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Diosas de Hollywood

Diosas de Hollywood –Las vidas de Ava Gardner, Grace Kelly, Rita Hayworth y Elizabeth Taylor más allá del glamour (Plaza & Janés) de Cristina Morató, nos descubre el lado más humano de estas inolvidables estrellas del siglo XX, protagonistas de una vida mucho más intensa y dramática que la de cualquiera de los personajes que interpretaron en la gran pantalla. Así comienza.

 

 

POR CRISTINA MORATÓ

 

La estrella indomable
La mujer que hay en mí, en Ava Gardner, siempre ha sido maltratada y ha sufrido decepciones. La vida no ha sido buena conmigo; es cierto que me ha dado éxito, riqueza y todo lo que podría soñar, pero por lo demás me lo ha negado todo.

 

AVA GARDNER

Cuentan que bastaba una mirada suya para que un hombre se enamorara perdidamente de ella. Resultaba tan hermosa y sensual que nadie escapaba a su hechizo. Ava Gardner, la morena más incendiaria de Hollywood, hizo de su tormentosa existencia la mejor de sus películas. Nada hacía imaginar que aquella niña que creció descalza y salvaje en el sur más profundo llegaría a ser la sex symbol que barrería a todas las demás. Nunca quiso ser actriz, hasta que un cazatalentos la descubrió y pensó que una belleza como ella debía aspirar a algo más que a una vida aburrida y provinciana. No sabía hablar, ni moverse con soltura en un plató, pero la cámara la quería como a ninguna. Con el tiempo trabajó con grandes directores de cine y encarnó a tentadoras vampiresas. A pesar de ser una buena actriz no se sentía orgullosa de su carrera y maldecía el alto precio que había que pagar por ser una estrella.

Alguien la bautizó como «el animal más bello del mundo», un apodo que detestaba. Su exuberante belleza fue su perdición y nunca se sintió a gusto en el papel de diosa del amor. Un amor que a Ava siempre le resultó esquivo. Pudo escoger entre una lista interminable de hombres atractivos, poderosos e influyentes: galanes de cine como Clark Gable y Robert Mitchum, toreros como Luis Miguel Dominguín y millonarios como Howard Hughes. Pero el hombre de su vida fue Frank Sinatra, otro espíritu indómito y atormentado como ella. Su sonado romance estuvo plagado de violentas peleas, broncas en público, infidelidades y borracheras que hicieron las delicias de la prensa sensacionalista.

Tras su aire felino y su leyenda de femme fatale se escondía una mujer vulnerable, insegura y necesitada de afecto. Al principio bebía para vencer su timidez ante las cámaras, y después para olvidar el dolor de sus heridas. En los años cincuenta, cuando era la estrella más fotografiada y deseada del mundo, llegó como un vendaval a España huyendo de sus escándalos. Quería alejarse de Sinatra, de la hipocresía de Hollywood y de los paparazzi que invadían su intimidad. Doce años de juergas, sexo y alcohol en aquel Madrid que nunca dormía le pasaron factura. Ni su triste y prematuro declive pudo con su leyenda. Fue hasta el final de sus días «la gitana de Hollywood». La estrella más bohemia, libre y auténtica de cuantas alcanzaron la gloria en la meca del cine.

LA CHICA DE LA FOTO
El primer recuerdo de su infancia fue el aroma del tabaco y el color verde brillante de los extensos campos que se perdían en el horizonte. Ana Lavinia Gardner nació el día de Nochebuena de 1922 en una granja situada en un polvoriento cruce de caminos llamado Grabtown, a las afueras del pueblo de Smithfield, en Carolina del Norte. Era la menor de los siete hijos de Mary Elizabeth Baker —a quien todos llamaban Molly—, una baptista escocesa de Virginia, y Jonas Bailey Gardner, un granjero irlandés dueño de una pequeña plantación. Molly tenía casi cuarenta años cuando dio a luz a su hija mediante cesárea. Se trataba de una mujer fuerte y robusta, a pesar de su metro y medio de estatura. De joven había sido muy hermosa, con unos grandes ojos marrón oscuro y un cutis de porcelana que causaba admiración. Su marido Jonas, con quien llevaba casada veinte años, era un hombre alto y delgado, de facciones duras y muy apuesto. Tenía los ojos verdes y un hoyuelo en la barbilla que Ava heredó. La actriz también sacó de él su carácter reservado y tímido. A pesar de que Jonas profesaba la fe católica, permitía que sus hijos asistieran a la iglesia baptista los domingos. El único libro que se podía leer en la casa de los Gardner era la Biblia.

