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Forever Mujercitas

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No que tuviéramos que buscar una excusa para releer Mujercitas de Louisa May Alcott, pero se estrenará pronto una nueva versión fílmica y estamos en vacaciones de invierno: acerquemos estas lecturas a los más pequeños. Que sepan que casi ciento cincuenta años atrás, cuatro protagonistas de una novela nos dieron las armas a las futuras mujeres que forjaría la vida.   

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El juego del peregrino 

 

 

—Las Navidades no serán Navidades sin ningún regalo —refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra. 

—¡Es tan horrible ser pobre! —suspiró Meg, mirando su viejo vestido. 

—No creo que sea justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras, nada de nada —añadió la pequeña Amy, con gesto ofendido. 

—Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos las unas a las otras —dijo Beth tranquilamente desde su esquina. 

Los rostros de las cuatro jóvenes resplandecieron al amor de la lumbre con estas reconfortantes palabras, pero volvieron a oscurecerse en cuanto Jo dijo tristemente: 

—No tenemos a papá y no lo tendremos en mucho tiempo. 

No se atrevió a decir «quizá nunca», pero todas lo pensaron en silencio y recordaron a su padre lejos, allá donde se estaba luchando. Durante un momento nadie habló. Entonces, Meg dijo alterada: 

—Sabes perfectamente que la razón por la que mamá propuso que no hubiese regalos estas Navidades es porque va a ser un invierno muy duro para todos, y cree que no deberíamos gastar el dinero en caprichos cuando nuestros hombres están sufriendo tanto en el ejército. No podemos hacer demasiado, solo pequeños sacrificios y deberíamos hacerlos contentas. Aunque mucho me temo que yo no seré capaz. 

Y Meg sacudió la cabeza, pensando apesadumbrada en las cosas bonitas que deseaba.

—Pues yo no creo que lo poco que pudiéramos gastarnos vaya a hacer mucho bien. Cada una ha conseguido un dólar: el ejército no va a recibir una gran ayuda si le damos semejante cantidad. Estoy conforme con no esperar nada de mamá o de vosotras, pero yo quiero comprarme Ondina y Sintram. ¡Llevo tanto tiempo esperando! —dijo Jo, que era un ratón de biblioteca. 

—Yo había pensado gastarme el mío en una nueva partitura —dijo Beth, con un pequeño quejido que nadie oyó excepto los leños de la chimenea y el asa de la tetera. 

—Yo podría comprar una bonita caja de lápices de dibujo Faber. Realmente los necesito —dijo Amy, resuelta. 

—Mamá no dijo nada de nuestro dinero, y no deseará que renunciemos a todo. Que cada una se compre lo que quiera y disfrutemos un poco. Estoy segura de que hemos trabajado de sobra para ahorrarlo —proclamó Jo, mirando el tacón de su zapato como lo hacen los hombres. 

—Yo sí que lo he hecho… enseñando a esos fastidiosos niños prácticamente todos los días, cuando lo que más me gusta es quedarme en casa tranquilamente —comenzó Meg, una vez más en tono quejoso. 

—Lo tuyo no es tan duro como lo mío —dijo Jo—. ¿Te gustaría estar encerrada durante horas con una anciana nerviosa y remilgada, que te tiene trotando de un lado a otro, que nunca está satisfecha y te acosa hasta hacerte sentir deseos de tirarte por la ventana o de echarte a llo? rar? 

—Es inútil lamentarse. Y tampoco es que crea que lavar los platos y tener la casa ordenada sea el peor trabajo del mundo, pero no me gusta… y se me agarrotan las manos de un modo que no puedo tocar bien —y Beth se miró las manos ásperas con un suspiro que esta vez todas oyeron.

—No creo que ninguna sufra tanto como yo —se lamentó Amy—; no tenéis que ir a un colegio con niñas impertinentes, que se burlan de ti si no te sabes las lecciones y se ríen de tus vestidos, y etiquetan a tu padre si no es rico y te insultan si tu nariz no es bonita. 

—Si quieres decir difaman, dilo, y no hables de etiquetas como si papá fuese un bote de pepinillos —aconsejó Jo, riéndose. 

