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El Club del Crimen de los Jueves, de Richard Osman

No subestimes el talento de un grupo de abuelos. El Club del Crimen de los Jueves de Richard Osman (Espasa) es el fenómeno del año indiscutible en el mundo. «Un fenómeno que no se veía desde que J.K. Rowling debutara con Harry Potter», según El País. En un pacífico complejo privado para jubilados, cuatro improbables amigos se reúnen una vez a la semana para revisar antiguos casos de asesinatos locales que quedaron sin resolver. Ellos son Ron, un exactivista socialista lleno de tatuajes y revolución; la dulce Joyce, una viuda que no es tan ingenua como aparenta; Ibrahim, un antiguo psiquiatra con una increíble capacidad de análisis, y la tremenda y enigmática Elizabeth, que, a sus 81 años, lidera el grupo de investigadores aficionados… o no tanto. Cuando aparece el cadáver de un promotor inmobiliario de la zona con una misteriosa fotografía junto al cuerpo, El Club del Crimen de los Jueves se encuentra en medio de su primer caso real. Aunque sean octogenarios, los cuatro amigos guardan algunos trucos en la manga.

 

 

 

POR RICHARD OSMAN

 

 

 

Joyce
Empecemos por Elizabeth, ¿de acuerdo? A ver adónde nos lleva.
Yo sabía quién era, por supuesto; aquí todo el mundo la conoce. Vive en uno de los apartamentos de Larkin Court, el de la esquina, me parece, el que tiene terraza. También había coincidido una vez en un equipo de Trivial con Stephen, que, por una serie de razones, es su tercer marido.
Fue a la hora de la comida, hace dos o tres meses. Debió de ser un lunes, porque había pastel de carne y patatas. Elizabeth me dijo que ya veía que estaba comiendo, pero que, si no tenía inconveniente, quería hacerme una pregunta sobre heridas de arma blanca.
Le dije «No, no tengo ningún inconveniente, faltaría más», o algo similar. No siempre lo recuerdo todo con exactitud, más vale que os lo diga ahora. Entonces abrió una carpeta de cartón y dejó al descubierto unas cuantas páginas mecanografiadas y los bordes de unas fotografías que me parecieron antiguas. Fue directamente al grano.
Me pidió que imaginara a una chica que había sido apuñalada. Le pregunté con qué tipo de arma la habían herido y respondió que probablemente con un cuchillo de cocina. De la marca John Lewis. No lo dijo, pero fue lo que imaginé. Entonces me pidió que supusiera que la chica había sido apuñalada tres o cuatro veces, justo debajo del esternón. Pim, pam, pim, pam.
Todo muy feo, pero sin seccionar ninguna arteria. Hablaba en voz baja y sin grandes aspavientos, porque la gente estaba comiendo y ella sabe comportarse.
De repente, mientras yo imaginaba las heridas, me preguntó cuánto tardaría la chica en morir desangrada.
Por cierto, se me ha olvidado mencionar que fui enfermera durante muchos años. Sin esa información, me doy cuenta de que nada de esto tendría mucho sentido para vosotros. Elizabeth debió de enterarse de alguna manera, porque ella siempre lo sabe todo. Por eso me estaba haciendo esas preguntas. Supongo que, si no os lo hubiera dicho, no entenderíais muy bien a qué venían. Pero os prometo que pronto le pillaré el truco a esto de escribir sobre estas cosas.
Recuerdo que me llevé la mano a la barbilla y me di un par de golpecitos en los labios con los dedos antes de responder, como hacen a veces en televisión los entrevistados. Es un gesto de persona lista. Probadlo y veréis. Entonces le pregunté cuánto pesaba la chica.
Elizabeth encontró el dato en la carpeta, lo señaló con el dedo y lo leyó en voz alta: cuarenta y seis kilos. Las dos nos quedamos igual que antes, porque no sabemos nada de kilos ni de centímetros. A nosotras, que somos británicas, nos tienen que hablar en libras y en pulgadas. Por un momento pensé que serían veintitrés libras, porque me sonaba algo de que una cosa era el doble de la otra, pero enseguida caí en la cuenta de que no podía ser. Sólo una niña pesaría veintitrés libras.
