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Geografía de la locura: penes perdidos y otras hierbas

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Geografía de la locura: En busca del pene perdido y otros delirios colectivos de Frank Bures (Malpaso) es una desternillante exploración de las extravagancias y los desvaríos colectivos. Gente que cree en vándalos que roban sus penes o que tienen lagartos bajo la piel. ¿Cuál es el origen del vudú? ¿Existe el ‘latah’, ese curioso estado que provoca bailes frenéticos y movimientos espasmódicos? El autor ha viajado por el mundo para rastrear los síndromes más estrambóticos ligados a la cultura y contar luego deliciosas historias sobre esas extrañezas. Se confirma una vez más que el hombre es un animal muy raro. Aquí el caso del pene perdido…

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Que el cielo tenga piedad de nosotros —tanto presbiterianos como paganos—, pues todos en cierto modo estamos terriblemente mal de la cabeza, y lamentablemente necesitamos arreglo.

HERMAN MELVILLE, Moby Dick

 

*Pueden comprar los libros de Malpaso haciendo click aquí.

En 1990 salí de una pequeña ciudad del Medio Oeste para pasar un año en Italia como estudiante de intercambio. Lo que allí encontré fue desconcertante, y lo que siguió fue uno de los años más difíciles de mi vida. Cuando regresé a casa, ya no era el mismo.

¿Qué había pasado? ¿Cómo puede el hecho de cambiar de lugar, de lengua, de cultura… cambiar quien eres? Y, sin embargo, así fue. Tras un año inmerso en la sociedad italiana, me sentía alguien distinto, y la profundidad de aquel cambio me perturbaba. Ya no me sentía del todo estadounidense, pero tampoco italiano. Era como si hubiera dejado algo atrás.

Lo que ignoraba entonces era que aquel año en el extranjero marcaría el inicio de una búsqueda que me costaría años comprender, por no decir completar. Geografía de la locura es la historia de esa búsqueda, que me llevó a destinos donde jamás imaginé que iría, como Nigeria, Tailandia, Borneo, Singapur, Hong Kong o China. En aquellos lugares me topé con fantasmas errantes de zorros, lagartos que reptaban bajo la piel, cerdos venenosos y mentes envenenadas. También alcancé a vislumbrar cómo nuestras ideas pueden matarnos y nuestras creencias, salvarnos; cómo este tipo de convicciones determinan veladamente el curso de nuestras vidas.

Pero, además, estas ideas pueden provocar que te desaparezca el pene, como descubrí cuando fui a Nigeria a investigar el fenómeno del «robo mágico de penes», cuyas víctimas notaban que sus genitales desaparecían porque alguien se los había robado mediante brujería. En la literatura médica, el robo mágico de penes se conoce con el nombre de koro, y se considera un «síndrome ligado a la cultura». Los afectados (por lo general, hombres) sienten que sus genitales se invaginan dentro de su cuerpo. Si finalmente eso sucede, lo siguiente será la muerte.

En medio de la fascinación que me despertaban aquellos casos de hurto, otra pregunta brotó en mi mente: ¿cómo sería vivir en un mundo donde fuera posible que tu pene se esfumase en el momento menos pensado? A su vez, dicha reflexión me condujo a cuestiones profundas como: ¿qué es la cultura?, ¿de qué está hecha?, ¿de qué modo estamos ligados a ella?

Estas cuestiones suscitaron acalorados debates durante buena parte del siglo XX, pero en la década de 1990, la era de la globalización, los grandes pensadores las dejaron de lado. Arguyeron que la cultura no podía definirse, pues era todo aquello que hacíamos. Asimismo, hubo quienes opinaban que, si la cultura lo era todo, entonces también era nada. Al final, la palabra acabó convirtiéndose en una compleja paradoja, y el mundo pasó página.

Pero yo era incapaz de pasar página. Sabía que la cultura no era nada. Lo sabía porque había mirado a los ojos a Starrys Obazi, a quien le habían robado el pene en una esquina cualquiera de Lagos. Lo sabía porque había sentido en mis carnes el poder de la cultura, y porque desde entonces me esforzaba por comprenderlo.

Hoy, tras años de plantear preguntas y recorrer numerosos lugares, creo tener las respuestas que buscaba. No solo sobre lo que es la cultura, sino también sobre cómo esta hace que estemos enfermos o sanos, cuerdos o dementes; sobre cómo nos da esperanza y nos la arrebata; sobre cómo nos dice quiénes somos y quiénes dejamos de ser; sobre cómo nos moldea y cómo nosotros la moldeamos a ella.

Gran parte de lo que encontraréis en estas páginas os parecerá imposible o, al menos, difícil de creer, pero esta es una obra de no ficción. Todos los hechos y las conversaciones de este libro tuvieron lugar y están reproducidos con la mayor fidelidad posible. Se han corregido ciertas cuestiones gramaticales para facilitar la lectura, tras consultarlo con los hablantes cuando fue posible localizarlos. Los mundos que he intentado transmitir aquí existen y son reales para quienes habitan en ellos. Espero que también lo sean para vosotros a medida que leáis y viajemos juntos; y que la línea entre lo real y lo imaginario, lo familiar y lo extranjero, comience a difuminarse. Para entonces, espero que vislumbréis el papel que todos desempeñamos a la hora de crear mundos que pueden parecer extraños desde fuera, pero que desde dentro son perfectamente lógicos, y que alcancéis a ver que los hilos que mantienen unidos dichos mundos son los mismos que rigen nuestras vidas y nos mantienen unidos entre nosotros.

 

EL CASO DE LA VIRILIDAD PERDIDA

 

El sol estaba en lo alto y el calor ya apretaba cuando nuestro coche se adentró en Alagbado, una localidad polvorienta y decadente del extrarradio de Lagos, la megalópolis nigeriana donde se suponía que vivía un joven llamado Wasiu Karimu.1 Le habían robado el pene.

