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Equilibrio, de Daniel López Rosetti

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Encontrar un equilibrio que nos ponga a salvo de las presiones externas y de nuestras propias desmesuras, de las encrucijadas irreductibles y de otras trampas de nuestra conciencia, es la gran meta de cualquier lector, y el autor lo sabe. López Rosetti nos explica cómo pensamos, cómo sentimos y cómo tomamos decisiones, en un largo y minucioso escaneo de nuestras conductas y nuestros grandes malentendidos. Equilibrio – Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo decidimos (Planeta) es un libro que ayudará al crecimiento personal.

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Capítulo 1

Un falso conflicto: razón versus emoción

Grecia, hace 2.400 años. Una tarde de primavera en el Liceo de Atenas. A la distancia, puede verse un templo magnífico que preside la acrópolis griega, el Partenón. Delgado, pulcro, con barba y cabello prolijos, camina bien vestido, acompañado por sus discípulos. Su filosofía no coincide en muchos aspectos con las enseñanzas de Platón, quien fuera su maestro, pero ambos acuerdan en que pueden distinguirse tres partes en el alma. Aristóteles les explica a sus jóvenes alumnos que la primera es el carácter «vegetativo», relativo al nacimiento, a la nutrición y al crecimiento; cualidades comunes a todos los seres vivos, pero específicas y propias de las plantas. Luego, en segunda instancia, les habla de la segunda parte, del carácter «sensitivo y motor», en referencia al mundo de las sensaciones y los movimientos; características propias de todos los animales. En tercer lugar, y deteniendo con parsimonia su lento caminar por el sendero, mientras mira a sus discípulos, Aristóteles dice que la tercera parte es el carácter «intelectivo». Tras un instante de silencio e introspección, mirando a los ojos al maestro, un discípulo le cuestiona: —Pero Aristóteles, ¿qué es el carácter intelectivo? El maestro se toma unos instantes antes de responder que el carácter intelectivo es la parte del alma que nos hace humanos, es el pensamiento, es la razón. Tras su sentencia definitoria, que penetra en el entendimiento de sus alumnos, el maestro reinicia la habitual caminata que caracteriza sus clases. Los discípulos lo siguen a paso lento, mientras reflexionan en silencio sobre la enseñanza que acaban de recibir. El sol de la tarde abandona lentamente equilibrio. Pero algo sucedió con el surgimiento de la filosofía, entendiéndose por tal justamente al accionar de la mente en búsqueda del saber y del conocimiento. La filosofía, en sí misma, significa amor por la sabiduría o anhelo de conocimiento. Fue en aquella época que un poeta de la antigua Grecia, Hesíodo, intentó también, en base a relatos míticos, acercarse de algún modo a interpretar la realidad desde un lugar diferente a los principios religiosos primitivos. Hasta que llegó así el momento de una lenta transición en que los mitos ya no alcanzaron para saciar la sed de conocimiento humano, y en la antigua Grecia tuvo lugar el surgimiento de un fenómeno extraordinario: el pensamiento metódico y crítico. Nacía entonces un período gradual, pero implacable, en el que se imponía la necesidad y la certeza de la razón. Fue así que en la antigua ciudad de Mileto, actual Turquía, hacia el siglo VI a.C., la semilla del pensamiento dio sus primeros frutos. Fueron pensadores como Tales, Anaximandro y Anaxímenes los que comenzaron a ver las cosas de modo diferente y a buscar otros argumentos para explicar los fenómenos de la naturaleza desde la perspectiva metodológica de la filosofía, una verdadera aproximación a la ciencia. Por su parte, Heráclito planteó la noción de que todo fluye y que las cosas se encuentran en constante cambio, y Parménides generó el dilema entre ser y no ser. Así aquellos primeros pensadores griegos fueron alejándose de los mitos como fuente de explicación de los fenómenos que los alcanzaban y también de los mitos como marco normativo y legal que regían las prácticas de vida. Trato de expresar, en apretada síntesis, el lento pasaje del mito al logos, del mito al conocimiento. Los griegos aportaron algo más: su lenguaje. Aquellos primeros filósofos se valieron de un rico y frondoso idioma que permitió el discurso, el argumento, la explicación y, lo más importante, la duda. La dialéctica se abría paso, no sin esfuerzo, por el camino de la experiencia humana. Pero habría que esperar hasta el año 470 a.C. para que naciera quien produciría una bisagra en la historia de la filosofía. Fue el día en