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Sombras fluctuantes, el fantasy más crudo

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Sombras fluctuantes es la segunda entrega de la trilogía «Libros del Norte», de la que se estrena serie en 2019. El lado más oscuro del fantasy. Nadie abandona la Compañía, excepto si es con los pies por delante. La Compañía es el hogar. «Todos los hombres nacen condenados. Eso dicen los sabios. Todos maman del pecho de la Muerte. Todos inclinan la cabeza ante el Monarca Silencioso. Ese Señor en la Sombra alza un dedo. Una pluma revolotea hasta el suelo. No hay razón alguna en su canción. Los buenos mueren jóvenes. Los perversos prosperan. Es el rey de los Señores del Caos. Su aliento hiela todas las almas.»

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Tarja. Emboscada

Robé un siete, abrí, descarté un tres y contemplé un solitario as. A mi izquierda, Prestamista murmuró:

—Ya está otra vez. Inexpresivo como una roca.

Lo miré con curiosidad.

—¿Qué te hace decir eso?

Robó, maldijo, descartó.

—Pones una cara como un cadáver cuando te va bien la jugada, Matasanos. Incluso los ojos.

Arrope robó, maldijo, descartó un cinco.

—Tiene razón, Matasanos. Te vuelves tan ilegible que eres legible. Vamos, Otto.

Otto miró su mano, luego la pila, como si pudiera conjurar una victoria de entre las mandíbulas de la derrota. Robó.

—Mierda. —Descartó la carta que había cogido, un rey. Yo mostré mi as y recogí todas mis ganancias.

Arrope miró por encima de mi hombro mientras Otto recogía las cartas. Sus ojos eran duros y fríos.

—¿Qué? —pregunté.

—Nuestro anfitrión está reuniendo todo su valor. Busca una forma de salir y advertirles.

Me volví. Lo mismo hicieron los demás. Uno tras otro el tabernero y sus clientes bajaron la mirada y se hundieron en sí mismos. Todos menos el hombre alto y muy moreno sentado solo entre las sombras cerca del fuego. Guiñó un ojo y alzó la jarra, como saludando. Enarqué las cejas. Su respuesta fue una sonrisa.

Otto repartió.

—Ciento noventa y tres —dije.

Arrope frunció el ceño.

—Maldito seas, Matasanos —dijo sin emoción. Yo había estado contando manos. Marcaban el ritmo de nuestra vida como hermanos de la Compañía Negra. Había jugado más de diez mil manos desde la batalla en Hechizo. Solo los dioses saben cuántas habré jugado antes de que empezara a contarlas.

—¿Crees que nos han descubierto? —preguntó Prestamista. Estaba nervioso. El aguardar produce esas cosas.

—No veo cómo. —Arrope dispuso su mano con exagerado cuidado. Un movimiento delator: tenía algo caliente. Reexami­né mis cartas. Veintiuno. Probablemente me quemaría, pero la mejor forma de detenerle… Dejé las cartas sobre la mesa.

—Veintiuno.

Otto farfulló.

—Hijo de puta. —Depositó sus cartas. Su mano era fuerte también. Pero sumaba veintidós porque tenía un rey. Arrope tenía tres nueves, un as y un tres. Sonriendo, recogí de nuevo mis ganancias.

—Si ganas esta, vamos a revisar tus mangas —gruñó Prestamista. Recogí las cartas y empecé a barajar.

Las bisagras de la puerta de atrás chirriaron. Todo el mundo se inmovilizó, miró hacia la puerta de la cocina. Unos hombres se agitaron al otro lado.

—¡Crespo! ¿Dónde demonios estás?

El tabernero miró a Arrope, sufrió mil y una agonías. Arrope le hizo una seña. El tabernero alzó la voz:

—Aquí fuera, Pulcro.

—Seguid jugando —susurró Arrope. Empecé a repartir.

Un hombre de unos cuarenta años entró procedente de la cocina. Varios más le siguieron. Todos iban vestidos de verde moteado. Llevaban arcos cruzados a la espalda. El llamado Pulcro dijo:

—Deben de haber cogido a los chicos. No sé cómo, pero… —Vio algo en los ojos de Crespo—. ¿Qué ocurre?

Teníamos a Crespo lo suficientemente intimidado. No nos delató.

