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Revolución, la autobiografía de Emmanuel Macron

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El actual presidente de Francia confiesa haber llegado a esa posición tras un largo proceso que comenzó cuando conoció a Brigitte Trogneux, su actual esposa. Macron desafió a su familia al enamorarse de su profesora de literatura del instituto, una mujer casada 20 años mayor que él. Decidió vivir con ella a riesgo de enemistarse con todo el mundo y logró llevar a cabo su proyecto personal rompiendo con todos los convencionalismos.  Revolución cuenta, en primera persona, esta evolución que suma lo personal a lo político; repasa cómo las decisiones vitales han abierto el camino a un ideario político, y cómo millones de personas han encontrado en ese ideario una respuesta a un neoliberalismo trasnochado y a un populismo perturbador. Macron simboliza el poder del francés medio, harto de la «casta» económica y política y profundamente escéptico respecto a los populismos. Aquí el primer capítulo. (Lince, 2019)

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Afrontar la realidad del mundo nos permitirá recuperar la esperanza.

Algunos sostienen que nuestro país está en declive, que lo peor aún está por llegar y que nuestra civilización desaparece. Que el único horizonte es el repliegue o la guerra civil. Que para protegernos de las grandes transformaciones del mundo deberíamos retroceder en el tiempo y aplicar las recetas del siglo pasado.

Otros creen que Francia puede seguir resignándose a su lenta decadencia. O que bastará con el juego de la alternancia política para poder resistir. Después de la izquierda, la derecha. Las mismas caras y las mismas personas desde hace un sinfín de años.

Estoy seguro de que ambas facciones están equivocadas. Sus modelos y sus recetas simplemente han fracasado. Pero el país en su conjunto no lo ha hecho y el pueblo lo sabe, lo presiente. Y de ahí nace ese divorcio entre el pueblo y sus gobernantes.

Estoy convencido de que nuestro país tiene la fuerza, la capacidad y las ganas de avanzar. Lo arropan su historia y la determinación de su pueblo para conseguirlo.

Hemos entrado en una nueva era. Los síntomas que dan fe del estado de agitación del planeta son numerosos. La globalización, el mundo digital, las crecientes desigualdades, el cambio climático, los conflictos geopolíticos y el terrorismo, el desmoronamiento de Europa, la crisis democrática de las sociedades occidentales, la duda que se instala en el corazón de nuestra sociedad.

No podemos responder a esta gran transformación con las mismas personas ni con las mismas ideas. Ni imaginando que se puede volver atrás. O simplemente planteándonos remendar o ajustar nuestras organizaciones y nuestro «modelo», como a algunos les gusta llamarlo, aunque nadie, en el fondo ni siquiera nosotros mismos, desea inspirarse en él.

No podemos pedirles a los franceses que hagan esfuerzos sin cejar en su empeño, prometiéndoles una salida de la crisis que es imposible. Su cansancio, su incredulidad y hasta su desprecio son consecuencia de esta actitud que nuestros dirigentes adoptan desde hace treinta años.

Debemos aceptar y asimilar la realidad de nuestra circunstancia, debatir sobre las grandes transformaciones que se están produciendo. Adónde debemos ir y por qué caminos, calibrar cuánto durará ese viaje. Porque todo esto no se hará en un día.

Los franceses son más conscientes de las nuevas exigencias de la época que sus propios dirigentes. Son menos conformistas, están menos apegados a esas ideas preconcebidas que aseguran la comodidad intelectual de la vida política.

Todos debemos abandonar nuestras costumbres. El Estado, los responsables políticos, los altos funcionarios, los dirigentes económicos, los sindicatos, los cargos intermedios. Es nuestra responsabilidad y sería un error ignorarla o incluso apoltronarnos en el statu quo.

Nos hemos acostumbrado a un mundo que nos preocupa. Un mundo que en el fondo no queremos nombrar ni mirar de frente. Por eso nos quejamos, protestamos. Nos asaltan los dramas y también la desesperación. El miedo nos atenaza. Se pide un cambio, pero sin quererlo realmente.

