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Hoy no es siempre – Guía práctica para una crianza respetuosa

 

“La crianza respetuosa no es un mandato, no es un ‘bebé pegoteado 24 horas’, no es realzar el sacrificio y la abnegación, sino escuchar nuestras propias necesidades, validar nuestro deseo y reconocer en nuestro hijo otra persona a respetar”, explica la médica pediatra, puericultora en formación y comunicadora Sabrina Critzmann en el primer capítulo de este libro, una guía imprescindible (y fascinante) para acompañar la llegada de nuestros hijos al mundo y el devenir de sus primeros años. Critzmann relata en Hoy no es siempre (Planeta) con su voz de mujer y madre, su propia experiencia y la proyección en su profesión. Así comienza esta más que guía de divulgación psicológica.

 

 

 

El camino antes de este libro

 

Mi nombre es Sabrina. Me formé como médica en la Universidad de Buenos Aires. 

Posteriormente, hice mi residencia de Pediatría en el Hospital Elizalde, más conocido como la ex Casa Cuna. Mi compañero se llama Patricio, también es pediatra y, además, emergentólogo. En casa, la mitad de la mesa está tapada de archivos impresos, libros y revistas científicas. Amamos lo que hacemos. Fuimos y somos docentes. Nos apasiona el estudio y comentar las novedades a la hora de la comida… pero no somos tan aburridos: nos gustan los deportes, otros libros, la cocina y muchas cosas más. 

En mi tercer año de residencia, quedé embarazada de Juan Martín, nuestro primer hijo. Su embarazo fue saludable y estaba todo listo para recibir a ese bebé que había hecho tantas guardias con mamá antes de nacer. La ropita estaba lavada a mano, el bolso listo. El 3 de diciembre del 2016, vinieron amigos a casa a festejar su pronta llegada. Comimos pizza y nos reímos mucho. El 4 de diciembre, Juani dejó de moverse tanto como solía hacerlo. Le pedí que se moviera. No pudo. Algo no me gustaba nada. Le avisé a la partera, y me sugirió hacer un monitoreo. Con ya mucho miedo en el corazón, subimos al auto, comiendo cosas asquerosamente dulces para ver si el bebé se despertaba. Mientras esperaba que me atendieran, Juani me pegó una patada justo abajo del esternón. Se me descongeló un poco el alma, y me alegré de que hubiéramos ido a hacer una consulta innecesaria. Media hora después, volábamos en el auto a la otra sede del hospital donde me atendía. Una hora de monitoreo fetal con taquicardia persistente y sin reactividad no era algo bueno. Apoyé un pie en la guardia de Obstetricia y en menos de veinte minutos estaba en el quirófano. Hasta hice chistes. Tantas cesáreas había presenciado en mi rotación de Neonatología… No estaba ni un poco feliz por perderme el parto que estaba segurísima que iba a tener… pero quería que Juani naciera ya, lo único que quería era escucharlo llorar.

“Que llore, que llore, que llore, que llore”. Era lo único que pensé durante toda esa cesárea veloz. “Que llore, por favor”, pensé mientras sentía el corte en la piel. “Que llore”, pensé mientras bajaban el campo quirúrgico y me mostraban un hermoso manojito de bebé morado… que no lloró.

A Juani se lo llevaron corriendo y primó el silencio en el quirófano. El resto de los médicos respiraban lento, mientras me cosían y se les escapaban los ojos a la sala de al lado. Pasaban los minutos. Eso no podía ser bueno. La neonatóloga llegó y me dijo al oído que Juani había nacido con una condición muy grave, que habían tenido que reanimarlo, que estaba con un respirador, que lo estaban trasladando a Neonatología y que iban a iniciar el protocolo de hipotermia. Y en ese momento, con esa última frase, el mundo cambió de eje.

La Tierra empezó a rotar para otro lado, explotaron todos los volcanes y todo se prendió fuego. 

