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El sueño de la crisálida, de Vanessa Monfort

 

Tras el éxito internacional de Mujeres que compran flores, Vanessa Montfort regresa con su esperadísima nueva novela, El sueño de la crisálida (Plaza & Janés), una conmovedora historia de amistad entre dos mujeres cuyos caminos no estaban destinados a cruzarse, pero cuyo encuentro y rebeldía cambió sus vidas para siempre. Montfort nació en Barcelona en 1975, es novelista y dramaturga, y está considerada una de las voces destacadas de la reciente literatura española que ha traspasado nuestras fronteras. La humanización de los paisajes, el lirismo, la fuerza de los diálogos y el dibujo de los personajes y sus conflictos -espejo de la actualidad con un pie en lo extraordinario-, convierten sus obras en una montaña rusa emocional protagonizada por personajes inolvidables.

 

 

 

POR VANESSA MONTFORT

 

 

 

La primera crisálida

Lo más increíble de los milagros es que suceden.

CHESTERTON

 

¿Cuántas horas pueden estar dos personas sentadas, una al lado de la otra, sin comunicarse? Yo he comprobado que entre ocho y trece.

¿Y dónde? En un avión y en un trabajo. Seguramente son más, pero ese, al menos, es mi récord.

En un pasado muy reciente, cuando nuestra atención aún no había sido secuestrada por el fulgor hipnótico de móviles y tablets, recuerdo haber disfrutado de conversaciones insólitas con mis compañeros de viaje: en trenes, en autobuses, vuelos transatlánticos, incluso en el metro. Viajeros anónimos que conocía durante un corto fragmento de su existencia y de los que me daba tristeza despedirme ya que, casi antes de sentarse, me confesaban su vida. Ese era mi superpoder. Uno muy útil cuando eres periodista: adulterios, ruinas económicas, enamoramientos, dramas cotidianos, incestos, dudas existenciales, fugas de agua… conocería de ellos sólo lo que estuvieran dispuestos a confesarme y que terminaba siendo más íntimo de lo que hubieran previsto, supongo, relajados ante el anonimato y la seguridad de no volver a vernos.

Sin embargo, cuando conocí a Greta en ese Boeing 747 Nueva York-Madrid, hacía años que me había vuelto invisible para mis compañeros de viaje y ellos para mí. Era como si el mundo entero me hubiera retirado su confianza. Por eso nunca imaginé que esas siete horas de conversación se prolongarían a todo un año de confesiones y mucho menos que estas serían mutuas. Notas que termino hoy de revisar y que comencé a escribir también sin prever, ni por lo más remoto, su destino final.

De alguna manera, cruzar el océano Atlántico aquella primavera de 2017 rompió mi maleficio. El que ahora sé que arrastraba desde que dejé el periodismo. Me estremece pensar en lo distintas que serían nuestras vidas de no haber comenzado aquella conversación.

Por qué su historia me enganchó como un anzuelo desde su primera palabra, por qué empecé a escribirla y he luchado tanto por publicarla son preguntas que sólo he podido contestarme al finalizar este libro.

Sin embargo, sí tuve, desde el primer instante, una certeza: la historia de Greta nunca se había contado antes. No por lo que haya en ella de polémica, sino porque habla de esa mágica capacidad nuestra para reconstruirnos.

¿La capacidad de quién? De nosotros. Del ser humano. De nuestra necesidad de transformación. De algo que ahora mismo y por culpa de Leandro Mateos, experto en insectos voladores y en mi persona a partes iguales, me obsesiona: la crisálida. Nuestro único y gran cambio vital. Algo en lo que siempre creí, pero a lo que hasta ahora no he sabido dar nombre: la sospecha de que todos los seres humanos tenemos al menos una oportunidad de realizar un cambio de ciento ochenta grados para adquirir nuestra forma más auténtica; la ocasión de poner a prueba nuestra gran capacidad de transformación, propia y de nuestro entorno. Y la tenemos, aunque a veces nos creamos incapaces de ejercitarla o de creer en ella.

