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El apasionante origen de las palabras, de Daniel Balmaceda

El apasionante origen de las palabras, de Daniel Balmaceda (SUDAMERICANA), el autor aumenta su colección sobre el origen de las palabras. Con términos novedosos y que hacen al contexto en el que vivimos (como deadline, free-lance o target), hasta el origen de la palabra «cuarentena» que tanto utilizamos en este año. Sin embargo, no deja de lado ciertas frases que utilizamos en la Argentina, como «Quedar en Pampa y la vía», o los maravillosos epónimos, un género en sí mismos.

 

 

POR DANIEL BALMACEDA

 

Primera y muy necesaria aclaración: este libro, que suma muchas novedades y profundiza ciertos temas vinculados al lenguaje, contiene la mayoría de los capítulos de dos obras que fueron publicadas bajo los siguientes títulos: Historia de las palabras (2011) e Historias de letras, palabras y frases (2014).

Hace un par de años tomé la decisión de reunirlos en un solo volumen y quisiera compartir con los lectores cómo fue madurando la idea.

Cuando terminé el primer libro, estaba convencido de que ya había aportado suficiente material y que mi intromisión en los temas de etimología, orígenes de palabras, etc., ya se había completado.

Recordemos que mi primera aproximación en el apasionante mundo del origen de las palabras fue a comienzos de la década de 1990, cuando tuve la generosa invitación de Ricardo Naidich para escribir en Idiomanía, una revista que circulaba principalmente en el ámbito de los traductores, pero que, a la vez, evidenciaba que había un público ávido de ese tipo de lectura. Idiomaníacos, en definitiva.

Compartí espacio con otros apasionados buceadores del lenguaje. El propio Ricardo, Miguel Wald, Edgardo Ritacco, Martin Wullich, Graciela Cutuli, Leandro Wolfson, Martín Eayrs, Enrique Zagari y Pierre Dumas, quien terminó siendo un valorado jefe en otra redacción. De todos aprendí mucho y la Historia de las palabras reavivó mis recuerdos de aquellos tiempos.

Pero no logré desentenderme. Seducido por el tema, continué investigando y llegó un momento en que la cantidad de material decantó en un segundo volumen. Completada su publicación, presentada la obra en varias ferias del libro, usted sabe lo que pensé: “Hasta aquí llegamos, misión cumplida”. Y a esta altura, también advierte que una vez más no me hice caso.

Es crónico. Todo el tiempo me cruzo con palabras —en una lectura o en conversaciones cotidianas— que despiertan mi curiosidad y “necesito” indagar su historia.

El apasionante origen de las palabras completa la trilogía envolviendo a sus predecesores. Es el “no hay dos sin tres” donde conviven los vocablos, las frases, los números, los signos y también algunos gestos.

Aprovechando la nutrida base de las publicaciones previas, en este caso establecí divisiones —algo caprichosas— para darle mayor coherencia al entramado. Desarmé algunos capítulos reacondicionándolos para que la difusión sea más atrapante. Modifiqué los títulos con la intención de ser más directo, menos elíptico. Deben haberse sumado unos veinticinco capítulos inéditos. Y de los que fueron arrastrados de las publicaciones previas, por los menos sesenta han tenido incorporaciones.

A ojo diría que si usted ha sido lector de los otros dos libros, conoce dos terceras partes del contenido. Si solo leyó uno, estará al tanto de una tercera parte del total.

He sumado varias frases: “Al divino botón”, “Dar bola”, “Tirar manteca al techo”, “Keep calm and carry on”, “Más loca que un plumero” y decenas más. Conocerá la relación entre San Martín de Tours y el canto “a capella”, entre los astilleros y las subastas, el target, los blazers, el teatro y los embolados, las tropas de asalto y los copados.

¿Por qué se le entrega una copa al campeón? ¿A qué se debe que se les diga “pintón” a los buenos mozos? ¿Por qué Mar del Plata es MDQ? ¿Qué une a los esclavos de la Antigüedad con las modelos más célebres? ¿Cuándo se puso de moda tocar la bocina haciendo “tata tatata, ta tá”? ¿Quiénes fueron los primeros que “chocaron los cinco”? ¿Cuándo aparecieron los espacios para separar palabras?

Si estos conocimientos le resultan apasionantes, hablamos el mismo idioma. La palabra es una herramienta poderosa y admirable. Espero que este cóctel (con permiso del gallo) sea de su agrado.

PARTE 1: GUERRAS
DEADLINE, FREE-LANCE Y TARGET
Ghengis Khan, Napoleón, Rommel, Atila, Benkei, el Cid Campeador, William Wallace, Han Xing, Aníbal y tantos otros. La historia de la Humanidad acumula una recia colección de guerreros y episodios bélicos. Las lenguas del mundo rebosan de términos vinculados al entorno de las hostilidades. Antes de avanzar hacia los ejemplos que nos ofrece la lengua española, veamos algunos importados, como es el caso de deadline.

Henry Wirz, nacido en Suiza, participó de la Guerra Civil de los Estados Unidos, en el bando de los confederados, aquel grupo de estados separatistas. Dirigió la prisión de Andersonville, donde estableció un rígido sistema: a unos seis metros de los muros, en la parte interna, hizo trazar una franja a la que bautizó deadline (línea de la muerte). Los guardias de las torres tenían orden de disparar a todo aquel que cruzase la marca o simplemente la pisase. Si alguien tropezaba y caía accidentalmente fuera del límite impuesto por el trazado, también debía morir.

La opinión pública conoció el método de Wirz en 1865, luego de que el confederado fuera tomado prisionero y enviado a Washington, donde lo juzgaron y ahorcaron.

En la década de 1920, la palabra se convirtió en jerga del periodismo estadounidense, ya que en forma figurada estableció el rígido límite del horario establecido para cumplir con los plazos editoriales. De allí, fue ampliándose el concepto a otras disciplinas, como la publicidad.

Sin abandonar estas profesiones, tenemos free-lance. Debemos este vocablo a la imaginación del escritor escocés sir Walter Scott. En la novela Ivanhoe, publicada en 1820, definió de esa manera a un grupo de mercenarios de los tiempos de las Cruzadas: eran lanzas o lanceros libres, mercenarios en fin, que podían contratarse para pelear. Hacia mediados de la década de 1860, comenzó a emplearse free-lance para nombrar a aquellos que hacían trabajos por fuera de la estructura de una empresa. En 1882 se instaló en el periodismo, donde lo usaron aquellos que escribían notas o hacían reportajes para luego venderlos al mejor postor.

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