Porque la hipotermia es un tratamiento que busca evitar el daño neurológico en los bebés que se asfixian al nacer. ¿Hipotermia? ¿Mi bebé en hipotermia? ¿Mi bebé cerca de la muerte, mi bebé con daño neurológico grave?

Lo llevaron a Neo, me llevaron a la habitación donde esperé horas temblando mientras procesaba la anestesia y me consumía el horror. Pato volvió con la primera foto de Juani, pálido, blandito, perdido entre tanto cable… y perfecto.

 

Pasaron las horas. Vinieron sus médicas varias veces. Dijeron las palabras “encefalopatía severa”. Lo llamaron por su nombre, y eso creo que me salvó la vida. Fueron las primeras veces que le dijeron “Juani”. “Juani colabora, a todo lo que hacemos responde”, dijo Laura, la neonatóloga. Me agarré a esa frase esa noche y los siguientes siete meses de su vida.

Cuando me dejaron levantarme y lo vi por primera vez en Neo, no sabía qué decirle. ¿Qué se le dice al ser que te habitó nueve meses, que casi muere al nacer y ahí está, frío, pálido y lleno de aparatos, luchando, en vez de estar acurrucado en tu pecho descubriendo la teta? ¿Fuerza? ¿Qué sabe un bebé de dos horas de vida acerca de la fuerza? ¿Escuchaba o era solo un cuerpo esperando mi saludo y mi despedida? Le acaricié una manito húmeda y llena de unto. Claramente era un bebé de 37 semanas.

Nunca descubrí qué se dice. Pero sí sabía que había mucho para decir. Al día siguiente, le pedí al abuelo que me trajera los libritos que le había comprado antes de nacer, y empezamos a leer. Y todo empezó.

Descubrieron con las horas que Juan había nacido con una patología rara, congénita, llamada “quilotórax congénito”. Un caso en veintidós mil, y suele descubrirse prenatalmente. Pero este no fue el caso, dado que una ecografía que me hicieron una semana antes de que naciera estaba impecable. Tuvo sufrimiento fetal, y de eso nunca supimos la razón (yo prefiero pensar que quiso avisar). Se asfixió al nacer porque no pudo respirar y el cerebro no recibió el oxígeno necesario. Tuvo hipertensión pulmonar con requerimiento de óxido nítrico. Falla multiorgánica. Inotrópicos. Hiperglucemia. Transfusiones. Mil palabras médicas más absolutamente horrendas. No importó. Nada importó. La capacidad humana para tolerar el terror es infinita. Lo que fue un golpe enceguecedor pasa a ser, de a poco, la cotidianeidad. Y así es como pasamos treinta y cuatro días en Neonatología, esperando, acariciando a través de la cuna, besando sus piecitos, muriéndonos de amor y de ganas de estar en casa.

 

12 de diciembre de 2016

Pasó la semana más hermosa y más amarga de nuestra vida.

Juani cumplió 7 días. Nunca vamos a poder agradecerle

tanto amor y tanta fuerza. Tantas ganas de quedarse

en este mundo y hacer frente a cosas terribles. Mi bebé

tiene 7 días y todavía no conoce el sol a la tardecita en

casa, ni las margaritas que lo esperan. Todavía no pudo

despertarnos a la noche porque no le gusta la cuna.

Sin embargo, nuestro pollito nos regaló por primera

vez un rato a upa de mamá, pura espuma y olor

a bebé, acompañado por el ovillo de cables que

ocupan su cuerpito y lo ayudan a mejorar. Y ahí no

importan los diagnósticos, pronósticos, medicaciones

y máquinas. Nuestro bebé estaba ahí y ahora, pegado

a nuestro cuerpo, latiendo rosadito y perfecto.

No son los primeros cuentos y canciones que esperábamos,

pero un día vamos a poder acordarnos de ellos con risa

de dolor curado. Mientras nos sentamos al costado de

la cuna con fábulas de marmotas, osos de las tuberías

y recuerdos de los Hombres Sensibles de Flores.

Te amamos con un amor que no sabíamos que existía.

