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La hija olvidada, de Armando Lucas Correa

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La Segunda Guerra Mundial vuelve a ser el escenario elegido por Correa para narrar La hija olvidada (Ediciones B), una historia basada en hechos reales. Esta segunda novela histórica del autor tras su exitosa La niña alemana, cuenta sobre los sueños truncados de una pareja en el Berlín de 1939 con respecto a sus hijas tras el ascenso del nazismo; mientras que en el Nueva York de 2015, una anciana recibe unas cartas en alemán que guardaban secretos de setenta años… Así comienza.

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—¿Es la señora Duval? ¿Elise Duval? —La voz repitió su nombre mientras ella permanecía en silencio—. Estuvimos en Cuba hace poco. Mi hija y yo queremos entregarle en persona unas cartas en alemán que le pertenecen.

Elise siempre había sido capaz de presentir el futuro. Pero hoy no. Hoy, ella nunca hubiera podido predecirlo.

Por un instante pensó que era víctima de un error. Era francesa, y había estado viviendo en Nueva York durante casi setenta años, desde que un tío materno la había adoptado al final de la guerra. Ahora, sus únicos familiares vivos eran su hija, Adèle, y su nieto, Étienne. Ellos eran su universo, y de pronto todo lo que venía antes quedó envuelto en tinieblas.

—Señora Duval —reiteró la mujer, insistiendo con delicadeza. El terror la invadió. Elise buscó apoyo, sintiendo que estaba por desvanecerse.

—Puede venir a verme hoy por la tarde —se limitó a contestar, sin antes comprobar si tenía algún compromiso, si debería consultar a su hija. Escuchó el nombre de la mujer, Ida Rosen, y el de la niña, Anna, pero su memoria era una nebulosa cerrada al pasado. Solo estaba segura de no estar dispuesta, en ese momento, a verificar las credenciales de aquella señora y de su hija. No tuvo que darles la dirección, ya la tenían. No la habían llamado por error. Lo sabía.

Elise pasó las horas siguientes intentando descifrar cada palabra de la breve conversación. Rosen, repetía mientras rebuscaba entre las sombras de aquellos que atravesaron con ella el Atlántico después de la guerra.

Habían transcurrido solo unas horas y ya la llamada comenzaba a disolverse en su memoria, tan limitada, tan selectiva. «No hay tiempo para recordar», acostumbraba a decirle a su marido, luego a su hija, ahora a su nieto.

Se sintió un poco culpable al haber accedido sin objeciones a ser visitada por una desconocida. Podía haber indagado quién había escrito las cartas, por qué habían ido a parar a Cuba, qué hacían la señora Rosen y su hija allí. En cambio, se limitó a callar.

Cuando oyó el timbre de la puerta, comenzó a sentir que el corazón estaba por abandonarle el cuerpo. Solo necesitaba cerrar los ojos, respirar profundo y contar sus latidos —uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis— para lograr sosegarse; esa era la única memoria clara que conservaba de su niñez. No sabía cuánto tiempo había pasado en su recámara, ataviada con un traje azul marino, esperando.

Sintió como si al escuchar la campanilla sus sentidos se hubieran agudizado. Incluso podía percibir la respiración de las dos desconocidas al otro lado de la puerta esperando por ella, una vieja viuda, sorda y decrépita. Pero ¿por qué? Colocó la mano en el picaporte y se detuvo, con la esperanza de que aquel acercamiento no fuera más que una ilusión, algo que había soñado, uno de los tantos delirios que llegan con los años. Cerró los ojos una vez más y trató de vislumbrarlo: no tenía futuro, por eso no podía predecirlo.

Comprendió que el encuentro no se trataba del mañana, sino que había sido cuidadosamente diseñado por un pasado que retornaba, y que no sería posible evadir. Una sombra que la acompañaba fielmente desde el día en que desembarcó en el puerto de Nueva York, cuando la mano de un tío, que se convirtió en padre, la rescató del abandono. Pero no del olvido.

