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Franz Kafka: Una literatura del absurdo y la risa, de Diego Cano

Dice Ariel Luppino: Este libro exige releer a Kafka o al menos a mi me dieron ganas de hacerlo. Me generó otras cosas interesantes y estoy seguro de que a todos aquellos que lo lean también. ¿Pero qué necesidad de escribir un libro sobre Kafka ahora? ¿Por qué en Argentina? Por empezar, Diego Cano ni siquiera lo leyó en alemán. Pero hay claves de lectura en el libro que son una respuesta y muestran que no se trata de un trabajo de erudición sino de una forma de entender la tradición literaria que está hoy en día flotando en el aire. A veces Diego Cano reduce el juego a Strafacce y Aira, y eso me parece forzado o tendencioso, pero este trabajo es una gran muestra de amor a la literatura y yo lo celebro porque es un libro sobre el mejor escritor de todos (sin distinción de géneros) y el comienzo de la literatura que más me gusta. Cuando lo leía me preguntaba: ¿De adonde saca Diego Cano tanta energía? Pero está claro que no es solo energía. Este libro es la oportunidad de hacer algo que hace mucho tiempo no se hace en este país: volver a hablar de literatura como si la literatura fuera lo más importante. (Barenhaus, 2020)

 

 

 

 

 

POR DIEGO CANO

 

 

“Lo que afirmo es que la gracia de Kafka se basa en una especie de literalización radical de verdades que solemos tratar en forma de metáforas”, David Foster Wallace

 

La exageración, lo desquiciado y lo absurdo se ensamblan con la violencia y la crueldad extremas para dar forma al relato En la colonia penitenciaria y generan lecturas contradictorias. Este texto muestra cómo la violencia de la ley y el sistema autoritario ejercen coerción en el cuerpo de los individuos a través de los métodos más crueles, pero lo hace de una manera tan exacerbada que se puede leer más como una ridiculización del poder que como una angustiante representación de la realidad. El efecto que genera en los distintos lectores puede ser tan discordante que va desde la repugnancia y el horror hasta la risa, a causa del nivel de detalle prácticamente absurdo con el que se describe la máquina de tortura que se puede leer como una muestra de sadismo, tanto como una caricatura. Esa vacilación que produce este texto en los lectores obliga a releerlo y considerar lo absurdo del relato como un procedimiento de comicidad. La descripción de una tortura genera a priori un sentimiento de pavor, pero si nos desenfundarnos de ese prejuicio podremos apreciar que tanto los personajes como la máquina son elementos grotescos, de un realismo absolutamente exacerbado y una “literalización radical” que hacen que encajen mejor en el humor trágico que en el terror.

Es importante remarcar que, aunque en Kafka lo político ocupa un lugar significativo, el eje que guía este análisis es el literario. El hecho de que los personajes y el marco no estén claramente identificados le da a la narración carácter universal, nunca se aclara dónde transcurre el relato ni cuándo y no hay índices ni nombres propios que permitan asociarlo con algún proceso histórico en particular. Por eso, no sería un análisis completo simplemente asociar a regímenes conocidos el autoritarismo del oficial y el sometimiento de todos los personajes a un sistema; es decir, una interpretación que se agote en la búsqueda de referentes externos al texto quedaría renga. Además, esa asociación no permitiría apreciar lo gracioso de la literatura de Kafka, una característica generalmente velada por la crítica, como refiere David Foster Wallace, otro escritor que posee una aguda visión de la realidad, en el artículo “Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante” en el que plantea la dificultad de explicar el humor de Kafka a estudiantes universitarios americanos. Define lo gracioso del autor checo como una literalización radical de verdades, que consiste en la posibilidad de realizar asociaciones exformativas, es decir, ni intertextuales ni históricas, sino inconscientes a partir de diversas redes de significados. Y con respecto al cruce entre el humor y la tragedia afirma: “(…) la táctica de la comedia entendida como la literalización de la metáfora no logra contener ni de lejos la alquimia más profunda por la cual la comedia de Kafka es siempre también tragedia, y esta tragedia es siempre también un placer inmenso y reverente”2. Es decir, que no hay una relación inmediata entre el contexto histórico y la obra, sino que las asociaciones son de índole inconsciente.

