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John Grisham is back

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John Grisham lo hizo de vuelta: sus thrillers más la cuota de maldad necesaria, son fórmula de éxito. En La gran estafa (Plaza & Janés), Mark, Todd y Zola decidieron estudiar Derecho en Washington para cambiar el mundo, para hacer de él un lugar mejor. Pero ahora que están en el tercer año, se dan cuenta de que han sido víctimas de un fraude: pidieron un cuantioso préstamo para estudiar en lo que ha terminado siendo una escuela de segunda categoría, centrada en ganar dinero, y tan mediocre que los alumnos rara vez aprueban el examen final.

Investigando, descubren que la escuela es parte de una cadena operada por un fondo de dudosa reputación que, además, también dirige un banco especializado en préstamos estudiantiles.

Sin embargo, no todo está perdido. Puede que haya una forma de librarse de la deuda, desenmascarar al banco, destapar el fraude y sacar provecho al mismo tiempo. Pero para que su plan tenga éxito, tendrán que abandonar la escuela sin graduarse, lo que sería una locura… O quizá no.

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Llegó el final del año y con él las fiestas, aunque en la casa de los Frazier no había mucho que celebrar. La señora Frazier cumplió con la tradición de decorar un pequeño árbol, envolver unos cuantos obsequios y hornear unas cuantas galletas de esas que nadie quería, y, como siempre, mantuvo sonando sin pausa en el equipo de música El Cascanueces al tiempo que tarareaba animadamente en la cocina como si de verdad la familia estuviera pasando unos días alegres.

Pero las cosas eran de todo menos alegres para ellos. El señor Frazier había abandonado el hogar hacía tres años, y lo echaban de menos tanto como lo despreciaban. Al poco de dejarlos se había ido a vivir con su joven secretaria, que cada vez estaba más embarazada. La señora Frazier, a la que dejó plantada, humillada, hundida y deprimida, todavía luchaba por salir del bache.

Louie, su hijo menor, que cumplía un arresto domiciliario, por no decir que estaba en libertad bajo fianza, tenía por delante un año difícil ya que iba a enfrentarse a una acusación por un asunto de drogas y todo lo que conllevaba. No se había molestado en comprar un regalo a su madre, aduciendo como excusa que no podía salir de casa por el dispositivo de seguimiento que llevaba en el tobillo por orden judicial. En cualquier caso, aunque no lo hubiera llevado, nadie esperaba que Louie se tomara la molestia de comprar regalos. El año anterior, y el anterior, cuando no tenía el transmisor electrónico, tampoco les había comprado nada.

Mark, el hijo mayor, había vuelto al hogar tras la pesadilla de la facultad de Derecho y, aunque tenía bastante menos dinero que su hermano, había conseguido comprar a su madre un frasco de perfume. Se suponía que iba a graduarse en mayo, y que después, en julio, se presentaría al examen de colegiación a fin de obtener la licencia para ejercer como abogado y empezaría a trabajar en un bufete de Washington D. C. en septiembre, casualmente el mismo mes en que Louie tendría que comparecer ante el juez. Pero el caso de Louie no llegaría a juicio por dos buenas razones. Primera, unos policías de incógnito lo habían pillado in fraganti mientras vendía diez bolsitas de crack (incluso había un vídeo que lo atestiguaba) y, segunda, ni Louie ni su madre podían permitirse contratar un abogado decente que se ocupara de sacarlo del lío en el que estaba metido. Durante las vacaciones tanto la señora Frazier como Louie habían dejado caer a Mark que debería darse prisa y presentarse voluntario para defenderlo. Quizá podrían ir retrasándolo todo hasta que Mark estuviera colegiado; de hecho, le faltaba muy poco. Y ya con la licencia, ¿acaso no le resultaría sencillísimo encontrar uno de esos tecnicismos sobre los que siempre se hablaba y conseguir que retiraran los cargos?

