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La invención ocasional, de Elena Ferrante

Vuelve la escritora más misteriosa y fascinante de la actualidad, autora de la saga Dos amigas, con más de treinta millones de lectores. La invención ocasional (Lumen, 2020), reúne textos inéditos en castellano en los que Elena Ferrante pone en funcionamiento su mirada reveladora y nos invita a pensar, comparte recuerdos y se nos mete en la piel como lo hace con sus novelas. La amistad, el primer amor, el cambio climático, los celos, el feminismo, nuestra relación con las plantas, el secreto de una pareja duradera o la belleza son algunos de los grandes temas de este libro, preciosamente ilustrado por Andrea Ucini.

 

 

 

POR ELENA FERRANTE

 

 

 

Choques

 

Hace un tiempo planeé contar mis primeras veces. Hice una lista de unas cuantas: la primera vez que vi el mar, la primera vez que viajé en avión, la primera vez que me emborraché, la primera vez que me enamoré, la primera vez que hice el amor. Fue un ejercicio tan arduo como inútil. ¿Cómo podía ser de otro modo? Consideramos las primeras veces con excesiva indulgencia. Por su naturaleza, se basan en la inexperiencia, y enseguida fueron engullidas por todas las veces que vinieron después, no tuvieron tiempo de asumir una forma autónoma. Sin embargo, las evocamos con simpatía, con añoranza, atribuyéndoles la fuerza de lo irrepetible. Debido a esta incongruencia en su constitución, mi proyecto empezó a hacer aguas de inmediato y naufragó definitivamente solo cuando traté de contar con veracidad mi primer amor. En este caso específico, hice un gran esfuerzo de memoria para buscar elementos significativos y encontré muy pocos. Él era muy alto, muy delgado y me parecía guapo. Tenía diecisiete años; yo, quince. Nos veíamos todos los días a las seis de la tarde. Íbamos a una callejuela desierta detrás de la estación de autocares. Él me hablaba, pero poco; me besaba, pero poco; me acariciaba, pero poco. Le interesaba sobre todo que lo acariciara yo. Una noche —¿era de noche?— lo besé como me hubiera gustado que me besara él. Lo hice con una intensidad tan ávida e impúdica que después decidí dejar de verlo. Sin embargo, no sé si este hecho —el único esencial para mi relato— ocurrió de verdad en esa ocasión o en el curso de otros pequeños amores que siguieron. Además, ¿era realmente tan alto? ¿Y nos veíamos realmente detrás de la estación de autobuses? Al final descubrí que de mi primer amor recordaba ante todo mi estado de confusión. Amaba a aquel chico hasta el punto de que verlo me despojaba de toda percepción del mundo y me sentía al borde del desmayo, no por debilidad, sino por exceso de energía. Nada me resultaba suficiente, quería más, y me sorprendía que él, por el contrario, después de desearme tanto, de repente me encontrara superflua y huyera como si yo me hubiese vuelto inútil. Bien, me dije, escribirás sobre el primer amor y hasta qué punto es, en su conjunto, insuficiente y misterioso. Pero cuanto más trabajaba en ello, más vaguedades, ansias e insatisfacciones apuntaba. De modo que la escritura se rebelaba, tendía a llenar vacíos, a dar a la experiencia la melancolía estereotipada de la adolescencia perdida. Por ello dije: Se acabó el relato de las primeras veces. Lo que hemos sido en el origen no es más que una mancha confusa de color contemplada desde la orilla de aquello en lo que nos hemos convertido.

 

20 de enero de 2018

 

Miedos

 

