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Mil noches sin ti, de Federico Moccia

Vuelve Federico Moccia con la segunda parte de Esta noche dime que me quieres: Mil noches sin ti (Planeta, 2019)  Sólo hace falta una noche para cambiarlo todo. Tras un paréntesis en Rusia, para Sofía ha llegado el momento de poner orden a su vida sentimental. Ya no puede seguir huyendo de su pasado, de la soledad de su matrimonio, ni de la historia pasional y rota con Tancredi, y decide regresar a Roma. En un viaje a Sicilia para visitar a sus padres, descubrirá un secreto familiar que le afectará profundamente. Mientras tanto, Tancredi sigue todos sus pasos; es un hombre enamorado que nunca se ha rendido a la primera. Pero Sofía no confía en él… ¿Acabarán reencontrándose?

 

 

Islas Fiji

 

El mar y la noche se confunden. Las pequeñas y dulces olas rompen en la orilla. La luna tiñe la playa de un plateado ambarino. La arena es suave, está fría, Tancredi la levanta al caminar dejando que al cabo de un instante la brisa nocturna se lleve un poco consigo. Entonces se detiene, acaba de enredarse en su corazón un recuerdo, bonito, intenso, único, de otra noche de hace ya demasiado tiempo. Mira a lo lejos, hacia el horizonte que oculta la oscuridad. «No puedo verlo, pero sé que está ahí. Al igual que tú, Sofia.»

Las olas alcanzan sus pies desnudos, mojan un poco el borde de los pantalones de lino enrollados en los tobillos. Se ve el reflejo de algún pez plateado que se topa por casualidad con un rayo de luna.

«Cuando es de noche todo parece más difícil, más distante, más doloroso. No estás y, sin embargo, más que ninguna otra persona, sigues irremediablemente ahí. No logro liberarme de ti. Tus imágenes acuden de repente al igual que una ola a veces intensa, impetuosa, fruto de algún desconocido huracán, y otras, menuda, redondeada, débil, ligera, con una pequeña y sencilla cresta acariciada por el viento. Hay algunos momentos en los que incluso el simple hecho de haberte vivido consigue hacerme pensar, hacerme tener la ilusión de que soy feliz, sólo gracias a la esperanza de que un día pueda volver a encontrarte. Vivo de esto, de la última esperanza.»

Tancredi sigue caminando. Las palmeras se balancean al compás del viento. Ahora la luna está más alta. Algunas nubes lejanas se deshilachan y dejan libres a las estrellas para que brillen. Algún pequeño animal nocturno se mueve raudo entre los arbustos. «Mi isla es un paraíso, pero a veces parece realmente el infierno. Cioran decía que las noches en las que hemos dormido es como si no hubieran existido nunca. Sólo permanecen en la memoria aquellas en las que no hemos pegado ojo. La de hoy será una de esas noches.»

 

 

 

Rusia

 

En un pequeño auditorio rodeado de nieve y árboles del pequeño parque de Mozhayskaya Ulitsa, Sofia Valentini, famosa pianista de fama internacional, interpreta a Nyman. Tiene los ojos cerrados, mueve ligeramente la cabeza y sus manos se deslizan por el teclado a una velocidad increíble. La música llena toda la sala, envuelve a la gente; además, es como si las notas atravesaran las paredes: salen al exterior, suben hacia el cielo, pasan entre las livianas nubes, entre las estrellas, y llegan hasta la luna llena, que las escucha absorta. Luego prosiguen su recorrido por la calle desierta y emprenden su viaje, llegan al inmenso y lejano lago Baikal, de una profundidad infinita, y a continuación suben por el sendero de la reserva natural de Ussurisky para después regresar a ese auditorio lleno de gente que, inmóvil, embelesada, escucha su música.