Unos días antes, su nombre había aparecido en el periódico. El titular rezaba: «El juzgado desestima el caso de un hombre por falsas acusaciones sobre la desaparición de sus genitales». El artículo explicaba que Wasiu Karimu viajaba en un autobús cuando «profirió un fuerte alarido, alertando de que su aparato genital había desaparecido. Acto seguido, agarró a [Funmi] Bello, sentada junto a él, y la exhortó a gritos a que le devolviera el miembro “robado”».

Ambos descendieron del autobús y una multitud de «bellacos» se apiñó en torno a Bello, dispuestos a matarla. Por suerte, una patrulla de policía que pasaba por allí intervino, evitó el linchamiento y escoltó a Karimu y a Bello hasta la comisaría. Una vez allí, Karimu informó al inspector de que «poco a poco, su miembro estaba regresando».

El periódico en cuestión proporcionaba la dirección postal de Wasiu Karimu, de modo que me propuse averiguar qué había sucedido exactamente dentro de sus pantalones. Un amigo llamado Toni Kan me había prestado su coche y había pedido a Akeem, el mecánico que le hacía las veces de chófer, que me condujera al lugar.

Circulamos entre casuchas de madera y pequeños restaurantes, atravesamos enormes charcos embarrados, dejamos atrás miradas curiosas que nos escrutaban desde las entradas de las casas, hasta que por fin llegamos a la dirección que figuraba en el periódico. Las gallinas y las cabras se dispersaron ante el vehículo, que lucía una inscripción de PRENSA en el parabrisas. (Toni trabajaba para varios periódicos y revistas de Lagos.)

La casa de Wasiu Karimu era amplia, tenía dos pisos y había una tiendecita al lado. Bajamos del coche y preguntamos a la dependienta si Karimu vivía allí.

—Sí, pero no anda por aquí —contestó.

Akeem se acercó al patio de la casa y una mujer apareció frente a él. Afirmó ser la madre de Wasiu y echó a Akeem del patio a voz en grito. Este se refugió dentro del coche y permanecimos un rato en mitad de la carretera a pleno sol, esperando a que apareciera Wasiu Karimu. Pero, al cabo de unos veinte minutos, unos jóvenes doblaron la esquina y se apostaron en torno a la casa. Dos de ellos llevaban palos.

Akeem me miró:

—Los Area Boys de la zona —farfulló.

En Lagos, los Area Boys eran matones que se regían por su propia ley. Se habían multiplicado tras la caída de la dictadura militar en 1998, sembrando una nueva clase de terror por toda la ciudad. Aquellos tipos se pavoneaban con unos aires que daban mala espina. Podía ver las gotas de sudor resbalando por el cuello de Akeem, que se volvió hacia mí:

—Vámonos de aquí.

—Un minuto —le supliqué.

Habíamos recorrido un largo camino; de hecho, había viajado desde Estados Unidos solo para eso, y aquella podía ser mi única oportunidad de hablar con la víctima de un hurto de pene. Así que esperamos. No estábamos haciendo nada malo, pensaba, tan solo quería hacer unas preguntas. Caminé hasta la tienda junto a la casa de Wasiu y compré una Coca-Cola.

—Señor —dijo la joven al entregarme el botellín—, ¿está buscando a alguien?

—Sí, a Wasiu Karimu.

—Señor, tal vez sea mejor que se vaya antes de que haya problemas. Será lo mejor para todos.

Apuré mi refresco y volví al coche.

—Está bien —accedí. Estaba empezando a encontrarme mal, y ahora era mi propia espalda la que estaba empapada en sudor—. Vámonos.

Akeem negó con la cabeza y dirigió la mirada hacia la carretera. La habían cortado con un par de tablones de madera y un coche. No había salida.

Uno de los Area Boys que vigilaba la casa de Wasiu Karimu parecía particularmente predispuesto a propinar una paliza. Se precipitó hacia la calle, aporreando el suelo con la vara.

—¡Fuera la prensa! —bramaba—. ¡Fuera la prensa!

Los tipos se apiñaron frente a la casa. Tras una espera interminable, llamaron a Akeem. Charlaron un momento. Luego me llamaron a mí, querían ver el artículo sobre Wasiu. Saqué la arrugada fotocopia del bolsillo y se la entregué.

El hombre con aspecto tranquilo y camiseta de 50 Cent era sin lugar a dudas el líder. Cogió el artículo, lo desdobló y lo leyó.

—Déjanos ver tu documentación —espetó.

Había salido sin mi pasaporte precisamente por esa razón, y mi carnet de conducir había desaparecido de la habitación del hotel. Todo cuanto llevaba era un carnet caducado de la YMCA. Se lo di.

El jefe, que se llamaba Ade, lo cogió y se lo pasó a un tipo larguirucho con la dentadura torcida, quien lo examinó un instante y lo devolvió.

—¿Sabes quiénes somos? —quiso saber Ade.

No lo sabía.

—Somos del CPO. ¿Conoces el CPO?

El CPO era el Congreso del Pueblo Odua, una organización pseudopolítica a medio camino entre los Area Boys y la milicia. Eran violentos y arbitrarios. En los últimos tiempos habían asesinado a varios policías de Lagos y el gobierno estaba intentando expulsarlos de algunas zonas de la ciudad.

—Tenemos que estar seguros —continuó Ade— de que no vienes a hacer daño. Quizá te ha enviado aquí esa mujer.

Se refería a la mujer que había robado el pene de Wasiu Karimu. Se oyó un fuerte estrépito: una botella de vidrio había reventado contra una de las ruedas de nuestro coche. Akeem y yo dimos un respingo.