Pero la primera crisálida también tuvo que soñar sus alas.

En el fondo, creo que siempre he confiado en ese poder nuestro para obrar el milagro de un cambio. Uno importante: duelos, posguerras, rupturas, heridas, tsunamis, crisis, desilusiones, pandemias, catástrofes, esos procesos capaces de llevarnos al punto de deshacernos por completo como pobres orugas destinadas a arrastrarnos por la tierra pueden inducirnos, al mismo tiempo, a un fuerte renacer con una nueva capacidad: la de volar. Curiosamente, cuando conocí a Greta, había dejado de confiar en todo esto.

Empiezo a escribir el prólogo a esta historia también, no me importa decirlo, protegida por la ficción. Y es que tras mis años de carrera periodística he comprobado aquello que una vez me dijo Ernesto, mi primer mentor en el periódico, cuando me acogió bajo su ala y aún me daba apuro levantar la mano en las ruedas de prensa: que algunas veces la ficción nos permite aproximarnos más a la realidad o sentirnos más libres para contarla. Por eso, aprovecho estas líneas previas para advertir que los nombres y los lugares de este relato han sido modificados con el fin de preservar la privacidad de sus protagonistas.

Así lo han querido y así lo respeto.

Confieso que hoy, 18 de mayo de 2018, mientras escribo las líneas que cerrarán esta historia para por fin abrirla al mundo, ha dejado de preocuparme si va a compensarme el alboroto de esa polémica que no busco, las torpes y engorrosas amenazas sufridas, los ladridos de desconocidos que no profundizarán en mis razones, las susceptibilidades de algunos amigos, el barullo deslenguado de las redes… sólo por querer contar la que considero una gran historia. Una necesaria.

¿Por qué ha dejado de preocuparme todo esto? Porque ya la he contado. Su historia pero también la mía.

El sueño de una crisálida es un sueño lleno de cosas.

No es un sueño inactivo. Es un tiempo muerto en el que se opera un proceso solitario y milagroso, en el que es necesario detenerse… y el silencio.

Dos cosas que yo nunca me habría permitido antes.

Hoy, tras este inmenso viaje de un año, creo saber lo que piensa una crisálida durante su lento y traumático proceso:

Voy a rebelarme contra este cansancio. Voy a hacer real lo que ahora sueño. Voy a transformarme en lo que quiero ser. Voy a volar a donde me apetezca. Y nunca jamás volveré a arrastrarme.

Como escribió Chesterton: «Lo más increíble de los milagros es que suceden», y yo he sido testigo de uno y quiero contarlo.

Un milagro humano. Uno de nuestro tamaño.

Tan inmenso y cotidiano como lo es el milagro del amor o de la vida.

Una vez escuché que lo único que nos aparta de la felicidad es el miedo al cambio. Greta —como decidimos juntas que la llamaría para proteger su anonimato— también lo tuvo, pero lo está venciendo. Si ha roto o no la transparente crisálida en la que durante este año se ha ido transformando, lo descubriremos más adelante. Pero soy feliz de haber tenido la suerte de que me relatara, desde el interior de su infranqueable cápsula de seda, lo que un ser humano siente al deshacerse y volver a nacer, convertida en otra cosa.

En algo mejor y más libre.

Acompañarla en ese proceso me ha aportado una luz poderosa: saber que es posible.

PATRICIA MONTMANY

Madrid, 18 de mayo de 2018

En la naturaleza existe un proceso tan mágico como cotidiano que lleva a una oruga a transformarse en mariposa. Para ello, ese pequeño y rechoncho animal sorteará todo tipo de peligros con un solo objetivo: el de sobrevivir hasta el momento de su gran y definitivo cambio vital. Entonces, escogerá un lugar para construirse un resistente refugio de seda y dará comienzo un proceso extraordinario, pero también el más traumático que existe en la naturaleza: primero, tendrá que descomponerse por completo hasta licuarse en un caldo de proteínas, de su antiguo exoesqueleto sólo quedarán intactos su corazón y su cerebro; a partir de ellos, reconstruirá con esfuerzo una nueva estructura más resistente, unas largas extremidades que antes no poseía, unos nuevos ojos compuestos que le permitirán ver lo que antes no era capaz y unas alas poderosas y elásticas que le darán un nuevo poder: el de volar.

