañado por algo que suena como astillas de un sample de acordeón. El rap, en cambio, está recubierto de un glaseado pesado, tediosamente procesado con el Auto-Tune de rigor; es el sonido de alguien dispuesto a decir o hacer lo que sea necesario para estar en la fiesta.

Ocupando las dos primeras posiciones figura Ed Sheeran. Otro que parece deberle algo a esa cierta cualidad de lo común y corriente que se percibe en él: tiene un aspecto físico medio rústico y campestre, el
tipo de muchacho que cuando no está componiendo canciones pop se lleva sándwiches al trabajo metidos dentro del balde. “Shape of You”, sin embargo, se enciende a un ritmo de dancehall, claramente el sabor
pop du moment, un cóctel de marimbas y house tropical. Las voces de Sheeran, por otro lado, siguen casi calcadamente la misma cadencia de “No Scrubs” de tlc, pero dado que Sheeran tenía ocho años cuando salió ese sencillo, allá por el siglo xx, uno se pregunta cuán consciente puede haber sido el plagio.

El contenido de los charts de 2017 está tan poco diseñado para dirigirse a mí en tanto hombre de mediana edad como lo son los YouTubers que adora mi hija de doce años. Así y todo, como alguien que comenzó a seguir los charts a fines de la década del sesenta, cuando el pop prácticamente era la única fuente de color y electricidad en una infancia cuyo mobiliario, ambiente y paisaje de medios seguían siendo en gran medida los de los años cincuenta o incluso antes, estoy al menos en condiciones de hacer comparaciones.

Lo más acentuado –más acentuado aún que en las grandes épocas del pop del siglo xx: las décadas del sesenta, setenta y ochenta– es la sensación de una brecha generacional. En aquel entonces, el pop se trataba mucho más de un asunto familiar, incluyente, donde cada generación era satisfecha con algo, desde los más chicos hasta los abuelitos. La programación de época de los años sesenta suele ir directo a Jimi Hendrix y Cream, pero artistas como Engelbert Humperdinck eran más representativos: los singles con mayor éxito de ventas en el Reino Unido durante esa década eran los del cantante y comediante Ken Dodd. En los charts de hoy no hay lugar para un Mr Blobby o una Lena Martells y los veteranos cada vez más rancios, desde Zeppelin hasta Elton John y Paul McCartney, se mantienen a una distancia prudente. No hay lugar para el ridículo, tampoco para lo sublime, solo una eficiente e impecable transmisión continua de temas meticulosamente diseñados en el estudio para converger en lo predecible.

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