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La intensidad del monzón, de Carolina Macedo

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Negocios, terrorismo, tecnología y la búsqueda del amor que exige una entrega total son algunos de los pilares de La intensidad del monzón (Suma de Letras), una nueva novela de Carolina Macedo, una de las escritoras más destacadas del género romántico actual. Varios años después de los sucesos de Dueñas del destino, el inquebrantable vínculo que unía a Giuliana, Laura y Sofía se repite ahora en sus hijos. Ellos empiezan a escribir su propia historia cuando la explosión del jet en el que viajaba el magnate indio del acero Balarak Kaska entrelaza sus vidas y los pone a prueba. Juntos deberán sobreponerse a todo para defenderse de un enemigo común que, desde las sombras, tratará de sabotear todos los intentos por descubrir su identidad. Aquí el primer capítulo.

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El movimiento del aeropuerto Indira Gandhi en Nueva Delhi era, como todos los días, un caos que se desarrollaba con tranquilidad. Una multitud lo habitaba y en ese desborde algo la obligaba a separarse en bloques, a alinearse y detenerse o atravesar a toda prisa una terminal para llegar a tiempo a las salas de embarque. Se anunciaban los vuelos y el aviso provocaba en cada pasajero emociones diferentes: lágrimas, euforia, incertidumbre. Un avión partía a un único destino y al llegar quienes lo compartían ramificarían sus rumbos. En las salas de arribo explotaban los abrazos para los que buscaban sentirse en casa; los besos y las sonrisas de los que tenían la ilusión de un reencuentro, y el pesar de quienes encontraban allí un retorno obligado.

En un instante todo lo que parecía cumplir un orden preestablecido se vio interrumpido por la catástrofe que anunciaban las inmensas pantallas apostadas en toda la extensión del aeropuerto. El terror se reflejó en los ojos de aquellos que acababan de despedir a sus seres queridos y también en los que pensaban despegar librados a su suerte. Los altoparlantes intentaban ser precisos y acotar el accidente, pero las imágenes eran más que elocuentes. La explosión había provocado un ruido feroz que hizo temblar los vidrios, las llamas parecían devorar todo a su paso, materializando en sí mismas las atrocidades del infierno y el fuego ardió en las pupilas de quienes memorizaban los detalles del desastre antes de que una columna de humo negro se espesara para ocultar el apocalipsis tras su velo.

Una camioneta Land Rover negra había acercado a la puerta del avión a los pasajeros que viajaban con destino a Londres. El piloto había despegado en horario, cumpliendo con el protocolo estipulado. Unos minutos más tarde, cuando el jet Falcon 7x despegaba, la torre de control recibió una llamada de emergencia que reportaba humo en la cabina y solicitaba instrucciones para regresar al aeropuerto. Antes de que el controlador aéreo pudiera articular una palabra, se sintió un estruendo y el punto que indicaba la posición del avión desapareció del radar. El cielo se encendió y los habitantes de la ciudad de Delhi fueron testigos del accidente.

La catástrofe fue el centro de todas las noticias que rápidamente adquirieron trascendencia internacional al conocerse que se trataba del avión del magnate indio de la industria del acero Balarak Kaska.

Según se informaba, el jet había explotado en el aire desintegrándose de inmediato. Las piezas habían caído en un radio de varios kilómetros sobre una zona densamente poblada. Los rescatistas buscaban los cuerpos de todos los pasajeros, pero era claro que su identificación sería imposible sin una adecuada tecnología.

Un periodista de The Telegraph hizo la primera llamada a las oficinas de la Corporación Kaska en Londres. Lo derivaron a la secretaria ejecutiva de la dirección, quien con una expresión de absoluto estupor escuchaba al locuaz periodista, mientras sus facciones perdían color y su sangre se paralizaba a medida que avanzaba el relato.

Raví Kaska entraba a su oficina acompañado de su amigo André cuando en el rostro desencajado de Kenda, su secretaria, advirtió un mal presagio. Se acercó a ella con lentitud, intentando adivinar lo que la atormentaba. Al verlo, ella lo miró con la culpa de quien será emisario del infortunio. Sin decir palabra, encendió la pantalla a sus espaldas y Raví escuchó con claridad el nombre de su padre en las noticias que reportaban el accidente. Sin voltear, buscó los ojos de André y en ellos leyó la desgracia.

Las lágrimas bañaron sus ojos negros antes de que estos tuvieran el valor para observar las imágenes de la tragedia. Sus padres Balarak y Jiva habían muerto en un accidente aéreo hacía solo media hora. Viajaban para reunirse con él.

