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Mujeres en la cama

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Esta novela de Gina Berriault (Long Beach, California, 1926 – 1999), editada por Jus, viene con una frase demoledora que invita, incita, obliga a leerla: «La mitad de las mujeres del mundo están en este momento en la cama, en la suya o en la de otro, ya sea de noche o de día, tanto si lo desean como si no». Mujeres en la cama aborda la inevitabilidad del sufrimiento y la frágil naturaleza de la individualidad.  

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Muerte de un hombre insignificante

En medio de un grupo de amigos que bebían cerveza de Dinamarca en altos vasos mexicanos en un apartamento con sofás rojos de polipiel y alfombras negras de pelo largo, justo en el momento en que la anfitriona, antigua corista en Las Vegas, se inclinaba risueña para susurrarle algo al oído, justo entonces, él se lanzó del sofá a la alfombra. Los demás, su esposa entre ellos, pensaron que fingía un ataque para bromear sobre la proximidad pechugona de la anfitriona o lo que ésta le había dicho al oído, aunque aquella clase de simulaciones eran totalmente ajenas a su tímida, graciosa y reflexiva personalidad.

Pero justamente porque aquello no era habitual en él, enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un acto que escapaba a su control. Los que estaban sentados junto a él se quitaron de en medio y, al igual que el resto, se pusieron de pie. Su esposa cayó de rodillas a su lado.

Durante varios segundos permaneció rígido y con los ojos en blanco mientras su esposa le daba golpecitos en la cara y le acariciaba las manos. Había espuma en el borde inferior de su cuidado bigote rubio. Los demás, en estado de shock, lo rodearon mientras conversaban en tono de duelo. Alguien preguntó a su esposa si algo así le había sucedido anteriormente: ella respondió que no, que nunca, y lo repitió ante el joven médico del piso de arriba, a quien la anfitriona había llamado y que se hallaba arrodillado al otro lado de aquel hombre ahora flácido.

Claudia, la esposa, se hizo a un lado mientras el médico, con gestos de aliento y un «¡vamos, arriba!», ayudaba a su marido, largo y débil, a tumbarse en el sofá. Ella se negó a sentarse por si se producía algún contratiempo imprevisto. La anfitriona la cogió por la cintura, pero ella no se entregó al consuelo. La dejaron en paz. Miraba el rostro conmocionado de su marido que, a su vez, miraba azorado la cara del doctor, encima de él, moviendo el estetoscopio por el amplio pecho descubierto. El joven médico levantó la vista para preguntar a Claudia qué brazo, qué pierna había sacudido, y ella le contestó que se había asustado demasiado para darse cuenta; notó la fugaz reacción del médico ante su persona, idéntica a la de tantos hombres y mujeres cuando la veían por primera vez: la lucha por ocultar la emoción que despertaba la belleza de una mujer, fuera cual fuera esa emoción: envidia, deseo o incluso miedo. La conciencia del efecto que provocaba duraba medio segundo e iba seguida de una sensación de cariño y lealtad que la convertía de nuevo en aquella chica que había sido para él al principio de sus nueve años juntos.

Cuando él se puso en pie, tambaleante, bromeando tímidamente con los labios secos, alguien dijo que las setas encurtidas eran alucinatorias y otro se rio con todas sus fuerzas y se tiró al suelo. La anfitriona lo ayudó a ponerse el abrigo y Claudia, pasándole el brazo por la espalda, lo condujo, con ayuda del anfitrión, a través de los cinco lentos pisos en el ascensor y a lo largo de la calle.

Mientras conducía a casa, recordó con remordimiento su pelea a primera hora de la noche. Ella no había querido ir a la fiesta. «Puede que no sepan quién demonios es Camus —había dicho él, estirando las palabras al tiempo que estiraba innecesariamente sus calcetines—. Pero ¿por qué no bajas de vez en cuando al nivel de los mortales?» Aquella noche, ambos habían bajado al nivel de los mortales y ahora él dormía profundamente con la barbilla hundida en la bufanda, las largas piernas estiradas y separadas entre sí, las manos en los bolsillos del abrigo; en uno de ellos había deslizado la nota del médico con el nombre de un neurocirujano. El médico no le había dado tranquilizantes, pero su sueño era tan profundo como si hubiera tomado alguna droga.

