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Lamento lo ocurrido

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Richard Ford lo hizo otra vez: Lamento lo ocurrido (Anagrama) es un libro de relatos donde el autor despliega todas las virtudes que lo han convertido en uno de los narradores imprescindibles de la literatura norteamericana contemporánea. El lector encontrará aquí a personajes fordianos que pasean por el mundo sus anhelos y su desconcierto; hay encuentros entre hombres y mujeres, entre padres e hijos o entre desconocidos, reencuentros entre amigos del pasado, vivencias de adolescentes que se inician en la vida adulta…

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POR RICHARD FORD

 

Nada que declarar

 

Todos los socios se reían de una película que habían visto. Cuarenta y cinco años. Comentaban que era tan larga como si durara cuarenta y cinco años. La mujer a la que McGuinness creyó reconocer compartía el chiste con ellos en la otra punta de la larga mesa. Estaba inclinada hacia delante, como si lo oyera todo por segunda vez. 

–¡Señorita Nail! –la llamaban–. ¿Qué le parece, señorita Nail? Díganoslo. –Reían. 

No entendía por qué. No era una mujer alta, pero sí delgada, y llevaba un vestido de lino marrón entallado que resaltaba su bronceado y su cuerpo esbelto. La mujer lo había mirado dos veces de pasada…, posiblemente alguna más. Una mirada fugaz que al principio pretendía ser fortuita, pero que podía leerse como de reconocimiento. La mujer había sonreído y apartado la mirada, una sonrisa que posiblemente daba a entender que lo conocía, o lo había conocido. McGuinness se dijo que le extrañaba no recordarla. Se encontraban en el Monteleone. El local que les servía de reducto en el penumbroso caer de la tarde, con su barra tiovivo. Todavía no se había llenado. Al otro lado de los ventanales, en Royal Street, un desfile se abría paso a empujones. 

Bum-pa-pa, bum-pa-pa. 

Acto seguido se oyó la estridencia de las trompetas, no todas afinadas. El martes siguiente era San Patricio. Aquel día era viernes. En su extremo de la mesa, los más jóvenes hablaban de «contratos de venta». La gente volvía a hacerse rica. «Hay que ayudar a los bancos», dijo alguien. «Lo primero que pescamos. Gut und schlecht. El hombre preferirá desear la nada que no desear…» El presidente era el tema implícito. El suyo era el viejo bufete de Poydras Street. Coyne, Coyle Kelly & McGuinness, como el famoso asesino.

El viernes era el día en que solían salir a tomar una copa con los asociados, el día en que los veteranos alternaban con los jóvenes. Les daban una oportunidad para encontrar su sitio. O no. McGuinness solo iba a hacerse el simpático. La mujer había llegado acompañada. De un tal señor Drown, que era cliente de alguien del bufete. Ya se había marchado. Ahora ella estaba bebiendo demasiado. Todo el mundo pedía un Sazerac cuando llegaba a Nueva Orleans. El sabor culpable del anís. Ella se había tomado tres o más. La mujer volvió a mirarlo de pasada. Una sonrisa. Levantó la barbilla como si lo retara. El viejo sacerdote estaba a la izquierda de la mujer. El padre Fagan con su collar de perro. Había engendrado un hijo, posiblemente dos. Tenía gustos variados. Su hermano era juez. «¿Por qué el sexo conmigo es mejor que con tu marido?», oyó que decía la mujer. Todos los hombres rieron de manera exagerada. El sacerdote puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. «¿Y qué me dices de Thomas Merton?», dijo el viejo Coyne. El sacerdote se llevó la mano a la frente. «¿Qué están diciendo ahora?», dijo alguien donde él estaba sentado ahora, una de las mujeres más jóvenes. «Lo mismo de siempre», fue la respuesta. «Coyne se cree que es un sacerdote cuando no es más que un hijo de puta.» 

–¡Señorita Nail! ¡Señorita Nail! ¿Qué me dice de eso? –Alguien volvía a gritar. 

