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La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes

El apasionante relato de una mujer y un hombre que optaron por resistir en los tiempos más difíciles. La novela más intensa y emotiva del ciclo de los Episodios de una Guerra Interminable relatado por la genial Almudena Grandes en La madre de Frankenstein (Tusquets). En 1954, el joven psiquiatra Germán Velázquez vuelve a España para trabajar en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, al sur de Madrid. Tras salir al exilio en 1939, ha vivido quince años en Suiza, acogido por la familia del doctor Goldstein. En Ciempozuelos, Germán se reencuentra con Aurora Rodríguez Carballeira, una parricida paranoica, inteligentísima, que le fascinó a los trece años, y conoce a una auxiliar de enfermería, María Castejón, a la que doña Aurora enseñó a leer y a escribir cuando era una niña. Germán, atraído por María, no entiende el rechazo de ésta, y sospecha que su vida esconde muchos secretos. El lector descubrirá su origen modesto como nieta del jardinero del manicomio, sus años de criada en Madrid, su desdichada historia de amor, a la par que los motivos por los que Germán ha regresado a España. Almas gemelas que quieren huir de sus respectivos pasados, Germán y María quieren darse una oportunidad, pero viven en un país humillado, donde los pecados se convierten en delitos, y el puritanismo, la moral oficial, encubre todo tipo de abusos y atropellos.

 

 

POR ALMUDENA GRANDES

 

Cuando el taxi se detuvo ante el portal de Gaztambide 21, sentí que me faltaba el aire. El resto de los síntomas se manifestó muy deprisa, antes de que tuviera tiempo para autodiagnosticarme una dolencia que habría reconocido a tiempo en cualquier otro paciente.
—¿Le pasa algo, señor? —el taxista se volvió a mirarme con el ceño fruncido—. Se ha puesto usted muy blanco. ¿Quiere que le lleve a la Casa de Socorro?
—No, gracias —me esforcé por ralentizar el ritmo de mi respiración aunque sabía que la opresión en el pecho aumentaría—. ¿Cuánto le debo? —así aprendí que al controlar la hiperventilación también se disparaba la frecuencia de las palpitaciones cardíacas.
Nunca antes había tenido un episodio de ansiedad. Miedo sí, mucho miedo y muchas veces, durante los bombardeos, en el coche que me llevó a Alicante, en el muelle del que nunca acababa de zarpar mi barco, en la celda de una comisaría de Orán, en el puerto de Marsella y después, en un interminable viaje en coche entre Francia y Suiza. Había tenido miedos grandes y pequeños, de mí mismo y de otras personas, miedo a morir, a que me mataran, a perder el control, mucho miedo, pero nunca ansiedad. Hasta el 21 de diciembre de 1953. Hasta que aquel taxista al que le dejé una propina desorbitada para poder salir a toda prisa de su coche, se paró delante de la casa donde había vivido yo, donde seguía viviendo mi madre, donde ya no vivía mi padre.