En esta primera fase, la oruga podría poseer ya los colores de la mariposa en la que, de completar su proceso con éxito, se convertirá más tarde, pero nada hace sospechar aún su forma final. De momento sólo será capaz de arrastrarse lentamente, haciéndola más vulnerable ante los depredadores. Por eso se ve obligada a crecer lo más rápido posible. En muy poco tiempo puede adquirir una longitud veinte veces mayor. Para protegerse, unas veces adquirirá un aspecto amenazador. Otras, intentará hacerse invisible, confundiéndose con el entorno para pasar desapercibida hasta encontrar un lugar seguro para realizar su metamorfosis.

LEANDRO MATEOS

El milagro biológico de las mariposas (2017, p. 23)

En una cápsula de aluminio

1

Madrid, primavera de 2017

Hoy, en algún día de primavera cuya fecha me es imposible calcular, mi alarma interna ha vuelto a despertarme antes de que lo hiciera la del móvil. Me sucede desde hace años. Soy como un bombero de guardia que todas las mañanas amanece con la mente preparada para sofocar un incendio. Me he sacado la férula de la boca que, por cierto, tengo triturada —nota a mí misma: llamar al maxilofacial—, y he vuelto a consultar el móvil antes de salir de la cama, algo que cuando aterricé en el aeropuerto de Barajas ayer me prometí no volver a hacer: de nuevo las llamadas perdidas, los asuntos de los emails que desfilaban por la pantalla como los créditos de una mala película desde las siete de la mañana. Me he llevado la mano al pecho y he tomado aire, todo el que me han permitido mis pulmones que han vuelto a encogerse hasta alcanzar el tamaño de dos ciruelas.

Empiezo a escribir estas notas aún convaleciente de mi colapso neoyorquino, con este sol primaveral quemándome la cara y los balcones del salón abiertos hacia esta plaza de Oriente que está absurdamente orientada a Occidente: todo en mi vida me parece hoy una gran contradicción. Desde hace un buen rato observo el salón con la necesidad de comprobar si todo sigue igual que antes de irme: las barras de las cortinas apoyadas en el rincón, dos de las lámparas aún en sus cajas, las paredes casi desnudas de no ser por ese póster de Alicia en el país de las maravillas que pegué con adhesivos cuando me mudé hace… ¿cuatro años ya?

Aún tengo todo este viaje a Nueva York en la nebulosa de un sueño, como si no hubiera sucedido del todo. Puede que sea producto de la fuerte medicación. Qué alivio que Santiago haya podido hacerme un hueco en su agenda esta tarde. Si no, no tendríamos terapia hasta el lunes, y necesito contarle punto por punto cómo empezó el ataque de ansiedad: que he sentido que me moría, real, físicamente, y que no quiero volver a estar así. Necesito contarle que ha sido el clímax de estos tres años de terapia claramente estéril para controlar mi estrés. De momento me sirve de placebo la frase que me ha dicho por teléfono: «Una crisis, Patricia, es una oportunidad de cambio». Lo más sorprendente es que sí, es verdad que un cambio, al menos, se ha producido ya: por primera vez en mucho tiempo siento la antigua pulsión de asimilar algo a través de una página en blanco. Supongo que necesito escribirlo por miedo a que se me disipen las últimas cuarenta y ocho horas de mi vida como una de esas estelas que dejan los aviones en el cielo y que parecen de tiza…

¿El qué?

Mi hospitalización en Long Island y, sobre todo, la curiosa promesa que le he hecho a esa desconocida en ese avión. Más bien, la promesa que me he hecho a mí misma. Ponerme a escribir quiere decir que he recogido el guante, supongo. Así de simple y así de absurdo.

Aeropuertos. Esos hormigueros por los que correteamos en ordenadas filas transportando las mercancías que creemos necesitar, tan atareados en nuestro feliz y fatigoso trayecto que no somos conscientes de que vamos a formar parte del mayor milagro: volar.