En el puente estaban casi solos; detrás de ellos, las luces delanteras de dos coches y muy por delante, cada vez a mayor distancia, los faros traseros de otro; todo aquello, unido al miedo que ella sentía de que el sueño de su marido fuera un preludio de la muerte, cambió el escenario de la oscura bahía y las engalanadas ciudades nebulosas que la bordeaban.

Lo familiar se volvió muy extraño, como si, en caso de que él abriera los ojos, ésa fuera a ser la última visión que tendría del paisaje. Entonces volvió a sentir, casi avergonzada, aquella afinidad con Camus, y aunque Camus estuviera muerto, la adoración por él que la había llevado a París hacía siete años revivió de nuevo en su memoria. Había ido sola y vivido allí durante tres meses gracias a la pequeña herencia de una tía, pero el dinero se había acabado antes de que tuviera lugar el proyectado encuentro. Era verdad que no se había esforzado demasiado por entrar en contacto con gente que lo conociera, pero ¿cómo iba a hacerlo? Suponía que, si frecuentaba las calles por las que él quizá pasaba, podía producirse un encuentro casual y él se daría cuenta a primera vista de hasta dónde había sido capaz de llegar para estar con él. Sin embargo, en aquel tiempo también había sentido que su búsqueda era tan vergonzosamente obvia como la de una amiga suya que, enamorada de Koestler, había conseguido un lugar en las primeras filas de una conferencia y, fijando sus ojos en él, lo había hecho cometer un par de deslices en su discurso; luego se le había acercado en el vestíbulo y le había demostrado lo profundamente que había analizado su obra permitiéndose criticar algunos puntos de su conferencia en los que aparentemente él se había contradicho. Su obsesiva temporada en París no la había llevado a ningún lado y, desesperada (¿qué sería de su vida?), había regresado a Nueva York. Pero se había negado a embarcar en el avión a San Francisco. En la sala de espera del aeropuerto la había invadido una terrible y profética sensación: todas aquellas personas que esperaban para embarcar, la elegante mujer madura vestida de negro, la joven madre y su hijo con traje y gorra de marinero, los demás, todos iban a morir aquel día. Aún no había abandonado la sala de espera, todavía estaba en el banco, incapaz de levantarse, incapaz de volver con Camus e incapaz de volver con su marido, cuando el avión se estrelló al intentar despegar. Había vuelto al hotel y se había pasado el día llorando en su habitación, temblando de miedo ante aquella sensación profética que, de aparecer nuevamente, la mostraría vieja, sin rastro ya de belleza, sin rastro ya de curiosidad por la vida, sin rastro ya de esperanza por una gran pasión.

En la larga carretera llena de curvas que descendía de las colinas y llevaba hasta la ciudad, con sólo el bajo guardarraíl blanco entre el coche y la escarpada pendiente y su marido dormido junto a ella, volvió a sentir la inminencia de algo.

Si hacía siete años ella hubiera iniciado otra vida, su marido habría encontrado otra esposa y habría continuado viviendo; ahora, una vida distinta sería el resultado de que él muriese.

La sensación de crisis, seguida de una sensación de culpa, cayó sobre ella en forma de un terrible cansancio y, al ayudar a su marido a incorporarse y salir del coche, sintió su cuerpo tan pesado como el de él.

Lo sentó en la cama, le quitó los zapatos y los calcetines y, apenas lo había tapado hasta la barbilla, se quedó dormido boca arriba. El sueño de él la alcanzó mientras se desvestía y se ponía el camisón y la empujó junto a su marido; se dio la vuelta en la cama para ponerse frente a él y puso la mano sobre su pecho desnudo, intentando convencerlo con su mano, con todo su corazón, de que permaneciera con vida. «Querido Gerald, amado Gerald: permanece vivo.»