Si deseamos avanzar, lograr que nuestro país triunfe y construir una prosperidad en el siglo XXI digna de nuestra historia, debemos reaccionar. Pues la solución está en nosotros. No depende de una lista de propuestas que nunca serán llevadas a cabo. No puede surgir de una serie de tibios compromisos. Se hará gracias a soluciones diferentes que suponen una revolución democrática profunda. Llevará tiempo, pero sólo depende de una cosa: de nuestra unidad, nuestro valor, nuestra voluntad común.

Yo creo en esta revolución democrática. Una verdadera transformación que, tanto en Francia como en Europa, nos permita llevar a cabo juntos nuestra propia revolución en lugar de sufrirla.

Y esa revolución democrática es la que he decidido explicar en las páginas que siguen. El lector no se encontrará aquí un programa ni ninguna de las mil propuestas que hacen que nuestra vida política parezca un catálogo de esperanzas frustradas. Lo que da origen a este libro es el expreso deseo de compartirles una visión, un relato, una voluntad.

Y es que en los franceses germina una voluntad a menudo ignorada por sus gobernantes. Yo quiero servir a esa voluntad. No tengo otro deseo que el de ser útil a mi país. Por eso he decidido presentarme como candidato a las elecciones presidenciales de la República francesa.

Soy consciente de la exigencia del cargo. Y no ignoro que el momento es grave. Pero ningún otro reto me parece más importante, porque engarza con lo que ustedes quieren hacer: reconstruir Francia y encontrar en esa tarea nuestra fuerza y nuestro orgullo. El de un país emprendedor y ambicioso.

Estoy profundamente convencido de que el siglo XXI, en el cual apenas estamos entrando, también está lleno de promesas, de cambios que pueden hacernos más felices.

Esto es lo que les propongo.

Será nuestro combate por Francia. Y no hay causa más noble que la que me propongo defender.

  1. 1.
    LO QUE SOY

En el momento de emprender esta aventura, me creo en la obligación de contarles de dónde vengo y en qué creo. La vida pública no permite explicarse demasiado. Tengo treinta y ocho años. Nada me predestinaba a ejercer las funciones que he desempeñado como ministro de Economía ni tampoco a asumir mi actual compromiso político. En realidad, no sabría explicar esa trayectoria. Sólo veo el resultado, que en el fondo nunca es explicación suficiente, de un compromiso ya antiguo, de un gusto ilimitado por la libertad y también, seguramente, de la suerte.

Nací en diciembre de 1977 en Amiens, capital de la Picardía, en una familia de médicos de la sanidad pública. Esta familia había accedido poco tiempo antes a la burguesía; «ascendido», como se decía antiguamente, gracias a su trabajo y su talento. Mis abuelos eran una maestra, un ferroviario, una asistente social y un ingeniero de caminos. Todos de orígenes modestos. La historia de mi familia es la de una ascensión republicana en la Francia de provincias, entre el departamento de los Altos Pirineos y la región de la Picardía. Esta ascensión tuvo lugar a través del conocimiento y, más específicamente, en el caso de la última generación, gracias a la medicina. Para mis abuelos, estudiar era primordial y querían que sus hijos avanzaran por ese camino. Mis padres, y hoy también mi hermano y mi hermana, son médicos. Yo soy el único que no tomó esa vía. No fue en absoluto por aversión a la medicina, ya que siempre me han gustado las ciencias.

Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir, quería conocer mundo y vivir mi propia aventura. Por mucho que retroceda en mis recuerdos, veo que siempre me ha animado el mismo deseo: elegir mi vida. Tuve la suerte de tener unos padres que, aunque me animaban a estudiar, veían en la educación el salvoconducto para el ejercicio de la libertad. Nunca me impusieron nada. Dejaron que me convirtiera en lo que yo creía que debía ser.