Tardé un buen rato en subir. Antes me paré a un lado del portal, dando la espalda a la calle, y abrí la bolsa de viaje para meter la cabeza dentro hasta que logré respirar normalmente.
Mi corazón se fue tranquilizando poco a poco, pero la sensación de opresión bajó desde el pecho hasta el estómago y no se movió de ahí. Tenía ganas de fumar, pero el temblor de mis manos me advirtió que no me convenía. Comprendí que sólo tenía dos opciones, entrar de una vez en aquel portal o volverme a Suiza. Como mis piernas querían quedarse, salvaron sin esfuerzo los tres escalones que daban acceso al interior.
En el chiscón de Margarita, aquella anciana destemplada que olía mal pero a mí me caía bien, porque me daba un caramelo cada tarde al verme volver del colegio, un desconocido me miró de través y se levantó de su silla a toda prisa para preguntarme adónde iba. Desde que pisé el andén de la estación del Norte, me había enfrentado a Madrid como a un animal raro, un monstruo sujeto a una metódica, fantástica metamorfosis. Bajo la piel nueva, en algunos lugares aún transparente, de aquella que siempre había considerado mi ciudad, descubrí vestigios de un mundo conocido, aromas, detalles, sonidos familiares que se mezclaban en un paisaje ajeno, indiferente a mi regreso, con otros que nunca habría acertado a imaginar. No sólo habían cambiado las banderas. También el color de los tranvías, los escudos pintados en las puertas de los taxis, los uniformes de los municipales, las chaquetas de los barrenderos, los nombres de los cines, de las tiendas, de las calles, el modelo de las placas donde estaban escritos. Pero mientras explicaba al sucesor de Margarita quién era yo y por qué iba al primero derecha B, me di cuenta de que algunas cosas no cambiarían nunca. La arrogancia que enmascaraba la curiosidad de los porteros madrileños, por ejemplo. La hostilidad con la que se dirigían a los desconocidos. La facilidad con la que su antipatía se trocaba en una sonrisa obsequiosa al identificar a cualquier recién llegado susceptible de darles propina. Muy pronto descubrí que si algunas cosas no cambiaban fuera, otras permanecían inmutables dentro de mí. Mientras subía las escaleras, el corazón se me salía por la boca y sin embargo, en el sexto peldaño la realidad se dio la vuelta sobre sí misma, como si los infinitos engranajes de una máquina compleja, delicadísima, encajaran entre sí en un instante para proclamar que, aunque yo no lo creyera, Germán Velázquez Martín acababa de volver a casa.
Podía recordar al menos seis pares distintos. Mis favoritas eran unas chinelas de piel de color rosa muy claro, que dejaban sus talones al aire y enmarcaban los empeines en dos nubes de plumas pequeñas, finísimas, que daba gusto acariciar. Pero hubo más, unas verdes de pana en invierno, en verano unas babuchas de cuero amarillo que mi padre le había traído de Marruecos.
Cuando hacía mucho frío usaba otras rojas, forradas por dentro de piel de borrego. Las últimas que se habían grabado en mi memoria eran de color azul marino, como las que estaba viendo en aquel momento, porque antes de que llegara a su lado, ella ya estaba allí.
Las zapatillas de mi madre, un infalible reloj viviente que tenía la costumbre de esperarnos en el descansillo con la puerta entreabierta a sus espaldas, anunciaban su presencia como un amoroso heraldo. Durante la niñez, cuando me había salido mal un examen o me había pegado en el recreo con algún compañero, nada me consolaba tanto como distinguirlas al fondo de la escalera, ni me desanimaba más que su ausencia. Pero ninguna emoción podía compararse con la que sentí en aquel momento. Quizás porque, a seis peldaños de distancia, distinguí ya el trabajo del tiempo en unos tobillos insospechadamente frágiles, la piel reseca y pálida de unos pies hacia los que corrí con una ansiedad repentina, distinta, que no me oprimía en el pecho pero dolía más.