Sin dejar de mirar mis cartas, saqué mi tubo de resorte. Mis compañeros hicieron lo mismo. Prestamista desechó la carta que había robado, un dos. Normalmente intenta ir bajo. Su juego traicionaba su nerviosismo.

Arrope tomó la carta descartada y extendió un as-dos-tres. Descartó un ocho.

Uno de los compañeros de Pulcro gimió:

—Ya os dije que no debíamos enviar chicos. —Sonó como si diera vida de nuevo a una antigua discusión.

—No necesito ningún ya-te-lo-dije —gruñó Pulcro—. Crespo, pedí una reunión. Tendremos que dispersar el grupo.

—No sabemos nada seguro, Pulcro —dijo otro que iba de verde—. Ya conoces a los chicos.

—Te estás engañando a ti mismo. Los sabuesos de la Dama están tras nuestro rastro.

—Os dije que hubiéramos debido golpear a esos… —dijo el que gimoteaba antes. Guardó silencio, y se dio cuenta, un momento demasiado tarde, de que había desconocidos presentes, de que todos los clientes habituales se habían puesto pálidos.

Pulcro tendió la mano hacia su espada.

Eran nueve, si contabas a Crespo y algunos clientes que podían involucrarse. Arrope volcó la mesa de juego. Disparamos nuestros tubos de resorte. Cuatro dardos envenenados surcaron la sala común. Desenvainamos nuestras espadas.

Solo duró unos segundos.

—¿Todo el mundo está bien? —preguntó Arrope.

—Yo me hice un rasguño —dijo Otto. Lo comprobé. Nada de lo que preocuparse.

—Detrás de la barra, amigo —dijo Arrope a Crespo, al que había protegido—. Vosotros, poned otra vez en orden este lugar. Prestamista, vigílalos. Si piensan siquiera en salirse de la fila, mátalos.

—¿Qué hago con los cuerpos?

—Arrójalos al pozo.

Puse la mesa de nuevo en pie, me senté, desdoblé una hoja de papel. En ella estaba esbozada la cadena de mando de los insurgentes en Tarja. Taché PULCRO. Estaba en un nivel medio.

—Crespo —dije—. Ven aquí.

El tabernero se acercó con el ansia de un perro que espera ser apaleado.

—Tranquilo. Saldrás bien de esta. Si cooperas. Dime quiénes eran esos hombres.

Tosió y tartamudeó. Predecible.

—Solo los nombres —indiqué. Miró al papel con el ceño fruncido. No sabía leer—. ¿Crespo? Te recuerdo que hay un lugar un tanto estrecho para poder nadar, abajo en el pozo, con un montón de cadáveres.

Tragó saliva, lanzó una ojeada a toda la sala. Miré al hombre cerca del fuego. No se había movido durante el encuentro. Incluso ahora miraba con aparente indiferencia.

Crespo empezó a recitar nombres.

Algunos estaban en mi lista, otros no. Supuse que los que no estaban eran mensajeros. Tarja había sido escrupulosamente inspeccionada.

El último cadáver desapareció. Le entregué a Crespo una pequeña moneda de oro. Tragó saliva. Sus clientes lo miraron con ojos poco amistosos. Sonreí.

—Por los servicios prestados.

Crespo palideció, miró la moneda. Era el beso de la muerte. Sus clientes pensarían que había ayudado a organizar la emboscada.

—Bien —susurré—. ¿Quieres salir de esto con vida?

Me miró entre el miedo y el odio.

—¿Quiénes infiernos sois vosotros? —preguntó en un ronco susurro.

—La Compañía Negra, Crespo. La Compañía Negra.

No sé cómo lo consiguió, pero se puso más blanco todavía.

5

Enebro. Chozo de Castañas

El día era frío y gris y húmedo, silencioso, brumoso y lúgubre. Las conversaciones en El Lirio de Hierro consistían en hoscos monosílabos pronunciados delante de un fuego insignificante.

Entonces llegó la llovizna, tendiendo sus cortinas sobre el mundo. Formas grises y pardas se acurrucaban desanimadas a lo largo de la mugrienta y lodosa calle. Era un día arrancado completo del seno de la desesperación. Dentro de El Lirio, Chozo de Castañas alzó la vista de su tarea de limpiar las jarras. Quitarles el polvo, decía. Nadie usaba sus vasijas de gres de imitación porque nadie pedía aquel vino agrio y barato. Nadie podía soportarlo.

