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El arte de no callar

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La joven actriz Thelma Fardin publicó su El arte de callar – Autobiografía entre el silencio y la impunidad (Planeta) donde perfectamente resume en su título su devenir. Esa reserva, acaso discreción, y la liberación, por qué no, la exención, con la que se ha manejado a partir de una denuncia de violación hacia un compañero de trabajo, es la relatada en este libro. Una historia que interpela no solo circunstancias personales espantosas sino a una sociedad y a un Estado desde ausentes hasta culpables. Una historia delicada, fuerte, bien relatada, que brinda las herramientas para la voz. El filósofo Darío Sztajnszrajber abre con un prólogo esclarecedor.

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La demasía necesaria para escapar del laberinto

POR DARÍO SZTAJNSZRAJBER

Conocí a Thelma cuando apenas tenía 18 años. Trabajar juntos en Mentira la verdad fue encontrarme con una persona que, más allá de su profesionalidad, mostraba una profunda vocación viva y un compromiso inédito con lo que se proponía. Porque después de haber hecho algunas tiras de televisión
gestadas más desde la lógica de la televisión comercial, se encontraba en un programa que tenía una pretensión cultural, un proyecto que buscaba renovar la televisión educativa y que tuvo lugar en Canal Encuentro. Todo el tiempo Thelma se relacionaba fuertemente con los personajes que tenía que hacer,
con las temáticas, con los guiones, y lo encaraba de un modo comprometido, en demasía. Esta demasía era un aspecto que la hacía sobresalir. Siempre ponía más, buscaba más, se entregaba más de lo que se le exigía, y yo creo que eso hacía no solo que salieran increíbles todas las escenas donde ella participaba, sino que se generara también la circulación de un compromiso diferente que excedía el trabajo. Su entrega potenciaba la propuesta de la serie —que era hacer filosofía en la tele—, porque ese deseo suyo por el saber era tan grande que terminaba traspasando la pantalla. Eso que se transmitió a tantos miles de personas constituidas como audiencia empieza en la medida en que sus intérpretes de algún modo lo perciban como parte del espectáculo. Esa demasía, sin embargo, hizo que, más allá del protagonismo que ella tuvo, tuviera al mismo tiempo la oportunidad de correrse de lo que ese gran sentido común,
ese Gran Hermano, esperaba y exigía de ella. Esa demasía le generó caminos alternativos al del sentido común, la llevó a participar en nuestro programa de filosofía y en otro tipo de prácticas expresivas y de búsqueda personal, la llevó para un lugar mucho más introspectivo y mucho más crítico con el sistema
del que ella provenía. Las situaciones que ella narra a lo largo de este libro, y sobre todo en las etapas más recientes, fueron constituyendo una identidad en profunda revisión de sí misma, en profunda deconstrucción de esos lugares fijos. Sin embargo, esos mismos acontecimientos, en algún momento —después de años de no saber cómo elaborar una situación originaria que podría haberse convertido en un trauma eterno—, le dieron la clarividencia necesaria para entender que, en estos tiempos que corren, era más que necesario salir de ese anonimato interior; era imperativo entender que, desde la denuncia, su voz no solo se iba a transformar en los medios de sanación propios, sino también en una forma ejemplar de compromiso con muchas mujeres que vienen padeciendo situaciones similares. A Thelma
le tocó un tiempo histórico. En otro contexto de tiempo y espacio, probablemente no hubiese sucedido todo esto que sucedió.
El tiempo histórico la ayudó y de eso se trata la sororidad, de cómo un padecimiento colectivo puede ir tramando una red de contención colectiva que se confronte con la peor de las formas de violencia existente: la naturalización de una sujeción como si fuese algo normal. Este tiempo, complementado con la sensibilidad, la demasía y la entrega de Thelma, permitió que ella se diera cuenta de que lo que estaba haciendo no lo hacía solo por ella sino por todas. Pero también entendió que este camino y este acto tampoco la convierten en una heroína sino en una integrante más de un colectivo que sabe que, cuanto más se fundan en una práctica común, en un estado colaborativo permanente, más puede ser una oportunidad de ayudar a muchísima gente.
Una oportunidad colectiva de cambiar positivamente un paradigma para el bien común.
Hoy Thelma nos presenta El arte de no callar, un escrito que recorre gran parte de su vida y que no casualmente surge a partir de un último acontecimiento que, como acabamos de narrar, pone de algún modo en evidencia a Thelma en todo su ser. Una bisagra que le permite una reescritura de sí misma a partir de un hecho que es sanador y emancipatorio a la vez. Pero es crucial entender algo antes de embarcarse en la lectura de este libro, y eso es que la escritura no se restringe a escribir un libro o escribir en un papel; nuestros cuerpos están escritos. Nuestros cuerpos están escritos por marcas que se vinculan directamente con ejercicios de poder de quien tiene el monopolio de la pluma. La escritura no es democrática. Nos van inscribiendo y codificando incluso antes de nacer; en roles, en disposiciones
contra las que después intentamos ejercer una sobreescritura.
Escribimos sobre escrituras previas, pero sobre una escritura que, de algún modo, ni siquiera desde el inicio pudimos manejar. que es la escritura con la que nos encontramos en nuestra propia carne. Y no es lo mismo haber sido escrita mujer, joven, bella y actriz en un sistema como el nuestro, un sistema que
necesita ese tipo de personajes para la reproducción de una serie de valores en los que se entrama nuestro sentido común hegemónico. Por eso toda escritura que busca de algún modo confrontar con esas escrituras previas de las que provenimos, siempre resulta, no solo saludable sino destacable, destacable
por su valor, destacable por su compromiso y destacable porque los escritos después exceden no solo a quien los escribe sino a su propia voluntad y su propio deseo. Probablemente este libro, como tantos otros que surgen de situaciones especiales, después termine provocando un efecto dominó que a uno lo excede. Este libro ha sido escrito desde la demasía y entonces no puede hacer otra cosa que no sea derramar, más allá incluso de su propia pretensión, consecuencias que pueden ser absolutamente liberadoras, empáticamente hablando, para muchísimas mujeres que se puedan sentir de algún modo representadas. Hay una frase famosa que dice que la mejor manera de resolver un laberinto, de salir de él, es escaparse por arriba. Thelma levantó la mirada. Al igual que la filosofía que se relaciona con las cosas buscando salirse de las miradas establecidas. Este libro es un primer aporte para empezar a salir de ese laberinto

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