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La cara norte del corazón, de Dolores Redondo

La cara norte del corazón (DeBolsillo, 2019), de Dolores Redondo, es una novela trepidante que emociona y quita el aliento. En agosto de 2005, mucho antes de los crímenes que conmocionaron el valle del Baztán, una joven Amaia Salazar de veinticinco años, subinspectora de la Policía Foral, participa de un curso de intercambio para policías de la Europol en la Academia del FBI en Estados Unidos que imparte Aloisius Dupree, el jefe de la unidad de investigación. Una de las pruebas consiste en estudiar un caso real de un asesino en serie a quien llaman «el compositor», que siempre actúa durante grandes desastres naturales atacando a familias enteras y siguiendo una puesta en escena casi litúrgica. Amaia se convertirá inesperadamente en parte del equipo de la investigación que la llevará hasta Nueva Orleans, en vísperas del peor huracán de su historia, para intentar adelantarse al asesino…Pero una llamada de su tía Engrasi desde Elizondo despertará en Amaia fantasmas de su infancia.

 

 

POR DOLORES REDONDO

 

 

Brooksville, Oklahoma

Albert

Albert tenía once años y no era mal chico, pero el día de los asesinatos desobedeció a sus padres. No lo hizo porque le gustase contrariarlos, fue simplemente porque pensó que, como en los anteriores avisos, al final no pasaría nada. La previsión meteorológica llevaba horas advirtiendo de la formación de una gran tormenta, vientos cálidos y fríos que, al colisionar allá arriba, descenderían hasta tocar tierra en forma de tornados. Pero lo cierto era que estaban en constante alerta desde que había comenzado la primavera. Su madre mantenía el televisor de la cocina a todo volumen a pesar de que el informativo era un bucle que volvían a emitir en cuanto terminaba, y pobre de ti si se te ocurría bajar el volumen o cambiar el canal. Sus padres se tomaban muy en serio el tema de los tornados, y Albert no entendía por qué. Al fin y al cabo su casa nunca se había visto afectada por uno. Así que cuando por la mañana les dijo que había quedado con Tim, el chico de los Jones, para jugar en su casa, se negaron en redondo a dejarle salir. La granja de los Jones ya había sido devastada por una tormenta tres años atrás, y no había razón para creer que algo así no pudiera repetirse. El tema estaba zanjado. Permanecerían todos en la casa y bajarían al refugio en cuanto sonasen las alarmas.

Albert no protestó. Dejó su taza en el fregadero después de desayunar y se escabulló por la puerta de atrás. Llevaba recorrido la mitad del camino que separaba su casa de la granja de los Jones cuando comenzó a darse cuenta de que algo raro pasaba. Las nubes que habían cubierto el cielo a primera hora de la mañana se desplazaban a toda velocidad; el sol se colaba entre ellas proyectando sobre la tierra siluetas de luz y sombra. Nada se movía a ras de suelo, la quietud colmaba los campos, la maquinaria permanecía en los graneros, los pájaros habían enmudecido. Prestó atención y solo oyó a un perro aullando a lo lejos, ¿o quizá no era un perro? Divisaba la granja de los Jones cuando llegaron las primeras rachas de viento. Asustado echó a correr, subió las escaleras del
porche y aporreó la puerta con todas sus fuerzas. Nadie respondió. Rodeó la casa hasta la puerta de atrás, que siempre dejaban abierta, pero hoy no. Haciendo pantalla con las manos en el cristal oteó el interior de la cocina. No había nadie. Entonces lo oyó. Retrocedió dos pasos y se asomó por el lateral de la casa. El tornado bramaba avanzando por la pradera desierta como una siniestra
porción de oscuridad, envuelta en una capa de polvo, niebla y destrucción. Albert se quedó inmóvil admirándolo durante un instante, hipnotizado por su poderosa venida hacia la granja y asombrado por su magnética potencia, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas de puro pánico y de arena en suspensión. Miró alrededor buscando un lugar al que huir, donde guarecerse.