Tras seis días hospitalizada, llegué al JFK de Nueva York en cuya facturación me había desmayado una semana antes con el único propósito de atravesar el control rumbo a casa, pero con una novedad: la pequeña concha naranja que recogí en la playa de Long Island la tarde en que me dieron el alta y que viajaba como un polizón en el bolsillo de mi gabardina burlando todos los controles de seguridad.

Cuando dejé mis cosas metódicamente sobre la cinta del escáner —portátil, tablet, iPhone, líquidos, zapatos, documentación y concha—, recuerdo que deseé con una intensidad desconcertante que esta última no fuera detectada. También traté de disimular un bostezo grosero delante del oficial —culpa de la medicación— y luego caminé arrastrando los pies como un nazareno hasta la puerta de embarque.

Confieso que mientras esperaba para entrar en el avión estuve a punto de buscar la wifi del aeropuerto, pero mamá me hizo jurarle desde el hospital —y yo nunca juro en falso— no contestar a un solo correo de trabajo hasta aterrizar en Madrid.

Por primera vez le hice caso.

El colapso nos había asustado de verdad.

También sé que nadie comprende hasta qué punto no puedo permitirme desconectar unos días, ni siquiera horas, por mucho que el cuerpo me lo pida.

Santiago tampoco lo entiende. Por eso no me está haciendo efecto la terapia. Se limita a repetirme que tengo que bajar el ritmo como si eso fuera posible, alzando sus ojos azules de muñeco por encima de las gafas minúsculas y luego encaja su metro noventa en la butaca antes de extenderme una receta. Nadie conoce mi nivel de responsabilidad y de presión. Lo desestabilizante que puede llegar a ser un mensaje de Rosauro desde la agencia. Su forma pasivo-agresiva de darte un plazo: «Esto es para ayer» o «Ponte las pilas y pónselas a tu puto equipo». Me da grima imaginar cómo se peina con los dedos el pelo ondulado, cruzando una pierna y toqueteándose el calcetín con su dedo de manicura perfecta, mientras redacta uno de esos mensajes lacerantes que siempre escribe en mayúsculas y acentúa a destiempo.

Nunca creí que respondería ante un jefe así, esa es parte de mi frustración, supongo.

El caso es que un día de desconexión me supone encontrar en mi bandeja de entrada una tonelada de emails y de problemas a menudo irresolubles. Mi vida laboral se resume en un plazo que siempre roza el límite de lo imposible. Por qué me autoexilié del periodismo al mundo de la publicidad —misma velocidad, mismo sacerdocio, menos pasión y cero vocación— es algo que nadie entiende. Ni yo misma últimamente.

Pero antes de regresar mañana a la agencia y a sus desquiciadas carreras, y de la sesión de esta tarde con Santiago, quiero intentar explicarme qué me ha llevado a volver a escribir después de tanto tiempo. Hago un flashback de veinticuatro horas: vuelvo a entrar en el avión, vuelvo a alegrarme de que la fila lateral derecha tenga sólo dos asientos, a ilusionarme con la posibilidad de convivir siete horas con un viajero menos. Sólo quiero ocupar el asiento de la ventanilla, abrir mi portátil, ver una película, cenar, quedarme dormida.

De ese viaje de vuelta hay una cosa que sí recuerdo a la perfección.

El cansancio.

Uno vital. Uno que ya intuía que no iba a curarse con horas de sueño. Que venía de la mente y del cuerpo al mismo tiempo.

Lentamente y como si el aire pesara toneladas, saqué mi antifaz, los tapones de los oídos, una bolsa con cuatro botes de pastillas a los que habían pegado una etiqueta con mi nombre como en las películas, unos calcetines gordos con suela, dos bolis, un espray de agua termal, mis cascos y el portátil, y lo metí todo como pude en el bolsillo delantero. Ahora no me cabían las piernas. Las ladeé un poco invadiendo el asiento vecino hasta que una bolsa de deporte cayó sobre él.