El Lirio se alzaba en el lado sur del Sendero Floral. La barra de Chozo miraba a la puerta, a seis metros de profundidad en las sombras de la sala común. Un montón de pequeñas mesas, cada una con sus desvencijados taburetes, presentaban un peligroso laberinto para el cliente al entrar, procedente de la luz del sol. Media docena de columnas de apoyo toscamente desbastadas formaban un cúmulo de obstáculos adicionales. Las vigas del techo eran demasiado bajas para un hombre alto. Las planchas del suelo estaban cuarteadas y curvadas y crujían, y cualquier cosa derramada sobre ellas desaparecía de inmediato por las rendijas.

Las paredes estaban decoradas con variopintos objetos antiguos y curiosidades dejadas por los clientes, que no tenían el menor significado para nadie que entrara ese día. Chozo de Castañas era demasiado perezoso para quitarles el polvo o retirarlos.

La sala común formaba una L alrededor del extremo de esta barra, más allá de la chimenea, cerca de la cual estaban las mejores mesas. Más allá de la chimenea, en las sombras más profundas, a un metro de la puerta de la cocina, se hallaba la escalera que subía a las habitaciones.

A este oscuro laberinto penetró un hombrecillo con aspecto de comadreja. Llevaba un fajo de leña.

—Chozo. ¿Puedo?

—Demonios, ¿por qué no, Asa? Todos nos beneficiaremos. —El fuego se había visto reducido a un poso de grisáceas ascuas.

Asa se escabulló a la chimenea. El grupo que había allí se apartó hoscamente. Asa se situó al lado de la madre de Chozo. La vieja Junio era ciega. No podía decir quién era el que se sentaba a su lado. El hombre colocó su fajo delante de él y empezó a agitar las brasas.

—¿Nada nuevo en los muelles hoy? —preguntó Chozo.

Asa sacudió negativamente la cabeza.

—No ha llegado nada. No ha salido nada. Solo se han ofertado cinco trabajos. Descargar carros. La gente se ha peleado por ellos.

Chozo asintió. Asa no era un luchador. Tampoco le gustaba el trabajo honrado.

—Querida, una cerveza para Asa. —Chozo hizo un gesto mientras hablaba. Su sirvienta tomó la maltratada jarra y la llevó junto al fuego.

A Chozo no le gustaba el hombrecillo. Era un rastrero, un ladrón, un mentiroso, un gorrón, el tipo de hombre que vendería a su hermana por un par de monedas de cobre. Siempre estaba gimiendo y quejándose y era un cobarde. Pero se había convertido en un proyecto para Chozo, que hubiera podido ser un poco caritativo. Asa era uno de los sin hogar que Chozo permitía dormir en el suelo de la sala común siempre que trajeran algo de leña para el fuego. Dejar que los sin hogar durmieran en el suelo no aportaba monedas a su caja, pero aseguraba algo de calor para los huesos artríticos de Junio.

Encontrar madera en Enebro en invierno era más difícil que encontrar trabajo. Chozo se sentía regocijado ante la determinación de Asa de eludir un empleo honesto.

El crepitar del fuego mató el silencio. Chozo dejó a un lado el trapo sucio. Se situó de pie detrás de su madre, con las manos tendidas hacia el fuego. Empezaron a dolerle las uñas. No se había dado cuenta de que tenía los dedos helados.

Iba a ser un invierno largo y frío.

—Asa, ¿tienes alguna fuente de leña regular? —Chozo no podía permitirse combustible. En aquellos días la madera para el fuego era embarcada en el Río Puerto hacia algún lugar lejano corriente arriba. Era cara. En su juventud…

—No. —Asa miraba fijamente las llamas. El olor a pino se extendió por El Lirio. Chozo se preocupó por su chimenea. Otro invierno, y no la había hecho deshollinar. Un incendio en la chimenea podría destruirle.

Las cosas tenían que cambiar pronto. Estaba al límite, metido en deudas hasta las orejas. Estaba desesperado.

—Chozo.

Miró a las mesas, a su único auténtico cliente de pago.

—¿Cuervo?

—Vuelve a llenar, por favor.

Chozo buscó a Linda. Había desaparecido. Maldijo en voz baja. No servía de nada llamarla. La muchacha era sorda, era preciso comunicarse con ella por signos. Una ventaja, había pensado cuando Cuervo le sugirió que la contratara. En El Lirio se susurraban incontables secretos. Pensó que podían acudir más susurradores si podían hablar sin miedo a ser oídos.