—No —respondí, intentando mantener la calma—. Solo quería hacerle unas preguntas. ¿Está por aquí?

—No, no está.

Estaba. En aquel momento yo no lo sabía, pero, por lo visto, el propio Wasiu Karimu nos escuchaba desde la distancia. Akeem lo había visto, me aseguró más tarde: era el tipo bajito, joven y nervioso, que aguardaba detrás.

Los hombres intercambiaron unas palabras en yoruba. A continuación, el secuaz de Ade, el de la dentadura torcida, relató los hechos. Wasiu, afirmó Dientes Torcidos, se había montado en el autobús y había tomado asiento junto a aquella mujer. Como no tenía reloj, le preguntó la hora. Ella tampoco la sabía. Entonces apareció el revisor y le pidió el billete. Tampoco lo tenía. Cuando se levantó para apearse del autobús, se chocó con Wasiu.

—Entonces —continuó—, Wasiu sintió que algo le estaba pasando a su cuerpo. Algo malo. Así que se palpó, y ya no la tenía.

—¿Ya no estaba o estaba encogiendo? —quise saber.

—¡Encogía! ¡Encogía! Se estaba haciendo más pequeña.

Y entonces, al notar que su pene menguaba, Wasiu Karimu comenzó a gritar y a pedirle a la mujer que se lo devolviera. El revisor los expulsó del autobús y una vez abajo, una multitud rodeó a la acusada, sin dudar ni un instante de que fuese capaz de hacer tal cosa. Pero, en cuanto vio el peligro acechar, continuó Dientes Torcidos, devolvió la virilidad de Wasiu a su lugar, de modo que cuando la policía se lo llevó a comisaría, pensaron que había mentido y lo detuvieron.

—¿Y para qué quería esa mujer el pene? —pregunté.

—Para yuyu —contestó—, o para sacar algo de dinero.

Con el rabillo del ojo, podía ver que habían desmontado el control de carretera.

—¿Alguna pregunta más?

—No. Eso es todo.

—Vale —repuso—, podéis iros.

—Gracias.

Miré a Akeem y asentí. Nos montamos en el coche y arrancamos.

Antes de viajar a Nigeria, pasé varios años siguiendo noticias de casos similares al de Wasiu Karimu en aquella región. Todo comenzó en 2001, cuando di con un artículo en la página web de la BBC titulado «Pene “desaparecido” desata linchamiento masivo».2 En aquel incidente, al menos doce personas murieron en el sudoeste de Nigeria a manos de una muchedumbre enfurecida, acusadas de «hacer desaparecer los genitales de la gente». Ocho de los acusados pertenecían a una hermandad evangelista. Un grupo de lugareños furibundos los atacaron y los quemaron vivos.

El artículo hacía referencia a un suceso similar, acaecido el mes anterior en un estado nigeriano cercano, que se había saldado con la muerte de seis personas. Según el informe más reciente, la policía afirmaba tener la situación bajo control, después de un despliegue de agentes de paisano «para vigilar de cerca a los acusados de levantar falsas sospechas».

Las imágenes desfilaban por mi cabeza, aunque me costaba mucho imaginar el pánico desatado ante una banda de linchadores rabiosos. Si algo estaba claro, era que la gente creía que los penes desaparecían (fuese cierto o no) hasta tal punto que estaba dispuesta a matar por ello. ¿Era una cuestión de miedo? ¿De creencias? Pero era algo muy fácil de comprobar. Entonces ¿quizá había algo más? Había vivido un tiempo en el este de África, donde aprendí que algunas historias podían tener varias capas; cuando pensabas haber llegado al fondo de una, aparecía otra nueva. Tal vez Nigeria también funcionaba así.

Unos meses antes, me topé con otro artículo en la BBC: «Benín en alerta por el pánico a los “hurtos de pene”».3 En aquel país que lindaba con el oeste de Nigeria, bandas callejeras improvisadas habían asesinado a otras tantas personas acusadas de brujería y robo de genitales. Un fotoperiodista y un director de instituto se habían librado por los pelos. En total, cinco personas habían muerto en, al menos, diez ataques. Cuatro fueron quemadas vivas y una quinta, descuartizada.

En otras palabras, los hurtos de penes eran un asunto serio. Pero había algo en el tono displicente del artículo que me molestaba. En particular, esta frase: «La creencia de que las partes íntimas de los hombres pueden desaparecer por arte de magia tras un apretón de manos o un conjuro es de lo más habitual en Benín, un país donde reina la superstición y el analfabetismo».

Me pareció frívolo. Tenía un tono moralizante, de superioridad. El artículo parecía sugerir, o afirmar, que la gente civilizada estaba libre de la superstición, que la educación era el remedio contra los robos de pene y que la alfabetización podía paliar nuestra locura.

Por razones que en aquel momento se me escapaban, no estaba dispuesto a tachar aquellos hechos de mera ingenuidad primitiva. Eso era demasiado fácil. Estaba convencido de que quedaba mucho que escarbar y me moría de ganas de visitar no solo Nigeria, sino cualquier lugar donde algo así fuera posible, donde la desaparición de un pene por arte de magia no despertase incredulidad, sino pánico. Había algo que lo hacía parecer real, algo que ensamblaba aquel mundo. ¿Sería lo mismo que en su día había mantenido unido el mío? ¿Lo mismo que hizo que este se desmoronara? Tenía la certeza de que, tarde o temprano, tendría que ir allí para descubrirlo.

Imprimí el segundo artículo y lo guardé en mis archivos. En aquella época vivía en Portland, Oregón, donde trabajaba en una gran librería y escribía de forma puntual para algunos periódicos locales. Redacté una propuesta de reportaje y la envié a varias revistas masculinas, el blanco más lógico.