Los Jones tenían un refugio, quizá en la parte delantera de la granja…, pero no estaba seguro, y era tarde para regresar hasta allí. Corrió hacia el gallinero, se volvió una vez para ver avanzar al monstruo y siguió corriendo hacia la pequeña construcción mientras rogaba que no hubieran cerrado la puerta. Manoteó el burdo cerrojo, que era poco más que una tablilla que oscilaba sobre un clavo y se trababa en un rebaje del dintel. Cerró por dentro. Durante un instante quedó en la más absoluta oscuridad mientras sus ojos lograban acostumbrarse a la escasa luz que se colaba por las rendijas, jadeando, casi ahogado por la carrera y el sofocante olor a plumas y mierda de gallina. Palpó en su bolsillo buscando el inhalador mientras mentalmente lo veía en la mesa junto al televisor. Obligándose a contener el llanto escuchó a la bestia que rugía fuera. ¿Había descendido su clamor? ¿Tal vez se estaba alejando? Se arrojó al suelo sin reparar en las heces blandas y templadas que traspasaron la tela de su pantalón, y escudriñó entre los respiraderos de las tablas. Si el tornado había cambiado de dirección por un momento, lo había hecho para volver con más fuerza. Lo vio acercarse por la pradera como una criatura viva compuesta de todo lo que había ido arrastrando a su paso. Se volvió hacia el interior y solo entonces, con los ojos ya acostumbrados a la penumbra, vio a los animales. Las gallinas se habían amontonado, incluso unas sobre otras, formando un córner silencioso y compacto en uno de los rincones del gallinero. Sabían que iban a morir, y en ese instante él lo
supo también. Temblando de pies a cabeza se arrastró hacia las aves y, encogiéndose cuanto pudo, se sepultó entre ellas solo un instante, antes de que el tornado alcanzase la granja. El silencioso sometimiento con el que las aves habían aceptado su destino estalló en un quejido de cacareos largos y profundos que se asemejaban a gritos humanos de puro pánico. Albert también gritó llamando a su madre, sintiendo el aire que escapaba de sus pulmones y visualizando los pequeños alveolos que el médico le había mostrado en un esquema, plegados sobre sí mismos, incapaces de albergar oxígeno. Aun así gritó, vaciándose por entero, centrándose en escuchar aquel chillido que le pareció de un niño muy pequeño. Supo que era el fin cuando un instante después ya no pudo oírse, pues el rugir de la bestia que estaba fuera lo ocupaba todo.
Lo último que sintió antes de que el gallinero se desmoronase sobre él fue el calor de la orina que se derramaba entre sus piernas.

 

Martin

El sol brillaba en lo alto de un cielo límpido y azul, ni una sola nube empañaba su perfección, casi como una burla posapocalíptica. Martin se detuvo al sentir una gota de sudor que le resbalaba por la cabeza entre el cabello corto y bien peinado. Se pasó una mano nerviosa y comprobó, preocupado, que el cuello de la camisa comenzaba a humedecerse. Con la puntera de su lustrado zapato apartó astillas y cascotes hasta hacer un hueco en el que colocar su maletín. Sacó del bolsillo un pañuelo de hilo blanco y se secó la nuca. Lo dobló y lo guardó de nuevo mientras repasaba su aspecto. El pantalón bien planchado, los zapatos impecables. La sobria americana de suave mezclilla, sin embargo, había sido un error. Debió elegir una chaqueta más ligera previendo el calor tras el paso del tornado. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era devastación, a excepción del pequeño granero rojo junto a las escaleras que
descendían hacia el refugio donde se había guarecido la familia Jones. Tomó de nuevo su maletín y caminó hacia allí. Los dos portones abiertos de par en par y una fuerte cadena que aún colgaba de los asideros interiores delataban la prisa con la que había sido abandonado. Se detuvo un instante y aspiró el olor que emanaba de la oscura tierra del sótano; olía a hongos y turba y, levemente, a orina. Sintió cómo se le aceleraba el corazón. No había nadie allí. Martin caminó hacia la granja, o lo que quedaba de ella.