Elizabeth confirmó mi impresión, porque tenía una fotografía del cadáver en la carpeta y vimos que no era el de una niña.
Mientras yo miraba la carpeta, ella se volvió para dirigirse al resto de la sala:
—¿Puede preguntarle alguien a Bernard cuánto son cuarenta y seis kilos?
Bernard siempre se sienta solo, a una de las mesas más pequeñas, junto al patio. La mesa ocho. No hace falta que sepáis nada de Bernard, pero me apetece hablaros un poco de él.
Bernard Cottle fue muy amable conmigo cuando llegué a Coopers Chase. Me regaló un esqueje de clemátide y me explicó el calendario de la recogida de residuos. Aquí tienen cuatro contenedores de colores diferentes. ¡Cuatro! Gracias a Bernard,
sé que el verde es para el vidrio y el azul para el papel y el cartón. En cuanto al negro y el rojo, sigo sin saber muy bien para
qué sirven. He visto de todo. Una vez vi a una persona metiendo un aparato de fax en uno de esos contenedores.
Se ve que Bernard ha sido profesor de una asignatura de ciencias y ha trabajado en diferentes lugares del mundo, incluso
en Dubái, antes de que nadie supiera que existía. Como era de esperar, se había puesto traje y corbata para comer, aunque
estaba leyendo el Daily Express. En la mesa contigua estaba Mary, la de Ruskin Court, que le llamó la atención y le preguntó
cuánto eran cuarenta y seis kilos en una unidad que pudiéramos entender todos.
Bernard hizo un gesto afirmativo y se volvió hacia Elizabeth.
—Algo más de cien libras.
Para que veáis cómo es Bernard.
Elizabeth se lo agradeció, confirmando que le parecía verosímil, y Bernard volvió a su crucigrama. Más adelante consulté lo del doble y comprobé que no iba muy desencaminada, sólo que la libra es más o menos el doble del kilo y no al revés.
Entonces Elizabeth volvió a formular su pregunta. ¿Cuánto tiempo tardaría en morir la chica apuñalada con el cuchillo de
cocina? Dije lo que pensaba: unos tres cuartos de hora, más o menos, si no recibía atención médica.
—Ya veo, Joyce —dijo, y enseguida me hizo otra pregunta.
¿Y si la chica recibiera algún tipo de asistencia? No de un médico, sino de alguien capaz de salir del paso, quizá una persona que hubiera sido militar o algo así.
En mis tiempos vi unas cuantas heridas de arma blanca. Vendar tobillos con esguinces no era lo único que hacía en mi trabajo. Así que le dije que en ese caso no moriría. Porque así es.
La pobre lo pasaría mal, pero no sería difícil hacer un apaño para salvarla.
Elizabeth asintió y dijo que eso precisamente le había dicho a Ibrahim, aunque yo en ese momento todavía no sabía quién
era Ibrahim. Ya he mencionado más arriba que fue hace un par de meses.
Había algo que no encajaba, y Elizabeth estaba convencida de que el asesino había sido el novio. Ya sé que es lo más habitual. Lo vemos a diario en la prensa.
Creo que, antes de mudarme a la comunidad de jubilados de Coopers Chase, la conversación me habría parecido extraña,
pero es el pan de cada día cuando te familiarizas con la gente de aquí. La semana pasada conocí al hombre que inventó
el helado con virutas de chocolate, o al menos eso dice él. No tengo forma de comprobar que sea verdad.
Me alegré de haber ayudado a Elizabeth en la humilde medida de mi capacidad, de modo que me decidí a pedirle un favor. Le pregunté si había alguna posibilidad de que me enseñara la fotografía del cadáver. Solamente por interés profesional.
Ella sonrió de la misma manera que suele sonreír por aquí la gente cuando les pides que te enseñen fotos de la graduación de sus nietos. Extrajo de la carpeta una fotocopia en formato A4, la depositó boca abajo delante de mí y me dijo que podía quedármela, ya que todos ellos disponían de copias.
Le di las gracias y Elizabeth respondió que no había nada que agradecer, pero añadió que le gustaría hacerme una pregunta más.
—Por supuesto —acepté.
Fue entonces cuando me lo propuso:
—¿Estás libre los jueves?
Ésa, por increíble que parezca, fue la primera vez que oí hablar del Club del Crimen de los Jueves.

 

 

 

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