Una a una, las respuestas fueron llegando. Era demasiado caro, demasiado arriesgado, demasiado raro. Hablé por teléfono con un editor que estaba interesado, pero que no podía permitirse pagarme un viaje a Nigeria para encontrar, básicamente… nada.

Tampoco yo tenía una buena respuesta. Después de todo, no sabía con qué me iba a encontrar, ni siquiera sabía qué estaba buscando, así que nadie me iba a enviar hasta allí para que lo descubriese. No obstante, aunque no fuese capaz de articular la historia que quería contar, sabía que no se trataba de vender humo. Al contrario, se me antojaba una historia que iba más allá del robo de penes. Archivé los artículos en mi carpeta e intenté hacer lo mismo con la historia relegándola al fondo de mi memoria.

Entretanto, la vida siguió su curso. Mi mujer Bridgit y yo dejamos Portland para ir a vivir un año en Tailandia, y al volver nos instalamos en Madison, Wisconsin. Compramos una casa y al cabo de poco tiempo supimos que esperábamos una niña. Pero entre toda esa emoción, sentí una punzada de pánico. Nigeria me carcomía por dentro. Sabía que era un momento pésimo para marcharme, que Bridgit, embarazada de pocos meses, no querría que me fuese.

Pero también sabía que tenía que hacerlo, y que si no lo hacía me arrepentiría para siempre. Antes de iniciar ese nuevo capítulo de nuestras vidas, tenía que cerrar este último. Porque si esperaba a que nuestra hija naciese, tal vez nunca llegaría a Nigeria. Y si no lo hacía, temía no encontrar nunca aquello que estaba buscando.

De modo que empecé a ahorrar. Y me embarqué en el desconcertante proceso de conseguir visado para viajar a Nigeria. Durante varias semanas intenté contactar con la embajada de Nigeria en Washington, pero nadie descolgó el teléfono. Finalmente, decidí probar suerte con el consulado de Nigeria en Nueva York. Llamé una y otra vez, realicé complejas cábalas a fin de dar con el mejor momento para encontrar a alguien en la oficina (a eso de las diez de la mañana, pensaba yo), hasta que por fin lo logré. Mi interlocutor me explicó el procedimiento, arcano, desconcertante y especialmente concebido para desanimar al turista. Lo cierto era que había que tener muchas ganas de viajar allí.

Tres meses después, era el único turista a bordo de un avión lleno de nigerianos rumbo a Lagos. Todos vestían pantalones vaqueros de diseño y llevaban las maletas a reventar de regalos. Tras el aterrizaje, la puerta de la cabina se abrió y reconocí un olor a comida, fogata y diésel fundiéndose en el denso aire tropical.

El Aeropuerto Internacional Murtala Muhammed era una cochambre fruto de años de descuido. El suelo estaba desconchado y lleno de hoyos, y el lugar transmitía una desolación comparable a la de una estación de autobuses de Detroit. Con todo, apareció mi equipaje, me lo eché al hombro y salí hacia aquella ciudad de diecisiete millones de almas.

Llevaba un nombre en el bolsillo: Toni Kan, un amigo de un escritor a quien conocía.4 Habíamos intercambiado algunos correos electrónicos y Toni había quedado en pasar a recogerme al aeropuerto. Agarré mis bártulos, salí fuera y escruté la horda de taxistas chillones, pero no sabía qué aspecto tenía mi anfitrión y tampoco vi a nadie con pinta de estar buscándome, de modo que me aventuré hacia los taxis resuelto a regatear. Después de varias negociaciones inflexibles, conseguí a un taxista dispuesto a bajar a treinta dólares (aunque estoy convencido de que pagué de más). Me monté en su coche y fuimos al único hotel que encontré por menos de trescientos dólares la noche: el hotel Mainland, un decrépito edificio situado después del puente de Carter, frente a la isla de Lagos, el corazón de la ciudad.

En el hotel, las planchas del techo del vestíbulo estaban resquebrajadas, sucias y medio caídas en algunas zonas. La moqueta emanaba tufillo a humedad. Cuando cerré la puerta de mi habitación, me percaté de que la cerradura estaba rota, así que llamé a recepción y enseguida se presentaron dos hombres de mantenimiento. Tras una hora de chapuceo, el funcionamiento de la cerradura parecía bastante aceptable. Les di las gracias y me tumbé en la cama para ver los informativos: las cámaras enfocaban varias trifulcas entre multitudes incontrolables en algún punto de la ciudad. Tenían relación con secuestradores que robaban partes del cuerpo de sus víctimas para emplearlas en brujería.

Parecía como si todo el mundo allí tuviera miedo. Finalmente, entre imágenes de hordas enfurecidas y penes desaparecidos, caí rendido de sueño.

A la mañana siguiente, me despertó un sonido que no era capaz de reconocer, como una especie de murmullo grave. Parecía provenir de la ventana. Me levanté, la abrí y me di cuenta de que era el ruido de la ciudad: el clamor de los millones de habitantes de Lagos, que discutían, chillaban y reían. Era más bulliciosa que cualquiera de las metrópolis en las que hubiera estado en mi vida. Volví a cerrar la ventana, aunque apenas se notó la diferencia. Bajé al vestíbulo dispuesto a salir, pero necesité un par de minutos para armarme de valor. Después atravesé el umbral y me aventuré hacia las calles.

Describir Lagos como una ciudad «vibrante» sería quedarse corto. Es muchísimo más, desborda una energía que nunca antes había sentido. Y me dejé guiar por ella. Caminé como si supiera adónde iba, aunque no tuviera la menor idea. Crucé el puente hasta la isla de Lagos. Deambulé por las calles atestadas de gente. No sabía por dónde empezar mis pesquisas sobre los ladrones de penes. Entré en librerías, tomé mototaxis y pedí ayuda a gente que fui conociendo, pero con poca suerte y nula perspicacia.