 

Albert

Albert despertó. Antes de abrir los ojos ya advirtió que no podía moverse, sentía una enorme presión sobre su pecho. A lo lejos oyó las voces de la familia Jones y comenzó a llamarlos a gritos. Sus pulmones comprimidos por el peso apenas soportaron tres exhalaciones antes de desmayarse.

Despertó de nuevo a la luz hiriente y cegadora. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, pero en esta ocasión se propuso no ponerse histérico hasta perder el sentido como la primera vez. Recapituló sobre su situación: no podía moverse. Un tablero, seguramente del tejado del corral, lo cubría por completo, pero calculó que encima debía de haber algo más, algo muy pesado. Con
la mano izquierda llegaba a palpar el borde de la tabla, que no era muy ancha, así que probablemente sobre el tablero hubiera caído una de las gruesas vigas que habían sostenido el gallinero. Jadeó respirando por la boca. La frente le ardía en el lugar donde las astillas de madera le habían arrancado la piel, y notaba la nariz obstruida de mocos y sangre, que le impedían percibir el sofocante
hedor de las aves. El armazón le comprimía el pecho y seguramente le había roto el pie izquierdo. Aun inmóvil, lo notaba aprisionado y lacerante como añicos de cristal. Junto a la mano derecha advertía el cadáver templado de un ave. Comenzó a llorar, pero sabía que no debía dejarse arrastrar por el pavor, y se esforzó en recordar cómo debía calmarse para controlar sus ataques de asma. Respiró profunda y fatigosamente por la boca con inhalaciones que eran todo lo intensas que el pesado tablero sobre su pecho le permitía.

«Muy bien, Albert, lo haces muy bien, cariño», oyó la voz de su madre, que solía ayudarle durante los ataques. Al pensar en ella le volvieron a dar ganas de llorar, notó cómo los ojos se le llenaban de lágrimas y se sintió tonto y pequeño. Reconviniéndose a sí mismo, imprimió a su cuerpo una involuntaria sacudida, que se extendió hasta su pie destrozado, lo que le hizo jadear de dolor y echar a perder el frágil control que había logrado sobre su respiración. Así que en los siguientes minutos se dedicó a contar mentalmente las inhalaciones y exhalaciones, manteniendo a su madre alejada de sus pensamientos, hasta que consiguió serenarse un poco. Volvió entonces la cabeza sobre su hombro derecho, arañándose de nuevo la frente, para intentar ver algo a través de la abertura que habían dejado las tablas al caer. Él era un chico de campo, y aunque desde su posición no podía divisar el cielo, supo por el grado de luz que era poco más de mediodía y que el tornado había barrido cualquier rastro de las nubes que lo cubrían por la mañana. Pensó también que era una suerte que el señor Jones hubiera cortado la hierba dos días atrás, si no, no habría podido ver desde el suelo al hombre que venía caminando por la pradera. Supo de inmediato que no era el señor Jones. Una insignia brillaba sobre su pecho y llevaba un maletín. Albert respiró profundo llenando sus pulmones tanto como pudo y gritó, aunque de su boca brotó tan solo un gruñido ronco y asfixiado. El hombre desvió un instante la mirada hacia los restos del corral. Albert estuvo seguro de que iría hacia él, pero entonces la gallina que había tomado por muerta junto a su mano derecha se movió hacia la hendidura abierta entre las tablas y salió a la pradera. El hombre desvió la mirada y caminó de nuevo hacia la granja. Albert rompió a llorar sin importarle ahogarse por ello; al fin y al cabo, estaba seguro, iba a morir.

 

 

 

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