—Yo sé lo que quiero decir y no necesitas ponerte “arcástica”. Lo más propio es usar palabras correctas y mejorar tu “vocabolario” —respondió Amy con dignidad. 

—No regañéis, niñas. ¿No te gustaría tener el dinero que papá perdió cuando éramos pequeñas, Jo? ¡Dios mío! ¡Qué felices seríamos si no tuviésemos estrecheces! —dijo Meg, que podía recordar tiempos mejores. 

—Tú dijiste el otro día que seguro que éramos bastante más felices que los hijos del rey, porque ellos se pelean y lloriquean todo el tiempo a pesar de su dinero. 

—Sí, lo dije, Beth. ¡Bueno! Y creo que es verdad porque, aunque tengamos que trabajar, nos divertimos y formamos un alegre grupo , como diría Jo. 

—¡Qué palabrotas usa Jo! —exclamó Amy, echando una mirada reprobadora a la alargada figura recostada en la alfombra. Jo se sentó inmediatamente, metió las manos en los bolsillos y empezó a silbar. 

—¡No, Jo, eso no es nada femenino! 

—Por eso lo hago. 

—¡Odio a las chicas brutas y poco delicadas! 

—Y yo a las niñatas afectadas y tiquismiquis. 

—Los pájaros en sus nidos están siempre muy unidos —cantó Beth, la pacificadora, con una cara tan divertida que las enfurruñadas voces se dulcificaron hasta la risa, y la pelea, por esta vez, terminó. 

—La verdad es que se os podría censurar a las dos —dijo Meg, empezando a leerles la cartilla en su papel de hermana mayor—. Ya eres lo bastante adulta como para dejar los modales de chico y comportarte mejor, Josephine. Cuando eras una niña, no importaba demasiado; pero ahora, que estás tan alta y te recoges el pelo, deberías recordar que eres una señorita. 

—¡No lo soy! Y si el que me recoja el pelo me convierte en una, llevaré dos coletas hasta los veinte años —chilló Jo, quitándose la redecilla y dejando caer su espesa melena castaña.

—¡Odio pensar que tengo que crecer y convertirme en la señorita March, y llevar trajes largos, y parecer tan tiesa como si me hubieran almidonado! ¡Ya es bastante desgracia ser mujer cuando lo que me gusta son los juegos, los trabajos, los modales masculinos! No puedo superar la frustración de no ser un chico. ¡Y ahora menos que nunca, porque me muero de ganas de ir a luchar al lado de papá; pero solo puedo quedarme en casa haciendo calceta, como una anciana incapaz! —y Jo se puso a sacudir los calcetines azul militar hasta que las agujas sonaron como castañuelas y el ovillo saltó hasta el otro extremo del cuarto. 

—¡Pobre Jo! Es terrible, pero no hay solución. Tendrás que contentarte con abreviar tu nombre para que parezca de chico y jugar a ser el hermano de todas nosotras —dijo Beth, acariciando la cabeza que se apoyaba en su rodilla con una suavidad que no podría perder ni con todas las coladas y limpiezas del mundo. 

—En cuanto a ti, Amy —continuó Meg—, eres francamente afectada. Ahora puede hacer gracia, pero crecerás como una necia remilgada si no tienes cuidado. Me gustan tus modales y tu forma de hablar refinada cuando no intentas ser elegante. Pero tus palabras absurdas son tan terribles como la jerga de Jo. 

—Si Jo no sabe comportarse y Amy es tan remilgada, ¿cómo soy yo? —preguntó Beth, dispuesta a compartir el sermón. 