Al final, fui a parar al mercado de Jankara, un montón de puestos apretujados bajo unas planchas de chapa ondulada que protegían la mercancía del sol y la lluvia. Bajo esa cubierta podía encontrarse una amplia gama de hojas, ramas, semillas, conchas, pieles, huesos, cráneos, lagartos y sapos muertos, productos todos reputados por sus propiedades reconstituyentes, terapéuticas o dañinas, en función de las necesidades de cada uno.

El mercado también era famoso por la cantidad de cosas «oscuras» que podían adquirirse allí. En concreto, yuyu: magia. Durante mi primera visita a Jankara conocí a una mujer bajita y rechoncha llamada Edy. Charlamos unos minutos antes de que me declarase su amor y me anunciase su intención de casarse conmigo. Cuando le dije que ya estaba casado, amenazó con usar sus poderes mágicos para conquistarme: con dos figuritas de madera me impediría pegar ojo hasta verla.

Unos días después regresé al mercado y encontré el puesto de Edy. Nada más adentrarme en los oscuros pasillos, me reconoció.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Has vuelto!

—Sí.

—Siéntate —ordenó, y me indicó un banco. Se sentó frente a mí—. ¿Qué me has traído? —Le mostré las frutas que acababa de comprar—. Ah, muy bien —concedió, y empezó a comer, aunque fuese de día, estuviésemos en pleno Ramadán y fuera musulmana—. ¿Cómo está tu mujer?

—Está bien.

—¿Y qué tal tu otra mujer?

—¿Quién?

—¿Cómo que «quién»? —repitió mi pregunta con tono burlón—. Sabes muy bien quién es. ¡Soy yo!

—Bueno, estaría bien, pero en Estados Unidos eso no es posible.

Apareció un hombre que le entregó un gurruño de papel con una lista de ingredientes. Edy estudió la lista con detenimiento, se levantó y recorrió su puesto recolectando palitos, hojas, semillas y ramas. Lo machacó todo y lo metió en una bolsa. Mientras preparaba el remedio, el hombre tomó asiento en el banco junto a mí.

—¿Es para ti? —quise saber.

—Sí. Es para ser muy fuerte.

Después apareció otro hombre e hizo su comanda. Algo para el apéndice, dijo. Cuando se hubo marchado, Edy volvió a sentarse frente a mí.

—Tengo una pregunta —dije.

—¿Sí?

—En mi país no tenemos yuyu.

—Sí.

—Pero he leído en el periódico algo sobre penes robados…

—Ah, eso —me interrumpió—. Ni caso. Eso no es verdad. Si te toco tu cosita así —y me tocó la pierna—, ¿te desaparece el pene?

—No —respondí, incómodo—, pero ¿qué pasa si vengo a verte y te pido protección? ¿Puedes hacerlo?

—Sí, claro que puedo.

—¿Cuánto?

—Mil nairas. O dos mil. De ahí para arriba. —Era una suma considerable para los estándares nigerianos (más de quince dólares).

—¿Y te lo pide mucha gente?

—Sí —murmuró, y miró a su alrededor—. Mucha.

El primer caso de desaparición de pene en África sobre el que conseguí encontrar información ocurrió en Sudán en la década de 1960.5 A partir de esa fecha, había montones de artículos bien documentados sobre episodios que tuvieron lugar en Nigeria entre mediados y finales de la década de 1970. Uno de ellos sucedió en Kaduna, una ciudad del norte. Un psiquiatra llamado Sunday Ilechukwu estaba trabajando en su consulta cuando apareció un policía escoltando a dos hombres.6 Uno de ellos decía que necesitaba un examen médico y acusaba al otro de haber hecho que su pene desapareciera.

Como en el caso de Wasiu Karimu y la muchedumbre de fuera del autobús, el episodio también había provocado una trifulca en la calle. Durante la exploración médica, relató Ilechukwu tiempo después, la víctima miraba al vacío mientras él examinaba su pene. El diagnóstico fue normal.

En la revista médica Transcultural Psychiatric Review, Ilechukwu escribió: «El paciente miró por primera vez a su entrepierna y declaró que sus genitales acababan de regresar».

En opinión de Ilechukwu, este caso se enmarcaba dentro de la epidemia de robos de penes que asoló Nigeria entre 1975 y 1977. «Por las calles de Lagos, podía verse a los hombres caminar aferrados a sus genitales, algunos con descaro y otros con discreción, con las manos en los bolsillos. […] Las mujeres también se agarraban el pecho, con mayor o menor disimulo, cruzando los brazos por encima. […] La vigilancia y las agresiones anticipadas se tenían por buenos profilácticos, lo que se tradujo en un colapso del orden y la ley.» En aquellos casos, la víctima gritaba: «¡Al ladrón! ¡Mis genitales han desaparecido!», e inmediatamente la masa identificaba un culpable, lo retenía y, en muchos casos, lo mataba.7

Después, por alguna razón, los ánimos se calmaron. No obstante, en la década de 1990, el tema resurgió y durante los siguientes quince años se produjeron incidentes esporádicos con una frecuencia bastante elevada. Después tuvieron lugar los ataques en Nigeria y Benín sobre los que había leído. Un estudio enumeraba cincuenta y seis episodios aislados de «genitales encogidos, desaparecidos o robados» ocurridos en África occidental entre 1997 y 2003, durante los cuales al menos treinta y seis supuestos ladrones de penes habían muerto en altercados callejeros.8 En general, la prensa local era la única que se hacía eco de estos hechos, que no tenían mayor trascendencia fuera de la región.