Levanté la vista. Mi gozo en un pozo.

Pensé que al menos mi acompañante era pequeño de estatura por lo que no invadiría mi preciado territorio; había temido que fuera la madre de un bebé congestionado que amenazaba con un estallido nuclear de llantos en plena noche. Mi futuro compañero de viaje —pelo corto, negro y rizado, camisa azul sin gracia, chaleco gris de abuelo, vaqueros anticuados…— estaba aún de espaldas y la azafata se ofreció a subirle la bolsa al compartimento portaequipajes.

Se sentó como si temiera romper algo con un «buenas tardes» inesperadamente esférico y femenino. Le busqué los ojos.

Era una mujer: rasgos indígenas, rostro juvenil, edad en la mirada. Sus párpados rasgados se movían despacio como los de un pájaro que está a punto de dormirse. La boca grande de labios gruesos sostenía una sonrisa desarmada, fabricada con esfuerzo, que dejaba a la vista una fila de dientes perfectos. Una mirada de desconfianza india se asomó tras unas ojeras como las mías y sincronizamos un mismo suspiro antes de abrocharnos los cinturones. El agotamiento era lo que más podía solidarizarme con cualquiera en ese momento. Las azafatas desfilaron comprobando los asientos y el capitán nos dirigió las palabras de rigor, a las que añadió que sufriríamos cierto retraso al despegar, lo que provocó un caudaloso murmullo que recorrió el avión desde business hasta turista.

Nos esperaban siete horas por delante encadenadas la una al lado de la otra. Siete horas en las que probablemente no podría moverme porque mi compañera, a juzgar por su aspecto, iba a desmayarse en cualquier momento. Y sería mejor así.

Yo que siempre había presumido de que la gente me contaba su vida sin conocerme… lo cierto es que llegó a resultarme insufrible. Me sentía invadida. Hasta que un día dejó de ocurrirme. Sin más. Y luego lo eché de menos. Pero no en este viaje; en este vuelo sólo quería recuperar fuerzas. Iba a necesitarlas. Aún las necesito.

El avión despegó de Nueva York sobre un pomposo atardecer. No pude evitar abrir el portátil y estaba redactando una de mis interminables listas de tareas pendientes que me instalaron de nuevo esa pesa en el centro del pecho cuando, al volverme hacia ella, lo vi en sus ojos. El reflejo de las nubes naranjas en el espejo negro de sus pupilas. Y me hizo recordar ese otro atardecer en la playa, dos días atrás, cuando salí del hospital. Busqué la concha en el bolsillo de mi pantalón mientras miraba por la ventanilla. Ambas nos quedamos absortas contemplando esos colores irracionales hasta que la escuché arrastrar la voz:

—Hace catorce años que no veo un atardecer.

Una lágrima imprudente cruzó su rostro.

—¿Dónde has estado? ¿En la cárcel? —respondí bromeando, sin venir a cuento.

A lo que ella respondió muy seria:

—Más o menos.

Quise tragarme mis palabras. No supe reaccionar. El caso es que se recogió dentro de sí misma como un caracol al que hubieran echado tierra y yo me refugié en la pantalla de mi portátil.

Un rato después llegó la cena.

La azafata nos ofreció el clásico «¿Pollo o pasta?», a lo que respondimos al unísono cada una con una opción, como un salmo. Me fijé que sacaba del bolsillo delantero una bolsa ziploc con blísteres y botes; toda una colección de pastillas. Las reconocí. Y creo que ella reconoció las mías, aunque traté de disimularlas sin éxito bajo la servilleta. Las pequeñas verdiblancas sólo podían ser diazepam. Distinguí también los antidepresivos, somníferos… Nos lanzamos una mirada furtiva y ambas tragamos con prisa nuestros tratamientos de choque.

2

Tiempo restante para alcanzar el destino: seis horas.

El capitán prendió el aviso para que nos abrocháramos los cinturones porque llegábamos a una zona de turbulencias. Cuando se cumplió el vaticinio, un pasajero sudoroso, demasiado trajeado para un viaje tan largo, tuvo la ocurrencia de levantarse dando tumbos hacia el baño, lo que provocó la ira de una de las encantadoras azafatas, quien, transformándose en un orco infernal, le ordenó sentarse de nuevo.

