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El vestido, de Jennifer Robson

Londres, 1947. Asediados por el frío invierno, los británicos padecen el racionamiento a pesar de su victoria en la Segunda Guerra Mundial. Pero Buckingham Palace remontará los ánimos de la nación con el anuncio del compromiso de la princesa Isabel.

Para Ann y Miriam, bordadoras en el taller de un famoso modisto, la boda es más que una celebración. Han sido elegidas para un honor único en la vida: crear los bellísimos bordados que adornarán el vestido de novia de la futura reina de Inglaterra. Una oportunidad única para una chica inglesa de clase trabajadora y una emigrada francesa que ha sobrevivido al régimen nazi.

El vestido, de Jennifer Robson (Planeta, 2019), es elegante como The Crown, cautivadora como El tiempo entre costuras.

 

 

Ann

 

Barking, Essex
Inglaterra

31 de enero de 1947
Había oscurecido cuando Ann salió del trabajo a las seis menos cuarto y ya era noche cerrada cuando llegó a
casa. Normalmente no le molestaba tener que caminar desde la estación. No era ni un kilómetro de paseo y le daba la oportunidad de aclarar las ideas después de la jornada. Esa noche, sin embargo, el paseo no fue agradable porque el frío del crudo invierno se le había metido debajo del abrigo, haciéndola tiritar, y las suelas de sus zapatos estaban tan gastadas que era casi como andar descalza.

Pero mañana sería sábado. Si le quedaba tiempo después de hacer cola en la carnicería, se pasaría por el zapatero a ver qué le decía. Los cupones que tenía no le alcanzaban para comprar nada nuevo, y los zapatos que llevaba los había sobresolado ya un par de veces. Quizá podría encontrar un par de segunda mano medio aceptable en el siguiente mercadillo del Instituto de la Mujer.

Dobló por Morley Road, dejándose llevar en la noche por el recuerdo del sinfín de veces que había regresado a casa por ese mismo camino. Todavía habrían de pasar unos días antes de que la luz de la luna pudiera guiar sus pasos. Un par de metros más y llegó al portal.

Después de abrir la cortina que habían colgado para evitar que entrara el frío, encendió el aplique de la pared y se sintió aliviada al ver que la luz llenaba el recibidor. La noche anterior habían tenido un apagón a las ocho y la electricidad no había vuelto hasta esa mañana.

—¿Milly? Soy yo —avisó a su cuñada. El salón estaba frío y oscuro, pero de la cocina salían aromas que abrían el apetito.

—¡Llegas tarde!

—Creo que hoy pasaban menos trenes. Supongo que para ahorrar combustible. Y los que he visto iban como latas de sardinas. He tenido que esperar una eternidad antes de poder meterme en un vagón.

—Dicen que mañana volverá a nevar, ¿lo has oído? Pues figúrate el caos que habrá en los trenes.

—No me lo recuerdes. Por lo menos espera a que me descongele. —Ann colgó el abrigo y el sombrero en el perchero  tambaleante que tenían detrás de la puerta y se quitó los zapatos—. ¿Has visto mis pantuflas?

—Las tengo aquí conmigo, para que se calienten.

Ann apagó la luz y, sin dejar su bolso, cruzó por el salón y entró en la cocina.

Milly estaba a los fogones y miraba con gesto concentrado el contenido de una pequeña cacerola.

—Estoy calentando las patatas con verdura que sobraron de ayer con el último pedacito de jamón curado.Volvió la cabeza para ofrecerle una sonrisa rápida y luego se agachó para abrir la puerta del horno—. Aquí están —dijo dándole a Ann sus pantuflas—. Bien calentitas y nada chamuscadas.

—Eres un encanto. Oh…, qué bien sienta esto.

—Sabía que te gustaría. ¿Qué traes ahí?

Ann estaba junto al fregadero, apartando con cuidado el papel de periódico que envolvía una pequeña maceta de barro.Después de limpiar los restos de tierra que habían quedado adheridos al borde de la misma, la levantó para que Milly pudiera ver la planta.

—Es brezo. De la reina.

—¿La reina te ha regalado una maceta de brezo?

—No sólo a mí. Nos han dado una a cada una. Bueno, a todas las que hemos trabajado en la última remesa de vestidos. Los que van a llevar la reina y las princesas en su visita a Sudáfrica. Había muchísimo trabajo de pedrería y uno de los vestidos, el que la reina se pondrá para la fiesta del vigesimoprimer cumpleaños de la princesa Isabel, era todo de lentejuelas. Debía de haber millones, sin exagerar. Así que ordenó que nos trajeran las plantas desde Escocia para agradecernos el esfuerzo.

—Pues no estuvo muy espléndida —dijo Milly arrugando la nariz.

—¿Has visto una planta de brezo en flor? Son preciosas. Y ésta es blanca. Una de las chicas dijo que trae buena suerte.
Milly regresó a los fogones y volvió a remover la cacerola.

—Creo que esto ya está caliente. ¿Puedes poner la mesa mientras yo sirvo los platos?

—Sí, y también voy a encender la radio. Así escuchamos el boletín de las siete del programa de variedades
de la BBC.

La familia real había partido rumbo a Sudáfrica ese mismo día, y su despedida iba a ser sin duda la primera de las noticias del boletín. Por supuesto, el rey y la reina no iban a meterse en un taxi con un par de maletas. En vez de ello, según los periódicos, la gira real empezaría con un desfile en carruaje desde el palacio de Buckingham hasta la estación de Waterloo, donde una multitud de dignatarios agasajaría con una despedida formal al rey, la reina, las princesas y un sinfín de sirvientes y lacayos antes de que embarcaran en un tren con destino a Portsmouth. Y los vestidos, los trajes y la ropa de gala que Ann había contribuido a confeccionar formarían parte de aquel viaje histórico.

Hacía once años que trabajaba para el señor Hartnell. El corazón ya no se le aceleraba cuando pensaba que la reina lucía su trabajo de confección. Entre sus familiares y amistades hacía mucho tiempo que su empleo había dejado de ser motivo de admiración. Y algunos de sus parientes, como ocurría con Milly, a veces casi rebuznaban cuando Ann llegaba a casa con los ojos
como luceros.

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