Y así fue cómo escogí mi vida, y me pareció como si en cada etapa lo fuese viendo más claro. Las cosas no eran siempre fáciles, pero nunca inalcanzables. Tuve que estudiar mucho, pero me gustaba. Tuve algunos fracasos, a veces aplastantes, pero no me dejé abatir por esos reveses, porque era lo que había elegido. Fue en esos años de aprendizaje cuando se forjó en mí la convicción de que no hay nada más valioso que poder disponer libremente de uno mismo, llevar a cabo el proyecto que uno se ha fijado y perseverar en la realización de tu propio talento, sea cual sea. Ese talento que todos poseemos. Fue esa la convicción que más tarde determinó mi compromiso político, porque me hizo sensible a la injusticia de una sociedad de categorías, estatus, castas y desdén clasista, una sociedad en la que todo conspira —¡y con qué resultados!— para impedir el desarrollo personal.

Mi abuela me enseñó a estudiar. A partir de los cinco años, cuando terminaba la escuela, pasaba largas horas a su lado aprendiendo gramática, historia, geografía… Y a leer. Pasé días enteros leyendo en voz alta a su lado. Molière y Racine, George Duhamel, un autor un poco olvidado que a ella le gustaba, François Mauriac y Jean Giono. Mi abuela compartía con mis padres el gusto por los estudios y mi infancia quedó marcada por la inquietante espera de mis notas cuando yo volvía de cualquier examen.

Ése fue el lujo de mi infancia, y no tiene precio. Tenía una familia que se desvivía por mí, para la que, en algunos momentos, nada contaba más que aquel examen, aquella redacción, y que expresaba su preocupación con las palabras que canta Léo Ferré en una canción que me sigue conmoviendo: «No vuelvas muy tarde, sobre todo no pases frío».

Esas palabras acunaron mi infancia, porque encierran una parte de lo que más importa: la ternura, la confianza, el deseo de hacer bien las cosas. Son numerosas las personas que no tuvieron tanta suerte como yo. Lo que uno hace luego ya es otra cosa, por supuesto. Pero no puedo pensar en la escuela republicana sin acordarme de esa familia cuyos valores estaban tan profundamente en consonancia con las enseñanzas de sus maestros, ni de aquellos profesores para los que era un honor suplir todas las carencias para llevar a sus alumnos hacia la excelencia. Pocos países son capaces de ese esfuerzo, esa voluntad, ese amor, y en cada generación debemos velar por que esa llama no se apague.

Pasé mi infancia entre libros, un poco aislado del mundo. Era una vida tranquila, en una ciudad francesa de provincias; una vida feliz consagrada a la lectura y la escritura, vivida a través de los textos y las palabras. Las cosas adquirían consistencia cuando eran descritas, y a veces se volvían más reales que la propia realidad. La corriente secreta, íntima, de la literatura pasaba por encima de las apariencias y daba al mundo toda esa profundidad que en la vida corriente apenas se roza. Pero la verdadera vida no está ausente cuando uno lee, aunque yo sólo viajaba en espíritu. Conocía la naturaleza, las flores y los árboles por las descripciones de los escritores, y aún más por la magia que su prosa era capaz de crear. Supe con Colette lo que es un gato o una flor, y con Giono conocí el viento frío de Provenza y la verdad de las maneras de ser. Gide y Cocteau eran mis compañeros irreemplazables. Vivía en una reclusión feliz, entre mis padres, mis hermanos y hermanas y mis abuelos.

Para mis padres, los estudios eran esenciales. Siempre me prodigaron esa atención extrema que he mencionado, dejándome al mismo tiempo elegir y construir mi libertad.