Me había impresionado comprobar que a mi compañera se le escapaban las lágrimas mientras dormía, como si se hubiera dejado el grifo del dolor abierto. Me fijé también en que sujetaba unas cartas manuscritas como si fueran su chaleco salvavidas. La entendí. También yo necesitaba estar en contacto con mi pequeño souvenir marino. Tenía la absurda esperanza de que me ayudaría a recordar lo que me había pasado cuando pisase Madrid de nuevo. Y aquí la tengo ahora, junto a mí, mientras escribo estas líneas y recupero las fuerzas para el día que me espera mañana.

He llegado a la conclusión de que conservo algunos vicios de mi época como periodista. El principal: no puedo evitar escanear a las personas que me llaman la atención de una forma que a veces roza la descortesía. Tampoco puedo evitar especular sobre ellas. Sobre todo cuando recibo información tan contradictoria: ¿cómo era posible que mi compañera de asiento no hubiera visto un atardecer en catorce años si parecía tener treinta como mucho?, ¿por qué lloraba?, ¿qué contenían esas cartas manuscritas que agarraba como si le dieran la vida?, ¿por qué parecía vestida con ropa de cuatro personas diferentes?, ¿por qué su estilo, algo masculino, contrastaba con la femineidad de sus maneras? Y sobre todo… ¿por qué me había hablado?

La miré de nuevo. Su rostro estaba abrasado por las lágrimas. Cerré el ordenador. Tenía el ceño fruncido y se había echado la manta como un velo, por la cabeza. Había algo maternal en su forma de llorar. ¿De verdad había estado en la cárcel? Sus maneras eran educadas, su piel saludable no mostraba signos de drogadicción, las manos cuidadas de alguien acostumbrado a trabajar con la mente, su desenvoltura en el avión, como acostumbrada a viajar a menudo…

Se revolvió un poco en el asiento y las cartas se fueron al suelo. Abrió con esfuerzo los ojos y yo disimulé buscando el mando de la pantalla.

Se desperezó, recogió los papeles como pudo y, al incorporarse, se tocó el pelo buscando la manta, azorada, como si la hubiera avergonzado que la viera dormir o llorar o las dos cosas. Ambas buscamos una película en nuestras pantallas.

Tiempo restante para alcanzar el destino: cinco horas y quince minutos. En mi pantalla, los créditos finales de La vida de Pi, curiosamente la misma película que estaba viendo ella. A toro pasado pienso que no fue casualidad. Ella también llevaba un buen rato observándome con cierto impudor. Nos habíamos analizado mutuamente con curiosidad científica evitando que nuestras miradas se cruzaran. Hasta que, finalmente, cuando el bebé de la última fila por fin estalló en berridos, ocurrió:

—Siento haberte hablado antes —dijo—. Y siento volver a molestarte ahora.

—No hay problema. —Sonreí, cortés—. Con este recital de llantos ya sí que no hay forma de concentrarse.

Ella se llevó la mano a la cabeza con un gesto de desnudez.

Alargó la mano buscando a tientas el botón del aire acondicionado y añadió:

—Te dejo con lo que estuvieras haciendo; además, me prometí no volver a hablarle a nadie en un avión.

Ese es un gran propósito, pensé yo, pero sin embargo pregunté:

—¿Y eso?

Inspiró como si la voz se la hubiera dejado también en tierra, pero no contestó.

La ayudé a quitar el aire acondicionado. Era cierto: nos tenían conservados como trozos de carne en una cámara frigorífica. Y no, desde luego que no tienes por qué obligar a una persona a escucharte cuando está atada a tu lado durante siete horas.

—Puedes estar camino de una operación a vida o muerte —especulé— o abandonando tu país para siempre o yendo a un entierro…

Mi memoria voló involuntariamente hasta aquel viaje terrible, seis años atrás, para recoger los restos de mi padre.