que Fenarete, una experta partera, dio a luz en Atenas a un niño muy especial. El padre del recién llegado era un escultor llamado Sofranisco. Y el niño, Sócrates. Cuentan que, ya adulto, se trataba de una persona sencillamente poco agraciada. Digámoslo directamente: feo y obeso; con cara redonda, ojos prominentes y saltones, nariz grande y chata. Muy descuidado al vestir, casi siempre descalzo, sin importarle el ridículo. Se ve que lo exterior le importaba poco, su riqueza estaba en otro lado. Curioso que nunca haya escrito nada ni haya fundado escuela alguna. Su herramienta fue el cerebro; su mecánica, el pensamiento y la palabra oral, la expresión de sus interrogantes. Sócrates decía que había aprendido de su madre la profesión de partera, pero, en su caso, para dar a luz las ideas que ya existían en la mente de los hombres, las semillas ya sembradas en el cerebro. Él ayudó a descubrir todo aquello que ya se encontraba en nuestra mente, a través de un mecanismo y procedimiento ingenioso, la mayéutica, el método por el cual la persona interpelada sacaba conclusiones por sí misma. Sócrates solo planteaba interrogantes, y con inteligentes y astutas preguntas, permitía que su interlocutor arribara a conclusiones del pensamiento, un verdadero parto de los procesos mentales. Así nacían las ideas desde lo profundo de la mente de cada ateniense que quisiera seguirlo. No eran ideas impuestas, sino conclusiones propias que lubricaban, de algún modo, la mecánica del razonamiento. Algo más quiero mencionar aquí, en referencia a Sócrates. Los griegos de entonces solían acudir a un lugar sagrado, el oráculo de Delfos, donde consultaban los más diversos temas y problemas que los aquejaban. En el frontispicio del templo, se encontraba inscripta una frase que marcó la filosofía socrática: «Conócete a ti mismo». Se cuenta que Querofonte, amigo de Sócrates, en una oportunidad fue al oráculo a consultar a la pitonisa, la sacerdotisa del dios Apolo, encargada de interceder entre los mortales y el dios. Querofonte quería saber si había alguien más sabio que Sócrates. La sacerdotisa le contestó que no. Al enterarse, Sócrates se sorprendió. En la historia de la filosofía, este episodio aparece asociado a una sentencia que se le atribuye a Sócrates, aunque no se tenga ninguna prueba fehaciente de ello: «Solo sé que no sé nada». Los filósofos presocráticos se habían concentrado especialmente en los temas relacionados con la naturaleza y, en cierto sentido, de esa manera se preguntaban también sobre los temas de orden científico. Sócrates, en cambio, se ocupa particularmente de aquellos temas filosóficos vinculados con la ética, la moral, lo justo y lo bueno. Esos temas eran el resultado del interés e inclinación de su espíritu. Las distintas temáticas que le preocupaban no significaban en absoluto que la herramienta metodológica del pensamiento fuera diferente. Muy por el contrario, el recurso para abordar los diversos temas filosóficos seguía siendo siempre el mismo: la razón. Ese era el común denominador que permitía arribar al conocimiento. La actitud de Sócrates era provocativa. Su misión en las calles de Atenas y en el ágora —la plaza de las ciudades­estado griegas, donde se reunían los ciudadanos a intercambiar opiniones— era provocar el pensamiento, la reflexión. Con algo de imaginación, uno casi logra ver a aquellos atenienses dialogando en el ágora. Al contrario de los sofistas, que enseñaban a hablar a cambio de dinero, Sócrates no cobraba por su tarea, tampoco aceptaba regalos ni dádivas. Se relacionaba con todas las personas, incluso con aquellas de la más baja escala social. La actitud de Sócrates no era bien vista por distintos sectores de la sociedad, especialmente por la oligarquía griega. Entre otros, fue el sentimiento de envidia de sus contemporáneos el motivo principal que lo condujo al juicio que decretaría su muerte, luego de ser falsamente acusado por no rendir culto a los dioses y por corromper a los jóvenes. Sócrates, que se declaró inocente, podría haber evitado la sentencia, pero la aceptó para que quedara claro su respeto a las leyes de Atenas, ciudad que lo vio nacer. Ya en prisión, rechazó la oportunidad de fuga y se despidió de amigos y familia, y bebió de la copa con cicuta que lo alejó físicamente de este mundo, pero su impronta quedó para siempre. Sócrates promovía el razonamiento para resolver cualquier cuestión que nos ocupe o preocupe. Vemos nuevamente, entonces, la prevalencia de la razón como recurso en la cuna del pensamiento filosófico de Occidente.

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