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La edad de la inocencia, de Edith Wharon

En esta extraordinaria historia de una gran pasión en la que subyace el conflicto entre dos mundos, Edith Wharton logra -como en toda su magnífica obra- en La edad de la inocencia, sumergirnos en una lectura voraz. Al amable mundo de convenciones sociales estrictas en el que se mueve, aparentemente sin roces ni contrariedades, la alta sociedad de Nueva York de finales del siglo pasado, regresa de Europa la inquietante condesa Olenska. Independiente, osada, diferente, Ellen involucrará muy pronto en su misterio a su joven primo Newland Archer y perturbará sin poder evitarlo el encanto de una vida social que ignora de manera voluntaria su inminente fin.En el fondo de esta extraordinaria historia de una gran pasión subyace el conflicto entre dos mundos : el de las viejas familias patricias norteamericanas y el de los nuevos ricos, quienes, al terminar la novela, se han apoderado ya de las costumbres y de los espíritus. Martin Scorsese extrajo de La edad dela inocencia una bellísima película que protagonizaron Michelle Pfeiffer, en el papel de la condesa Olenska, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder.

 

 

 

POR EDITH WHARTON

 

 

 

 

Era una tarde de enero de comienzos de
los años setenta. Christine Nilsson cantaba
Fausto en el teatro de la Academia de Música
de Nueva York.
Aunque ya había rumores acerca de la
construcción -a distancias metropolitanas bastante remotas, «más allá de la calle Cuarenta»-
de un nuevo Teatro de la Opera que competiría
en suntuosidad y esplendor con los de las
grandes capitales europeas, al público elegante
aún le bastaba con llenar todos los inviernos los
raídos palcos color rojo y dorado de la vieja y
acogedora Academia. Los más tradicionales le
tenían cariño precisamente por ser pequeña e
incómoda, lo que alejaba a los «nuevos ricos» a
quienes Nueva York empezaba a temer, aunque, al mismo tiempo, le simpatizaban. Por su
parte, los sentimentales se aferraban a la Academia por sus reminiscencias históricas, y a su
vez los melómanos la adoraban por su excelente acústica, una cualidad tan problemática en
salas construidas para escuchar música.
Madame Nilsson debutaba allí ese invierno, y lo que la prensa acostumbraba a llamar «un público excepcionalmente conocedor»
había acudido a escucharla, atravesando las
calles resbaladizas y llenas de nieve en berlinas
particulares, espaciosos landós familiares, o en
el humilde pero práctico coupé Brown. Ir a la
ópera en este último vehículo era casi tan decoroso como hacerlo en carruaje propio; y retirarse de igual manera tenía la inmensa ventaja de
permitir (con una alusión jocosa a los principios
democráticos) trepar en el primer transporte
Brown de la fila, en vez de esperar hasta que
apareciera la nariz congelada por el frío y congestionada por el alcohol del cochero particular
reluciendo bajo el pórtico del Teatro. Una de las
mejores intuiciones del cochero de alquiler fue
descubrir que los norteamericanos desean alejarse de sus diversiones aún con mayor prontitud que llegar a ellas.
Cuando Newland Archer abrió la puerta
del palco del club, recién subía la cortina en la
escena del jardín. No había ningún motivo para
que el joven llegara tarde, pues cenó a las siete,
solo con su madre y su hermana, y después se
quedó un rato fumando un cigarro en la biblioteca gótica con estanterías barnizadas en nogal
negro y sillas coronadas de florones, que era la
única habitación de la casa donde Mrs. Archer
permitía que se fumara. Pero, en primer lugar,
Nueva York era una metrópolis perfectamente
consciente de que en las grandes capitales no
era «bien visto» llegar temprano a la ópera; y lo
que era o no era «bien visto» jugaba un rol tan
importante en la Nueva York de Newland Archer como los inescrutables y ancestrales seres
terroríficos que habían dominado el destino de
sus antepasados miles de años atrás.
La segunda razón de su atraso fue de carácter personal. Se le pasó el tiempo fumando