Asintió con la cabeza, tomó la jarra de Cuervo. No le gustaba Cuervo, en parte porque Cuervo tenía éxito en el juego de Asa. Cuervo no tenía medios de vida manifiestos, y sin embargo siempre tenía dinero. Otra razón era porque Cuervo era más joven, más fuerte y más sano que la media de los clientes de El Lirio. Era una anomalía. El Lirio se hallaba al final de la ladera del Coturno, cerca de los muelles. Atraía a todos los borrachos, putas baratas, soplones, vagabundos y toda la escoria humana que refluía hasta aquel último remanso antes de que la oscuridad se los tragara. Chozo se desesperaba a veces ante la idea de que su precioso establecimiento no era más que una última estación de tránsito.

Cuervo no pertenecía a aquel lugar. Podía permitirse algo mejor. Chozo hubiera deseado tener el valor necesario para echarle. Cuervo hacía que se le erizara la piel, sentado a su mesa de la esquina, con sus ojos muertos martilleando púas de hierro de sospecha hacia cualquiera que entrase en la taberna, limpiándose interminablemente las uñas con un cuchillo afilado como una navaja, hablando solo unas pocas palabras átonas cada vez que alguien insinuaba la idea de llevarse a Linda escaleras arriba… Todo aquello desconcertaba a Chozo. Aunque no había ninguna conexión obvia, Cuervo protegía a la muchacha como si fuera su hija virgen. ¿Para qué era una puta de taberna, si no?

Chozo se estremeció, apartó aquellos pensamientos de su cabeza. Necesitaba a Cuervo. Necesitaba a cualquier cliente de pago que pudiera conseguir. Estaba sobreviviendo de plegarias.

Llevó el vino. Cuervo depositó tres monedas en su palma. Una de ellas era una leva de plata.

—¿Señor?

—Trae algo de leña decente, Chozo. Si quisiera congelarme me quedaría fuera.

—¡Sí, señor! —Chozo fue a la puerta, escrutó la calle. El almacén de madera de Listones estaba solo a una manzana de distancia.

La llovizna se había convertido en una lluvia helada. La lodosa calle se estaba encostrando.

—Nevará antes de que oscurezca —informó a nadie en particular.

—Dentro o fuera —gruñó Cuervo—. No malgastes el poco calor que hay.

Chozo se deslizó fuera. Esperaba poder alcanzar el almacén de Listones antes de que el frío empezara a doler.

Dos figuras surgieron de entre la lluvia helada. Una era un gigante. Ambas estaban inclinadas hacia delante, con trapos alrededor del cuello para impedir que el hielo se les deslizara por la nuca.

Chozo cargó de vuelta a El Lirio.

—Voy a salir por la parte de atrás —hizo señas—. Linda, estoy fuera. No me has visto desde esta mañana.

—¿Krage? —hizo signos la muchacha.

—Krage —admitió Chozo. Se dirigió a toda prisa a la cocina, tomó el deshilachado sobretodo de la percha, se lo puso. Tuvo que tirar dos veces del cerrojo de la puerta antes de conseguir abrirlo.

Una malévola sonrisa a la que le faltaban tres dientes lo saludó cuando se metió en el frío. Un aliento horrible asaltó sus fosas nasales. Un sucio dedo se clavó en su pecho.

—¿Vas a alguna parte, Chozo?

—Hola, Rojo. Solo iba a buscar un poco de leña a Listones.

—No, no irás. —El dedo empujó. Chozo retrocedió hasta encontrarse de nuevo en la sala común.

Sudoroso, preguntó:

—¿Una jarra de vino?

—Eso sería muy considerado por tu parte, Chozo. Que sean tres.

—¿Tres? —La voz de Chozo se quebró.

—No me digas que no sabías que Krage está de camino.

—No, no lo sabía —mintió Chozo.

La sonrisa con tres dientes ausentes de Rojo decía que sabía que Chozo estaba mintiendo.

6

Tarja. Conflicto

Lo intentas de la mejor manera posible, pero siempre hay algo que va mal. Así es la vida. Si eres listo, haces tus planes de acuerdo con ello.