La seductora estrella fue en sus primeros años una niña preciosa de tirabuzones rubios y rostro angelical muy mimada por todos. Su hermana mayor Beatrice —más conocida como Bappie— tenía diecinueve años y ya se había casado cuando ella nació. Luego la seguían Elsie Mae, Inez, Jack y la pequeña Myra. Su otro hermano Raymond murió cuando contaba apenas dos años de edad al explotar un cartucho de dinamita que cayó accidentalmente en la chimenea de la casa. Otras tragedias se cernerían sobre la familia. Un día su hermano Jack se escondió en el almacén de tabaco para darle una calada a un cigarrillo. Sin querer dejó caer la cerilla y en un instante se formó un gran incendio que destruyó el almacén y la maquinaria agrícola que allí se guardaba. Jonas no consiguió sacar adelante la granja y la familia se vio obligada a abandonar Grabtown. En poco tiempo vendieron la casa y las tierras, y se trasladaron al condado cercano de Johnston, en Brogden.

Ava tenía tres años cuando llegó a su nuevo hogar. Su madre encontró trabajo en la pensión donde se alojaban las maestras que daban clase en la escuela. Los Gardner pudieron instalarse en una zona de la casa y Molly fue contratada como cocinera y ama de llaves. Con su afable carácter y sus excelentes dotes culinarias pronto convirtió aquel lugar en un cálido refugio para las jóvenes profesoras que se hospedaban allí y tenían muy lejos a sus familias. De sus primeros años en la pensión de Brogden, Ava recordaba el trabajo extenuante de su madre cocinando suculentos platos, lavando la ropa y limpiando las habitaciones de la mañana a la noche. Las maestras estaban muy pendientes de la pequeña y por la tarde solían jugar con ella y la sentaban en su regazo para contarle cuentos. «Habiéndome criado en un hostal para maestras a veces me pregunto cómo no me convertí en una estudiosa de los clásicos, o algo así. Lo que adquirí, sin embargo, fue un sentido de la disciplina que me hizo comprender la importancia de desempeñar bien tu trabajo y de ser limpia y puntual. Tuve una buena educación rural, de la que no me avergüenzo. Me impuso los criterios que iban a acompañarme el resto de mi vida», recordaría la actriz. Ava comenzó a asistir a la escuela de Brogden y, aunque al principio mostraba una gran curiosidad por los libros de texto y sus profesoras la consideraban una niña muy lista, a medida que fue creciendo perdió todo el interés por el estudio. Con el tiempo lamentó no haberse esforzado en aprender más y, cuando ya era toda una celebridad y se codeaba con artistas e intelectuales, sintió un gran complejo por su falta de cultura.

«Lo único que odiaba del colegio era tener que meter los pies en aquellas cosas odiosas y restrictivas llamadas zapatos. Me encantaba sentir bajo los pies la tierra caliente, la hierba verde, el barro blando y el fluir del agua. Era un tipo de libertad muy especial, y aún hoy intento revivirla en cada oportunidad», dijo Ava. En verano ayudaba a su padre en la plantación de tabaco limpiando las larvas y gusanos de las plantas, y cortando con sus manos las hojas más maduras. Resultaba un trabajo agotador para una niña e incluso peligroso, pero a ella le gustaba la vida al aire libre y estar junto a su adorado padre. Aunque había segregación racial y la mayoría de los jornaleros empleados en las plantaciones eran negros, Ava siempre se sintió a gusto entre ellos. Uno de sus amigos de infancia se llamaba Shine, al que describía como «mi hermano negro y mi mejor amigo». Este muchacho llegaba cada año a Brogden para trabajar en las tierras y se alojaba en su casa siendo uno más de la familia.

