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Neil Gaiman sobre Edgar Allan Poe

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Este es un libro para descubrir a Gaiman (si es que hay algún rezagado que no lo haya hecho) y el libro perfecto para quienes quieren continuar la lectura de un autor inteligente, vivaz, singular. Aquí repasa la relación entre su vida y su actividad como escritor, analiza textos y nos revela sus referencias literarias. Así ingresamos a su mundo interior, complejo y sorprendente. La vista desde las últimas filas (Malpaso) nos trae al padre del Sandman en su versión más íntima. Aquí el capítulo dedicado a Poe.

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ALGO DE EXTRAÑO EN LAS PROPORCIONES: LA BELLEZA EXQUISITA DE EDGAR ALLAN POE

Estamos aquí reunidos para que pueda explicaros —y explicarme, de paso— algunas cuestiones relacionadas con Edgar A. Poe, «Edgar, un poeta sin la letra T», como él mismo se definió en cierta ocasión, y con los extraños poemas y relatos reunidos en este volumen.

La primera vez que leí a Poe fue en una antología titulada Fifty Stories for Boys [Cincuenta relatos para niños]. Yo tenía once años, y el relato en cuestión era «Hop-Frog», esa extraordinaria crónica de una terrible venganza, un relato que no encajaba en absoluto con los cuentos de niños que vivían aventuras en islas desiertas o descubrían un mapa del tesoro escondido en el hueco de un árbol. Cuando izan al rey y a sus siete cortesanos, embadurnados de brea y encadenados, y el bufón al que han puesto el nombre de Hop-Frog trepa por la cadena, con la antorcha prendida, me quedé estupefacto y eufórico, pues esa venganza monstruosa me parecía totalmente justa. No creo que hubiera más asesinatos en Fifty Stories for Boys y, desde luego, ninguno con unos personajes tan originales y atractivos, ni con una crueldad tan terrible y oportuna.

De pronto, Poe se convirtió en un autor omnipresente. Descubrí los relatos de Sherlock Holmes y, en el primero de ellos, «Estudio en escarlata», Holmes arremete contra el detective creado por Poe, Auguste Dupin, pero lo hace en un tono que deja entrever que Dupin era en realidad el antecedente literario de Holmes. Con el relato de Ray Bradbury «Usher II», mi fascinación terminó de afianzarse; en este relato breve (un híbrido: el mundo futuro de Fahrenheit 451 en el Marte de Crónicas marcianas), una serie de despiadados críticos y reformadores de la ficción, la fantasía y el terror tienen que pasearse por una casa llena de escenas sacadas de los relatos de Poe —el pozo y el péndulo, unos orangutanes robotizados y asesinos, etcétera—, y asisten a su propio asesinato.

Así que, cuando cumplí trece años, pedí que me regalaran Relatos y poemas completos de Edgar Allan Poe. No sabría decir si Poe es un escritor apropiado para un chico de trece años. Pero todavía recuerdo lo emocionante que me pareció la muerte corporal definitiva del Señor Valdemar, al abandonar su estado de trance; nunca olvidaré el entusiasmo que sentí la primera vez que leí «La máscara de la muerte roja», y el nefasto intento de Próspero de proseguir con la fiesta, y la frase final, perfecta; recuerdo el escalofrío que me recorrió la nuca cuando me topé con las primeras palabras de «Corazón delator», pues el narrador asegura que no está loco, y yo sabía que estaba mintiendo; recuerdo que me preguntaba —y todavía me pregunto— qué insulto podía haberle dirigido Fortunato a Montresor para que ambos tuvieran que emprender ese húmedo viaje a través de aquellas catacumbas, en busca de una barrica de amontillado…

Eso fue hace treinta años.

Todavía hoy vuelvo a leer a Poe de vez en cuando. Hace poco, un audiolibro con los relatos y los poemas de Poe recitados por Vincent Price y Basil Rathbone me hizo compañía durante un largo viaje en coche desde el Medio Oeste a Florida. Me di cuenta de que aquella manera de experimentar los relatos de Poe no se podía comparar con ninguna otra, y atesoro el recuerdo de conducir a través de la oscuridad mientras escuchaba el relato de aquel hombre al que se le agudizan los sentidos por culpa de la enfermedad, o el gemido de esos seres que «no son salvajes ni humanos, son espectros sepulcrales», y el tañido de las campanas que hacían doblar… «Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Ligeia», recitaba la voz aterciopelada del difunto Vincent Price mientras atravesaba las montañas de Tennessee a medianoche. Y estaba tan preocupado por la cordura de ese narrador obsesionado por una esposa muerta que era casi su madre y que regresaría en el cadáver embalsamado de su segunda esposa, estaba tan absorto en aquel relato, que me pasé la salida de la autopista…

Edgar Allan Poe escribió poemas, relatos, crítica y artículos periodísticos. Era un escritor activo que se ganaba la vida con las palabras, y que, durante gran parte de su existencia, mantuvo, lo mejor que pudo, a su esposa que era su prima Virginia (se casaron cuando ella tenía trece años; murió a los veinticinco, después de agonizar durante una parte importante de su vida), y a su madre, Muddy. Era un hombre vanidoso, envidioso, de buen corazón, macabro, atormentado y soñador. Fue el inventor del formato que hoy en día conocemos con el nombre de relato policíaco. Escribió cuentos de terror que hasta sus críticos reconocen que son obras de arte. Tuvo problemas económicos y con la bebida durante gran parte de su vida. Murió en la pobreza, en un hospital, en 1849, después de una última semana en la que no se sabe exactamente lo que hizo, aunque lo más probable es que la pasara a solas, borracho.

