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Sabato, el escritor metafísico

Ernesto Sabato partía un 30 de abril de 2011 y con él su pena. Había nacido en 1924 en la ciudad de Rojas, y más allá de sus extraordinarias letras y hasta pinturas, estaba formado como físico. Fue el décimo hijo de once y nació poco tiempo después de la muerte de su noveno hermano, Ernestito, por lo que él llevaba su nombre, algo habitual para la época. Las muertes de uno de sus hijos y su amada esposa lo acompañaron en su existencia hasta el fin. Y eso se transmitió en ensayos como Antes del fin, un libro fundamental. Esta biografía, Sabato El escritor metafísico de De Luca y Morosi lo cuenta todo y más.

 

 

Ernesto Sabato fue, por lejos, el escritor argentino más leído de su época: un verdadero fenómeno editorial y social. Autor complejo y controversial concibió una trilogía de novelas elogiadas por Albert Camus, Graham Greene y Thomas Mann, que son clásicos de la literatura universal: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el Exterminador. A su vez, dio vida a ensayos en los que expuso con lucidez los peligros que amenazaban a la humanidad.

Sabato fue, al mismo tiempo, testigo incómodo del siglo XX e intérprete cabal de la idiosincrasia de los argentinos. Un ciudadano célebre, reclamado por los medios y solicitado por gobiernos que vislumbraban en él un referente de la moral y la cultura. Su enorme compromiso lo llevó a liderar la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) durante el gobierno de Raúl Alfonsín y a ser uno de los ideólogos del informe Nunca Más. Esta biografía de editorial Marea profundiza en todas las dimensiones del personaje que pudo ser tan serio, polémico y áspero, como solidario, generoso y humano.

Los periodistas Pablo Morosi y Sandra Di Luca realizaron una exhaustiva investigación para darle forma a este Sabato definitivo y entrañable, que incluyó decenas de entrevistas a familiares, amistades, periodistas, escritores y editores, el análisis de centenares de documentos y el recorrido de aquellos lugares que frecuentaba el escritor. Estas páginas rescatan al niño nacido en Rojas, el físico sobresaliente, el militante anarquista, el escritor exitoso, el polemista, el mujeriego, el ciudadano ilustre, el referente de la moral, la celebridad que atraía a los fotógrafos, y también al hombre culposo, agobiado, profundamente melancólico y eterno buscador del sentido de la existencia humana. Tenemos aquí un Sabato auténtico que transita de la angustia ante el horror del mundo a la creencia esperanzada en la humanidad. Como diría en su obra Antes del fin: “Solo los que sean capaces de encarar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el recuperar cuanto de la humanidad hayamos perdido”.

 

 

El escritor en su casa de Santos Lugares, hoy museo.

 

 

 

POR SANDRA DE LUCA Y PABLO MOROSI

 