De alguna forma, alguien escapó de la taberna de Crespo, aparte los veinticinco Rebeldes que cayeron en nuestra red, cuando en realidad parecía como si Pulcro nos hubiera hecho un gran favor, al convocar a la jerarquía local a una conferencia. Si miras en retrospectiva, resulta difícil dilucidar de quién fue la culpa. Todos hicimos nuestro trabajo. Pero hay límites a lo alerta que uno puede estar bajo tensión. El hombre que desapareció probablemente pasó horas planeando su escapatoria. No nos dimos cuenta de su ausencia durante largo tiempo.

Fue Arrope quien lo supuso. Sujetó sus cartas en el hueco de la mano y dijo:

—Nos falta un cuerpo, tropa. Uno de esos granjeros de cerdos. El tipo pequeño que parecía un cerdo.

Pude ver la mesa con el rabillo del ojo. Gruñí:

—Tienes razón. Maldita sea. Hubiéramos debido contar las cabezas tras cada viaje al pozo.

La mesa estaba detrás de Prestamista. Este no se volvió. Aguardó una mano, luego se dirigió parsimoniosamente hasta la barra de Crespo y se sirvió una jarra de cerveza. Mientras sus movimientos distraían a los locales, hice rápidos signos con los dedos en el lenguaje de los sordos:

—Mejor estar preparados para una incursión. Saben quiénes somos. Abrí demasiado mi bocaza.

Los Rebeldes nos querrían a toda costa. La Compañía Negra se ha ganado una amplia reputación por erradicar con éxito la pestilencia rebelde allá donde aparece. Aunque no somos tan inmorales como se dice, la noticia de nuestra llegada despierta el terror allá donde vamos. Los Rebeldes abandonan a menudo todas sus operaciones apenas hacemos acto de presencia.

Pero solo éramos cuatro, separados de nuestros compañeros, que evidentemente no sabían que estábamos en peligro. Podían intentar algo. La única pregunta era hasta qué punto podían intentarlo.

Teníamos cartas en la manga. Nunca jugamos limpio si podemos evitarlo. La filosofía de la Compañía es maximizar la efectividad minimizando los riesgos.

El hombre alto y muy moreno se levantó, abandonó las sombras, se dirigió hacia la escalera que conducía arriba, a los dormitorios. Arrope ordenó:

—Vigílalo, Otto.

Otto se apresuró, con aspecto débil, tras la estela del hombre. La gente del lugar miró, haciéndose preguntas.

Prestamista utilizó los signos para indicar:

—¿Y ahora qué?

—Esperaremos —dijo Arrope en voz alta, y mediante signos añadió—: Haremos lo que fuimos enviados a hacer.

—No resulta muy divertido ser un cebo vivo —respondió Prestamista también por signos. Estudió nervioso la escalera—. Enviaste a Otto arriba con una buena mano —su­girió.

Miré a Arrope. Asintió.

—¿Por qué no? Apuesta a que tenía unos diecisiete. —Otto iba cada vez que tenía menos de veinte. Era un buen porcentaje de apuesta.

Imaginé rápidamente las cartas en mi cabeza y sonreí. Hubiera podido darle diecisiete y quedarme suficientes cartas bajas como para proporcionarnos a cada uno una mano que lo hubiera quemado—. Dame esas cartas.

Fui devolviendo las cartas al mazo, examinando las manos.

—Bien. —Nadie tenía nada superior a un cinco. Pero la mano de Otto tenía cartas más altas que las otras.

Arrope sonrió.

—Sí.

Otto no volvió. Prestamista dijo:

—Voy a subir a comprobar.

—Muy bien —respondió Arrope. Fue a buscar una cerveza. Examiné a los del lugar. Estaban empezando a formarse ideas. Miré a uno y agité negativamente la cabeza.

Prestamista y Otto regresaron un minuto más tarde, precedidos por el hombre muy moreno, que volvió a sus sombras. Prestamista y Otto parecían aliviados. Se sentaron para seguir jugando.

Otto preguntó:

—¿Quién reparte?

—El último fue Arrope —dije—. Te toca a ti.

Jugamos. Mostró sus cartas.

—Diecisiete.

—Ja, ja, ja —respondí—. Te quemé. Quince.

Y Prestamista dijo:

—Os pillé a los dos. Catorce.

Y Arrope:

—Catorce. Eso hace daño, Otto.

Se quedó simplemente sentado allí, como aturdido, durante varios segundos. Luego lo captó.

