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El chico del ukelele, de David Rees

El chico del ukelele (Nube de Tinta, 2020) es un tierno y sorprendente libro de cuentos en el que David Rees nos muestra su percepción sobre la vida, la música y el amor.

 

 

POR DAVID REES

 

El día que me conociste

Nunca sé cómo presentarme ante una persona nueva.
Pues vaya manera de empezar esto, ¿no?
A ver, entiéndeme, no es algo que se me dé de pena. Es más, diría que conocer gente nueva es de las cosas que más me gusta hacer del mundo. Y creo que no se me da tan mal, aunque nunca sepa cómo empezar. Digamos que sencillamente me impone, lo cual es un tanto irónico sabiendo que el resultado (acabar conociendo a alguien, conociéndote) siempre me da vida.
Una vez leí en twitter «Me gusta conocer gente nueva porque aún no se han cansado de mí», y es un tanto triste, pero eso no podría ser más yo. Obviamente se llevó mi retweet, pero que me guste no quita que, jo, siempre que llega la hora de la verdad y me toca conocer a alguien nuevo me vienen de golpe todas las dudas posibles y se me olvida qué había que hacer.
Creo que más que un miedo es una condición que experimentamos los que somos ambiciosos hasta para lo que los demás piensen de nosotros. Ser ambicioso en general está guay, serlo para amoldarte a lo que los demás piensan de ti igual no tanto.
Ahora mismo tengo demasiado que contarte que no sabría por dónde empezar. Si por cuando casi caigo de una piedra de hielo a treinta metros de altura, por la primera vez que tomé alcohol o por cuando no sabía si iba a llegar vivo del instituto. O por mi primer amor, mi orientación sexual, todo. ¿Ves? No sé cómo se hace. Así, para empezar, pongamos una situación hipotética para que (con suerte) vivas conmigo un poco de lo que estoy sintiendo yo ahora mismo (contigo).
Digamos que es tu primer día de clase. Imagínatelo. Me da igual si es en la academia de inglés, tu nuevo instituto, el máster de tus sueños o el curso de jardinería al que te apuntaste después de jubilarte. Lo importante es que lo imagines con fuerza.
¿Ya?
Si te fijas, todas esas situaciones tienen caras nuevas, conversaciones incómodas donde predominan los monosílabos y un campo de juego donde ganan los que menos miedo tienen. Podríamos hablar de jugadores, pero yo prefiero llamarles oportunidades. Una oportunidad para ti y para todos los que son como tú. Y ahí están, esperándote todas esas oportunidades. Y tú, ahí, esperando a ver quién gana.
Recapitulemos y volvamos un poco atrás. La noche antes te costará dormir porque eres un mejunje de nervios y emoción a partes iguales, pero no te preocupes, los nervios son
algo tan bonito…

No siempre había pensado así sobre los nervios. Una vez estaba escribiendo una canción con un cantante muy guay. De hecho, yo ya le conocía, porque antes de cantar en solitario, él tocaba en un grupo de pop-rock adolescente muy popular cuando yo tenía esa edad. De hecho el cantante tiene un nombre que me gusta mucho. Se llama David. Estábamos en una sesión de composición conjunta y, tras terminar de escribir la canción (que iba a ser para mí en el futuro), acabamos hablando de los nervios. Yo di
por hecho algo, y le pregunté: «Después de tantos años subiéndote a los escenarios, tú ya de nervios nada claro, ¿no?». David me miró con cara de sorpresa y me dijo: «Los nervios son los encargados de recordarte que aún sientes y te emociona hacer lo que te los provoca. Yo los sigo teniendo y no los cambiaría por nada. Por muchos escenarios a los que te subas, nunca los pierdas». Y desde entonces la canción que compusimos se convirtió en una de mis favoritas y los nervios se volvieron algo especial para mí. Ya no los evito ni me escondo de ellos, he empezado a darles el valor que de verdad se merecen.

«Querido Yo, ven sin miedo a perder el tiempo.»… siempre y cuando no te congelen los pies. Que las piernas me sigan temblando pero que nunca se paralicen. Sigamos con nuestra situación hipotética. El amasijo de nervios y emoción le toma la delantera al sueño y a la emoción que te embargaba cuando colocabas las cosas en la mochila.
Que no se te olvide meter el boli de la suerte. Al día siguiente los nervios toman la ventaja a la emoción después del desayuno, cuando ya no puedes dar bocado tras dos tostadas. Tu estómago, lleno de nervios, y la emoción, resistiendo ese pica-pica de curiosidad por lo que pueda pasar a partir de ahora. Ese «uy, a ver quién se sentará a mi lado». La emoción se te escapa por la sonrisa que estás disimulando para que no te juzguen antes de tiempo. Sonreír antes de tiempo, eso sería como echar a correr antes de haber escuchado el pistoletazo de salida. Y eso es algo que solo hacen los chulos y los despistados y NO QUIERES PARECER ESO. De hecho, de momento no quieres parecer nada, mejor coger ventaja pasando desapercibido. El objetivo es ser un pájaro que sobrevuela la zona para luego decidir en qué árbol va a estar mejor acompañado.

Llegando a la entrada, te das cuenta de que te va a tocar cruzar una autopista de personas, sin semáforos ni pasos de cebra, solo tú, tu mochila y tu primera misión. Tragas saliva, cierras los ojos, y luego recuerdas que no estás en una película americana de adolescentes, así que es mejor abrirlos, porque con lo patoso que eres te chocarás con algo y harás el ridículo. Tonterías aparte, reúnes el valor y tu cerebro al fin manda la señal a tus pies. No solo lo consigues sino que vas más allá de cruzar la carretera: te unes a ella. Ahora estás metido dentro de la corriente de personas, sumergido en esa autopista y a toda velocidad. Aproximadamente a unos 145 km/hora, que traducido a pulsaciones (obviamente no son tus pies los que van rápidos), más o menos diría que son unos 160 latidos por minuto.

 

 

 

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