CAPÍTULO 5 – SANTOS LUGARES

La paz de Santos Lugares contrastaba con el clima de crispación que se vivía en el país. La convocatoria a elecciones realizada en julio de ese año había dejado al descubierto la feroz interna entre los sectores que conformaban la alianza de poder. Los sindicatos presionaban para proclamar como candidato oficial a la presidencia al coronel Juan Domingo Perón, que por entonces era el vicepresidente y era resistido por el establishment económico, principalmente por los intereses ligados a la Embajada estadounidense.
A su vez, con el fin de la guerra mundial había recrudecido la disputa entre el gobierno de facto y las universidades, convertidas en vanguardia opositora. Los festejos por el triunfo de los Aliados acababan en manifestaciones contra el régimen que eran duramente reprimidas por la policía. En las siguientes semanas se produjeron tomas de edificios universitarios y reiterados encontronazos que enfrentaron a estudiantes tanto con las fuerzas de seguridad como con miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista, un agrupamiento de raíz católica que operaba como fuerza de choque paraestatal para amedrentar a adversarios políticos. En ese contexto crecieron las denuncias por torturas y decenas de estudiantes y trabajadores fueron asesinados en la vía pública en distintos puntos del país. Como consecuencia de su participación activa en las protestas, Sabato fue exonerado.
El 15 de agosto, un grupo de docentes del que el escritor formaba parte propuso la suspensión de las clases a raíz de la muerte de tres jóvenes en medio de un acto en homenaje a Roque Sáenz Peña. Pocos días después, se difundió oficialmente la lista de cesantías. Su reacción no se hizo esperar. Escribió una carta al ministro de Justicia e Instrucción Cívica, almirante Héctor Antonio Vernengo Lima, en la que puntualizaba los errores de sintaxis del decreto de cesantía. El régimen no toleró esa ironía: el intelectual fue condenado por “desacato”.
El episodio tuvo una gran repercusión y los profesores expulsados recibieron muestras de adhesión de todo el país. El 28 de agosto, unos setenta alumnos del Profesorado le hicieron llegar a Sabato una carta en la que expresaban sus “más sinceras felicitaciones” por su actitud en defensa de la integridad de los estudiantes. El escritor conservó hasta su muerte aquella misiva en un cajón de su escritorio y solía mostrarla con orgullo a quien pusiera en duda su compromiso con las luchas por la libertad.
Así las cosas, Ernesto Sabato integraba la lista de desocupados cuando, el 17 de octubre de 1945 se produjo la masiva movilización de obreros, principalmente llegados desde la zona sur del conurbano bonaerense, para reclamar la liberación de Perón, que había sido destituido y llevado preso a la isla Martín García.86 Unos meses más tarde, el 24 de febrero de 1946 la fórmula integrada por Perón y el abogado correntino Juan Hortensio Quijano, fundador de la Unión Cívica Radical Renovadora y hasta entonces ministro del Interior, ganó las elecciones presidenciales. Durante la campaña Sabato se había plegado al arco opositor que agitaba las banderas de la libertad y la Constitución y acusó a Perón de representar la continuidad del régimen autocrático y pronazi; firmando junto a decenas de intelectuales la llamada “declaración de los escritores en apoyo a la Unión Democrática”. El nuevo gobierno, que asumió el 4 de junio, alimentó una fuerte tensión con los sectores ligados a la cultura y mantuvo la intervención de las universidades, donde creía necesario desplazar a las “élites oligárquico-liberales”.
Sabato tenía 35 años cuando, en medio de aquellos acontecimientos, publicó su primer libro de ensayos Uno y el Universo, impreso por la editorial Sudamericana, sello dirigido por el catalán Antoni López Llausàs, que pertenecía a Victoria Ocampo y Rafael Vehils. El texto compagina alfabéticamente una serie de sesenta y cinco textos, en su mayoría muy breves, unidos por el trasfondo de una reacción contra los dogmatismos y los límites a la libertad. En clave aforística, en la frontera del academicismo, pero cargado de una ironía fatalista, Sabato desplegó allí reflexiones y críticas, por momentos despiadadas, contra la deshumanización de las sociedades tecnológicas, dejando ver una gnoseología en la que está presente la metafísica existencial que recorrerá toda su obra. Surgen aquí también varios de los que se transformarán en sus temas recurrentes, como la antinomia entre la abstracción cientificista y la angustiosa y sentimental raíz de la existencia. También esboza su proposición de la escritura comprometida como tabla de salvación contra un preciosismo lúdico y banal.
En el prólogo de la primera edición el autor explicó que se trataba del “documento de un tránsito” y que, por tanto, participaba “de la impureza y la contradicción, que son atributos del movimiento”. “La ciencia ha sido un compañero de viaje, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás –agregó, para concluir–: Muchos pensarán que esta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana. De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esta clara ciudad de las torres –donde reinan la seguridad y el orden– en busca de un continente lleno de peligros, donde domina la conjetura”. Ese mismo año, Uno y el Universo obtuvo el Primer Premio de Literatura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y la faja de honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) por decisión unánime del jurado integrado por Vicente Mauricio Barbieri, Francisco Luis Bernárdez, Ricardo Eufemio Molinari, Adolfo Bioy Casares y Leónidas Barletta. Sin embargo, muchas veces el propio Sabato lo calificó como un “librito” y durante largo tiempo fue reticente a reeditarlo.

 

Sandra Di Luca – Pablo Morosi;

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