—Mamá.
La piel de su rostro, tan fina y arrugada como la de mis zapatillas favoritas, me impresionó menos que su melena desaparecida, el pelo ralo y canoso, corto, que transparentaba ahora el contorno de su cráneo. Pero nada me preocupó más que el volumen que había perdido su cuerpo, la desconocida, huesuda delicadeza de los brazos que me rodeaban, la crueldad del aire que rellenaba el contorno de su cintura, el grito de sus costillas, visibles sobre la ausente redondez de sus caderas. Y sin embargo era ella, seguía siendo ella y estaba allí. Era mi madre y la llamé muchas veces, mamá, mamá, mamá, sólo por escucharme decir esa palabra, por pronunciar dos sílabas idénticas que muchas veces había temido no volver a pronunciar jamás.
—¡Ay, Germán! —musitó mi nombre mientras me abrazaba, y separó su cabeza de la mía para mirarme con una sonrisa abierta, las mejillas empapadas en llanto—. Germán, hijo mío, no sabes cómo me alegro… Ahora ya no me importaría morirme, de verdad te lo digo —y me besó muchas veces en los mofletes, haciendo ruido, como cuando era pequeño—. ¡Ay, cariño! Pero qué bien estás, y qué mayor, si eras un crío cuando… —me tocaba la cara, el cuello, los hombros, como si no pudiera verlos, y se echó a reír, y dejó de llorar—. No me puedo creer que estés aquí, aunque la verdad es que no entiendo… —tiró suavemente de mí para meterme en el recibidor y, aunque cerró la puerta, su voz descendió en un segundo, como un animal bien domesticado, hasta el volumen de un susurro—.
Con lo bien que estabas en Suiza, sigo pensando que no deberías haber vuelto.
En la primavera de 1952, la Clínica Waldau fue seleccionada por un laboratorio farmacéutico que trabajaba en el desarrollo de la clorpromazina, un medicamento descubierto hacía sólo unos meses. El primer neuroléptico de la Historia fue recibido con desconfianza por los psiquiatras más prestigiosos de mi hospital, que no acertaron a intuir la magnitud de la revolución que estaba a punto de desatar. Su conservadurismo me dio la oportunidad de dirigir un ensayo clínico que cambiaría la vida de algunos de mis pacientes, y mi propia vida.
Me gustaba ser psiquiatra, pero mi trabajo nunca había llegado a emocionarme. Casi todos los días me sentía igual que un entomólogo que clavara insectos en un corcho, para observar durante cuánto tiempo eran capaces de seguir moviendo las patas y anotar cuidadosamente los resultados, pero aquella experiencia me convirtió en un médico de verdad. La nueva medicación no sólo funcionaba mucho mejor que los electrochoques, los comas insulínicos, los baños en agua helada y otras torturas terapéuticas. La clorpromazina curaba o, al menos, suprimía los síntomas de enfermedades que habíamos creído no poder derrotar jamás. Por eso, para contarlo, fui a Viena en septiembre de 1953.
El día que firmé la primera autorización para que pasara una semana con su familia, Walter Friedli estaba a punto de cumplir cuarenta y ocho años. Había ingresado en la Clínica Waldau a los diecinueve. Cuando lo conocí, a media mañana de un día de enero de 1947, apenas me miró. Levantó un instante hacia mí sus ojos claros, aguados, hundidos en las cuencas, y volvió a fijarlos en sus manos. No le interesaba yo, no le interesaba nada, no le interesaba nadie. Dormía muchas horas. No le dirigía la palabra al personal de la clínica ni al resto de los internos. Pasaba la mayor parte del día sumido en una apatía casi absoluta, sólo interrumpida por la energía con la que negaba de vez en cuando con la cabeza, pero por las tardes sufría enormemente.
A la hora de la merienda, se sentaba en el alféizar de una ventana de la galería. Siempre la misma ventana, a la misma hora, en la misma postura. Entonces sí hablaba, al principio en un murmullo, aunque el volumen de su voz se iba incrementando en proporción al tormento que le causaban las voces que escuchaba. Walter Friedli era esquizofrénico y tenía alucinaciones acústicas. Todas las tardes se peleaba con su madre, que había fallecido de un ataque cardíaco antes de que él cumpliera tres años, pero le culpaba de haberla asesinado. Recibía otras visitas, de personas a las que había conocido, de otras que jamás habían existido, y todas le perseguían con la misma saña, todas le acosaban, le insultaban, le exigían que hiciese cosas que no podía hacer. No puedo, gritaba, no puedo hacer eso, no puedo salir de aquí, sabes que no puedo… Durante un par de horas argumentaba, gritaba, desafiaba a sus enemigos, luchaba con ellos y, al fin, se rendía. Luego se echaba a llorar, cubriéndose la cabeza con los brazos para protegerse de los ataques del aire, que le dolían más que los golpes auténticos.
En la hora más triste de cada día, el señor Friedli se deshacía en sollozos como un animalillo inerme acosado por una manada de fieras. Así era exactamente como se sentía. Si el cielo estaba nublado, era difícil distinguir el color de las nubes del color de su rostro. Si llovía, el llanto manso, impotente, de su rendición parecía una prolongación natural del agua que empapaba los cristales. El crepúsculo y él se convertían entonces en una sola cosa, siempre la lluvia, la oscuridad, un cielo de nubes negras con forma humana. Ni siquiera los intensos contrastes de las puestas de sol del verano impedían que él siguiera lloviendo por dentro, porque el infierno donde vivía era insensible al clima, a las estaciones, a la luz. Sólo respetaba, con una puntualidad escrupulosa, la hora de su cita con los monstruos.

 

 

 

 

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