Hacía mucho tiempo. Veinticinco años. Habían viajado a Islandia juntos. Los dos estudiaban en Ithaca. No se conocían demasiado, cosa que no había importado gran cosa. Él era un chico de escuela católica de Nueva Orleans. La madre de ella era una judía rica que vivía en Nueva York, en el edificio Apthorp; el padre vivía en un yate en Hog Bay. Los dos eran unos borrachos pintorescos. Unos personajes exóticos de poca monta. Decidieron ir a Grecia para las vacaciones de primavera…, y de nuevo sin saber mucho el uno del otro. Mikonos. El agua estaba perfecta, transparente. Podías alquilar una casita encalada por muy poco. Cada día traían pescado y te lo cocinaban. No obstante, solo tenían dinero para Islandia. No comentaron el viaje con sus padres ni les pidieron dinero. Ella entonces se llamaba «Barbara». Un nombre que a ella le desagradaba. Él era simplemente Alex McGuinness. «Sandy.» El hijo de un abogado de la parte alta de la ciudad. No tenía nada de exótico. Con el dinero que juntaron compraron un paquete que incluía el vuelo hasta Reikiavik y un autobús hasta los lejanos fiordos occidentales. Diez horas. Creían que habría albergues, islandeses amistosos, comida barata y sana, el frío sol escandinavo. Pero de eso nada. Ni siquiera una habitación que alquilar. Un pescador que vivía junto a un camino alargado y polvoriento, que se encargaba de un secadero de bacalao y que hablaba poco inglés, les ofreció una choza de adobe con techo de hierba sobre el que dormían las cabras. Pero era gratis. Sandy se enamoró de ella antes de que saliera el vuelo hacia Reikiavik. En la choza dormían juntos y pasaban frío, hablaban, fumaban, se sentaban junto al fiordo y tomaban el escaso sol que lucía. Él hacía originales esfuerzos por pescar, mientras calentaba las piernas de Barbara y le leía los poemas de Pablo Neruda sobre el Machu Picchu. Los de Ken Kesey. Los de Sylvia Plath. Ella le dijo que tenía sangre navaja por parte de padre, un director de cine que estaba en la lista negra. La madre de Barbara era cortesana y medio francesa. Ella decía que deseaba aprender a reposar: esa cualidad esquiva de la que había leído en Scott Fitzgerald. Le dijo que también había amado a mujeres. Mientras, el pescador les proporcionaba bacalao, pan duro, una cerveza agria de fabricación casera, mantas, velas, astillas para calentarse del frío de marzo. Una noche el pescador los invitó a la casa donde vivía con su mujer y sus dos hijos, que hablaban más inglés que él pero eran tímidos. 

La mujer la miró con mala cara. No volvieron. Tenían veinte años. Era 1981. Sandy McGuinness no sabía qué pensar de todo aquello. Cuando hablaba con Barbara, ella puntuaba las palabras con pequeñas y audibles inspiraciones, como si fueran conversaciones que ninguno de los dos hubiera de olvidar jamás, aunque, en opinión de Sandy, no parecían muy importantes. Lo que sí le parecía importante era que ella era hermosa, intensa e impredecible, y no tan inteligente como él. A menudo, entregados a la indolencia de aquellos siete días, Sandy se daba cuenta de que ella lo observaba mientras llevaba a cabo las tareas domésticas que los mantenían calientes y secos: encender las astillas, airear las mantas, barrer. Ella lo evaluaba para poder llegar a una decisión final. Sandy no entendía qué había que decidir… de él. Y entonces ella se lo dijo de manera inesperada: tenía intención de quedarse, de aprender a leer las sagas, que, en su opinión, le concederían reposo. A lo que él pensó que amarla no significaba mucho más de lo que sentía en aquel momento. 

Regresaría feliz. 

Posiblemente volvería a verla, o no. En aquella época Sandy pensaba estudiar veterinaria. Que se quedara ella a leer las sagas. Sandy también se dijo que no le costaría nada casarse con ella. El último día fueron andando al pueblo para que Sandy cogiera el autobús, después de lo cual ella regresaría a la choza. Había quedado en hacer de asistenta para la mujer del secador de bacalao: una victoria, dijo Barbara. También le dijo –a él, que sonreía entre los destellos del sol ártico, enfundado en un gran suéter azul que le daba un aspecto luminoso y extranjero: –¿Sabes, cariño? En cuanto hemos aprendido quiénes somos, ya no queremos a nadie más. Es una decisión difícil. –Yo no entiendo de estas cosas –le contestó él. Estaban en la parada del autobús, y Sandy tenía junto a él su bolsa barata de nailon negro. Ella le ponía aquella sonrisa. Radiante. Los ojos color caramelo. El reluciente pelo caoba que había secado al sol. Aquella mañana habían hecho el amor. No de manera muy memorable. Ella había comenzado a hablar con menos palabras de las necesarias. Como si hubiera muchas cosas que ya no hiciera falta decir, muchas cosas que ahora fueran evidentes. A Sandy aquello le parecía presuntuoso, e irse era una buena idea. Lo que iba a echar de menos era soportable: quizá lo mejor fuera limitarse a pensar en ella. Bajo la cruda luz del pueblo, la cara de Barbara adquirió un aspecto vulgar que no había observado antes pero que supuso que acabaría desagradándole. 

