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La trastienda de la lectura, de Liliana Heker

 

La trastienda de la escritura (Alfaguara), es el esperado libro de Liliana Heker sobre su experiencia en talleres de escritura, una práctica que realiza desde hace más de cuarenta años y por donde han pasado muchos de los escritores más reconocidos de la actualidad argentina. Aquí el comienzo de una lectura necesaria.

 

 

 

POR LILIANA HEKER

 

 

La literatura trata de todo lo humano y los humanos estamos hechos de polvo; si uno desprecia mancharse de polvo, no debería ponerse a escribir.
FLANNERY O’CONNOR

Me gusta tratar las palabras como el artesano trata la madera o la piedra: tallarlas, moldearlas, cepillarlas y pulirlas hasta conseguir el diseño o la fuga de sonido que exprese algún impulso lírico, alguna duda o convicción espiritual, cierta verdad vagamente entrevista.
DYLAN THOMAS

 

 

Palabras preliminares
En 1991, a pedido de un suplemento cultural, publiqué un texto que se llamó “La trastienda de un cuento”. Por primera vez ponía por escrito una práctica que, en talleres o en charlas, venía ejerciendo desde mucho tiempo atrás: indagar los móviles ocultos, las intervenciones del azar, las búsquedas, coartadas y manías que intervienen en la escritura de una ficción. En suma: ahondar en mi propio secreto —¿a través de qué otro quehacer íntimo, si no, conseguiría colarme en los entretelones del proceso creador?— y, hasta donde me fuera posible, comunicárselo a otros.
Aunque en textos aislados volví sobre la cuestión, y aunque la idea de abordarla con más amplitud aleteó varias veces entre mis menesteres —acerca de postergaciones como esta y otros vicios también hablo en estas páginas—, recién a principios de 2017 supe por fin que iba a encarar un libro en el que, desde diversos ángulos, trataría de acercarme a la construcción de ficciones. En ese momento solo tenía en firme el título y una determinación: no iba a ser una obra didáctica.
No hay recetas ni verdades inmutables para la escritura de un cuento o una novela. Lo que de verdad vale son los descubrimientos que hace un autor determinado y le abren camino hacia la ficción que quiere escribir. Todo lo que otro, desde afuera, puede intentar es promover de algún modo esos descubrimientos. Y ya que un libro supone siempre la distancia con el interlocutor, lo único que me sentí capaz de hacer —lo que finalmente hice— fue narrar mis propias búsquedas, tropiezos y convicciones a propósito de la escritura, el deslumbramiento que me provocaron ciertas lecturas, varios hallazgos ajenos de los que fui testigo.
Sé de antemano que cada lector entrará en el relato como le parezca, tal vez solo deseando conocer algunos entresijos de un oficio con misterio. O de una de sus oficiantes. Porque tengo que admitir que, en buena medida, lo que resultó fue un testimonio de vida; de la parte de mi vida vinculada a la escritura de ficciones. Teniendo en cuenta que produje mi primer cuento a los diecisiete años y terminé el más reciente a los setenta y tres, el segmento resulta, al menos, extenso. Si además se considera que en la trama de un cuento o de una novela suelen filtrarse —o abiertamente se despliegan— vivencias y locura propias, y que en los accidentes de su escritura interviene muchas veces el entorno, se podrá inferir que la porción de mi vida que se expone acá no es del todo imperceptible. Tampoco lo es, creo, mi concepción de la literatura. No me gustan los libros asépticos. De un modo subrepticio —o no tanto— mi idea de lo que espero de un hecho literario está presente cada vez que me refiero a “trabajar una ficción”, propuesta que, según me parece, atraviesa todo el libro.
Cuatro textos fueron escritos hace tiempo: “La corrección como acto creador”, “A propósito del prestigio” (los dos publicados en la revista La Balandra), “Los talleres literarios” (que integró el número especial de Cuadernos Hispanoamericanos “Cultura argentina: de la dictadura a la democracia”), y “Memoria y ficción” (una conferencia que di en la Universidad de York, Canadá, en 1994). Los incluí porque tienen bastante que ver con el resto y tal vez lo complementan. También incorporé el texto que un día se llamó “La trastienda de un cuento” (ahora titulado “De la obsesión a la trama: acerca de ‘Cuando todo brille’”) y que fue el origen de este libro. Los otros textos los fui escribiendo —o en algún caso reescribiendo— y armando consciente de que estaba componiendo una totalidad. Totalidad que se me desbordaba por los cuatro costados; la ficción y sus recursos —dichosamente pude comprobar una vez más— son inagotables e imprevisibles. Me limité a ciertas cuestiones que me parecen recurrentes y a otras que, arbitrariamente, me tironeaban.
De algún modo este libro, para mí, es un acto. Hay algo que fui amasando con los años y que necesitaba ofrecer. Está hecho. Ahora, en una nueva instancia de mi vida, con una mezcla de inquietud y de alegría, me dispongo a regresar a la aventura incierta de escribir ficciones.
17 de mayo de 2019