Olja está sentada en la esquina izquierda de la última fila. Conoce de memoria cada nota, cada línea de esa partitura, cada pausa. Fue una de las primeras piezas que Sofia aprendió a tocar. Y, sin embargo, a pesar de todo, llora. Nadie en el mundo toca así, nadie sabe conducir una orquesta con un piano como lo hace Sofia, nadie sabe interpretar a Nyman de ese modo. La conmoción es tanta que Olja no puede retener las lágrimas, por lo que la niña que está sentada a su lado en silencio, al volverse, observa asombrada a esa mujer mayor que llora. La mira perpleja, le gustaría decirle algo, pero no sabe exactamente qué. Olja se percata de la mirada de la niña, de modo que se esfuerza en sonreírle y la pequeña, satisfecha, vuelve a centrarse en escuchar la música.

Ahora Olja sonríe para sus adentros. «No debo de estar muy bien —piensa—. ¿Será porque Sofia todavía es capaz de conmoverme de este modo o porque tengo algún problema en mi interior y no lo sé?» Pero no le da tiempo a encontrar una respuesta, Sofia toca las últimas notas y al final se para, se queda con la cabeza ligeramente agachada, inmóvil. Al cabo de unos segundos, todo el auditorio se pone en pie de un salto y estalla en un fragoroso aplauso.
Olja también se levanta y aplaude, mientras mira a su derecha a la pequeña niña que le lanza una última ojeada y, al verla sonreír de nuevo, bate palmas todavía con más fuerza. Ya vuelve a estar tranquila.
Elizaveta sacude la cabeza un instante al pensar en lo que acaba de pasar. «¿Cómo es posible que esa señora no sea feliz en un concierto como éste? ¿Tal vez, al envejecer, se pierde la capacidad de distinguir las cosas bonitas? ¿O es que, como le ocurre a mi abuela, no está muy bien de sa lud? ¡Mejor dicho, no está!»

La niña se echa a reír. Olja lamira. «Menos mal, ya no me presta atención, quién sabe en lo que estará pensando para reírse así.» A continuación, Olja se vuelve hacia el escenario. Sofia está dando las gracias al público con leves reverencias. Alguien lanza rosas rojas a sus pies. Sofia las recoge haciendo crujir las tablas
del suelo, luego las alza sonriendo y se las lleva al pecho, a su corazón. El vestido rojo, elegante y vaporoso, le deja los hombros al descubierto. Sofia siente un escalofrío una vez que la adrenalina de la interpretación va desapareciendo.

Mira de nuevo a derecha e izquierda, hacia los espectadores que no dejan de aplaudir. Hace una gran reverencia y al final abandona el escenario.

 

«Es evidente que Sofia tiene un don único —piensa Olja—. Interpretar así A Wild and Distant Shore con todos esos crescendo sólo está al alcance de Peter Bence, que no por casualidad posee el récord del mundo por haber tocado el mayor número de sonidos en un minuto con el piano. Un verdadero portento. Pero después dejó de hacerlo para siempre, porque sabía que ya no lograría volver a tocarla otra vez de un modo tan perfecto. He escuchado mil veces su interpretación y sólo Sofia ha sido capaz de superarlo. Porque Sofia es perfecta y no puede tocar de otra manera, ella es así, aunque parece que no se dé cuenta o, peor aún, que no lo acepte. ¿Por qué no quiere volver a hacer feliz al público de todo el mundo? Ya hace más de ocho meses que vive aquí, en el raión de Pervomaisky, un distrito a unos diez kilómetros de Vladivostok, un lugar batido por el viento. Muchas leyendas cuentan que el viento nace precisamente en estos parajes, entre el mar y las cumbres nevadas, y que a veces arrecia tanto que doblega los árboles más fuertes, incluso arranca algunos de raíz y, a pesar de ello, a Sofia no la mueve, ella se queda aquí, obstinada, casi escondida, voluntariamente exiliada tocando en este pequeño auditorio.

¿Cuándo volverá a dejar que el gran público la valore? ¿Cuándo podrá volver a afrontar el reto de los grandes teatros de América y Europa?» Una sensación de tristeza embarga a Olja, que sigue aplaudiendo, pero con menos entusiasmo. No sabe que en realidad se está equivocando, ese momento está muy cerca.

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