su cigarro porque en el fondo era un gozador, y
pensar en un placer futuro le daba una satisfacción más sutil que su realización, en especial
cuando se trataba de un placer delicado, como
lo eran la mayoría de sus placeres. En esta
oportunidad el momento que anhelaba era de
tan excepcional y exquisita calidad que incluso
si hubiera cronometrado su llegada con el director de escena no podría haber entrado en el
teatro en un momento más culminante que
cuando la prima donna comenzaba a cantar:
«Me quiere, no me quiere, ¡me quiere!», dejando
caer los pétalos de una margarita entre notas
tan diáfanas como el rocío.
Ella decía, por supuesto «¡Mama!» y no
«me quiere», ya que una ley inalterable e incuestionable del mundo de la música ordenaba
que el texto alemán de las óperas francesas,
cantadas por artistas suecas, debía traducirse al
italiano para mejor comprensión del público
anglo-parlante. Esto le parecía muy natural a
Newland Archer, igual que todas las demás
convenciones que moldeaban su vida, como
tener que usar dos escobillas con mango de
plata y su monograma esmaltado en azul para
hacer la raya de su cabello, y la de jamás aparecer en sociedad sin una flor en el ojal (de preferencia una gardenia).
«Mama… non mama…» cantaba la prima
donna, y «¡Mama!» con un estallido final de
amor triunfante, en tanto apretaba en sus labios
la deshojada margarita y levantaba sus ojos
hacia el sofisticado semblante del pequeño y
moreno Fausto-Capoul, que trataba en vano,
enfundado en su estrecha casaca de terciopelo
púrpura y con su sombrero emplumado, de
parecer tan puro y verdadero como su ingenua
víctima.
Newland Archer, apoyado contra la pared del fondo de su palco, quitó sus ojos del
escenario y examinó el otro lado del teatro. Justo frente a él estaba el palco de la anciana Mrs.
Manson Mingott, cuya monstruosa obesidad la
imposibilitaba, desde hacía tiempo, de asistir a
la ópera, pero que en las noches de gala estaba
siempre representada por los miembros más
jóvenes de la familia. En esa ocasión, el palco
estaba ocupado, en primer lugar, por su nuera,
Mrs. Lovell Mingott, y su hija, Mrs. Welland;
detrás, y un tanto retirada de aquellas matronas
vestidas de brocado, se sentaba una joven con
traje blanco, que miraba extasiada a los amantes del escenario. Cuando el «¡mama!» de Madame Nilsson hizo vibrar el teatro silencioso
(en los palcos siempre se dejaba de hablar durante el aria de la margarita), un cálido color
rosa tiñó las mejillas de la joven, que se ruborizó hasta las raíces de sus rubias trenzas; el rubor se extendió por la juvenil curva de su pecho
hasta donde se juntaba con un sencillo escote
de tul adornado con una sola gardenia. Bajó los
ojos hacia el inmenso ramo de lirios silvestres
que tenía en su regazo, y Newland Archer vio
que las yemas de sus dedos, cubiertos por blan-
cos guantes, tocaban suavemente las flores.
Sintiendo su vanidad satisfecha, Archer suspiró
y volvió los ojos al escenario.
No se había ahorrado gastos en la escenografía, que fue calificada de bellísima aun
por quienes compartían con Archer su familiaridad con la Opera de París y de Viena. El primer plano, hasta las candilejas, estaba cubierto
con una tela verde esmeralda. A media distancia, algunos montículos simétricos de un verde
musgo de lana cercado por argollas de croquet
hacía de base para arbustos que parecían naranjos y estaban salpicados de enormes rosas
rosadas y rojas. Gigantescos pensamientos,
muchísimo más grandes que las rosas y muy
parecidos a los limpiaplumas florales que hacían las señoras de la parroquia para los clérigos
elegantes, sobresalían del musgo bajo los rosales; y aquí y allá una margarita injertada en una
rama de rosa florecía con la exuberancia profética de los remotos prodigios de Mr. Luther
Burbank.
En medio de este jardín encantado, Madame Nilsson, vestida de cachemir blanco con
incrustaciones de satín azul pálido, un pequeño
bolso que colgaba de un cinturón azul y gruesas trenzas amarillas colocadas cuidadosamente a cada lado de su blusa de muselina, escuchaba con ojos bajos los apasionados galanteos
