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Jardín junto al mar

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Cataluña en la década del veinte. Una hermosa casa de veraneo junto al mar, una pareja de jóvenes con la vida resuelta que celebran fiestas y disfrutan placeres mundanos, un ambiente de dicha y amable frivolidad, acaso demasiado perfecto para que sea real. Un triángulo amoroso dibuja las primeras sombras, el paso del tiempo y una alegría rutinaria apaga el calor de los días, socava sus débiles bases. Novela extraordinaria, Jardín junto al mar, con una prosa bellísima que conmueve en cada página, demuestra el talento de Mercé Rodoreda para narrar la fragilidad de las relaciones humanas; en particular, ese sucesión de momentos donde se van desvaneciendo ilusiones hasta que algo que parece ser la verdad enfrenta a cada uno con su módico destino. Esta edición, con un agudo prólogo de Cristina Bajo que aquí compartimos, permite a los lectores argentinos descubrir otra obra maestra de la autora de La plaza del Diamante.      

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Prólogo

Esta novela es la historia de seis veranos y un mal invierno, y no podría comenzar mejor, pues la cita que la inicia es contundente: “Dios está en el fondo del jardín”, frase de Robert Kanters que anuncia una verdad difusa que parece una metáfora enunciada por mi madre: donde fuera que viviésemos –en tantos domicilios como tuvimos durante mi infancia y adolescencia–, ella armó su jardín, parque a veces, o pequeño reducto en un estrecho patio urbano en el que fue su último domicilio. Jardín junto al mar es una novela corta que, sin embargo, nos detiene el aliento. Es un relato deslumbrante, de esos que raras veces encontramos. Es, para mí, un relato esencial para estos tiempos donde las novelas positivas no están muy bien vistas y muchos lectores a veces elegimos libros mediocres porque necesitamos un respiro, algo que nos diga que las cosas pueden salir bien, que la gente sigue teniendo rasgos de humanidad, como cuando éramos niños y no conocíamos la maldad. No estoy diciendo que esta obra tenga un final feliz, sólo que su lectura, aun con sus tristezas, nos muestra tal entretejido de vidas, personajes y situaciones que, sin dejar de leer una frase, pasamos las páginas deseando saber qué nos dirá la próxima. Porque este libro es de aquellos con los que, al llegar a la última línea, cierro los ojos, los dejo abiertos y boca abajo sobre mi pecho y, con las manos entrelazadas sobre sus lomos, me pregunto cuándo encontraré otro tan bien escrito, tan entretenido, tan humano, tan triste a veces, tan encantadoramente alentador siempre. Todo sucede en algún pueblo de Cataluña, no demasiado lejos de Barcelona, y el mar, el jardín y la aldea cercana, con dos antiguas casonas, una al lado de la otra, es el escenario: no es un lugar deslumbrante, pero en pocas páginas, a través de los recuerdos del jardinero, se nos volverá una especie de Camelot, quizá de Shangri-La español donde conviven intermitentemente sus personajes: los dueños adinerados con sus magníficos autos, sus caballos de raza y algunos animales exóticos; sus amigos, cosmopolitas –pintores, viajeros, directores de cine, mujeres aburridas y muy bien vestidas, ancianas insoportables–, y sus fiestas desmedidas.
Ninguno de ellos tiene riqueza antigua: de uno ignoramos cómo la adquirió; del otro, sabemos que fue de aquellos desesperados que llegaron a Cuba o a la Argentina y, a fuerza de trabajo, de empeño, de desesperación, de artimañas y con una pizca de suerte, hicieron una fortuna inadmisible para la Europa de entonces. Del otro lado tenemos los comerciantes del pueblo que apenas si aparecen para hacer una entrada y quizá desvanecerse, y toda una gama de servidores que van desde el jardinero, las mucamas –entre ellas, una morena brasileña que tiene a señores y sirvientes de cabeza–, la cocinera, la modista de ropa fina, los cuidadores de caballos… Todos personajes típicos que, sin embargo, nos resultan de carne y hueso, no meras copias de especímenes populares. ¿Cómo olvidar a la cocinera, cuando el personaje nos la describe como de piernas delgaduchas pero con un “un pecho bastante gordo, como si se lo hubieran prestado”? Para aseverar, antes o después –que al lector le da lo mismo la secuencia– que la mujer tenía “un rostro monjil, con un ojo alegre y otro triste”. Nadando entre dos aguas, tenemos esos otros protagonistas, los ambiguos: los invitados, algunos asentados en la historia, otros asomando apenas en una esquina, como el profesor de esquí acuático. Y el personaje principal –el responsable de que esta novela tengo