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Mala noche y otras aventuras ilegales

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Mala noche y otras aventuras ilegales de Walt Curtis (Caja Negra) es más que un libro: es una crónica de muchas vidas que acaso el azar cruzó. Dice Gus Van Sant en la intro: “Walt Curtis es una de nuestras potencias poéticas más escasas y dignas. Yo sigo fascinándome cada vez que abro Mala noche y lo leo. La película es en todo caso un reflejo de la historia, y un reflejo opaco. Hay que leer el libro para beber de la fuente; ahí es donde la cosa se siente como si estuviera ocurriendo ahora mismo”. El personaje de Curtis ofrece comida y alojamiento a los mexicanos que cruzan para trabajar en su país y da protección a cambio de amor por conveniencia. Este librosirvió de inspiración a la primera película de Van Sant y narra el vínculo tierno y cruel de Curtis con una pandilla de jóvenes mexicanos, a la vez que construye el escenario para un prolífico juego de roles: la relación oscila del acto sexual al trato maternal, de la complicidad amistosa al peligro de la enemistad. 

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¿Quién soy? Me bautizaron el “poeta laureado no reconocido” (¿o se 15 dice “laurado”?) de la ciudad de Portland. Se ve que hice bien mis deberes. ¿Qué deberes? Los de poeta de la calle, lo que sea que esto signifique. Me gané mis laureles leyendo en bares y haciendo circular personalmente mis libros durante los últimos veinte años en Portland, Oregon. Exiliado de la universidad, cuento con doce libritos todos publicados por pequeñas editoriales. Algunos títulos son: Angel Pussy, The Erotic Flying Machine, The Roses of Portland, Journey Across America y Salmon Song. A Portland se la conoce como la “Ciudad de las rosas” y cada año se celebra una edición del Rose Festival. Los buques navales entran por el río Willamette y echan anclas entre los puentes. De repente hay más marineros que salmones, y la ciudad les ofrece sus más hermosas doncellas, ¡en sacrificio virginal! Y está el carnaval que corre por la avenida junto al río, y el gran desfile floral que pone el broche a las fiestas de junio. La cosa es que en 1974 me gané el título legítimo de poeta de la calle después de publicar The Roses of Portland y salir a vendérselo a los turistas por cincuenta centavos. El periodista cultural Doug Baker, un tipo que era algo así como el Herb Caen local y que trabajaba en el hoy extinto Oregon Journal, escribió una reseña que empezaba así: “Walt Cutis se hace llamar poeta, pero en su trabajo muestra un rotundo desconocimiento de las diferencias entre la escritura de poesía y la bosta de animal”.

Una opinión bastante severa la suya, aunque no del todo injustificada. Yo me describiría más bien como un realista romántico. Mi nombre suele aparecer ligado a cosas de mala fama, sin embargo escribí algunos poemas preciosos sobre la amistad o sobre la belleza de la costa noroeste. En otras palabras, y siempre hablando como poeta, ¡no soy un fracaso absoluto! Y siento amor por este paisaje tan verde y límpido a pesar de su maldita lluvia omnipresente. Oregon es una tierra excepcional de playas siempre vapuleadas por tormentas y de valles fluviales de suelo rico en materia volcánica. 

Es un edén para la actividad agrícola, que hace que podamos cultivar de todo, incluyendo fresas, frambuesas, lúpulo, cerezas, manzanas, duraznos y distintos cereales. Tengo escritos más poemas de la naturaleza que poemas de bar o de sexo, puesto que toda mi vida he vivido cerca de este paraíso y sus verdores. El Saint Helens, el Hood y otros cerros y montañas de picos nevados siempre ahí, en el horizonte. Un neoyorquino o cualquier persona sin conocimiento de la geografía de Portland y sus alrededores podría estar parado entre los edificios del centro e ignorar que hay un paisaje maravilloso a solo quince minutos en coche.