Para mi abuela, la literatura, la filosofía y los grandes autores eran fundamentales. Estudiar le había permitido cambiar de vida. Había nacido en una familia modesta de Bagnères-de-Bigorre, hija de un jefe de estación y de una sirvienta. Fue la única de la familia que pudo continuar sus estudios más allá de la primaria, ese momento en el que su hermana y su hermano debieron dejar la escuela para incorporarse al mundo laboral. Su madre no sabía leer. Su padre lo hacía mal y sin comprender los matices. Me solía contar que cuando estaba en quinto, al volver de clase con una anotación en el boletín que decía «buena alumna en todos los aspectos», su padre había creído que significaba algo negativo y la había abofeteado. Más tarde, en el último año, un profesor de filosofía entrevió sus posibilidades y la convenció para que prosiguiera sus estudios de letras por correspondencia. Fue así como, unos años antes de la Segunda Guerra Mundial, logró el diploma que le permitió enseñar en Nevers. Se llevó consigo a su madre, que era lo que hoy se llama una mujer maltratada y a la que no abandonaría hasta que ésta falleció.

Mi abuela era profesora, y al emplear esta palabra quisiera despojarla de las connotaciones más tediosas del oficio para devolverle el brillo de la pasión auténtica, vivida con una abnegación y una paciencia admirables. Me acuerdo de las cartas de sus ex alumnos, de sus visitas. Ella les había mostrado ese camino que lleva del saber a la libertad. Un camino en absoluto lleno de espinas: después de las clases, bebían chocolate caliente mientras escuchaban a Chopin y descubrían a Giraudoux.

Mi abuela provenía del mismo medio social que sus alumnos, hijos de artesanos o de agricultores de la Picardía. Los conducía por las etapas que ella misma había conocido y les abría las puertas del conocimiento, de la belleza, quizá de lo infinito.

En aquella época, en las familias había aún muchos prejuicios. Nada la desanimaba, sin duda gracias a su temperamento optimista, pero sobre todo porque sabía, porque lo había experimentado personalmente, que lo que intentaba transmitir condensaba las esencias de lo que llamamos «civilización». Y nuestro deber como iguales nos impedía consentir que las muchachas fueran privadas de ese derecho inalienable.

Quizá fui su último alumno. Ahora que ya no está entre nosotros, no pasa un día en que no piense en ella o busque su mirada. No porque quiera encontrar una aprobación que ya no puede darme, sino porque, en el trabajo que debo realizar, me gustaría mostrarme digno de sus enseñanzas. He pensado a menudo en ella estos últimos años a propósito de las jóvenes musulmanas con velo, en la escuela o en la universidad. Creo que hubiera condenado sin reservas que la presión del oscurantismo impida que esas jóvenes accedan al verdadero saber, el que es libre y personal. Pero como había dedicado su vida a la formación de las chicas, y había podido calibrar lo difícil que era su acceso a la educación, incluso en un país como el nuestro, creo que la habría horrorizado también que no hayamos sabido encontrar nada mejor que la prohibición, el enfrentamiento, toda esa hostilidad tan contraria en sí misma al fin que se persigue. En esas situaciones no se puede hacer nada sin amor.

Y yo tuve esa suerte. Recuerdo su rostro. Su voz. Me acuerdo de sus recuerdos. De su libertad. De su exigencia.

De aquellas mañanas, muy temprano, en que iba a verla a su habitación y ella me contaba anécdotas de la guerra, me hablaba de sus amistades. Cuando era niño, recuperaba cada día el hilo de la charla interrumpida y viajaba por su vida como si retomara una novela. A veces me llegaba el aroma del café que se preparaba en mitad de la noche. Oigo la puerta de mi habitación, que mi abuela entreabría hacia las siete de la mañana si yo no había ido a buscarla, exclamando con inquietud fingida: «¿Todavía duermes?». Y me acuerdo de todo lo que no quiero contar aquí y que nos une indefectiblemente.