La actriz siempre recordó su infancia como una etapa feliz de su vida, pese a las penurias económicas y privaciones. Al igual que el personaje de Tom Sawyer, se pasaba el día haciendo travesuras y metiéndose en líos con la pandilla de su hermano Jack, que por entonces era su héroe. «Le gustaba comportarse como si fuera un chico. Jugaba a las canicas, trepaba a los árboles, escalaba las torres de los depósitos de agua, se colgaba de las ramas… Cuando llegabas a conocerla, resultaba de lo más dulce y encantadora, pero era un pequeño marimacho. Aprendió un rico repertorio de tacos y expresiones obscenas que solía utilizar con total naturalidad», explicó una amiga suya y compañera de clase en Brogden. A los ocho años Jack le enseñó a fumar cigarrillos que improvisaban liando hojas de tabaco en un trozo de papel de periódico. Pero fue en Hollywood cuando Ava comenzó a fumar en serio tras ver a Lana Turner en los estudios sacar un cigarrillo de su pitillera de oro y encenderlo en la pausa de un rodaje. Lo encontró un gesto tan elegante y glamuroso que no pudo resistirse y desde ese momento se aficionó al tabaco hasta el final de su vida.

A diferencia de su madre, que se levantaba al alba y era una mujer muy dinámica, a Ava le gustaba dormir y levantarse tarde, odiaba colaborar en las tareas domésticas que le mandaban y siempre se escabullía cuando tenía que ayudar en la cocina o fregar los platos. Solo parecía despertar de su apatía en las ocasiones en que una de las maestras las llevaba en coche a ella y a su madre a Smithfield para ir al cine. Era el pueblo más cercano y a la niña le parecía otro planeta. Había calles bien pavimentadas e incluso electricidad, algo que no llegó a Brogden hasta los años cuarenta. A Ava le encantaban las películas románticas y de aventuras, y Clark Gable se convirtió pronto en su actor favorito. Tras verlo en Tierra de pasión, junto a la rubia platino Jean Harlow, pensó que era el hombre más apuesto y varonil del mundo. ¡Qué poco imaginaba entonces que veinte años más tarde estaría en sus brazos rodando ambos la misma película en el corazón de África!

Ava era muy pequeña cuando comenzó la Gran Depresión que asoló el país. En otoño de 1934 la pensión de Brogden tuvo que cerrar sus puertas debido a los recortes presupuestarios y los Gardner se quedaron sin casa y sin trabajo. Su situación resultaba muy precaria porque no disponían de ahorros y los ingresos de Jonas eran insuficientes para mantener a la familia. Por fortuna Molly tenía una buena amiga que dirigía una casa de huéspedes en Newport News. En este importante puerto en la costa de Virginia había varios hostales que daban alojamiento a los trabajadores de los astilleros y a los marinos mercantes. Según le informó su amiga, en uno de ellos necesitaban un ama de llaves y le propuso a Molly que se presentara. Existía la posibilidad de que una vez allí también Jonas pudiera encontrar trabajo como estibador. Una mañana abandonaron Brogden en un viejo y destartalado coche que les prestaron y dejaron atrás el estado de Carolina del Norte, donde habían echado raíces. Ava sintió una gran tristeza por sus amigos, a los que no volvió a ver, y lamentaba que sus hermanos predilectos no la acompañasen. En poco tiempo la numerosa familia se había ido dispersando: Bappie se acababa de divorciar de su esposo y vivía en Nueva York y Jack, su compañero de juegos y aventuras, estudiaba secundaria en la ciudad de Winston-Salem.

«Cuando eres pobre, pobre como las ratas, y no hay forma de ocultarlo, lo pasas fatal. En el campo, donde hay trabajo, comida y amigos de tu misma edad y ambiente, puede que ni te enteres de que eres pobre —confesó Ava—. Pero cuando comienzas la vida en una gran ciudad, amigo, entonces sí que empieza a dolerte tu condición.» Comparada con la tranquila Brogden, la ciudad de Newport News le pareció enorme y caótica. Su nuevo hogar era una casa destartalada de tres plantas en West Avenue, un barrio obrero y conflictivo muy cercano al puerto. Los huéspedes de su madre ya no eran las educadas maestras de la pensión sino rudos y desaliñados estibadores que tras la dura jornada de trabajo se reunían en el salón a beber. En la escuela a la que Ava asistió tampoco contó con el cariño de las maestras. Desde el primer día tuvo que soportar las burlas de sus compañeros por su marcado acento sureño; le tomaban el pelo porque venía del campo y era hija de granjeros. Ava se encerró en sí misma y acurrucada en la última fila de la clase intentaba pasar desapercibida. Se sentía acomplejada entre aquellas niñas engreídas que podían cambiar de ropa a diario cuando ella apenas tenía dos vestidos para ir a la escuela y un único par de zapatos.