Gajes del oficio
El tema de los temas
Estoy en un jardín y todo me parece extraño: la anfitriona —una poeta ampulosa y tirando a grandota—, varios desconocidos que, como asteroides descarriados, giran a su alrededor, el marido de la poeta que, ajeno a tanta literatura circulando abajo, está en el tope de una escalera de pintor haciéndole algo a la copa de un árbol —o a varias, tengo una vaga idea de que, cada tanto, él se baja, monta la escalera al hombro y la desplaza hacia otro árbol—. Tengo veinte años y estoy decidiendo que, pase lo que pase con mi vida, nunca voy a ser como esa poeta. Un chico viene corriendo, se trepa a la falda de una mujer joven y empieza a abrazarla y a besarla. La mujer, sin mucha convicción, intenta sacárselo de encima. “Es mi edipito”, dice, “mi pequeño edipito”. Yo pienso que, en realidad, la mujer no tiene nada de ganas de que el chico se baje, que le encanta esa devoción. Dentro de poco este pensamiento —apenas una ráfaga— va a generar el cuento “Yokasta”, que formará parte de mi primer libro de cuentos, Los que vieron la zarza.
Me acuerdo de este episodio cincuenta y cuatro años más tarde, durante un taller intensivo sobre el cuento. Uno de los asistentes acaba de preguntarme: “¿De dónde vienen los temas?”. La pregunta me toma por sorpresa. Suelo conocer el origen —muchas veces accidental— de cada uno de mis cuentos, pero ¿el de los temas en general? Trato de imaginarlos, químicamente aislados, esperando el cuento que los capture. Pero no: la cosa es menos aséptica. Los temas nos atraviesan, nos aplastan, nos chocan por la calle; los espantamos como moscas; los engullimos sin darnos cuenta; acechan desde el pasado, desde una pesadilla, desde algo particular que nos han contado; asoman en una ocurrencia súbita, en algo que nos pasó ayer, en lo que tememos que nos ocurra mañana, en una frase casual que escuchamos en el colectivo, en mitologías, en libros de historia o de botánica o de economía doméstica.
Mirado a distancia, todo lo que existe parece tema y, sin embargo, nada tan excepcional para un escritor como toparse con sus temas. Es frecuente que nos digan: “Te tengo tema para un cuento: escuchá lo que me pasó ayer”, o: “Cuando conozcas la historia de mi vida, seguro vas a escribir una novela”, y ahí nomás nos zampen un relato que, sin duda, impactó al que habla y que, tal vez, resulta curioso e interesante. Sin embargo, luego de escucharlo, seguimos tan huérfanos de tema como al principio. ¿Por qué? En primer lugar, porque eso de que el autor de ficciones se nutre de historias llamativas es pura superstición; inocua si no es el propio escritor quien la cree, de tal modo que anda por la vida a la pesca de acontecimientos extravagantes, tramas intrincadas o finales explosivos cuya única virtud resultaría su notoriedad anecdótica. “Pasó al lado de mi casa: lo vi con mis propios ojos”, explican cuando una señala lo traído de los pelos de cierto incidente. Pero el hecho de que haya ocurrido, factor fundamental en una crónica periodística, resulta irrelevante en un cuento, donde lo verdadero y lo interesante no pesan por sí mismos. Justamente la ficción vuelve verosímil lo improbable, instala la atención donde no se la esperaba, carga de significación lo que a priori no parecía tenerla. La ficción construye sentido.
Ahí está la segunda razón por la cual no todo asunto, por atractivo que parezca, tienta a un escritor: la veta para construir un sentido es absolutamente personal, casi siempre invisible a los otros. Hace poco, en el ciclo Bienvenido Bob, el escritor Enrique Decarli, luego de leer “El negro Vila”, un cuento desopilante y absurdo sobre las vicisitudes de un hombre que tiene una silla dentro de la nariz, contó que el cuento se le había ocurrido cuando alguien con la nariz hinchada, explicó: “Lo que pasa es que me tragué una silla”. Cuántas veces habremos escuchado esa expresión, casi un lugar común, referida a que uno se llevó por delante algo, sin que nos sugiriera absolutamente nada; a Decarli, en cambio, la frase lo movilizó al punto de escribir ese cuento excelente.