—Tú eres un encanto, y nada más —contestó Meg, cariñosa; y nadie la contradijo porque el «ratoncito» era la mascota de la familia. Como nuestros jóvenes lectores querrán hacerse una idea de su aspecto, aprovecharemos este momento para hacerles un pequeño esbozo de las cuatro hermanas, que estaban sentadas al atardecer haciendo punto, mientras fuera caía una suave nevada de diciembre y dentro chisporroteaba alegremente el fuego. Era una vieja habitación confortable, aunque de muebles sencillos y con la alfombra algo descolorida. Había un par de buenos cuadros en las paredes, libros en los estantes, crisantemos y rosas de Navidad en el alféizar de la ventana y una cálida atmósfera de paz hogareña llenándolo todo. Margaret, la mayor de las cuatro, tenía dieciséis años; era muy guapa, rellenita y pálida, con ojos grandes llenos de ternura, pelo castaño, boca delicada y manos muy blancas, de las que estaba sumamente orgullosa. Para sus quince años Jo, resultaba muy alta, delgada y morena; su torpeza manejando sus largas extremidades hacía pensar en un potrillo. Tenía la boca enérgica, una nariz fina y graciosa, ojos grises que parecían verlo todo y que eran alternativamente fieros, burlones o pensativos. Su principal atractivo residía en su larga y espesa melena, aunque normalmente la llevaba recogida con redecilla para que no le molestase. Jo era algo cargada de espal? das, de manos y pies grandes, descuidada en el vestir y con ese aire incómodo de la niña que, a disgusto, se convierte rápidamente en mujer. Elizabeth —o Beth, como todos la llamaban— era una niña de trece años sonrosada, de pelo liso y ojos brillantes. Con modales y voz tímidos, su expresión transmitía paz y rara vez se alteraba. Su padre la llamaba «Quietecita» y el nombre le sentaba de maravilla, porque vivía en su propio mundo feliz, del que tan solo se aventuraba a salir para encontrar a los pocos a quienes amaba y admiraba. Aunque fuese la menor, Amy era una persona importantísima, al menos según su propia opinión. Parecía una virgen de las nieves, con ojos azules y dorados rizos cayendo sobre sus hombros; pálida y esbelta, siempre se comportaba como una señorita únicamente preocupada por sus modales. Cómo era la personalidad de estas cuatro hermanas es algo que ya iremos descubriendo. 

 

El reloj dio las seis y, después de reavivar las llamas, Beth puso unas zapatillas junto al fuego para calentarlas. De algún modo, la visión de las viejas zapatillas ejerció un efecto positivo en las chicas: mamá estaba a punto de llegar y todas se animaron para darle la bienvenida. Meg dejó de leer y encendió la lámpara, Amy se levantó del  sillón sin que nadie se lo pidiera y Jo, olvidándose de su cansancio, se arrimó a la chimenea para sostener las zapatillas aún más cerca del fuego. 

—Están bastante usadas. Mamá necesita un nuevo par. 

—Había pensado comprarle unas con mi dólar —dijo Beth. 

—¡No! ¡Lo haré yo! —gritó Amy. —Yo soy la mayor… —empezó Meg, pero Jo la interrumpió tajantemente: 

—Yo soy el hombre de la familia ahora que papá está fuera, y me haré cargo de las zapatillas. Él me pidió que cuidase de mamá mientras estuviera ausente. 

—Os diré lo que vamos a hacer —dijo Beth—: que cada una le regale algo por Navidad en lugar de comprar cosas para nosotras mismas. 

—¡Eres maravillosa! ¿Qué podemos comprar? —exclamó Jo. Todas pensaron juiciosamente un momento y Meg proclamó, como si la idea surgiese de la contemplación de sus lindas manos:

—Le regalaré un bonito par de guantes. 

—Calzado militar. El mejor que haya —gritó Jo. 

—Pañuelos bordados —dijo Beth. 

—Yo le compraré un bote de colonia. A ella le encanta y no será muy caro. Podré comprar también mis lápices —añadió Amy. 

—¿Y cómo le daremos los regalos? —preguntó Meg. 

—Los pondremos todos sobre la mesa y la haremos entrar, y veremos cómo va abriendo los paquetes. ¿No te acuerdas de cómo lo hacíamos en nuestros cumpleaños? —contestó Jo.

—Yo me asustaba tantísimo cuando me tocaba el turno de sentarme en la silla grande, con la corona, viéndoos a todas desfilar ante mí para darme los regalos y un beso. Me gustaban los regalos y los besos, pero era horrible teneros ahí sentadas mirándome mientras abría paquetes —dijo Beth, que tostaba el pan para el té al mismo tiempo que su cara. 