Abrió la puerta con determinación y una ráfaga de luz la aturdió. El ruido del elevador, un vecino que bajaba las escaleras, el ladrido de un perro y la sirena de una ambulancia la aislaron por un segundo. La sonrisa de la mujer la trajo de regreso.

Con un ademán las invitó a pasar. Todavía en silencio, evitó hacer el más mínimo gesto que delatara su terror. La niña, Anna, que parecía tener unos doce años, se le acercó y la abrazó por la cintura. Elise no supo cómo responder. Quizás debió haber dejado caer sus manos sobre los hombros de la pequeña, o acariciarle el pelo, como solía hacer cuando su hija tenía esa edad.

—Tienes los ojos azules —aventuró.

Un saludo absurdo. Debía haber dicho que tenía ojos hermosos, pensó. Omitió lo que realmente hubiera querido decir: que los tenía del mismo azul, rasgados y caídos como los de ella, y que su perfil… No, mejor no pensar en el perfil, se dijo, aterrada, porque se vio a sí misma en el rostro de aquella desconocida.

Con esfuerzo, Elise las condujo hasta la sala. Justo antes de invitarlas a sentarse, Anna le extendió una pequeña caja de ébano con tonos desvaídos.

Elise abrió la caja cuidadosamente. Al sostener entre los dedos la primera carta doblada en varios pliegues, escrita en tinta desteñida en la hoja de un libro de botánica, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Esto me pertenece? —dijo en voz baja, aferrándose a un crucifijo que le colgaba en el pecho—. Tus ojos… —repitió mirando a Anna con una angustia infinita.

Elise intentó incorporarse, pero sintió que su corazón se detenía. Había perdido todo dominio sobre sí, sobre la vida que había cuidadosamente construido. Pudo observar su rostro a la distancia, como un testigo más en aquella habitación.

Poco a poco, las palmas de las manos comenzaron a humedecérsele. La caja cayó y se esparcieron las cartas por la alfombra. La fotografía de una familia con dos pequeñas niñas con la mirada asustada, quedó sepultada entre hojas amarillentas manchadas de tinta. Se vio a sí misma desde lejos cerrando los ojos, y una punzada en el pecho la hizo perder el balance. Al desplomarse sobre la alfombra desgastada, supo que era el preludio del fin: el último acto del olvido.

Silencio, muros de silencio alrededor de ella. Intentó recordar cuántas veces podía detenerse un corazón y comenzar de nuevo a palpitar. Uno… Silencio. Dos… Otra pausa, aún más larga. Tres… El vacío. El silencio entre un latido y otro la separó del mundo. Quiso escuchar uno más. Cuatro… Y otro. Aspiró con todas sus fuerzas. Cinco… Necesitaba solo uno más y estaría a salvo. Silencio. ¡Seis!

—¡Elise! —El grito la hizo reaccionar—. ¡Elise!

Aquel nombre, aquel nombre: Elise. No era ella. Ella no era nadie, no existía, nunca había existido. Había vivido una vida que no le pertenecía, había formado una familia a la que había engañado, hablaba un idioma que no era el suyo. Había vivido todos esos años huyendo de quién realmente era. ¿Para evitar qué? Era una superviviente, y eso no era un error, ni un equívoco.

En el instante en que los paramédicos la colocaron en la camilla, ya había olvidado a la mujer y a la pequeña de ojos azules, las cartas escritas en un idioma extraño, la fotografía.

Pero en ese espacio del olvido, un recuerdo emergió. Era ella, como una niña pequeña, caminando a tientas por un bosque tupido, rodeada de enormes árboles que le impedían distinguir el cielo. Cómo orientarse, si no divisaba las estrellas. Sangre. Tenía sangre en la mejilla, en las manos, en el vestido, pero no estaba herida, no era su sangre. Alguien yacía sin vida, desangrado. No encontró una mano que la sostuviera. Percibió el aire denso y se escuchó balbucir en su voz de niña: «¡Mamá! ¡Mamá!» Estaba perdida, abandonada en medio de la oscuridad.