Con mis padres, las conversaciones también giraban en torno a los libros. Con ellos descubrí otra literatura, más filosófica y contemporánea. Y también manteníamos conversaciones relacionadas con la medicina: hablaban durante horas de la vida en el hospital, y la evolución de las prácticas y de las investigaciones era objeto de polémicas interminables. Algunos años más tarde, mi hermano Laurent, que se hizo cardiólogo, y mi hermana Estelle, nefróloga, tomarían el relevo.

En realidad, en esos años aprendí que el esfuerzo y el deseo de saber llevan a la libertad. Si bien más tarde descubrí el placer de la actividad trepidante y de las responsabilidades, conozco la felicidad de esa vida de quietud y alejada del mundanal ruido. Son raíces que protegen y que, añadiría, proporcionan sabiduría.

Aparte de los libros, sólo tenía otras dos aficiones, el piano y el teatro. El piano fue una pasión de infancia que nunca me abandonó y el teatro lo descubrí en mi adolescencia. Fue como una revelación. Decir sobre el escenario lo que tan a menudo había leído con mi abuela, ver actuar a los otros, vivir la emoción de esos estados de trance colectivo, que hacen reír, que conmueven.

En el instituto, a través del teatro, conocí a Brigitte. Todo sucedió súbitamente y del mismo modo me enamoré. Por múltiples afinidades que con el tiempo se convirtieron en una cercanía considerable y luego, de manera natural, en una pasión que permanece intacta.

Todos los viernes pasaba varias horas escribiendo con ella una obra de teatro. Eso duró algunos meses. Cuando la obra estuvo acabada, decidimos dirigirla juntos. Hablábamos de todo. La escritura se convirtió en un pretexto. Y era como si nos conociéramos desde siempre.

Después de algunos años, había conseguido llevar la vida que quería. Éramos dos, inseparables, a pesar del viento que soplaba en contra.

A los dieciséis años abandoné la vida de provincia para ir a París. Muchos jóvenes franceses pasan por esta suerte de trashumancia. Para mí era la más bella de las aventuras. Iba a vivir en sitios que sólo existían en las novelas, a seguir las huellas de los personajes de Flaubert, de Victor Hugo. Me impulsaba la ambición devoradora de los jóvenes lobos de Balzac.

Fui feliz esos años viviendo en Sainte-Geneviève, en pleno Barrio Latino.

Nunca dejé de aprender. Pero debo admitir que, aunque en Amiens era el primero de la clase un año tras otro, no aprendí tanto como en París. Descubrí a mi alrededor talentos inauditos, verdaderos genios de las matemáticas, mientras que yo no era más que un estudiante aplicado. Debo confesar también que durante esos primeros años parisinos escogí en primer lugar vivir y amar, más que entregarme a competir con los demás estudiantes.

Tenía una obsesión, una idea fija: vivir la vida que había elegido y con la mujer a la que amaba. Debía hacer todo lo posible para conseguirlo.

Como no pude entrar en la Escuela Normal Superior, me matriculé gustoso en filosofía, en Nanterre. Y, por la mayor de las casualidades, en el Instituto de Estudios Políticos de París.

Fueron años felices, animados constantemente por el aprendizaje, los descubrimientos, los encuentros. Me encantaron aquellos lugares y los profesores que tanto me enseñaron. Y además tuve la suerte de conocer al filósofo Paul Ricœur, gracias a la amabilidad de quien fue mi profesor de historia y su paciente biógrafo. Un encuentro casi fortuito, cuando el filósofo buscaba a alguien que archivara sus documentos.

Jamás olvidaré las primeras horas que pasé con él en Murs Blancs, en Châtenay-Malabry. Yo lo escuchaba sin sentirme intimidado. Ello se debía, debo confesarlo, a mi completa ignorancia: Ricœur no me impresionaba, porque no lo había leído. Cuando anocheció, no encendimos la luz. Seguimos hablando con la complicidad que había empezado a surgir entre los dos.