Te amamos entero, desde la plantita del pie pinchada

hasta la punta del pelo gringo. Te amamos hoy y te

vamos a amar cuando nos anuncies que decidiste hacerte

hippie, ponerte tetas e ir en gorro coya a hacer pulseras

al Bolsón. Sos lo más hermoso que nos pasó nunca.

Gracias por quedarte, gracias por pelear, gracias por

ser nuestro bebé perfecto. Feliz semana. Falta menos.

 

Hubo un momento en Neo donde tuve que decidir cerrar los ojos ante todas esas máquinas que me explicaban cosas horrendas, y mirarlo a él. Minúsculo, lleno de tubos y moretones de pinchazos. Sin haber compartido un abrazo todavía. Nos esperábamos. Habíamos compartido nueve intensos meses, ¡y ahora había tanto plástico e incertidumbre entre nosotros!

Pasó de todo. Desde vías perdidas hasta una neurocirugía. Su enfermera, Jimena, arropándolo con amor. Noches en casa pidiendo que ya sea de mañana. Trillones de horas de lactario. Una Navidad y un Año Nuevo con otras familias que son ahora también nuestra familia. El escuchar la historia del otro. Y, para nosotros, el aprender a ser mapadres además de médicos. 

Y lo impensado en un primer momento, llegó. El 7 de enero del 2017 nos dieron el alta. La casa estaba desordenada porque no hubo tiempo para acondicionarla y porque nadie sabía que volvíamos. No hubo cartelito de bienvenida en la puerta ni souvenirs. Pero ese paquetito de persona en los brazos, abriendo los ojos grandes ante la luz, bastaba.

 

El camino | 19

 

No hay palabras para describir

la llegada del hijo al hogar. Menos si

durante su primer mes creíste que tal

vez no llegaría.

No hay palabras para describir la

primera vez que acercás a tu bebé a la

ventana y le decís: “¿Ves, mi amor? Eso

es el amanecer”.

“¿Ves? Eso que ves ahí, rosita, es

el cielo, y eso tan, tan amarillo, el sol…”.

Pasaron siete magníficos meses.

Cientos de controles, muchos estu-

dios para entender qué había pasado.

Un pediatra del bien que se va a reír

cuando lea esto, pero que fue y es el

indicado para nosotros. Horas de esti-

mulación temprana que disfrutamos

muchísimo. Recitales de música para

bebés, sábados en la pileta, cientos de

libritos, dragones de peluche con alitas

tornasoladas. Las hamacas de la plaza.

Traer un litro de mi leche en una conser-

vadora cuando volví a hacer 24 horas de

guardia. La felicidad plena y la aventura

de mapaternar.

Creo que toda madre canta loas

de su hijito/a. Yo no voy a ser la excep-

ción y no voy a privarme de decir que

Juani era un bebé extraordinario. Mane-

jaba un buen humor visceral que no

perdió siquiera en su segunda interna-

ción. Era paciente, curioso, agradecido

y, esto lo voy a repetir hasta el hartazgo,

nunca jamás dejaba de sonreír. Todo

era maravilloso para él. Su padre y yo

éramos las personas más increíbles del

mundo, para él éramos seguridad, abrigo, 

alimento y amor; pero nunca le esca-

timó su sonrisa a cualquiera que pasara cerca.

 

Un día de julio, de repente, se acabaron las fotos al sol en el balcón. Hay fotos en la penumbra, en una cama de hospital. En un segundo plano brilla la sonrisa de Juan, e innegablemente la nuestra, tratando de creer que esa oscuridad pronto se terminaría. 

La primera fiebre de su vida vino a partir de una meningitis y una infección generalizada. Los siguientes días los pasamos en terapia intensiva para control. Creo que Juani nunca se enteró de que no era un juego supergenial donde papá y mamá pasaban todo el día con él. A la mañana siguiente de descompensarse estaba jugando con bloques, hablándole a Juan Del Espejo, escuchando cuentos y tomando teta como si nada. En sus cultivos creció una bacteria espantosa. 