su principio, su nudo y su final–, quien aparece ya muy adelantada la trama argumental. Pero es nuestro jardinero quien contará la historia de todos ellos, de estas dos casas –en verdad, mansiones– y de sus respectivos dueños, con sus espléndidos parques y paisajes, sus viejas arboledas pero, sobre todo, con sus jardines y secretos. Ya lo dice aquel en la primera línea de la primera página: “A mí siempre me ha gustado saber las cosas que le ocurren a la gente, y no es que sea metomentodo… Es porque quiero a las personas”. El jardinero es un hombre sencillo, feliz a pesar de su pobreza, que guarda en su casita el recuerdo de una esposa amada que la muerte se llevó demasiado pronto. Es observador y callado, prefiere pasar por tonto antes que por avispado. Tiene sentido del humor y lo que llamaríamos “buena índole”. Es discreto y tolerante y su vida discurre al ritmo que las estaciones marcan a sus flores, en sus parterres y en sus tiestos. Él, en primera persona, nos relatará, con el lenguaje de un hombre de pueblo pero de cierta educación, todo lo que sucede: desde la recolección de semillas hasta la llegada de los señores, los amores que vislumbra entre los macizos y las glorietas, los emparrados y las sombras. Será consultado por sus iguales, pero a veces también por los patrones; será tentado a hablar por comerciantes y vecinos.
Como si fuera el guardián de un laberinto, a veces guiará –quizá con renuencia, dado su carácter– a unos y otros en las encrucijadas de sus vidas. Nada lo perturbará demasiado, salvo el dolor que percibe en otros, el desconsuelo del amor perdido y quizá reencontrado a destiempo, las pérdidas humanas, la indefensión de los animales cautivos, una anciana que teje medias para un hijo que ignora si volverá a ver, el cariño de una pareja de viejos, la ilusión de una jovencita de pueblo que mira sensatamente por su futuro. Pero, sobre todo, sus flores, sus plantas, ese jardín amado como si fuera el hogar que lo contiene: “Me pasaba los días solo, con mis simientes y mis bulbos, con mis rosas y mis eucaliptos. Por las noches, el viento parecía una voz”. Mi madre tenía mano para las plantas, estaba convencida de que entendían y se comunicaban. Nuestro jardinero no lo dice, pero actúa como si eso fuera una verdad tan evidente que ni siquiera debemos hablar de ello, puesto que se sobreentiende: en un momento dado, señala un eucalipto centenario que ha sobrevivido a muchos desastres. De la fortaleza de aquel árbol aprendió a sobreponerse a sus pérdidas, mientras el canto de un ruiseñor llamará a la tristeza. Hay dos historias de amor, una superpuesta a la otra y, sin embargo, incompatibles: la de los dueños del jardín, basada en miedos, malentendidos, confusiones y dolor, y la del jardinero, resumida en un rincón de un cuarto humilde, un retrato de mujer, una mecedora donde se anuda una cinta de pelo y, cerca “… un peine color miel” y una vela encendida cada tanto. Contrariamente a lo que podamos imaginar, ambas son profundamente humanas, absolutamente sinceras en su planteo, pero el destino ya ha tirado los dados, es ciego y sordo, y no tiene favoritos. Corren las estaciones para el jardinero y los servidores de verano, siempre pendientes de esos dueños que parecen huéspedes, y la primavera, después del más crudo invierno en muchos años, aliviana la sangre y los pensamientos. “El cielo empezaba a estrellarse de veras y por las tardes, se oía algo que hurgaba por las raíces. La primavera iba ordenándolo todo: la rosa en el rosal, el pájaro en la rama.” Y en el corazón de la casona, con el fuego reavivado, retornaban los aromas, no sólo del romero y del laurel, sino como “… un relente cargado de azúcar y mantequilla, de buenos guisados que, cuando preparaban el café, huía y, una vez terminado el café, volvía”. Aquella habitación que merece del jardinero –en quien desaparece la autora– esta reflexión: “Cuando iba a la cocina era como si me metiera en el vientre de una golondrina”. Esta inmensa heredera de las letras catalanas que es Mercé Rodoreda ha creado en Jardín junto al mar un universo que explora en profundidad, una novela que no ocupa tantas páginas como debiera, una novela casi atemporal que me llevó a preguntarme en qué época del siglo pasado sucedió, pues lo histórico y las ideas políticas, dentro de un cierto realismo social que fluye con naturalidad, son cuidadosamente evitados. Lo cual, como lectora de novelas y no de manifiestos, agradezco profundamente. Un último consejo: cuando lleguen al final de la novela, no cierren el libro: retornen a la primera página y encontrarán varias respuestas.

 

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