—Que mamá crea que compramos cosas para nosotras y así le damos una sorpresa. Deberíamos ir de tiendas mañana por la tarde, Meg. Hay mucho trabajo pendiente para la representación de Navidad —dijo Jo, dando zancadas arriba y abajo, con las manos a la espalda y la nariz husmeante. 

—Yo no volveré a actuar después de la función de este año. Me estoy haciendo mayor para estas cosas —observó Meg, que a la hora de jugar era tan niña como las otras. 

— Eso no te lo crees ni tú. Con lo que te encanta pavonearte por ahí con un traje blanco y la melena al viento, enjoyada con papel de plata. Además, eres nuestra mejor actriz; si dejas el escenario, sería el fin —dijo Jo—. Lo que tenemos que hacer es ensayar esta misma noche. Ven aquí, Amy, empezarás con la escena del desmayo: te pones más tiesa que un palo.

—Pues no sé hacerlo mejor; nunca he visto desmayarse a nadie, y no soy capaz de ponerme blanca como la pared y tirarme al suelo. Esas cosas las haces tú. Y si intento caer poco a poco, tropiezo. Así que me derrumbaré graciosamente sobre una silla. No me importa en absoluto que Hugo se me acerque con una pistola —le replicó Amy, que no tenía el menor talento dramático y la habían escogido para el papel porque, al ser la más pequeña, era más fácil para el «malvado» cargar con ella. 

—Prueba así: estrujándote las manos y tambaleándote por la habitación mientras gritas histérica: «¡Rodrigo! ¡Sálvame! ¡Sálvame!» —y así lo hizo Jo, con un grito melodramático realmente espectacular. Amy la imitó, pero con las manos rígidas y moviéndose como una máquina, y sus gritos más parecían producidos por pinchazos de alfiler que por miedo o angustia: Jo soltó un gemido desesperado y luego se rió a carcajadas. Beth observaba con interés la diversión general mientras sus tostadas se iban quemando. 

—¡Es inútil! Cuando llegue el momento, hazlo lo mejor que puedas, y si el público se ríe, no me eches la culpa. Vamos, Meg. A partir de ese momento las cosas fueron como la seda: Don Pedro desafió al mundo en un parlamento de dos páginas sin una sola interrupción; Hagar, la bruja, formuló un terrible conjuro sobre su caldero de sapos cocidos con resultados macabros; Rodrigo, lleno de hombría, partió en dos sus cadenas; y Hugo agonizó entre remordimientos y arsénico con unos salvajes: «¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!». 

—¡Es lo mejor que hemos hecho! —dijo Meg, mientras el «malvado» se incorporaba sacudiéndose. 

—No sé cómo puedes escribir e interpretar algo tan estupendo, Jo. ¡Eres todo un Shakespeare! —exclamó Beth, firmemente convencida de que su hermana estaba dotada de un extraordinario talento para todo. 

—No exageres —respondió Jo humildemente—. Yo creo que La maldición de la bruja está bien, pero me gustaría representar Macbeth si tuviéramos una trampilla para Banquo. Siempre quise hacer la parte del asesinato: «¿Es un puñal lo que veo ante mí?» —recitó Jo, poniendo los ojos en blanco y tratando de agarrar la nada, como había visto hacer a un famoso actor. 

—No. Es el pincho de tostar con una zapatilla de mamá en vez de una tostada. Beth se atonta con el teatro —exclamó Meg, y el ensayo terminó con una carcajada general. 

—Da gusto encontraros tan alegres, hijas —dijo una voz animada desde la puerta, y público y actores se volvieron para dar la bienvenida a una dama alta y maternal, cuya mirada revelaba una disponibilidad absoluta? mente deliciosa. No iba vestida con elegancia, pero tenía cierto aire respetable y las chicas estaban convencidas de que la capa gris y el anticuado sombrero cubrían a la madre más espléndida del mundo. 