Por su parte, el resto del mundo recibía estas noticias con una mezcla de incredulidad, rechazo y diversión, como resultaba evidente en aquel artículo de la BBC sobre Benín. Pero ¿aquella gente se lo creía de verdad? ¿Por qué no lo comprobaban y listo? Si bien aquellas preguntas no eran del todo injustas, el tono en el que se formulaban remitía a otra época, no tan lejana a la nuestra, en la que los médicos occidentales habrían tildado tales comportamientos de supersticiones, «reacciones primitivas», o «psicosis étnicas». Las implicaciones estaban bien claras: aquellas conductas eran fruto de la imaginación de mentes más simples.

Un día, después de recorrer a pie Lagos en busca de historias de penes robados, decidí tomar un taxi en lugar de regresar caminando al hotel. El tráfico estaba saturado y salir de la isla de Lagos nos costó lo que me pareció una eternidad. Por fin, el taxista se incorporó, muy poco a poco, al puente de Carter, y avanzamos sobre el agua hacia la otra orilla.

El hotel Mainland se alzaba frente a nosotros sobre los tejados de chapa ondulada de los edificios más bajos. Estábamos a punto de llegar cuando el taxi se detuvo.

Había un grupo de policías frente al coche. Algunos llevaban ametralladoras y solo unos pocos vestían uniforme. Los que no iban uniformados eran Area Boys que colaboraban con la policía. Uno de ellos se acercó a nuestro vehículo. Era un tipo grandullón, de mirada espeluznantemente glacial y rostro encendido. Su cabeza ocupaba toda la ventanilla cuando se acercó para hablarnos. Me miró, miró al taxista, y me volvió a mirar.

—¿Hacia dónde te dirigías? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

—Te he visto caminar por ahí. —Señaló con el dedo hacia la calle por la que había llegado.

—Estaba dando una vuelta.

—Pasaporte.

—No lo tengo —mentí.

—¿No? Muy bien. Fuera del coche.

Salí del taxi. La gente curioseaba y empezó a formarse un corrillo. Los demás «policías» me observaban con interés.

—¿Qué llevas en la mochila?

—Nada —volví a mentir.

Llevaba toda mi documentación, algunos libros y los nairas que acababa de cambiar por doscientos dólares. El dinero estaba encima de todo, y tras años de viajes en lugares de este tipo había aprendido que enseñárselo sería la peor estrategia posible en la partida de póquer que estábamos jugando, una que no podía permitirme perder pues ya empezaba a quedarme corto de efectivo. No pensaba a abrir la mochila por nada del mundo.

—Déjame ver.

—No. Oye, mira, puedo volver caminando al hotel —dije, y señalé carretera abajo. Acto seguido, comencé a andar. Dio un paso hacia mí. Se levantó la camisa y sacó un arma del cinturón.

—Sube al coche —ordenó.

Retrocedió para hablar con los demás Area Boys. Aproveché ese instante para colocar el dinero en el fondo de la mochila y, apenas lo hube hecho, un policía uniformado que llevaba chaleco antibalas se aproximó.

—¿Qué llevas en la mochila?

—Nada. —La abrí para que pudiera ver el interior—. Solo libros. Papeles.

El policía se alejó y vi que el Area Boy regresaba a la carga. El taxista me miró y susurró furtivamente:

—¡Dale un poco de dinero! —Saqué un billete de quinientos nairas, lo equivalente a unos cuatro dólares—. ¡No! ¡No! ¡Quinientos no! Solo doscientos.

Guardé el billete de quinientos y el taxista me pasó uno de doscientos en un abrir y cerrar de ojos. El Area Boy pegó de nuevo la cara contra la ventanilla.

—Déjame ver tu mochila. —Esta vez, le mostré la documentación y los libros—. ¿Por qué no me lo has enseñado antes?

—Me he puesto nervioso —me excusé.

Le di el billete de doscientos. Lo cogió, miró con disimulo a su alrededor y se lo introdujo en el bolsillo, como si nadie se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo. Se alejó unos pasos del coche y nos despidió con la mano.

Arrancamos y el taxista se volvió hacia mí:

—¡Y ahora dame esos quinientos!

Si veía Lagos como una ciudad con una energía sin par, también veía la rapidez con la que aquella marea podía volverse en contra de uno. La sensación de vulnerabilidad y la impresión de que existían unas fuerzas que escapaban a tu control era constante. Cada vez que salías por la puerta, era necesario llevar todo tu ingenio contigo.

De vuelta al hotel, me tumbé en la cama, aún un poco tembloroso. Pensé en llamar a casa, pero cada vez que lo hacía, Bridgit rompía a llorar y estaba claro que escuchar esta historia no le iba a hacer ninguna gracia. Así que puse las noticias en la televisión: el ejército había prendido fuego a una comisaría después de que un policía hubiera abofeteado a un militar en un control; un muchacho acusado de secuestro había caído en manos de una multitud que lo había quemado vivo.

La televisión no resultó ser ninguna ayuda para distraerme de los Area Boys, de modo que saqué una carpeta con algunos textos que quería leer. Había imprimido algunos artículos de la biblioteca médica de Madison que hablaban de los hurtos mágicos de penes. Los psiquiatras transculturales se referían a estos fenómenos como «síndrome de retracción genital» o koro, un apelativo originario de Asia. En un principio, el koro se clasificó dentro de un cajón de sastre que aglutinaba diversas condiciones mentales que no se hallaban en el mundo occidental, los llamados «síndromes ligados a la cultura» (o, más recientemente, «síndromes culturales»). En otras palabras: enfermedades mentales que solo podían darse en determinadas culturas.