—¡Sucios bastardos! ¡Lo teníais preparado! No penséis que voy a pagar…

—Tranquilo. Era una broma, hijo —dijo Arrope—. Solo una broma. De todos modos, tú repartías. —Las cartas siguieron circulando y llegó la oscuridad. No aparecieron más insurgentes. Los locales se mostraron más inquietos. Algunos se preocupaban por sus familias, por el hecho de llegar tarde. Como todos los demás, la mayoría de los tarjeses únicamente se preocupan por su propia vida. No les importa si quien domina es la Rosa Blanca o la Dama.

La minoría de los simpatizantes Rebeldes se preocupaban acerca de cuándo podía caer el golpe. Temían verse atrapados en medio de la refriega.

Fingimos ignorar la situación.

—¿Quiénes son los peligrosos? —dijo Arrope por signos.

Conferenciamos, seleccionamos a tres hombres que podían causar problemas. Arrope y Otto los ataron a las sillas.

La gente del lugar empezó a comprender que sabíamos qué esperar y que estábamos preparados. No adelantándonos a las cosas, pero preparados.

Los incursores aguardaron hasta medianoche. Eran más cautelosos que los Rebeldes que encontrábamos habitualmente. Quizá nuestra reputación era demasiado fuerte…

Entraron en tromba. Descargamos nuestros tubos de resorte y empezamos a esgrimir espadas, retirándonos a una esquina lejos del fuego. El hombre alto observó indiferente.

Había un montón de Rebeldes. Muchos más de los que esperábamos. Seguían entrando en tromba, apiñándose, metiéndose los unos en el camino de los otros, saltando por encima de los cadáveres de sus camaradas.

—Una trampa —jadeé—. Tiene que haber un centenar de ellos.

—Sí —dijo Arrope—. La cosa no tiene buen aspecto. —Lanzó una patada a la entrepierna de un hombre, le hizo un tajo cuando se cubrió.

El lugar estaba lleno de insurgentes por todas partes, y por el ruido tenía que haber un maldito montón fuera. Alguien no quería que escapásemos.

Bien, ese era el plan.

Distendí las aletas de la nariz. Había un olor en el aire, un débil aroma extraño, sutil bajo el hedor del miedo y el sudor.

—¡Cubríos! —grité, y extraje una tira de lana empapada de la bolsa que llevaba al cinto. Olía peor que una mofeta aplastada. Mis compañeros me imitaron.

En alguna parte un hombre gritó. Luego otro. Se elevó un coro infernal de voces. Nuestros enemigos se agitaron a nuestro alrededor, desconcertados, presas del pánico. Los rostros se retorcieron agónicamente. Los hombres caían en agitantes montones, al tiempo que se arañaban ferozmente la nariz y la garganta. Tuve mucho cuidado de mantener el rostro apretado contra la lana.

El hombre alto y delgado surgió de entre las sombras. Empezó a despachar con calma guerrilleros con su plateada hoja de treinta y cinco centímetros. Dejó con vida a los clientes que no habíamos atado a las sillas.

—Ahora ya es seguro respirar —dijo por signos.

—Vigila la puerta —me indicó Arrope. Sabía que yo sentía aversión hacia aquel tipo de carnicería—. Otto, ocúpate de la cocina. Yo y Prestamista ayudaremos a Silencioso.

Los Rebeldes del exterior intentaron alcanzarnos lanzando flechas a través de la puerta. No tuvieron suerte. Luego intentaron incendiar el lugar. Crespo sufrió espasmos de ira. Silencioso, uno de los tres hechiceros de la Compañía, que había sido enviado a Tarja unas semanas antes, usó sus poderes para apagar el fuego. Furiosos, los Rebeldes se prepararon para el asedio.

—Deben de haber traído hasta el último hombre que había en la provincia —dije.

Arrope se encogió de hombros. Él y Prestamista apilaban cadáveres formando barricadas defensivas.

—Tienen que haber instalado un campamento base cerca de aquí. —Nuestro servicio de inteligencia acerca de las guerrillas en Tarja era extenso. La Dama se prepara bien antes de enviarnos a algún sitio. Pero no se nos había dicho que esperáramos que hubiera una fuerza tan grande disponible en tan poco tiempo.

Pese a nuestro éxito, estaba asustado. Había una gran multitud fuera, y sonaba como si llegaran más regularmente. Silencioso, como un as en la baraja, no tenía mucho más valor ahora.