Por eso, en estos textos, lo político se encuentra subordinado a lo literario ya que la estructura, el ritmo, el orden y los procedimientos son el centro del sistema de la obra, el motor que hace funcionar a todos los engranajes de la máquina. Teniendo en cuenta eso, podremos dejar de interpretar En la colonia penitenciaria como una representación angustiante de la violencia que ejerce el poder sobre los individuos y, por el contrario, apreciar la desmesura del relato y el humor. Más interesante que asociar el texto con regímenes conocidos es pensar a partir de él la crítica que Kafka realiza a la autoridad representada en el personaje del oficial que no sólo es opresivo para los individuos, sino que además es una caricatura de la subordinación a un poder desconocido y en decadencia, el antiguo comandante, cuyas reglas acata con absoluta docilidad, sin cuestionamientos.

Los cambios espasmódicos que atraviesan los personajes y la máquina de tortura son lo que vuelven más interesante este relato, ya que introducen al lector constantemente en el terreno de lo inesperado. La trama da giros repentinos que sorprenden y generan desconcierto y la necesidad de releerlo. El horror aparece desde las primeras líneas y hace un espiral creciente, pero está constantemente interrumpido por escenas tan exacerbadas que convierten al relato en un texto de humor trágico. La narración comienza y se desarrolla con la descripción exageradamente minuciosa llevada a cabo por un oficial de una máquina de tortura que está a punto de ponerse en marcha para condenar a un hombre. Hay cuatro personajes que van invirtiendo sus roles a medida que avanza el relato (el verdugo se vuelve condenado y viceversa), de los cuales nunca llegamos a conocer el nombre, ni características demasiado precisas. En un primer plano se encuentran el oficial y el explorador cuya conversación constituye casi la totalidad del texto y, como telón de fondo, el condenado y un soldado que intentan participar, pero por hablar un idioma distinto y pertenecer a otra jerarquía social quedan en un segundo plano: “(…) fuera del oficial y el explorador, hacían acto de presencia únicamente el condenado (…) y un soldado (…)”.

El centro del relato es la máquina y la fascinación exacerbada que tiene el oficial por ella, hasta el punto que no puede dejar de mirarla: “—Es un aparato singular —dijo el oficial al explorador, y recorrió con una mirada hasta cierto punto admirativa esa máquina que, sin embargo, tan bien conocía”. A partir de esa frase que da comienzo al texto lo que sigue son varias páginas en las que predomina el discurso directo, recurso mediante el cual el narrador le cede la voz al oficial para que muestre el aparato y explique los antiguos métodos de tortura que se llevaban a cabo en la colonia cuando gobernaba el antiguo comandante (“—Este aparato —dijo, y tomó una biela, sobre la que se apoyó— es un invento de nuestro anterior comandante. Yo colaboré desde el comienzo mismo de los primeros ensayos, y tomé parte en todos los trabajos hasta la terminación. El mérito del invento, desde luego, le corresponde enteramente a él”). La máquina y el oficial representan los últimos vestigios de ese antiguo orden, como él mismo lo admite: “(…) yo soy su único defensor y al mismo tiempo el único defensor de la herencia del antiguo comandante”6. Esto se debe a que el orden anterior fue reemplazado por otro en el que se desaprueba ese método de tortura.

La disconformidad que le genera eso al oficial la expresa mediante frases irónicas como, por ejemplo, “¿No he pasado horas enteras tratando de hacerle entender al comandante que el día anterior a la ejecución no se debe dar comida al condenado? Pero la nueva tendencia humanitarista no opina lo mismo”. El principio jurídico del oficial, en su calidad de juez de la colonia penitenciaria, es que “la culpa nunca se pone en duda”. Por lo tanto, este texto expone lo despiadado de una autoridad que, aunque en decadencia, ejerce su poder mediante métodos coercitivos, sin dar lugar a la posibilidad de defensa y aplicando arbitrariamente leyes que son inasequibles para los individuos. Pero Kafka lleva todo hacia el extremo de la ironía: el sometimiento al poder es tan férreo que el mismo servidor termina siendo torturado por la máquina. Sin embargo, la crueldad del poder se difumina de manera burlona cuando los lectores comenzamos a ver en el oficial ya no una figura de autoridad, sino la imagen de la decadencia y la desesperación.Es decir que la autoridad se ridiculiza y no genera espanto y horror, sino risa.

 

 

 

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