Esa ilusión que compartían Louie y su madre tenía fallos de peso, pero Mark no quiso perder el tiempo en señalárselos. Cuando el día de Año Nuevo quedó claro que Louie pretendía pasarse por lo menos diez horas tirado en el sofá viendo siete partidos de fútbol americano seguidos en la tele, Mark se largó a casa de un amigo. Esa noche, mientras conducía de regreso al hogar, con unas copas de más, tomó la decisión de marcharse. Volvería a Washington D. C. y trabajaría en lo que fuera en el bufete que iba a contratarlo pocos meses después. Faltaban casi dos semanas para que empezaran las clases, pero tras diez días de oír las quejas continuas de Louie por sus problemas, además de El Cascanueces, Mark ya estaba harto y deseando que empezara su último semestre en la facultad.

A la mañana siguiente su despertador sonó a las ocho y, mientras se tomaba el café con su madre, le explicó que tenía que regresar a Washington. «Siento irme antes de lo previsto, mamá, y dejarte aquí sola con tu niño malo, pero esta no es mi guerra. Louie no es hijo mío y no tengo por qué ocuparme de él. Tengo mis propios problemas.»

El primero de ellos era su coche, un Ford Bronco que conducía desde que iba al instituto. El cuentakilómetros se había quedado bloqueado en los trescientos mil kilómetros cuando Mark todavía estaba a mitad de sus estudios de pregrado. Necesitaba desesperadamente una bomba de combustible, pero ese solo era uno de los muchos recambios que precisaba con urgencia. Durante los últimos dos años, Mark había conseguido a duras penas —con ayuda de cinta adhesiva y unos cuantos clips— parchear y sujetar el motor, la transmisión y los frenos, pero no había podido hacer nada con la bomba. Funcionaba, si bien con una capacidad más reducida de lo normal, de manera que el Bronco únicamente alcanzaba una velocidad máxima de ochenta kilómetros por hora, y eso en llano. Para evitar que lo arrollara un camión de dieciocho ejes en la autopista, Mark decidió viajar por las carreteras secundarias del Delaware rural y la costa Este. El viaje de Dover al centro de Washington D. C., que por lo general era de dos horas, a él le llevó el doble.

Eso le dio más tiempo para pensar en sus otros problemas. El segundo era el asfixiante préstamo que había tenido que pedir para estudiar. Al término del pregrado debía sesenta mil dólares y no tenía trabajo. Su padre, que en ese momento parecía felizmente casado pero también estaba ahogado por las deudas, le advirtió que no siguiera con sus estudios. «Joder, hijo, en cuatros años ya tienes un agujero de sesenta mil dólares. Déjalo ya y no lo empeores.» Pero Mark pensó que era una soberana estupidez aceptar los consejos financieros de su padre, así que trabajó un par de años en lo que le fue saliendo, de camarero y repartidor de pizzas, mientras negociaba con sus acreedores. No recordaba cómo se había planteado la posibilidad de ir a la facultad de Derecho. Sí se acordaba, en cambio, de haber oído una conversación entre dos compañeros de fraternidad que estaban arreglando el mundo mientras bebían una copa tras otra. Mark era el camarero, el bar no estaba muy lleno y, tras la cuarta ronda de vodka con zumo de arándanos, los dos muchachos ya hablaban lo bastante alto para que todo el mundo pudiera oírlos. De las muchas cosas interesantes que dijeron, a Mark se le habían quedado grabadas dos: «Los grandes bufetes de Washington D. C. no paran de contratar gente» y «Los sueldos iniciales que ofrecen son de ciento cincuenta mil al año».

Poco después se encontró con un amigo que había estudiado con él en pregrado y que por entonces estaba en primero en la facultad de Derecho de Foggy Bottom, en Washington D. C., y el chico no paró de hablarle de sus planes de acabar la carrera lo más rápido posible, en dos años y medio, y después firmar un contrato con un bufete importante y con un sueldo elevado. El gobierno federal estaba concediendo créditos a todos los estudiantes que lo solicitaban, decía; todo el mundo podía sacarse una carrera y, claro, ibas a acabar con un montón de deudas, pero podías quitártelas de encima en cinco años. Según su amigo, tenía mucho sentido «invertir en uno mismo», pues, a pesar del lastre de las deudas, podría contar con un buen sueldo en el futuro.

Mark se tragó el cuento y empezó a estudiar para el examen de acceso de Derecho, el Law School Admission Test (LSAT). Sacó una nota poco brillante, 146, pero eso no pareció importar a los responsables de admitirlo en la facultad.

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