Gerald pasó casi todo el domingo durmiendo, aunque Claudia lo despertaba cada pocas horas por miedo a que hubiera caído en coma. Le llevó leche con tostadas y fruta como excusa para despertarlo. Por la tarde, después de deambular un poco tratando de recordar las sensaciones, los pensamientos, que habían precedido el ataque, leer los periódicos y darse una ducha, volvió a la cama a las diez y durmió hasta el día siguiente a mediodía, cuando su esposa lo despertó acariciando el suave interior del brazo surcado de venas que tenía doblado sobre la almohada, un medio marco para su pálida cara sin afeitar. Ella le dijo que el neurocirujano no podía darle hora antes del viernes de aquella semana y él por fin relajó el ceño: si el especialista no tenía prisa para verlo es que la cosa no debía ser tan grave. Se sacudió de encima las sábanas, levantó las piernas y pataleó en el aire hasta que consiguió sentarse.

«Me levantaré, me levantaré», dijo.

A esa hora él siempre estaba levantado ya, tallando sus bellas esculturas de madera, vagabundeando por los caminos forestales o las playas o haciendo lo que le apetecía antes de bajar la colina, tomar el autobús a la ciudad y sentarse a trabajar ante su escritorio hasta la media la noche preparando el periódico del día siguiente. Se levantó y, en el momento en que él volvió a estar en pie, Claudia volvió a sentir la inercia que caracterizaba su vida. El que volviera a estar en pie, listo para irse a trabajar sin haber perdido un día, privaba a Claudia de esta crisis en su vida, de este crucial punto de inflexión. Alarmada por su propia reacción, abrazó a su marido por detrás, apretando su cara contra la espalda de él y besándolo tantas veces por sobre el hombro que lo hizo inclinarse hacia delante, encantado de plegarse al amor que ella le mostraba.

Claudia estaba en la bañera cuando él se marchó. Imaginó qué aspecto tendría mientras bajaba la colina, bajo la arcada de árboles: un hombre fuerte de treinta y seis años, sin sombrero, yendo a trabajar a la hora en la que la mayoría estaba a punto de volver a casa. En aquel momento, al imaginar que él desaparecía, sintió el vacío de la casa y, en aquella casa vacía, sintió su propio potencial. Se veía a sí misma con los ojos de otra persona: la mirada más intensa que se podía imaginar.

Al minuto siguiente, temerosa de que algún maleante estuviera dentro de la casa, se levantó de la bañera, echó el cerrojo en la puerta del baño y, aturdida, se envolvió a toda prisa en una toalla. Tras un largo minuto buscando escuchar si alguien caminaba por la casa vacía, abrió la puerta del baño y, manteniendo cerrado su kimono, revisó descalza las habitaciones, sabiendo mientras buscaba que no había nadie en la casa sino ella.

Algunas noches cenaba en casa, sola, leyendo en la mesa, y otras bajaba a la ciudad, a uno de los restaurantes al borde del agua, con la tranquilidad de una residente en una meca turística.

La gente la miraba con curiosidad: una joven atractiva que cenaba sola. Otras noches salía a última hora de la tarde, inquieta y cansada de leer, se acercaba a la librería que abría hasta la medianoche y se sentaba a una mesita redonda a tomar café y a leer un poco más: los periódicos de Inglaterra y Francia. Los años en que su marido había trabajado de día, ella había tenido algunos empleos. Fue recepcionista en una agencia teatral, dependienta en la sección de alta costura en unos grandes almacenes… Pero aquella superficialidad y la ansiedad de todo el mundo, unidas a la exposición de su propia persona, retraída por naturaleza, le provocaron noches de angustia y tuvo que abandonar. Había decidido no trabajar en lugares vulgares. Sólo quería leer. Las únicas personas, además de Gerald, con las que podía conversar eran los escritores famosos y algunos desconocidos cuya obra había descubierto por sí sola. Siempre se establecía una maravillosa telepatía en ambas direcciones. Mientras ella leía los pensamientos de ellos, éstos parecían leer los de ella.