En la nube de recuerdos fragmentados, lo vio todo: las cartas, la caja de ébano, el cofre púrpura, un balón raído, un soldado herido. Vio flores marchitas y líneas borrosas.

Comenzó a reconstruir un pasado que hoy la compensaba con una última e imprevista visita, con la imagen de las cartas escritas en las hojas de un libro familiar. No por lo que decían, sino por el dibujo de las letras y por las flores que la habían acompañado todos los días de su infancia.

—Hidrocharis morsus ranae. —Suspiró.

Se percibió como el cáliz de esas plantas acuáticas que flotan a la deriva, emitiendo un haz de flores manchadas de amarillo. Estaba delirando; pero si podía recordar, aún estaba viva. Era hora de dejarse morir, pero tendría que hacer algo antes con las hojas del libro mutilado.

El daño estaba hecho, y no tenía derecho a pedir perdón. Cerró los ojos y contó sus latidos. Los silencios entre uno y otro hacían que el temor se disipara. ¿Quién se lo había enseñado?

«¡Listo!», escuchó.

Sintió un peso sobre el pecho fracturado. Una primera descarga eléctrica le provocó unas palpitaciones irreconocibles. No iba a permitir que la despertaran, se dijo. No quería vivir. Cuando niña, la habían depositado en un enorme trasatlántico y nunca se atrevió a mirar atrás. No lo iba a hacer ahora.

Con la segunda descarga, el calor regresó y la obligó a abrir los ojos. Las lágrimas comenzaron a brotarle sin control. No era capaz de discernir si estaba viva, por eso lloraba. Alguien le tomó la mano y le acarició la frente con compasión.

—¡Mamá! —escuchó la voz llorosa de su hija. Estaba tan cerca que no podía distinguir sus rasgos.

¿Encontraría las palabras para explicarle a Adèle, su única hija, que la había criado en una mentira?

—Elise, ¿cómo se siente? No fue mi intención… —Ida también estaba allí, apenada.

Adèle continuaba callada. No conseguía entender qué hacían aquella mujer desconocida y su hija en el hospital junto a su madre, una anciana moribunda.

En un desasosiego incómodo y en un idioma que no reconocía, Elise se escuchó murmurar una frase que llegaba de un lugar remoto: «Mama, verlass mich nicht. No me abandones.»

Uno —silencio—, dos —silencio—, tres —silencio—, cuatro, cinco… Respiró profundamente, a la espera de otro latido.

Verano, 1939

Mi pequeña Viera:

Solo han pasado horas y mamá te extraña. Las horas son días, semanas, meses para mí; pero quiero que sepas que te tengo muy cerca. Nos separa el océano, aunque sé que me escuchas en las noches, tus noches, que son mis amaneceres, cuando te canto al oído y te leo las páginas de nuestro libro de botánica favorito.

Tú eres como esas flores de climas fríos que deben aprender a sobrevivir en una isla, en tierra húmeda y bajo la intensidad del sol. Tú necesitas la luz para vivir, y allá no te faltará. Será penetrante, pero no le temas, porque sé que crecerás y te harás cada vez más fuerte.

Tu hermana te extraña. Cuando nos acostamos a dormir, me pide que le cuente historias de ti y de nuestros días felices cuando éramos una familia. Sé fuerte, sigue siempre al sol y crece, para que cuando nos volvamos a encontrar, porque nos volveremos a encontrar, podrás correr hacia nosotras y abrazarnos, como lo hicimos en el puerto, al pie de aquel barco enorme.

Mi Viera, quiero que sepas que mamá, aunque esté lejos, te cuida. Cuando tengas miedo, cuenta los latidos de tu corazón para calmarte, como te enseñó papá. Tu hermana es también ahora una experta. Recuerda, primero son rápidos, pero cuando empiezas a enumerarlos descubrirás el silencio entre latido y latido. El miedo se aleja en la medida en que el espacio crece entre uno y otro. No lo olvides, mi pequeña.