–Las buenas elecciones no suelen dar lugar a buenas historias –dijo Barbara–. ¿No te habías fijado? –El sol le dio en los ojos, y los entrecerró. 

–No –dijo él–. Supongo que creía que sí. –Volveremos a vernos –dijo Barbara–. Hablaremos de todo esto. Veremos si es verdad. 

Ella le besó en la mejilla, acto seguido dio media vuelta y echó a andar con paso resuelto por la estrecha calle por donde habían venido. Ella no volvió a Ithaca. Sandy oyó decir que se había cambiado el nombre: ahora se llamaba Alix y estudiaba Teología en Harvard. También oyó que durante una época había hecho de modelo para artistas. Que había tenido una enfermedad… misteriosa. Tuberculosis. Que se había casado con un médico y vivía en Nueva York. Esos eran todos sus futuros posibles y plausibles. Nadie mencionaba las sagas. Él iba a empezar a estudiar Derecho en Chicago y luego tenía intención de regresar a su ciudad. Sentirse extranjero le había gustado, le había encantado, durante aquellos días: era algo que ocuparía un lugar en su memoria rutinaria. El lugar en su vida que ella había ocupado –Islandia, lo llamaba en privado– había acabado siendo una buena historia. Un viaje que había hecho una vez con una chica. Ahora la mujer estaba de pie, excusándose con los de su mesa. Le había lanzado otra mirada, frunciendo los labios porque él no le había hablado, había actuado con mucha indiferencia. 

¿Esperaba encontrarse con él simplemente porque estaba en Nueva Orleans? Cosas inevitables en una ciudad pequeña. De todos modos, era muy raro que no la hubiera recordado antes. Estaba mayor, más delgada. Aunque más raro era que una mujer a la que había amado en la universidad, treinta años atrás, apareciera justamente allí. Él tenía cincuenta y un años. Ella no los aparentaba. Él todavía se consideraba joven. Joven entre los socios. Pareció que ella iba al servicio. Los empleados del bufete habían pasado a hablar de la «paradoja del ahorro». La «falacia de composición». «Empezar la casa por el tejado.» «Es una máquina de hacer dinero.» Él no entraba en esas discusiones. Su especialidad era el derecho marítimo. Las grandes embarcaciones. 

–Dejad paso –decía ahora el sacerdote en voz alta. 

Todos los hombres se pusieron de pie para mostrarse caballerosos–. Señorita Nail. La señorita Nail quiere hacer pipí. ¿O no? –Ya se estaban acostumbrando demasiado a ella. El vestido marrón sin mangas era sencillo pero chic. Sus piernas bronceadas y sus tobillos delgados brillaban a la luz de la araña de luces del bar. En la calle, el desfile todavía continuaba a medias. Pasó una caótica troupe de payasos. Una unidad de gaiteros. 

–Podrías haber… –dijo ella cuando pasó a su lado, en tono risueño, como si esperara que solo él pudiera oírla. Como si hubiera dicho algo gracioso, o estado a punto de reír. Él reconoció sus ojos. «Podrías haber.» Uno de los asociados más jóvenes la había oído y lo había repetido en un susurro. Para ir al servicio de SEÑORAS había que salir del bar y cruzar el vestíbulo dorado del hotel. 

–Es que no me esperaba… –intentó decir él, volviéndose hacia ella. Ella se detuvo como si él hubiera hablado primero. Ahora, de mayor, era bastante hermosa. Sus rasgos no eran nada vulgares, y tenía una piel suave y hermosa. Los hombres que estaban en su extremo de la mesa hablaban de ella, cosa que ella debía de saber. Que había bebido demasiado era perceptible en la distante maleabilidad de su expresión. Como si no acabara de decidir cómo ser. 

Sus manos parecían un tanto inseguras. Le brillaban los ojos. 

–Bueno. ¿Te importaría? –dijo ella, como sin darle importancia. 

–Claro… –contestó él–. Yo… 

–En el vestíbulo. ¿Dentro de lo que tarde en volver a estar presentable? –Ahora se dirigía hacia la puerta del vestíbulo, donde los botones se volvieron para mirarla. Llevaba unos zapatos estrechos, caros, de un azul claro. Tenía aspecto deportivo y olía a algo caro. Ella no le había oído decir: «Claro.» Apenas había mirado a su alrededor al pasar a su lado. ¿Cuál sería su nombre ahora? Alix no, seguro.

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