—Bien, queridas, ¿cómo os ha ido hoy? He tenido tanto trabajo preparando el envío de mañana que no he podido venir a comer. ¿Ha venido alguien, Beth? ¿Qué tal tu resfriado, Meg? Jo, pareces terriblemente cansada. Dame un beso, cariño.

 

Mientras hacía estas preguntas maternales, la señora March se quitó las ropas mojadas, se puso las zapatillas calentitas, se sentó en el sillón y aupó a Amy en sus rodillas dispuesta a disfrutar de la mejor hora de aquel ocupado día. Las muchachas revoloteaban de un lado a otro intentando, cada una a su manera, hacerlo todo más confortable. Meg puso la mesa para el té, Jo trajo más leña y colocó las sillas alborotando y volcando todo lo que toca? ba, Beth iba y venía del salón a la cocina, ocupada y silenciosa, mientras Amy, mano sobre mano, daba órdenes a todo el mundo. Al sentarse a la mesa, la señora March dijo, con cara sonriente:

—Tengo una sorpresa para después de la cena. Una sonrisa cruzó, como un rayo de sol, por todos los rostros. Beth aplaudió, sin reparar en la galleta que tenía en las manos, y Jo, lanzando la servilleta al aire exclamó: 

—¡Una carta! ¡Una carta! ¡Tres hurras por papá! 

—Sí, una carta larga y afectuosa. Está bien y cree que pasará el invierno mejor de lo que suponíamos. Manda un montón de buenos deseos para Navidad y un mensaje especial para vosotras —dijo la señora March, acariciándose el bolsillo como si en él tuviera un tesoro.

—¡Date prisa y acaba! Es que no paras de marear el plato, Amy —bramó Jo atragantándose con el té a la vez que, en su prisa por terminar y llegar al momento ansiado, se le caía una tostada con mantequilla sobre la alfombra. Beth dejó de comer, se refugió en su rincón oscuro y, mientras las otras terminaban, saboreó de antemano el placer que pronto llegaría. 

—Creo que papá fue muy generoso yéndose de capellán, sin estar en edad militar y con una salud como la suya —dijo Meg afectuosamente. 

—¡Cómo me gustaría poder ir tocando el tambor, o de cantinera, o de enfermera, y estar a su lado, y ayudarle! —exclamó Jo con un suspiro. 

—Debe de ser repugnante dormir en una tienda, comer cualquier porquería y beber en una lata —murmuró Amy. 

—¿Cuándo va a volver a casa, mami? —preguntó Beth con voz temblorosa.

—No hasta dentro de unos meses, cariño, a no ser que se ponga enfermo. Se quedará y cumplirá con su obligación fielmente mientras pueda, y nosotras no le pediremos que regrese si no ha terminado su tarea. Ahora acercaos y oíd lo que dice la carta. 

Todas se acercaron al fuego; la madre en el sillón con Beth a sus pies, Meg y Amy cada una en un brazo de la butaca y Jo apoyada en el respaldo, donde nadie pudiera notar las emociones que la carta le provocase. Casi todas las cartas, en aquellos tiempos difíciles, eran conmovedoras, mucho más las que los padres de familia enviaban a sus hogares. En esta en concreto casi no se hablaba de molestias, peligros o añoranzas. Era una carta alegre y esperanzada, llena de descripciones de la vida de cuartel, las marchas y las noticias de la guerra, y solamente al final emergía un corazón lleno de amor paterno y anhelo por las mujercitas que había dejado en casa: 

«Dales un beso de mi parte y transmíteles mi profundo amor. Diles que pienso en ellas cada día, que rezo por ellas cada noche y que mi mayor consuelo es su cariño. Esperar todo un año antes de verlas parece imposible, pero recuérdales que, si llenamos la espera de trabajo, estos días difíciles no habrán sido un tiempo desperdiciado. Sé que recordarán todos mis consejos, que serán cariñosas contigo, cumplirán con sus obligaciones, lucharán contra sus malos pensamientos y se convertirán en unos seres tan hermosos que, cuando vuelva, podré estar más orgulloso que nunca de mis mujercitas».

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