Por los años sesenta, se acercó a El Escarabajo de Oro un hombre singular de apellido Valdovín, lector apasionado, con una sensibilidad inusual y, según él decía, con demasiado amor por la literatura como para animarse a escribir. En cambio, regalaba situaciones perturbadoras para cuentos que él no se consideraba capaz de llevar a cabo. Varias de ellas, pese al deslumbramiento de quienes las escuchamos, quedaron solo en el anecdotario. Una sola tuvo otro destino. Era más o menos así: Un espectador observa a un hombre que, detrás de una ventana, toca la trompeta; de pronto, sin que el espectador haya notado el menor incidente, el hombre se tira por la ventana. Movido por esa escena, Abelardo Castillo escribió “Vivir es fácil, el pez está saltando”. No hay más que cotejar ese cuento magistral con la circunstancia propuesta por Valdovín para advertir el complejo trabajo que realiza un cuentista a partir de una idea, propia o ajena, que lo ha tentado, y hasta qué punto lo que esa idea ha despertado en él es intransferiblemente suyo. Sin ese trabajo, que tiene que ver con el oficio pero, mucho más, con la expresión del universo personal que esa idea ha despertado, no hay cuento revelador, por buena que parezca la propuesta que lo generó.
En ese aspecto, es elocuente lo que resulta de las consignas. No suelo darlas, pero lo hice en mis comienzos como coordinadora de talleres y, en una oportunidad, propuse el tema de mi cuento “Vida de familia”, que todavía no se había publicado en libro: un hombre o una mujer sale de su dormitorio y encuentra a una familia que no es la suya viviendo en la casa. Curiosa la diversidad de conflictos y de personajes que despertó esa consigna, ninguno similar a los de mi cuento. Sucede que, desde que se me cruzó la situación básica —que tuvo orígenes diversos: un ruido desconocido a través de la puerta cerrada de mi dormitorio; extrañeza cuando murió mi papá y yo, recién despierta, encontré gente preparándose café en la cocina; algunas vivencias ocasionadas por mi distracción crónica—, lo que me movió a escribir un cuento fue imaginar el conflicto que provocaría en un individuo excesivamente racional y con formación científica encontrarse ante una situación imposible de ser racionalizada. Conflicto que tenía menos que ver con las situaciones originarias que con mi locura personal. En los demás, sin duda, desencadenó sus propias locuras.
Ciertos episodios, ocurrencias, aun cuestiones genéricas, le indican a un escritor concreto que él puede encontrar ahí algo que le importa contar. Para volver aún más incierto el tema de los temas, voy a decir que ese indicio o elección a primera vista no tiene garantías. Durante veinticinco años me persiguieron cuatro chanchas bailarinas. Desde que Ernesto, en 1985, me habló de ellas y de la circunstancia en que las vio, me fascinaron. Sin embargo, solo conseguía intentos fallidos (recién en 2010, en un período de creatividad inusual en que compuse los textos de La muerte de Dios, pude darle forma). Hay casos, incluso, en que a uno se le ocurren —o la realidad le proporciona— situaciones muy buenas… para otro escritor. Algo similar a lo que —en extremo— le sucedía a Valdovín. A veces uno tarda en reconocerlo; se empecina solo porque el tema le parece muy bueno. Pero resulta que no hay temas buenos y temas malos. Hay temas que, por razones laberínticas, le sientan a un escritor determinado.
¿Por qué, entre todo lo raro que sucedió en el jardín de la poeta, fue la escena del chico y su madre lo que me golpeó? ¿Y por qué, entre los varios escritores que había en ese jardín, a ningún otro esa escena pareció llamarle la atención? No es imposible que, si indago a fondo, pueda arriesgar algunas respuestas posibles. No solo yo: un crítico, un psicoanalista, un simple pescador de locuras podrá intentar alguna teoría respecto de mi elección, que le servirá o no de acuerdo con sus propósitos. A los efectos de la ficción, todo análisis propio o ajeno respecto de las motivaciones que suscitaron una narración carece de importancia. Partamos de la premisa de que cierta excentricidad, cierto brumoso acopio de conflictos irresueltos, los vestigios de algún miedo o deseo abandonado alientan en el trasfondo de quien escribe (y de todo individuo, diría, de ahí la corriente de empatía que suele establecerse entre lo narrado y su lector). Alguien en perfecto equilibrio con el Universo y consigo mismo (en caso de que eso fuera posible), ¿qué necesidad tendría de perturbar su estado venturoso indagando en los entretelones del mundo real?
Saber qué obsesión o recuerdo o miedo hizo que un suceso mínimo llamara nuestra atención tal vez mejore nuestra salud. Pero no necesariamente mejora nuestra literatura. Lo que sí, tal vez, la mejor es saber reconocer ese llamado o, más precisamente, esa necesidad de escribir en torno a. Ese reconocimiento no garantiza un buen cuento. Pero arriesgo que, si ese llamado o necesidad no existe, difícilmente se escriba una ficción que agregue algo al vasto territorio de la narrativa.

 

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