Todos los viernes enciende dos velas, cierra los ojos y piensa en nosotras. Estamos contigo.

Todo mi amor,

Mamá

Dos

La huida

Berlín, 1933-1939

Los vecinos la evitaban al verla pasar. Todos escuchaban con disimulo, desconfiando unos de otros. El caos de la duda se apoderaba de la capital alemana: escuchar era más seguro, hablar era un riesgo. De casa en casa, de ventana en ventana, las noticias en la radio, aquellas arengas en alabanza de la pureza se habían convertido en la banda sonora habitual de la ciudad: «Alemania para los alemanes.»

Y yo, ¿no soy alemana también?, quiso preguntar.

Caminando sin rumbo fijo, terminó en la Fasanenstrasse. Al darse cuenta de que estaba muy cerca de la sinagoga, cruzó a la acera de enfrente. En otra esquina, se sorprendió al ver dalias.

Entró en la floristería y pidió las más pedunculadas para llevarlas al consultorio de su marido y sorprenderlo. La florista, una mujer encorvada con manos como garras, comenzó a preparar el ramo.

—Solo quiero las que tienen diferentes tonos rosa —la interrumpió Amanda.

—Todas son iguales. Son dalias rojas —gruñó la florista—. ¿Qué le pasa a usted? ¿Está ciega? Si no le gusta cómo lo hago, ¡prepáreselo usted misma!

Luego de seleccionar algunas dalias en tonos de rosa francés, amaranto, persa y mexicano, pagó de prisa y salió de la floristería. Sosteniendo el ramo de flores contra su pecho, dejó atrás la Sybelstrasse y deambuló por la populosa Kurfüsterndamm hasta llegar a la Pariser Strasse, que la conduciría al consultorio. Cada minuto que transcurría, el color de las dalias se intensificaba. Aquellos indefensos tonos rosa se defendían bajo la hiriente atmósfera.

Amanda sentía la tentación de perderse en la fragilidad de las dalias, en el rostro de los niños que encontraba a su paso, pero no podía evitar volver a la realidad. Sentía que ella y su marido eran los únicos que quedaban en una ciudad en fuga. Sus primos habían huido a Polonia. Sus padres ya habían fallecido, y los de él también. ¿Qué los ataba a Berlín?

Tenían amigos en Francia; podían conseguir un salvoconducto, dejarlo todo y comenzar de nuevo en París o en algún pequeño pueblo. Incluso, su marido tenía pacientes que los recomendarían, con solo pedirlo, en la oficina de Palestina en la Meinekestrasse. Pero Julius no podía abandonar a sus pacientes. Ahora aparecían en la consulta con la esvástica en la solapa o atada en el brazo, y Julius desviaba la vista de aquella señal que a ella la atormentaba. «Nada ha cambiado —le decía él—. Siguen siendo mis pacientes. Les veo solo el corazón, no les leo la mente.»

Al entrar en el consultorio, la mirada rigurosa de Fräulein Zimmer, sentada detrás del enorme buró de caoba cubierto de gruesos expedientes médicos, no fue acogedora. Sabía que cada vez que ella interrumpía al doctor con visitas imprevistas, él cancelaba las citas, posponía las que no fuesen urgentes y abandonaba la consulta sin más explicaciones.

Amanda se sentó en silencio en la sombría sala de espera, muy cerca de la puerta, esperando a que se abriera de un momento a otro. Primero escuchó voces y luego risas, hasta que salió un hombre alto y canoso, con traje marrón oscuro y una brillante esvástica en la solapa. Al entrar en el salón se fijó en Amanda, que se puso de pie. La miró como preguntándose qué podría hacer una hermosa germana como ella en una consulta del corazón.

 

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