de Mr. Capoul, y asumía un aire de ingenua
incomprensión a sus propósitos cuando éste,
con palabras o gestos, indicaba persuasivo la
ventana del primer piso de la pulcra casa de
ladrillo que sobresalía en forma oblicua desde
el ala derecha.
«¡Qué adorable!» -pensó Newland Archer,
cuya mirada había vuelto a la joven de los lirios
silvestres-. «No tiene idea de qué se trata todo
esto». Y contempló su absorto rostro juvenil con
un estremecimiento de posesión en que se mezclaba el orgullo de su propia iniciación masculina con un tierno respeto por la infinita pureza
de la joven. «Leeremos Fausto juntos… a orillas
de los lagos italianos…», pensó, confundiendo
en una nebulosa el lugar de su planeada luna
de miel con las obras maestras de la literatura
que sería su privilegio varonil enseñar a su novia. Fue recién esa tarde que May Welland le
dejó entender que a ella «le importaba» (la consagrada frase neoyorquina de aceptación que
dice una joven soltera), y ya su imaginación,
pasando por el anillo de compromiso, el beso
en la fiesta y la marcha nupcial de Lohengrin, la
ponía a su lado en algún escenario embrujado
de la vieja Europa.
No deseaba por ningún motivo que la futura Mrs. Newland Archer fuera una inocentona. Quería que ella (gracias a su esclarecedora
compañía) adquiriera tacto social y un ingenio
rápido que le permitieran hacer frente a las
mujeres casadas más admiradas del «mundo
joven», en el que se acostumbraba atraer el
homenaje masculino y rechazarlo en medio de
bromas. Si hubiera escudriñado hasta el fondo
de su vanidad (como casi lo hacía algunas veces), habría descubierto el deseo de que su es-
posa fuera tan avezada en las cosas mundanas
y tan ansiosa de complacer, como aquella dama
casada cuyos encantos dominaron su fantasía
durante dos años bastante agitados; por supuesto que sin una pizca de la fragilidad que
casi echó a perder la vida de ese ser infeliz, y
que trastornó sus propios planes durante todo
un invierno.
Cómo crear aquel milagro de fuego y hielo y que perdurara en un mundo tan cruel, era
algo que nunca se dio el tiempo de pensar; pero
se alegraba de mantener este punto de vista sin
analizarlo, ya que sabía que era el de todos
aquellos caballeros cuidadosamente peinados,
de chaleco blanco, flor en el ojal, que se sucedían en el palco del club, que intercambiaban
amistosos saludos con él y volvían sus anteojos
de teatro para mirar críticamente el círculo de
damas. En asuntos intelectuales y artísticos,
Newland Archer se sentía claramente superior
entre esos escogidos especímenes de la antigua
aristocracia neoyorquina; probablemente había
leído más, pensado más, e incluso visto mucho
más del mundo que cualquiera de los hombres
del numeroso grupo. Por separado, éstos dejaban traslucir su inferioridad, pero agrupados
representaban a Nueva York, y el hábito de
solidaridad masculina hacía que Archer aceptara su doctrina en todos los aspectos llamados
morales. Instintivamente sentía que al respecto
sería fastidioso -y hasta de mal gusto- correr
con colores propios.
-¡Vaya, no puedo creerlo! -exclamó Lawrence Lefferts apartando abruptamente del escenario sus anteojos de teatro.
Lawrence Lefferts era, por sobre todo, la
máxima autoridad en cuestiones de «formalidades» de toda Nueva York. Probablemente
dedicaba más tiempo que nadie al estudio de
esta intrincada y fascinante materia; pero el
solo estudio no explicaría su absoluta maestría
y facilidad. Bastaba, mirarlo desde la amplia
frente y la curva de su hermoso bigote rubio
hasta los largos zapatos de charol al otro ex-
tremo de su esbelta y elegante silueta, para sentir que el conocimiento de las «formalidades»
debía ser congénito en alguien que sabía usar
ropa tan buena con tanta soltura y lucir tal estatura con una gracia tan lánguida. Como dijo
una vez un joven admirador suyo: «Si hay alguien que pueda decirle a otro cuándo debe