—¿Enviaste tu pájaro? —pregunté, suponiendo que aquella había sido la razón de su viaje escaleras arriba. Asintió. Eso proporcionaba un cierto alivio. Pero no mucho.

Las cosas parecieron cambiar. De pronto hubo más quietud fuera. Más flechas cruzaron la puerta. Había sido arrancada de sus goznes en la primera embestida. Los cuerpos amontonados delante de ella no iban a retener mucho tiempo a los Rebeldes.

—Van a entrar —le dije a Arrope.

—Muy bien. —Se unió a Otto en la cocina. Prestamista se quedó a mi lado. Silencioso, con aspecto oscuro y mortífero, se situó de pie en el centro de la sala.

Fuera se alzó un rugido.

—¡Ahí vienen!

Contuvimos la acometida principal con la ayuda de Silencioso, pero otros empezaron a golpear los postigos de las ventanas. Entonces Arrope y Otto tuvieron que ceder la cocina. Arrope mató a un atacante excesivamente fervoroso y giró en redondo el tiempo suficiente para gritar:

—¿Dónde demonios están, Silencioso?

Silencioso se encogió de hombros. Parecía casi indiferente a la proximidad de la muerte. Lanzó un conjuro hacia un hombre que estaba atravesando una ventana.

Sonaron trompetas en la noche.

—¡Ajá! —grité—. ¡Ahí vienen! —La última puerta de la tram­pa se había cerrado.

Todavía quedaba un asunto. ¿Conseguiría llegar la Com­pañía antes de que nuestros atacantes acabaran con nosotros?

Más ventanas cedieron. Silencioso no podía estar en todas partes.

—¡A la escalera! —gritó Arrope—. Retroceded a la escalera.

Corrimos hacia allá. Silencioso provocó una bruma tóxica. No era tan mortífera como la que había usado antes. No podía volver a hacerlo en esos momentos. No tenía tiempo para prepararse.

La escalera era fácil de tomar. Dos hombres, con Silencioso detrás de ellos, no podían retenerla eternamente.

Los Rebeldes lo vieron. Empezaron a provocar fuegos. Esta vez Silencioso no pudo extinguir todas las llamas.

7

Enebro. Krage

La puerta delantera se abrió. Dos hombres entraron en El Lirio, pateando y desprendiéndose el hielo. Chozo acudió rápidamente a ayudar. El hombre más corpulento lo apartó a un lado. El más pequeño cruzó la estancia, pateó a Asa fuera de su lugar ante el fuego, se acuclilló con las manos extendidas. Los clientes de Chozo miraron fijamente a las llamas, sin ver ni oír nada.

Excepto Cuervo, observó Chozo. Cuervo parecía interesado y no particularmente inquieto.

Chozo estaba sudando. Krage se dio finalmente la vuelta.

—Ayer no viniste a verme, Chozo. Te eché en falta.

—No pude, señor Krage. No tenía nada que traerle. Mire mi caja. Ya sabe que le pagaré. Siempre lo hago. Simplemente necesito un poco de tiempo.

—Ya ibas con retraso la semana pasada, Chozo. Fui paciente. Sé que tienes problemas. Pero ya ibas con retraso la semana anterior a esa. Y la anterior. Estás haciendo que parezca malo. Sé que hablas en serio cuando dices que me pagarás. Pero ¿qué pensará la gente? ¿Eh? Quizá empiecen a pensar que ellos también pueden retrasarse. Quizá empiecen a pensar que no hace falta que paguen.

—Señor Krage, no puedo. Mire mi caja. Tan pronto como el negocio remonte…

Krage hizo un gesto. Rojo miró detrás de la barra.

—Los negocios van mal en todas partes, Chozo. Yo también tengo problemas. Tengo gastos. No puedo cumplir con mis pagos si tú no cumples con los tuyos. —Recorrió la sala común, examinando el mobiliario. Chozo podía leer sus pensamientos. Quería El Lirio. Quería a Chozo en un agujero tan profundo que tuviera que cederle el lugar.

Rojo tendió la caja de Chozo a Krage. Krage hizo una mueca.

—Los negocios van realmente mal. —Hizo un gesto. El hombre corpulento, Cuenta, agarró a Chozo por los codos desde atrás. Chozo casi se desvaneció. Krage sonrió sesgadamente.

—Cachéalo, Rojo. Mira si lleva algo encima. —Vació de monedas la caja—. A cuenta, Chozo.