El koro no era el único síndrome cultural de África. Había otros, como el ode ori, por el que algunos habitantes de la parte yoruba de Nigeria sentían que un organismo reptaba por el interior de su cabeza, causándoles mareos y pérdidas de visión. O «pesadez de cerebro», que podía provocar dolorosos síntomas en el cuello y los ojos, además de una disrupción cognitiva, en los estudiantes tras largas sesiones de estudio. También estaba el mamhepo, un trastorno relacionado con el egoísmo, cuyas víctimas imitaban a un animal concreto elegido por una bruja. Por no hablar de la «muerte por vudú» (o «muerte psicogénica»), donde se le anunciaba el momento de su muerte a la persona sobre la que recaía la maldición, y después se cumplía.

Del mismo modo que los hurtos de penes, todos estos síndromes eran terriblemente reales para quienes los experimentaban. Pero ¿por qué razón existían en unos sitios y no en otros? ¿Acaso el lugar donde uno vive determina el modo como puede perder la cabeza? ¿Es posible que una persona que se vuelve loca en una cultura enloquezca de manera diferente en otra? Es más, ¿cabe la posibilidad de que no enloquezca? Y, puestos a pensarlo, ¿qué es una «cultura»? ¿Y hasta qué punto estamos ligados a ella?

Al cabo de unos días logré reunirme por fin con Toni Kan, quien tuvo el detalle de acogerme en su casa (lo que supuso un salto cualitativo en comparación con el mugriento Mainland). Toni era escritor de ficción y periodista, y tenía muchos amigos que trabajaban para diversos medios de comunicación de Lagos. Un día quedamos con algunos de ellos en un restaurante callejero frente al Teatro Nacional. Hablamos sobre el panorama literario de la ciudad, que atravesaba un período de renacimiento. Pasamos varias horas allí sentados, bebiendo y charlando. Los periodistas eran divertidos, audaces, categóricos. Eran curiosos, cultos e interesantes. En definitiva, eran intelectuales.

Después de un rato, saqué a colación el tema del robo mágico de penes y pregunté si alguien había oído hablar del asunto. ¿Sucedía de verdad? Un editor llamado Jossy me miró a los ojos:

—No. No sucede. Te lo aseguro, no es más que un mito.

Llegaron más bebidas, se expusieron más opiniones, y observé cómo, durante la hora que siguió, el centro de gravedad se desplazó. Un escritor mencionó algo sobre un incidente inexplicable que le había ocurrido a su tía. Dio a entender que la magia había tenido algo que ver. Otro editor compartió una anécdota similar protagonizada por una hermana. Toni, por su parte, nos habló de una chica de su edificio que aceptó de un extraño lo que ella creía ser agua. Cuando se despertó, descubrió que había cruzado el país en autobús y que le faltaba el dinero que se disponía a ingresar en el banco: el agua contenía yuyu. A continuación, Jossy habló de un curandero capaz de localizar cualquier objeto robado. También charlamos sobre los «secuestradores» que vagaban por las calles en busca de víctimas a las que robar partes del cuerpo para después emplearlas en rituales. (Uno de los periódicos había publicado artículos titulados «Diez maneras de evitar el secuestro» y «Ocho tácticas empleadas por los secuestradores».)

Poner en entredicho cualquiera de esas historias significaba poner en entredicho a la persona sentada a tu lado, pero dudar de todas ya era harina de otro costal. Con cada una de las anécdotas, sentía que se iban cosiendo más puntadas, como si me estuvieran arrastrando hacia un lugar donde aquellas cosas eran posibles. Fue un cambio visceral, más ubicado en mi estómago que en mi cabeza. Aquellos tipos no tenían ninguna pinta de locos, ni de crédulos. ¿Acaso no hay, me pregunté, cosas en este mundo que escapan a nuestro entendimiento?

Antes de separarnos, Jossy volvió a mirarme fijamente a los ojos.

—Es cierto —afirmó—. Ocurre. Sin duda. Y conozco a alguien a quien le pasó.

Nos costó unos días localizarlo, pero al final dimos con Starrys Obazi. Para entonces, Akeem y yo ya habíamos visitado a Wasiu Karimu. Aunque nos hubiéramos acercado a la cuestión, yo aún necesitaba oírlo de boca de la víctima, de quien hubiese estado en la escena del crimen y pudiera describir la experiencia con todo lujo de detalles. Esa era mi gran esperanza. Así que concertamos una cita en un establecimiento barato de comida rápida situado en la zona norte de Lagos.

Cuando Toni y yo llegamos al local, Starrys, un tipo enjuto de voz nasal, ya nos estaba esperando. Los tres dispusimos la comida y nos instalamos en una mesa junto a la ventana. A nuestro alrededor, otros nigerianos paseaban sus bandejas y tomaban asiento para comerse sus hamburguesas, atentos a los vídeos de hip-hop que emitía un televisor a nuestra espalda. Starrys se abalanzó sobre su pollo como el periodista hambriento y desocupado que era.

Durante catorce años, había sido el redactor jefe de FAME, una revista de prensa rosa nigeriana, hasta que el dueño, por alguna razón desconocida, dejó de pagarle. El trabajo, incluso los encargos editoriales peor pagados, escaseaban en Lagos; habían pasado varios años desde que Starrys ocupó su último puesto.

El robo de su pene, explicó, ocurrió en 1990, cuando aún era reportero del Evening Times. Por aquel entonces, se consideraba escéptico (y era, además, testigo de Jehová). Había oído hablar de los ladrones de penes. Había oído historias, tal vez hasta las había escrito, pero no era un asunto que le preocupase demasiado.

Pero un día, cuando estaba esperando el autobús para ir al trabajo, se le acercó un hombre con un pedazo de papel con el nombre de una calle escrito.

—¿Sabes dónde está? —preguntó el hombre sin pronunciar el nombre.