—O puedes haberlo perdido todo e ir muerta —concluyó ella, cubriéndose de nuevo el pelo y el cuello con la manta.

—Sí… —asentí, pensativa—, a veces necesitas que respeten tu silencio.

—Perdona, te estoy interrumpiendo otra vez —se disculpó, y buscó algo con nerviosismo en el bolsillo delantero.

Por fin encontró sus auriculares. Reclinó más su asiento y apretó los párpados. Me pareció que la tristeza había dejado paso a algo que le hervía por dentro.

La almohada del pasajero de delante cayó en mis rodillas. La recogí. Un ojo irritado y agradecido se asomó entre los asientos.

No sé por qué me dio miedo que mi compañera volviera a recogerse en su guarida, así que tiré de ella hacia fuera:

—¿Te ha gustado la película?

Se quitó los cascos.

—¿Perdón?

—Si te ha gustado. Está basada en una novela que leí hace tiempo y…

—Sí, la leí —carraspeó—, el final es un poco distinto pero es bonito.

Me gustó que hubiera leído aquel libro.

—Me encanta la historia del chico con el tigre en la balsa —dije—. Cómo debe enfrentarse a él. Convivir con él. Es muy mágica.

—¿Tú crees? —Se quedó pensativa—. Qué curioso. Yo la veo muy realista.

El avión bajó un escalón de aire. El estómago se me pegó a las costillas. Ella se agarró a los reposabrazos.

—¿Te parece realista viajar con un tigre en una lancha cruzando el océano? —pregunté.

—Bueno —susurró relajando su cuerpo de nuevo—. Es que yo entendí que el tigre era él mismo. Viaja con su miedo.

—Vaya —me sorprendí, y apreté el botón de la azafata—, ¿y cómo llegaste a esa conclusión?

—Los indios creen que cada uno tiene un animal en que te conviertes para sobrevivir. —Dejó la mirada perdida en las líneas de sus manos.

—Pues es bonito…

Me sobresaltó la azafata, que se materializó ante nosotras como un fantasma. Le pedí un vaso de agua que me ofreció al instante como si me hubiera leído el pensamiento. Mi compañera le pidió otra manta.

—¿Y cuál sería el tuyo? —quise saber.

—¿Mi animal? —dijo ella, y asentí—. Creo que un pájaro. Aún no sé cuál. No he tenido mucho contacto con ellos.

—¿Con los pájaros?

—No. —Me miró con una chispa de diversión—. Con los indígenas.

Me recosté en el asiento.

—¿Y qué animal crees que sería yo?

Fijó su mirada en mí. Parecía esforzarse por darme una respuesta acertada.

—Tendría que conocerte más —dijo al fin—. Y tú tendrías que soñarlo.

Había demasiadas cosas que me preguntaba sobre mí misma, y en qué animal salvaje me convertiría para sobrevivir, desde luego, no encabezaba la lista. Me tapé la boca antes de obsequiarla con uno de mis irremediables bostezos.

—Es por la medicación —me disculpé—. No sé cómo seguimos despiertas después de todo lo que nos hemos tragado.

Ella asintió con un gesto de agotamiento y seguimos con la mirada a una anciana que pasó apoyándose con esfuerzo en los reposacabezas.

—No siempre me hacen efecto. —Se restregó los ojos—. Sólo me tranquilizan un rato.

—Ya, a mí también. —Y entonces me aventuré—. ¿Llevas mucho tiempo tomándolas?

Mi pregunta la inquietó y no quería eso, así que le lancé una confesión como muestra de paz:

—A mí sólo me han medicado dos veces. —Aproveché para buscar distraídamente algo en la pantalla—. Ahora, por exceso de trabajo, y hace años, cuando murió mi padre y me separé.

—Yo también estoy guardando un luto. —Me miró directa a los ojos por primera vez—. Me he divorciado de Dios.

Aquella afirmación abrió un silencio inmenso y un camino. No nos dijimos nada más hasta que unas turbulencias nos hicieron buscar precipitadamente los cinturones.

 

 

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