Aquella noche se preocupó menos de lo habitual de la ropa que se ponía. Dondequiera que fuese, siempre se esmeraba en su apariencia por temor a las miradas críticas. Y siempre llevaba la cabeza descubierta porque su pelo rubio era un amoroso regalo de sus ancestros escandinavos. La blusa de seda malva que escogió tenía una lámpara de vino y había una manchita junto al dobladillo de la falda de lana gris. Llevar aquella ropa sin avergonzarse era, para ella, aceptar una mancha en el espíritu de la mujer que se permitía soñar con otra vida.

Aparcó el viejo y vulgar descapotable junto al pequeño parque oscuro y caminó por la acera bordeando el agua que, aproximadamente medio metro más abajo, lamía el muro de piedra. Los reflejos sobre las aguas oscurecidas por la niebla baja junto al canal, el cielo claro, apenas estrellado, y el grupo de gaviotas que flotaban donde los globos de los restaurantes iluminaban las aguas, todo evocaba aquella promesa que había experimentado en París. Justo antes de llegar al restaurante construido sobre pilotes en el agua, oyó un silbido bajito a su espalda y apareció un hombre que seguía sus pasos. Sintió su mirada cercana, sintió su torpe obstinación animal y quiso volverse para gritarle que se largara: una mujer tenía derecho a salir por la noche sola, y, al mismo tiempo, quiso correr y escapar de la acusación de que era ella quien lo había provocado con su largo pelo rizado iluminado por la luna, sus piernas enfundadas en medias negras de nylon y su pañuelo blanco de seda con flecos. En las escaleras del restaurante, él le habló para pedirle que se detuviera o para advertirla del escalón, y ella abrió la puerta de un empellón, golpeando a un joven que salía. Eligió la mesa más alejada de la puerta, cerca de la ventana que daba al agua. El encuentro con el hombre cuya cara había temido mirar estropeó aquella noche que, según lo previsto, la devolvería ilesa al antiguo sueño de otro futuro. Vio que le temblaban las manos, incapaces de levantar el tenedor sin dejar caer comida al plato. Apenas capaz de probar unos bocados, esperó a salir, esperó a que el hombre se hubiera ido, esperó a que su corazón se calmase.

Pero, tras haber caminado unos pasos por la acera, volvió a oír sus pisadas. Esta vez, él no le habló, la siguió como si fuera ella quien le hubiera hablado, como si ella fuera la invitación y él la respuesta. Su corazón latía enloquecido, subió al coche dando un portazo. La pesada falda y el abrigo se apelotonaban bajo sus piernas, pero le daba miedo tomarse un momento para liberarlos de un tirón. Dio una vuelta con el coche y, mucho antes de la hora en que había pensado regresar, ya es taba subiendo la colina de vuelta. Justo antes de tomar la primera curva, unas luces destellaron en su retrovisor, tomó la curva demasiado rápido y estuvo a punto de estrellarse contra una pintoresca puerta de hierro.

Permaneció de pie en la casa a oscuras, corrió con todas sus fuerzas las cortinas y las anillas metálicas sonaron al rozar la varilla. Si Gerald había tenido una corazonada antes de su ataque, esta sensación debía de ser parecida. El hombre estaba fuera, bajo la luz de la verja, obsceno y estúpido, siguiendo a una mujer que no imaginaba que pudiera rechazarlo, que esperaba en la casa a oscuras para abrirle la puerta y atraerlo hacia ella. El hombre apartó las ramas con la mano y subió por el camino. Ella oyó sus pasos sobre el empedrado, oyó los dos golpes secos en la puerta y se escuchó a sí misma gritar: «¡Fuera! ¡Fuera!». Se agarró a las cortinas hasta que oyó el motor del coche ponerse en marcha, vio las luces rojas traseras reflejadas en el follaje del patio y oyó el coche bajar la colina.