Aquella noche comenzó una relación única, en la que yo trabajaba a su lado, comentaba sus textos y lo acompañaba a sus conferencias. Durante más de dos años estudié a su lado. No tenía ningún título para asumir ese papel. Su confianza me obligó a crecer. Gracias a él, leí y aprendí día a día. Ricœur concebía su trabajo como la lectura continua de los grandes textos y se comparaba a menudo con un enano subido a hombros de gigantes. Los textos de Olivier Mongin, François Dosse, Catherine Goldenstein y Thérèse Duflot fueron las presencias amistosas y vigilantes de esos años que me transformaron profundamente.

Con Ricœur estudié y entendí el siglo precedente y aprendí a pensar la historia. Me enseñó la seriedad con la que hay que acercarse a algunos temas y a ciertos momentos trágicos. Me enseñó cómo pensar los textos en contacto con la vida, en un vaivén constante entre la teoría y lo real. Paul Ricœur vivía en los textos, pero con la voluntad de iluminar el devenir del mundo, de darle un sentido a lo cotidiano. Con el firme propósito de no ceder nunca a la facilidad de las emociones o ante la última moda intelectual. No encastillarse en una teoría que no se confronta con la vida. Sólo mediante ese desequilibrio permanente pero fecundo se puede enriquecer el pensamiento y llegar a la transformación política.

Uno es lo que aprende a ser al lado de sus maestros, y a mí ese acompañamiento intelectual me transformó. Eso era Ricœur: exigencia crítica, obsesión por lo real y confianza en el otro. Tuve esa suerte y soy consciente de ello.

Durante esos años me convencí de que lo que me gustaba no era simplemente estudiar, leer o comprender, sino más bien actuar sobre las cosas e intentar cambiarlas en la práctica. Así pues, empecé a orientarme hacia el derecho y la economía, y me decanté por la actividad pública. Junto con mis amigos más queridos, personas que todavía hoy me acompañan, preparé el ingreso en la Escuela Nacional de Administración, la ENA.

Conseguí entrar y pronto me enviaron a hacer prácticas en la Administración durante un año. Ahí es donde se adquiere la primera experiencia y, en realidad, donde los funcionarios empiezan a formarse.

Me gustaron mucho ese año de prácticas y ese aprendizaje. Nunca he abogado por la supresión de la ENA. Lo insatisfactorio de nuestro sistema no es tanto lo que estudian los altos funcionarios como la forma en que se desarrolla su carrera, demasiado protegidos, mientras el resto del mundo vive enfrentado al cambio.

Comencé a servir al Estado en la embajada de Francia en Nigeria. Seis meses durante los cuales tuve la suerte de trabajar con Jean-Marc Simon, un embajador extraordinario. Luego fui destinado a la prefectura de Oise. Allí descubrí otra faceta del Estado. El Estado sobre el terreno, los representantes locales, la acción pública. Viví con mucho entusiasmo todos esos meses y forjé sólidas amistades que todavía duran, especialmente la que me une a Michel Jau.

Por entonces conocí también a Henry Hermand, que iba a ser muy importante para mí y que ahora acaba de fallecer. Nuestra relación fue desde el comienzo una filiación amistosa y una pasión compartida por el compromiso político. Ese hombre excepcional no sólo fue un empresario de éxito sino también, y durante décadas, un compañero de ruta del progresismo francés. Fue él quien me presentó a Michel Rocard.

Ambos fallecieron en 2016, con pocos meses de diferencia. Durante esos quince años, nunca he dejado de disfrutar de su compañía. Para compartir con ellos momentos de intimidad, y conversaciones personales y políticas. Michel Rocard y yo éramos muy diferentes y no sólo por la edad, la experiencia y las funciones que habíamos ejercido. Él tenía más cultura de partido que yo, y la voluntad de cambiar este último a toda costa. Su exigencia intelectual, su determinación y su amistad me marcaron profundamente. Fue el primero que despertó en mí el interés por el mundo, desde los grandes temas internacionales en toda su amplitud histórica o la causa del calentamiento global —que hizo suya la lucha durante treinta años— o hasta la defensa de los polos.