Starrys no conocía la calle, y por alguna extraña razón dudó de que existiera realmente. Entonces apareció otro tipo detrás de Starrys y, sin haber visto el papel, le indicó al hombre cómo encontrarla. Aquello era aún más raro. Ambos se alejaron juntos y Starrys notó una sensación que jamás en su vida había sentido.

—En aquel momento —dijo inclinándose hacia delante—, noté que algo abandonaba mi cuerpo, comencé a sentirme vacío por dentro. Me llevé la mano a los pantalones y me la palpé. Estaba anormalmente pequeña. Más pequeña que el tamaño de siempre. Y el escroto estaba plano. Comprobé con los dedos a ver si los testículos se me habían subido, pero no estaban. Se habían esfumado. ¡Y yo me sentía tan vacío! —Su voz se tensó al rememorar el pánico de aquel día.

Starrys salió corriendo tras ellos y les plantó cara. «¡Le ha pasado algo a mi pene!», acusó al extraño que había pedido indicaciones. Este alegó no tener ni idea sobre lo que Starrys le estaba contando. Algo le dijo que era mejor no gritar, nos explicó.

—En cuanto alzase la voz, lincharían al tipo. Y si lo linchaban, ¿cómo iba a recuperar mi pene?

Starrys dio cuenta del pollo y se limpió las manos con una toallita.

—Medía un cuarto de su tamaño normal —recordó.

Su voz se resonaba con énfasis, como si ni siquiera ahora terminara de creerse lo sucedido, pero lo creía. Yo, por mi parte, a medida que lo oía relatar su historia, notaba cómo me sumergía en ella. Era capaz de sentir el temor de Starrys. Cedí ante el pánico de su voz. Era tan real, tan cierto. En aquel momento, también yo sentí pavor.

Continuó el relato. El segundo hombre accedió, pese a las negativas del primero, a acompañar a Starrys al hospital más cercano para denunciar el robo. Justo cuando llegaron a la entrada del edificio, el hombre agarró a Starrys y gritó: «¡Vamos adeeentro!». Y entonces ocurrió algo.

—Cuando me agarró, me tranquilicé. Noté una paz interior. Me palpé y mis testículos estaban allí.

También palpó su pene, las tres cuartas partes que faltaban estaban de vuelta. El médico exploró a Starrys y no diagnosticó ningún problema. También aconsejó al extraño que dejara de armar líos en la calle.

Me estaba acercando, lo intuía. Escuchando las historias de amigos de amigos, leyendo artículos de periódico, viviendo en mis carnes el miedo que inspira el CPO, contemplando a Starrys y percibiendo el pánico de su voz. Aquellas experiencias me habían acercado al lugar que había ido a buscar: a los confines de la racionalidad, a un mundo de magia. Y entonces sentí una punzada de miedo. Lagos había cambiado desde mi llegada. Ahora la ciudad se me antojaba peligrosa, y sus peligros, plausibles. Las historias que me habían contado me habían sumergido hasta otras profundidades, me habían arrastrado hacia otra corriente. Y antes de irme, tenía que comprobar si podía dejarme llevar un poco más lejos.

Así pues, uno de mis últimos días en Lagos, salí a pasear. Por las calles, serpenteantes y abarrotadas, decenas de miles de personas iban y venían, ocupando aceras y calzadas. La densidad humana era tal que los coches tenían que circular entre la gente a paso de tortuga y a golpe de bocina, surcando la masa humana cual arado en los campos.

Estaba lejos del mercado de Jankara cuando comencé a caminar sin saber hacia dónde me dirigía. Lo único que quería era comprobar si podía rozar la frontera que separaba mi mundo de aquel, bastante más escurridizo. Quería cruzar al otro lado: no solo escuchar la historia, sino formar parte de ella. Quería darme la vuelta y ver a alguien comprobando si su virilidad estaba en su sitio.

Avanzaba entre la multitud, pero a pesar de la proximidad, apenas nos rozábamos. Varios torrentes humanos se cruzaban, raudos y ágiles. Me adentré en la ciudad. Observaba a la gente que pasaba a centímetros de mí y hacía amagos de deslizarme en la corriente, aunque tampoco así lograba el contacto. Intenté golpear disimuladamente con el hombro a algunas personas, pero la mayoría iban con demasiada prisa, demasiada atención, demasiado recelo.

Seguí caminando y conseguí chocar mi hombro con el de un tipo. Cuando me di media vuelta, este no parecía haberse inmutado. Intenté ser un poco menos sutil con el siguiente, pero también hizo como si nada. Repetí la operación con unos cuantos viandantes más, hasta que por fin embestí a un hombre con suficiente ahínco como para que supiera que había sido adrede.

Me detuve para mirarlo. Ni se acuclilló, ni se agarró las partes. No me señaló, no me acusó. Ni tan siquiera volvió la vista. Simplemente, siguió su camino. Y en aquel momento comprendí que podría dejarme llevar por la corriente de aquel río, pero nunca conseguiría hundirme. Fluía a mi alrededor, pero no en mi interior. Yo estaba en el agua, pero el agua no estaba en mí.

Cuando aterricé en Lagos lo ignoraba, pero era eso lo que había ido a buscar. El hecho de que los robos de penes fueran o no reales no era lo importante, puesto que las corrientes que los conducían a la cultura (es decir, las historias) eran reales para quienes los contaban, los oían y los vivían. Ahora lo entendía desde un prisma nuevo. Aunque también era consciente de que si quería desenredar aquella maraña de cultura y rarezas, si quería entender cómo funcionaba y de dónde emanaba su poder, necesitaría ir más allá. Aún no sabía cómo, pero tendría que remontar el río hasta llegar al manantial.

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