No soy valiente. Ante todo, me da miedo cualquier cosa que se arrastre, y en especial las serpientes. Me dan miedo las arañas, la carcoma, los mosquitos, incluso las moscas. Me dan miedo las alturas y, por tanto, los ascensores, los teleféricos, los aviones. Me da miedo la tierra misma donde posamos los pies cuando imagino que podría abrirse o que, por una avería repentina en el mecanismo universal, podría caerse como en la rima infantil que recitábamos de pequeñas cuando jugábamos al corro (Gira, gira rotundo,
se cae el mundo, se cae la tierra, todos a tierra… Cuánto me aterraban estas palabras). Me dan miedo todos los seres humanos cuando se vuelven violentos: me dan miedo cuando gritan, cuando insultan, cuando esgrimen palabras de desprecio, palos, cadenas, armas blancas o de fuego, bombas atómicas. Sin embargo, de joven, en las ocasiones en que había que mostrarse impávidas, me obligaba a quedarme impávida. Pronto me acostumbré a tenerle menos miedo a los peligros, verdaderos o imaginarios, y empecé a tenerle más miedo, mucho más, al momento en que los demás reaccionaban porque yo, paralizada, no lograba hacerlo. ¿Que
mis amigas chillaban porque había una araña? Yo superaba el asco y la mataba. ¿Que el hombre al que amaba me proponía unas vacaciones en la montaña con los inevitables viajes en telesilla? Sudaba la gota gorda, pero iba. Una vez, el gato trajo una culebra y la dejó debajo de la cama, y yo, armada de escoba y recogedor, chillando, la eché fuera. Y si alguien amenaza a mis hijas, a mí, a cualquier ser humano, a cualquier animal no agresivo, supero las ganas de salir corriendo. Según la opinión general quienes reaccionan con tanta terquedad como me he adiestrado a hacer yo son quienes tienen verdadera valentía, esa que consiste, precisamente, en vencer el miedo. Pero no estoy de acuerdo. Las personas pávidas-combativas como yo colocamos en la cima de todos nuestros miedos el miedo a perder la estima por nosotros mismos. Nos atribuimos con inmodestia tan alto valor que, con tal de no encontrarnos cara a cara con nuestra bajeza, somos capaces de cualquier cosa. En conclusión, nos tragamos los miedos no por altruismo sino por egoísmo. De manera que, debo reconocerlo, me doy miedo. Sé desde hace tiempo que soy capaz de excederme, de ahí que intente atenuar las reacciones agresivas a las que me he obligado desde niña. Estoy aprendiendo a aceptar el miedo, incluso a exhibirlo burlándome de mí misma. Empecé a hacerlo cuando comprendí que mis hijas se asustaban si las defendía con
una vehemencia exagerada de peligros pequeños, grandes, imaginarios. Quizá lo que debe dar más miedo es la furia de las personas aterradas.

 

27 de enero de 2018

 

Querido diario

 

De jovencita y durante algunos años llevé un diario. Era una adolescente tímida, decía a todo que sí, hablaba lo menos posible. Pero en mi cuaderno me desataba: narraba con detalle lo que me ocurría todos los días, acontecimientos muy secretos, pensamientos audaces. Por ello el diario me preocupaba mucho, tenía miedo de que mis familiares, sobre todo mi madre, encontraran el cuaderno y lo leyeran. De modo que no hacía más que inventar escondites seguros que no tardaban en parecerme inseguros. ¿Por qué estaba tan preocupada? Porque si en la vida diaria apenas abría la boca por vergüenza, por prudencia, el diario me provocaba un afán de verdad. Pensaba que en la escritura no tenía sentido contenerse, de ahí que escribiera, en especial —tal vez únicamente— aquello que hubiera preferido callarme y recurría, entre otras cosas, a un léxico que nunca me hubiese atrevido a utilizar cuando hablaba. No tardó en crearse una situación que me extenuaba. Por una parte, todos los días hacía un esfuerzo de formulación para demostrarme a mí misma que era despiadadamente sincera y que jamás nada me impediría serlo; por la otra, me aterraba el hecho de que alguien pudiese poner los ojos en mis páginas. Esta contradicción me acompañó largo tiempo y en muchos aspectos sigue hoy viva. Si con la escritura elegía visibilizar aquello que, de no haberlo escrito, habría quedado bien oculto en mi cabeza, ¿por qué después vivía angustiada de que descubrieran mi diario? Alrededor de los veinte años me pareció haber encontrado una solución que me tranquilizaba. Debía dejarme de escritura diarística y canalizar el deseo de decir la verdad —mis verdades más impronunciables— en relatos inventados. Opté por ese camino incluso porque el diario mismo se estaba convirtiendo en una invención. Por ejemplo, con mucha frecuencia no tenía tiempo de escribir todos los días, y me parecía que de ese modo se interrumpía el hilo de las causas y los efectos. Entonces llenaba los vacíos escribiendo páginas que después antedataba. Y al hacerlo, daba a los hechos, a las reflexiones, una coherencia que no tenían las páginas escritas todos los días. Probablemente la experiencia del diario y de sus contradicciones contribuyó en gran medida a convertirme en narradora. En la ficción sentía que yo y mis verdades nos encontrábamos un poco más a salvo. De hecho, en cuanto aquella nueva escritura se impuso, tiré mis cuadernos. Lo hice porque me parecía que su escritura era tosca, que carecía de pensamientos dignos, que estaba llena de exageraciones infantiles y, sobre todo, muy alejada de como ya me
gustaba recordar mi adolescencia. Desde entonces no he vuelto a sentir la necesidad de llevar un diario.

 

 

 

 

 

 

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