Portland es una ciudad literaria. Todo Oregon tiene escritores de talento. Ken Kesey vive en Pleasant Hill. Ursula K. Le Guin es de aquí mismo, de Portland. El poeta William Stanford vive aquí. Gary Snyder y Phil Whalen iban al Reed College. Walt Morey, el autor de Gentle Ben, y Jean Auel, del Clan of the Cave Bear, son de Oregon. Y en los viejos tiempos estuvieron Joaquin Miller, C.E.S. Wood, John Reed, Hazel Hall, Opal Whiteley, James Stevens y H.L. Davis. Stevens –que escribió Paul Bunyan y lo publicó nada menos que con Alfred Knopf– alguna vez satirizó las aspiraciones literarias de nuestra ciudad llamándola “la Atenas del Oeste”. Aunque lo dijo en broma, tiene algo de cierto. La nuestra vendría a ser algo así como la segunda ciudad más “literaria” de la Costa Oeste, después de San Francisco. La más potente de las voces nuevas de Portland es la de Katherine Dunn. ¿Será la reencarnación de Flannery O’Connor? Dunn es periodista de box, va a las peleas y todo. Después de sus dos primeros libros, Attic y Truck, lanzó su mejor obra, la controvertida y altamente imaginativa Geek Love, que se tradujo a varios idiomas. Es la historia del matrimonio Binewski, dueños de un circo de freaks, y el eje es cierto culto masoquista en torno a uno de esos freaks, Arturo, el Acuaboy. En la dedicatoria a mi ejemplar de Geek Love, Katherine puso: “Para el primer poeta que conocí. Gracias por la inspiración que me diste”.

Ella también es admiradora de las películas de Gus Van Sant, y hasta escribió un artículo muy profundo marcando las diferencias de estilo entre la película y mi libro. “The Rebirth of Mala noche” apareció en el número de invierno de 1984 del Clinton St. Quarterly. Dunn escribe:

Walt Curtis acosa la vida desde su fervor y exaltación de evangelista sensual. Gus Van Sant es discreto como un carterista o un invasor de propiedad privada. Llega en silencio como el ninja que reduce al policía de guardia sin que se le mueva un pelo, para luego internarse en la oscuridad esquivando toda alarma. Gus es tranquilo en todo lo que hace. Walt es bombástico, es explosión (…) Es el patriarca de la población bohemia de poetas callejeros de Portland (…) Su casa es un apartamento despojado en un decadente edificio de cuartos de alquiler. Allí vive su vida espartana con lo que le deja el trabajo part-time en la caja de un mercadito de comidas y bebidas (…) Su credo político y religioso es inextricable, propio de un humanista cristiano sin iglesia que con sus diatribas suele agitar y entristecer alternativamente a su audiencia. Puede que no haya asunto o tópico que carezca de interés para Walt Curtis. Reconozco que soy algo así como un poeta de lenguaje “sucio”, como lo son Charles Bukowski o Allen Ginsberg. No es que lo sea por malicia o para que los demás se avergüencen, ¡es para herir la susceptibilidad burguesa nomás! Si no podemos hablar de nuestro cuerpo y sus partes y funciones, ¿cómo podríamos convertirnos realmente en personas maduras? Pese a lo escrito por Henry Miller y D.H. Lawrence, la de los Estados Unidos sigue siendo una sociedad conservadora y puritana en términos intelectuales. La homofobia está a la orden del día, exacerbada sin duda por el sida pero también por la propaganda anacrónica de los valores bíblicos que hacen algunos sectores fundamentalistas. Tenemos “alma”, está bien, pero a la vez tenemos sangre, lágrimas, orgasmos, excrementos, risas y una vida que acabará un día.

Una literatura “real”, sincera y vital, hace que podamos experimentar emocional y estéticamente incluso los desaciertos y los momentos más complicados de nuestras vidas. Me gustar leer y actuar delante de audiencias “vivas”, generando a la vez escándalo e iluminación. Y espero que los lectores también se agiten y puedan reírse de mis turbulentas aventuras con jóvenes mexicanos como se ríen con las películas de los latinos Cheech y Chong. En el fondo nos da la posibilidad de conocernos a nosotros mismos por lo que vivimos, no por lo que pensamos de antemano. Por los riesgos que corremos, de eso se trata. ¿Habrá sido un error enamorarme de Johnny? ¿Y de Raúl?

Me acuerdo de ese axioma de la crítica literaria que circulaba en la facultad y que decía más o menos así: los grandes poetas no trabajan directamente sobre su experiencia. La poesía, la literatura, es algo inventado, imaginado, moldeado; y cuando no es eso, es literatura inferior. La vida, además de ser desastrosa, no tiene descanso: sigue y sigue. James Joyce y William Gass y Gertrude Stein son grandes porque imaginaron algo y lo plasmaron. De lo contrario serían periodistas de segunda mano como Hemingway o Traven. Eso sugiere la perorata académica, que por mi parte puede irse a la mierda.

El lector podrá preguntarse: ¿está inventando? ¿Esto ocurrió de verdad? Mi respuesta es: ¿qué diferencia hay, si igual hoy no queda nada?