Entonces, mientras caminaba por la casa a oscuras, la desolación la invadió. Aquel patán le había impedido seguir soñando con su futuro, un sueño que, por otra parte, no era más que un recuerdo de sí misma en el pasado: aquel breve periodo en París, sola, deseosa de un destino, deseosa de un hombre con un destino, el que rompería la coraza de su culpa, la guiaría por las complejidades de su intelecto y la ungiría con la humedad de sus besos. El intruso le había robado su pasado y su futuro, y ella no estaba en otro lugar, sino en aquella casa a oscuras donde quizá se quedara para siempre.

Su fino tacón quedó atrapado en la rejilla de la calefacción que había en el suelo del recibidor y ella abandonó los dos zapatos sobre el aprisionador y frío metal.

Para cuando Gerald llegó a casa, todas las lámparas estaban encendidas, su cena estaba en la cocina, la mesa puesta y el vino en la nevera; y frente a él, al otro lado de la mesita, ella se quejaba de los días que él tendría que esperar hasta que el médico lo recibiera.

—Debe de haber montones de gente con ataques —dijo él. Y, más tarde, tapándose con la manta—: Si es algo serio, no vale la pena preocuparse: cuando aparecen los síntomas, ya es demasiado tarde para poder hacer algo.

Durante un minuto se quedó tumbado mirando hacia arriba y luego apagó la lámpara para ocultar su cara. Ella lo oyó murmurar algo y después quedarse en silencio. Con aquellas pocas palabras había mostrado aquella noche más pesimismo que en todos los años que llevaban casados. Entregarse al pesimismo, como dejarse llevar por la ira o la crítica, era socavar el matrimonio, y a él no le importaba socavarlo. Nunca había dado la impresión de estar descontento con su vida. No la había orientado a grandes logros para permitir que lo desviaran. Todo en él era prueba de su firmeza: su costumbre de reflexionar sobre cosas sin importancia, su tendencia a asumir las circunstancias en lugar de combatirlas, la casi perversa falta de necesidad de cambiar su vida, de atacar, de luchar; y aquella naturaleza resistente era lo que había hecho que ella se aferrara a él. Pero ahora, tumbada a su lado, percibió cómo su propia ineficacia invadía a su marido, percibió el resentimiento que un especialista de la inaccesibilidad como él sentía a resultas de su propia cerrazón, y el que sentía hacia ella, su esposa, por denigrarlo imaginando otra vida sin él. El ataque y la incertidumbre, la posibilidad de que pudiera estar a merced de los médicos y de alguna enfermedad, incluso del propio final, todo ello era ya bastante denigrante.

El marido que siempre había dormido boca arriba, mostrando su rostro confiado a la mañana que se avecinaba, dormía atemorizado, y ella temía tocarlo. Se quedó dormida con las manos sobre el corazón.

¡Oh, Dios! ¿Qué estaba pasando? Aquel patán obsceno, la presencia sin rostro, el extraño en la noche había hecho a un lado las ramas y estaba allí: le estaba cortando el pelo violentamente con unas tijeras grandes y frías. El pelo caía en hebras rizadas de un brillo pálido, iluminado por la luna, vivo. Caía al suelo y sobre la colcha, y, a medida que esa presencia sin rostro le cortaba el pelo, su rabia dio paso a una espantosa debilidad.

Pero ¿era ella realmente la que estaba sola en esa cama mucho más estrecha, esa mujer joven con el pelo cortado, con el rostro marcado por el sufrimiento, con un rostro que excedía el sufrimiento? ¿Era realmente ella? Oh, Dios, bendito

Dios: era ella, y estaba muriéndose mucho antes que Gerald.

¡Y qué joven era aquella mujer, ella misma, que no conocería jamás la vejez que tan insensatamente había temido! Llorando golpeó débilmente a la presencia sin rostro que le cortaba el pelo, pero él siguió cortándoselo. De repente, alguien se movió en la cama, alguien a su lado se levantó y se inclinó sobre ella. Era Gerald, y el terror que ella sentía cernirse lo invadió también a él. La agarró fuertemente de las muñecas con ambas manos pronunciando su nombre, atrayéndola con sus manos grandes y delicadas que la tranquilizaban y calmaban buscando despertarla.

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