usar corbata negra con traje de etiqueta y cuándo no, ese es Larry Lefferts.» Y en la controversia que hubo entre el uso de escarpines y zapatos Oxford de charol, su autoridad jamás fue
discutida.
-¡Dios mío! -suspiró, y en silencio le pasó
los anteojos al anciano Sillerton Jackson.
Newland Archer, siguiendo la mirada de
Lafferts, vio con sorpresa que su exclamación
era ocasionada por la entrada de una nueva
persona al palco de Mrs. Mingott. Era una mujer joven y delgada, un poco más baja que May
Welland, de cabello castaño peinado en rizos
pegados a las sienes y sujeto por una fina banda de diamantes. El estilo de su peinado, que le
daba lo que entonces se llamaba «estilo Josefina», se repetía en el corte de su traje de terciopelo azul oscuro que se ceñía en forma bastante
teatral bajo el busto con un cinto adornado con
una enorme y anticuada hebilla. La mujer que
llevaba este inusual vestido, y que parecía absolutamente inconsciente de la atención que atraía, se quedó parada un momento en medio del
palco hablando con Mrs. Welland sobre la conveniencia de tomar un lugar en el rincón frontal
de la derecha; luego renunció con una sutil sonrisa y se sentó junto a la cuñada de Mrs. Welland, Mrs. Lovell Mingott, instalada al otro
extremo del palco.
Mr. Sillerton Jackson había devuelto los
anteojos a Lawrence Lefferts. Todos los miembros del grupo se volvieron instintivamente a
él, esperando escuchar lo que el anciano diría,
pues Mr. Jackson era toda una autoridad en
«familias», así como Lawrence Lefferts lo era en
«formalidades». Conocía todas las ramificaciones de los parentescos neoyorquinos, y no sólo
podía esclarecer cuestiones tan complicadas
como los lazos entre los Mingott (por los Thorley) con los Dallas de Carolina del Sur, y la relación de la rama mayor de los Thorley de Filadelfia con los Chivers de Albany (que jamás
deben confundirse con los Manson Chivers de
University Place), sino que también podía
enumerar las características principales de cada
familia, como, por ejemplo, la fabulosa mezquindad de los descendientes más jóvenes de
los Lefferts (los de Long Island); o la fatal tendencia de los Rushworth a los matrimonios
disparatados; o la locura recurrente que sufrían
cada dos generaciones los Chivers de Albany,
con los cuales sus primos de Nueva York siempre rehusaron casarse, con la desastrosa excepción de la pobre Medora Manson, quien, como
todos saben…, bueno, pero su madre era una
Rushworth.
Además de esta selva de árboles genealógicos, Mr. Sillerton Jackson mantenía entre sus
estrechas y cóncavas sienes, y bajo la suave
pelusa de sus canas, un registro de la mayoría
de los escándalos y misterios que ardieron bajo
la superficie inalterable de la sociedad neoyorquina durante los últimos cincuenta años.
Realmente, su información era tan amplia y su
memoria tan perfectamente retentiva, que pasaba por ser el único hombre que podía decir
quién era realmente Julius Beaufort, el banquero, y qué fue del distinguido Bob Spicer, padre
de la anciana Mrs. Manson Mingott, que desapareció misteriosamente (con una gruesa cantidad de dinero en fideicomiso) apenas un año
después de su matrimonio, el mismo día que
una hermosa bailarina española, que había deleitado a inmensas multitudes en el viejo Teatro
de la Opera en Battery, se embarcaba rumbo a
Cuba. Pero tales misterios, así como muchos
otros, permanecían guardados bajo llave en el
pecho de Mr. Jackson; pues no sólo su alto sentido del honor le prohibía repetir cosas tan privadas, sino que estaba perfectamente consciente de que la reputación de su discreción le daba
mayores oportunidades de enterarse de lo que
quería saber.
Por eso, el grupo del palco esperaba con
visible suspenso mientras Mr. Sillerton Jackson
devolvía los anteojos de teatro a Lawrence Lefferts. Por un segundo escrutó al atento grupo
con sus diáfanos ojos azules casi tapados por
los párpados venosos; luego, retorciendo cuidadosamente su bigote, dijo simplemente:
Jamás pensé que los Mingott se atrevieran
a pretender hacernos tragar el anzuelo.

 

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