En vida fue el mejor escritor de Estados Unidos, un poeta y un artesano que no logró ganar demasiado dinero con la literatura, aunque todo el mundo citaba sus poemas —«El cuervo», por ejemplo—, los adoraban, los parodiaban y los vilipendiaban, mientras los escritores a los que Poe envidiaba, como Longfellow, obtenían un éxito comercial muy superior. Con todo, la obra de Poe, a pesar de su efímera existencia, que no le permitió desarrollar plenamente su potencial, se sigue leyendo en la actualidad, y sus mejores relatos tienen el mismo éxito, y son fáciles de leer y actuales. Los autores desaparecidos están sujetos a los caprichos de las modas, pero Poe, me atrevería a apostar, se encuentra más allá de cualquier moda.

Escribió sobre la muerte. Escribió sobre muchas cosas, pero la muerte, la resurrección, las voces y los recuerdos de los muertos impregnan la obra de Poe: al igual que el dramaturgo John Webster en el poema de Eliot, Poe «estaba demasiado obsesionado con la muerte. Veía la calavera debajo de la piel». A diferencia de Webster, sin embargo, Poe no podía olvidar la piel que en tiempos había recubierto la calavera.

(«La muerte de una mujer hermosa —escribió Poe en un ensayo sobre el proceso de creación de “El cuervo”— es, indiscutiblemente, el tema más poético que existe.»)

Hoy en día la gente sigue estudiando la vida de Poe, e intentan interpretar su obra a la luz de su biografía. Sus padres eran actores; su padre desapareció, su madre murió cuando él tenía tres años; la tirante relación con su padrastro, John Allan; la novia niña de Poe y su tuberculosis; sus problemas con la bebida; su muerte misteriosa y prematura (tenía cuarenta años). Su vida, breve, enmarañada, extraña, sirve de marco a su obra, le aporta un contexto y, además de plantearnos algunos enigmas sin respuesta, modela sus relatos y sus poemas para que cada nueva generación de lectores pueda descubrirlos.

Y eso es lo que hacemos, descubrirlos.

Los mejores relatos de Poe no envejecen. «La barrica de amontillado» es la crónica de la venganza más perfecta que se ha escrito. «El corazón delator» es una mirada clarividente a través de los ojos de la locura. «La máscara de la muerte roja» cobra más relevancia cada año que pasa. Sus relatos no dejan de deleitarnos. Y sospecho que siempre será así.

Poe no es un autor que pueda leer todo el mundo. Es una bebida demasiado embriagadora. Puede que no os guste. Pero hay algunas claves secretas que ayudan a valorarlo, y os voy a revelar una de las más importantes: leedlo en voz alta.

Leed los poemas en voz alta. Leed los relatos en voz alta. Sentid cómo se comportan las palabras en vuestra boca: las sílabas rebotan y ruedan y se impulsan y se repiten, o están a punto de hacerlo. Los poemas de Poe pueden ser hermosos aunque no conozcas la lengua inglesa (de hecho, un poema como «Ulamume» es difícil de entender incluso para quienes la dominan: se insinúan un montón de significados, pero no se ofrece ninguna solución). Versos que, en la página parecen recargados o innecesariamente repetitivos o incluso empalagosos, leídos en voz alta adoptan una nueva forma y una nueva configuración.

(Puede que os parezca extraño u os dé vergüenza leer en voz alta; si preferís leerlos en voz alta a solas, os sugiero que busquéis un lugar secreto; y si necesitáis público, buscad a alguien al que le guste que le lean, y leedle.)

Durante mucho tiempo, uno de mis libros-fetiche favoritos fue un ejemplar de Tales of Mystery and Imagination ilustrado por el artista de vidrieras irlandés Harry Clarke con pasión y locura, y con un profundo conocimiento de las sombras y de la incorrección de los ángulos y de las formas que me parece que encaja a la perfección con los relatos de pesadilla de Poe.

Pero también es verdad que los relatos de Poe siempre pedirán a gritos que alguien los ilustre. Contienen imágenes fundamentales y primordiales, ráfagas de color y figuras visuales exasperantes (imaginad: un cuervo negro sobre el pálido busto de Palas Atenea; las habitaciones de todos los colores menos uno, en el palacio maldito de Próspero; las botellas y los huesos de las catacumbas de Montresor; un solitario gato negro contra una pared, sobre la cabeza del cadáver de una mujer; un corazón que late bajo la tarima: un corazón delator…). Las imágenes surgen espontáneamente al leer los relatos; las vas construyendo mentalmente.

Los relatos de Poe —incluso los cómicos, incluso los policíacos— están poblados por amnésicos y obsesos, por personas condenadas a recordar lo único que desean olvidar; están narrados por locos, por mentirosos, por amantes, por fantasmas. Su fuerza radica tanto en lo que se cuenta como en lo que Poe no nos revela, y todos ellos están atravesados por una grieta tan profunda y peligrosa como la que recorre de arriba abajo la lúgubre mansión donde viven Roderick y Madeline Usher, que apenas se tiene en pie.

Algunos de vosotros estáis a punto de encontraros con Poe por primera vez, mientras que otros habéis llegado hasta aquí porque apreciáis la obra de Poe, o porque os gusta coleccionar libros hermosos, y poemas hermosos. Y aun así… y aun así, «No hay belleza exquisita —como nos recuerda Poe en “Ligeia”—, sin algo de extraño en las proporciones…».

 

 

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