Fueron años difíciles para los Gardner. Jonas no encontró trabajo en los astilleros y su salud se debilitó. Tenía una tos fuerte y persistente, y en invierno cogió un resfriado que empeoró su estado. Cuando acudió al médico padecía una grave infección en los bronquios, pero no podían costear los gastos de su ingreso en un hospital. Regresó a casa muy enfermo y su esposa lo instaló en una habitación alejada para que no molestara a los huéspedes. Molly estaba al límite de sus fuerzas; no solo se encargaba de la limpieza de todo el edificio sino que además tenía que ir al mercado, preparar tres comidas diarias para una docena de huéspedes y cuidar de su esposo. Era una mujer fuerte con una voluntad de hierro, pero la situación la desbordó. Un día su hija la encontró llorando desconsoladamente en la cocina. Nunca había visto así a su madre y aquello le rompió el corazón. Fue entonces cuando Ava, con apenas doce años, comenzó a ocuparse de la cocina para aliviar su duro trabajo. Ella se encargaba de preparar los desayunos de los trabajadores a base de gachas de maíz, huevos con beicon y galletas. Cuando regresaba de la escuela hacía compañía a su padre, le leía la prensa y le daba la cena. Madre e hija se las arreglaron para salir adelante hasta que en 1938 Jonas falleció en su lecho. Para Ava fue un golpe tremendo porque estaba muy unida a él: «Pensé que no podría sentir en mi vida mayor dolor. Él tenía el don de hacerme única. Yo no esperaba gran cosa de la vida, pero papá me hizo sentir querida. Me sentía segura a su lado. Y de repente, todo ese mundo desapareció».

Molly intentó no derrumbarse, sin embargo con el paso del tiempo su situación económica se agravó. Cocinaba deliciosos platos y atendía con amabilidad a sus huéspedes, pero apenas había ocupación. Desde la muerte de Jonas todo había cambiado y ella ya no se sentía a gusto en un lugar que le traía dolorosos recuerdos. Tampoco le gustaba el sórdido ambiente de la pensión, y en ese momento menos, ya que su hija se había transformado en una bella y escultural muchacha. A Ava le incomodaban las miradas de deseo de aquellos «viejos asquerosos» a quienes no les importaba flirtear con una joven de quince años: «Me avergonzaba de todos aquellos hombres sucios que siempre estaban bebiendo o tumbados por el suelo. No podía traer a casa a ninguna amiga, y ya no hablemos de amigos; para mí era una situación humillante y muy incómoda». En una ocasión un huésped se propasó con ella y su madre al oír los gritos echó al hombre a la calle.

Ava lamentaba no poder hablar con su madre de los cambios físicos que estaba sufriendo en su adolescencia. Tampoco tenía a su lado a sus hermanas para compartir con ellas sus inquietudes. Cualquier tema relacionado con la sexualidad siempre había estado prohibido en casa de los Gardner. «En cuestión de sexo no nos educaron en absoluto —reconoció la actriz en su madurez—. Nunca se hablaba de este tema; mamá nunca me explicó nada, ni siquiera de la regla, y cuando me vino sentí un auténtico terror y fui corriendo a Virginia, la mujer que ayudaba a mamá en la cocina, y le susurré al oído que me estaba desangrando. Ella me abrazó y exclamó a grito pelado una de las palabras más maravillosas que he oído en mi vida: “¡Ay, Señor, muchachita linda! ¡Dios te bendiga, ya eres toda una mujercita!”.»

Durante el verano de 1938 Molly se enteró de un posible empleo en Rock Ridge, un pueblo del condado de Wilson. Hacía tiempo que había decidido regresar a Carolina del Norte, su verdadero hogar. No le costó conseguir el trabajo, y a principios de otoño madre e hija se mudaron a la pensión que había junto a la escuela de Rock Ridge, un edificio de medio siglo de antigüedad, pero en mejor estado que la miserable casa de huéspedes de Newport News.

 

 

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