Los personajes podrían estar muertos; los escenarios cambiaron, son irreconocibles. Por entonces yo no tenía idea de lo que podía pasar al minuto siguiente. Iba escribiendo fragmentos de vida: lo que ocurría, ahí quedaba. Buena parte del gusto que da la lectura de algo que habla de la vida real está en la inmediatez. Por eso en la edición de este libro traté de preservar siempre el hilo extemporáneo de los sucesos y su veracidad. ¿Será que a alguien le importa? ¡Mi pelo se llenó de canas mientras iba preparando mi posteridad literaria! ¡Ya ni siquiera veo muy bien! Y estas son cosas que ni la fama ni el dinero compensan.

De repente también puedo cortarme las venas y darle a la máquina de escribir con la misma sangre. Hoy, ahora. Pasada la medianoche. ¡Escribir así es una tarea masoquista y letal! Miren lo que pasó con 

Raymond Carver, con Richard Brautigan, con Kerouac. Todos murieron –o enloquecieron– antes de tiempo. ¿Estaré tentando al destino?

Si algo sé es que en la poesía o en la escritura no hay nada de glamour. El que escribe bien se destruye. Jack London murió a los 40, D.H. Lawrence a los 39. A los 25 John Keats. Un cóctel de pastillas y alcohol: Malcolm Lowry. Ahogada en el río, Virginia Woolf. Queda Paul Bowles, posiblemente un vampiro.

¿Qué tan buen escritor soy? Sigo sin darme cuenta. Sé que el público aplaude con ganas mis performances y stand-ups. Me acuerdo de Allen Ginsberg preguntando después de una lectura en 1967: “¿Quién es ese tipo Walt Curtis?”. En los ochenta leímos juntos con Burroughs y Ginsberg en Portland. En los setenta, en el Poetic Hoohaw que Ken Kesey organizaba en Eugene, compartí escenario con Gregory Corso y Jack Micheline. Kesey hablaba muy bien de mi trabajo, y para mí era como un hermano mayor. Heterosexual y hombre de familia, no le caía

muy bien que me gustaran los muchachos. Aun así era generoso y nos pagaba bien a muchos homosexuales notorios y beatniks amorales para que actuáramos en su plataforma literaria.

¿Cómo empezó mi carrera literaria? Cuando en 1970 publiqué The Erotic Flying Machine, le envié ejemplares a la editora de la sección de poesía del Atlantic Monthly. Para mi felicidad, Phoebe-Lou Adams me respondió diciendo que uno de los poemas, “La chica de ojos verdes”, había sido aceptado. También estaban contemplando incluir otro que les había gustado, “Las hortalizas del jardín”. Yo, dichoso e ingenuo, les envié por correo una colección entera con mis poemas revolucionarios sesentosos y mis dibujos eróticos repletos de juegos masturbatorios y dildos dorados. Pero la editora enseguida me puso al tanto de que el criterio conservador de

la casa limitaba la publicación a los dos poemas mencionados.

 

MÁQUINA ERÓTICA ESPACIAL

Había una vez una máquina erótica espacial

que podía volar como un pterodáctilo

y planear como un murciélago.

El fuselaje tenía forma de hombre y de mujer

pegados uno a otro.

Las alas eran de pelos púbicos

y como un corazón la hélice.

Por donde iba la nave

la seguían aves en pareja

que llenaban las nubes de trinos y llamadas de amor.

Una vez la nave llegó a China, otra vez a Roma

y cuando aterrizó en Nueva York

se juntó a verla mucha gente desconfiada.

Hubo que esperar hasta San Valentín

con las parejas embelesadas,

acariciándose sus partes pudendas,

para que hubiera un asomo de aceptación

generalizada entre los citadinos.

Entonces, a la semana

apareció un grupo de rock en la cima del chart.

El grupo, por supuesto, se llamaba

“Máquina erótica espacial”.

Su primer álbum tuvo un hit,

“Vuélame los ojos”.

 

Le siguió otro, “Planea entre mis piernas”,

que causó gran sensación.

Pero como que pasó de moda

y un poco aparato, un poco pájaro, un poco humana

la máquina juntó sus cosas

y se voló rumbo a Venus.

Todavía hoy la siguen

algunos astrónomos y enfermos de amor

en una larga estela deteriorada

que va por el cielo soñando y masturbándose

enganchada a la máquina paradisíaca del universo

en su movimiento cachondo que hace pensar

en dos cogiendo en una cama,

la cola linda, bien parada,

hasta que se pierde de vista.

 

 

*Pueden comprar los libros de Caja Negra haciendo click aquí.

 

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