Sorprendidos todos, nos alegramos y agradecimos haber llegado a tiempo, haber pescado esa meningitis horrenda antes de que causara más daño. El sábado 29 de julio, yo estaba asustada. Lo veía mal. Estaba molesto, lloraba, me daba la impresión de que algo estaba mal. Por otro lado, claramente le molestaban las encías, y tomaba teta perfectamente. Me lo atribuí a mi cansancio, mi falta de apetito y mis ganas de terminar con todo eso. 

Lo revisó dos veces la médica de guardia, Juan le hizo una enorme sonrisa. Me relajé, seguro eran los dientes y una incipiente angustia del octavo mes. Nos dejaron darle de comer a la noche, y, sentadito y feliz, se bajó un plato de puré de pera (parte fue a parar al pelo también). Fue la última foto feliz que le mandé a todo el mundo.

 

Han pasado meses de lo que sigue, y me gustaría no recordarlo. En resumidas cuentas, doce horas luego de esa pera pringosa en sus manitos, Juan comenzó a tener movimientos oculares compatibles con convulsiones. Mucha medicación para estabilizarlo mediante, le hicieron una tomografía que mostró gran daño vascular cerebral en varias áreas críticas del cerebro, típico de ese germen. Requirió que lo intubaran.

El pronóstico era malo. Recuerdo que me lo tomé con una calma inesperada: ya habíamos pasado por algo así. La tragedia ya había sucedido: ahora había que construir desde lo que teníamos. Se lo dije a todo el mundo amoroso de amigos y familia que se aglutinaba en la sala de espera para obligarnos a comer y a dormir.

Lo charlé con Juan. Le dije que íbamos a hacer todo lo que había que hacer.

Le canté, le moví las piernitas rígidas, lo peiné, le leí un cuento de dinosaurios. La madre de la cama de al lado me miraba como si estuviera loca. A la tarde decidieron extubarlo, porque venía respirando solito. Yo estoy segura de que en algún momento me sonrió.

No sé por qué no me quedé a la extubación. Lo dejé a Pato en el hospital y me fui a tomar unos mates con un grupo de amigos. Pato me escribió que la extubación había sido exitosa y que estaba dormidito, respirando solo. Aplaudimos, nos alegramos y hablamos del futuro.

Estaba untando una tostada cuando, de la nada, sentí que se me rompía el corazón.

Miré el celular. Pato me avisaba que estaba desaturando, que no me asustara, que por ahí quería ir. Crucé la calle que me separaba del hospital corriendo y agarrándome el pecho. Llegué para las palabras claves del médico: “Bueno, necesitamos ventilarlo de nuevo, porque, vos viste, dejó de respirar. Y las pupilas no me gustan tampoco”.

 

Listo.

Yo lo supe, seguro Pato también.

Una nueva tomografía mostró mayor daño cerebral. Entre muchas otras cosas, el centro respiratorio no recibía flujo sanguíneo.

Nos acercamos a él, le tomamos la mano. Y le pedimos que decida.

Juan está crítico.

Empeoró el infarto cerebral, y ya no respira solo ni responde.

Hablamos con él y le dijimos que cualquier decisión que tome, mamá y papá están acá para apoyarlo.

Que hay raudales de amor en el mundo para él.

Que hay miles de libros y canciones.

Que hay cientos de amigos.

Pero que él decide.

Juani decidió. Nosotros, que habíamos criado un hijo libre, lo dejamos decidir, y lo dejamos ir en paz.

Donar sus órganos no fue tomar una decisión. Fue natural. Fue un deseo. Siguieron dos días eternos de diagnósticos firmados, espera del INCUCAI, burocracia y vigilia al lado de su cuerpo, empecinados los tres en donar esos pequeños órganos que iban a hacer que otros niños vivieran. Hasta que finalmente, luego de un aplauso enorme que el universo no puede parar de brindarle a Juani, lo acompañamos a quirófano, y le dimos el último beso.

 

 

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