Rojo encontró la leva de plata que Cuervo le había dado a Chozo.

Krage sacudió la cabeza.

—Chozo, Chozo, me has mentido. —Cuenta apretó dolorosamente los codos de Chozo el uno contra el otro.

—Esto no es mío —protestó Chozo—. Esto pertenece a Cuervo. Quería que fuera a comprar leña. Por eso me dirigía al almacén de Listones.

Krage lo observó fijamente. Chozo sabía que Krage sabía que estaba diciendo la verdad. No tenía el valor necesario para mentirle.

Chozo estaba asustado. Krage podía simplemente apretarle hasta que le cediera El Lirio a cambio de su vida.

¿Y luego qué? Se encontraría sin un gersh y en la calle con una mujer vieja de la que ocuparse.

La madre de Chozo maldijo a Krage. Todo el mundo la ignoró, incluido Chozo. Era inofensiva. Linda permanecía en la puerta de la cocina, inmóvil, con una mano apretada en un puño delante de la boca, los ojos intensos. Miraba a Cuervo más que a Krage y a Chozo.

—¿Qué quieres que le rompa, Krage? —preguntó Rojo. Chozo se estremeció. A Rojo le encantaba su trabajo—. No deberías hacernos eso, Chozo. No deberías mentirle a Krage. —Lanzó un perverso puñetazo. Chozo jadeó, intentó inclinarse hacia delante. Cuenta lo mantuvo erguido. Rojo lo golpeó de nuevo.

Una voz suave y fría dijo:

—Ha dicho la verdad. Yo lo envié a por leña.

Krage y Rojo intercambiaron una mirada. Cuenta no soltó su presa.

—¿Quién eres tú? —preguntó Krage.

—Cuervo. Suéltale.

Krage intercambió otra mirada con Rojo. Rojo dijo:

—Creo que no deberías hablarle de esta forma al señor Krage.

Cuervo alzó los ojos. Los hombros de Rojo se tensaron defensivamente. Luego, consciente de su audiencia, avanzó unos pasos y lanzó un golpe con la mano abierta.

Cuervo hizo un movimiento apenas perceptible con la mano, retorció. Rojo cayó de rodillas, rechinando los dientes en un lloriqueo contenido. Cuervo dijo:

—Eso fue estúpido.

Sorprendido, Krage respondió:

—Uno es tan listo como lo que hace, señor. Suéltale mientras aún te conservas sano.

Cuervo sonrió por primera vez que Chozo recordara.

—Eso no fue muy inteligente. —Hubo un audible pop, y Rojo gritó.

—¡Cuenta! —exclamó Krage.

Cuenta echó a Chozo a un lado. Tenía dos veces el tamaño de Rojo, rápido, fuerte como una montaña, y apenas un poco más listo. Nadie sobrevivía a Cuenta.

Una siniestra daga de veintitrés centímetros apareció en la mano de Cuervo. Cuenta se detuvo tan violentamente que se le enredaron los pies. Cayó hacia delante, golpeando contra el borde de la mesa de Cuervo.

—Oh, mierda —se lamentó Chozo. Alguien iba a morir. Krage lo pondría en su cuenta. Iba a ser malo para el negocio.

Pero cuando Cuenta se levantó, Krage dijo:

—Cuenta, ayuda a Rojo. —Su tono era suave y relajado.

Cuenta se volvió obediente hacia Rojo, que se había arrastrado lejos de Cuervo y se estaba sujetando la muñeca.

—Quizá haya habido un pequeño malentendido aquí —dijo Krage—. Te lo diré claramente, Chozo. Tienes una semana para pagarme. La totalidad.

—Pero…

—No hay peros, Chozo. Es lo que acordamos. Mata a alguien. Roba a alguien. Vende este antro. Pero consigue el dinero. —No hacía falta añadir el «o de lo contrario».

No me pasará nada, se prometió Chozo a sí mismo. No me hará ningún daño. Soy un cliente demasiado bueno.

¿Cómo demonios iba a salir de aquello? No podía vender. No con el invierno encima. La vieja no sobreviviría en la calle.

Una ráfaga de aire frío penetró en El Lirio cuando Krage hizo una pausa en la puerta. Miró a Cuervo con ojos furiosos. Cuervo no se molestó en devolverle la mirada.

—Sirve un poco de vino aquí…

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