Un grito ronco de dolor se escapó de sus labios sin que él pudiera oírlo y sus piernas se aflojaron y lo dejaron caer de rodillas. André lo abrazó con fuerza intentando alejar a su amigo del abismo en el que se hundía.

Kenda, con la marca de la aflicción en su rostro, miró a André aturdida, y este le dijo:

—Llama a Alessia, mi hermana. Dile que vaya inmediatamente al departamento de Raví y que se asegure de llevar a Olivia. Ellas nos ayudarán y yo estaré de vuelta aquí en menos de una hora. No se harán declaraciones hasta ese momento.

André sacó a Raví del edificio por una puerta lateral para evitar el asedio de la prensa apostada en la entrada principal. Su amigo no reaccionaba, simplemente no podía pensar. La noticia lo había devastado.

En el departamento los esperaban, y no hizo falta ninguna explicación. Alessia acompañó a Raví a su dormitorio. Verlo en ese estado de absoluta vulnerabilidad la angustiaba. Él era un eterno rebelde, vivía el momento y huía de las responsabilidades tanto como de las obligaciones. Había renegado siempre de las ambiciones de su padre y sin embargo ahí estaban, reclamándolo. El peso del mundo debía sentirse sobre sus hombros.

André aprovechó para hablar con su prima Olivia, que acababa de llegar de Argentina para hacer una especialización en genética.

—Necesita que le recetes algo —le dijo André, muy preocupado—. Pero tiene que poder viajar en unas horas.

—Le daré un sedante, no hay mucho más que hacer —dijo Olivia con tranquilidad.

—Otro favor, dile a Gavino que investigue lo que acaba de suceder. Todavía no puedo creer que se trate de un accidente.

Olivia no tenía dudas: su hermano menor era un genio de las computadoras; si había algo que descubrir, nadie sería mejor que él, aunque se encontrara en la costa oeste de Estados Unidos.

André regresó a las oficinas del grupo Kaska donde se reunió con los altos dirigentes en nombre de Raví. Juntos idearon un comunicado de prensa para evitar que la noticia de la muerte del fundador del grupo agitara el mercado o desplomara el valor de las acciones. Designaron al responsable de lidiar con la prensa y un plan de acción para varios días, el tiempo que suponían que Raví se ausentaría.

Esa noche, el jet de André despegaba rumbo a la ciudad de Delhi.

Los calmantes habían ajustado una máscara de serenidad sobre el rostro de Raví, quien intentaba aferrarse a su lucidez, pero los pensamientos arrasaban con todo lo que hasta ese momento había protegido al niño que acababa de quedar huérfano. La coraza que lo había mantenido vivo en su corazón comenzaba a romperse mientras el puente que lo unía a sus padres se derrumbaba frente a sus ojos. Con ellos se iba también un mundo hecho de palabras, caricias y gestos. Intentaba retener casi con desesperación el eco de esos consejos de los que había huido tantas veces por escucharlos con insistencia. La mirada de aprobación de su padre, la que buscaba después de la más pequeña de las hazañas, se desvanecía, se apagaba, ya no podría medirse con ese hombre al que tanto admiraba. El camino que les había tocado compartir se había quebrado violentamente.

Intentaba separar en su mente lo imaginario de lo real, pero insistían en fundirse nuevamente. Sintió una punzada en el pecho como una advertencia que llegaba tarde. La muerte no avisa, pero golpea con la contundencia de un gladiador, todo se pierde en un instante irreversible y para siempre.

Las experiencias vividas lo estremecían; se sentían debajo de la piel, como si buscaran allí asilo ante un ciclo que se cerraba súbitamente. Y apareció la culpa para exacerbar el ardor en las heridas, provocando que Raví se hundiera en una desconocida sensación de abandono.

Una parte de él se empeñaba en negar todo lo que vivía, como si estuviera atrapado dentro de una pesadilla buscando desesperadamente y sin éxito abrir los ojos. Volvía a negarlo, ellos no podían marcharse así, con un simple adiós como única despedida. Quedaba tanto por decir, deseaba con toda la intensidad que le permitía la confusión de sus emociones volver el tiempo atrás, como si con pies pesados intentara caminar contra el destino buscando un camino de regreso a todo aquello que había perdido.

Sus padres eran, sin duda, sus raíces y sin ellos sentía que de pronto nada lo sostenía, solo aplastaba sus hombros el dolor de ese adiós para el que nunca se está preparado.

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