El tiempo que dediqué a mis estudios en la ENA fue para mí algo inesperado. No tenía verdadera vocación ni preferencias. Mi clasificación final fue por tanto una feliz sorpresa que me permitió elegir mi destino. La inspección de finanzas me descubrió un nuevo continente. Un continente administrativo, claro está, pero tenía para mí el encanto de la novedad. Durante cuatro años y medio aprendí el rigor de la verificación, la riqueza de los desplazamientos sobre el terreno. También los entresijos de la acción pública y el compañerismo en un trabajo que se realizaba en equipo.

Me permitió recorrer toda Francia y pasar semanas enteras entre Troyes, Toulouse, Nancy, Saint-Laurent-du-Maroni y Rennes. Momentos de camaradería en los que se aprende a analizar y diseccionar los múltiples mecanismos que conforman la vida del Estado y de sus agentes.

En ese momento me convertí en ponente general adjunto de la Comisión para la Liberalización del Crecimiento Francés, que presidía Jacques Attali. Durante seis meses tuve la suerte de poder trabajar a su lado en una comisión de cuarenta miembros, muchos de los cuales se convirtieron en amigos míos. Esa tarea me brindó la ocasión de conocer a mujeres y hombres fuera de lo común —intelectuales, funcionarios y empresarios que trabajan por Francia— y aprender de ellos, pero también para adentrarme en multitud de temas que desde entonces nunca he abandonado.

Tras esos años decidí dejar el «servicio», como se lo llama, para pasar al sector privado y al mundo de la empresa.

Quería aprender esa nueva gramática y enfrentarme a los desafíos internacionales, pero consciente de que algún día volvería a la esfera pública. Durante todos esos años seguí interesado en la política. En la revista Esprit, donde frecuenté durante un tiempo a gente próxima a Jean-Pierre Chevènement, y luego militando brevemente en un partido socialista en el que no terminé de sentirme a gusto. Y también recorriendo las tierras del Pas-de-Calais, donde, con el paso del tiempo, crearíamos nuestros vínculos.

Así pues, tras dejar la función pública trabajé en el banco de negocios Rothschild, donde todo era nuevo para mí. Durante varios meses me inicié en los métodos, en la técnica, junto a gente más joven y también más bregada que yo en esas lides. Luego, guiado por banqueros expertos, aprendí ese oficio extraño, que exige comprender un sector económico y sus desafíos industriales, convencer a un directivo a la hora de tomar decisiones estratégicas y después seguir la ejecución de las mismas, rodeado de una plétora de especialistas. Durante esos años descubrí el comercio y su gran fuerza, pero sobre todo aprendí mucho sobre el mundo.

Por eso no comparto la exaltación de quienes alaban esa vida como el horizonte insuperable de nuestro tiempo ni la amargura crítica de los que sólo ven allí la lepra del dinero y la explotación del hombre por el hombre. Ambas visiones me parecen impregnadas de un romanticismo juvenil fuera de lugar.

Pasé mucho tiempo con colegas excepcionales. De hecho, David de Rothschild ha sabido, con inteligencia y elegancia, reunir a su alrededor talentos y personalidades que normalmente no hubieran podido trabajar juntos. Pues ese oficio no consiste en manejar dinero. No se trata de prestar ni de especular. Es un oficio de consejero, en el que lo que tiene valor son las personas.

De esos cuatro años pasados en el banco no lamento nada. Se me ha reprochado repetidamente ese período, porque los que desconocen ese universo sólo tienen una vaga idea de lo que allí se hace. Yo aprendí un oficio; todos los responsables políticos deberían tener uno. En diversos sectores y en numerosos países he descubierto cosas que luego me han servido. He frecuentado a hombres que toman decisiones, y eso enseña mucho. Me he ganado bien la vida, sin haber amasado una fortuna que me dispense de la necesidad de trabajar.

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