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Diccionario de la estupidez

 

En Diccionario de la estupidez (Malpaso), el matemático y divulgador científico Piergiorgio Odifreddi da cuenta de las tonterías más supinas del pensamiento humano y las curiosidades más absurdas que pueden llegar a ejecutar. En un tono más que divertido, el autor desmenuza la sabiduría popular argumentando con la solidez de la ciencia. Lean su comienzo.

 

 

Si he olvidado insultar a alguien, le pido disculpas.

JOHANES BRAHMS

(al salir de una fiesta)

El Diccionario de la estupidez no es una enciclopedia; si lo fuera, se habría llamado muy probablemente Enciclopedia de la estupidez. La extensión espaciotemporal y la biodiversidad de los estúpidos quizá lo hubieran reclamado, pero las limitaciones del autor lo han impedido. De hecho, nadie parece estar en disposición de atesorar una comprensión cabal de la estupidez, propia o ajena, y cada cual apenas alcanza a poseer siquiera una visión parcial de ella, endógena o exógena; con esa visión ha tenido que conformarse el autor y tendrá también que contentarse el lector.

El Diccionario de la estupidez es, justamente, un diccionario; de lo contrario habría recibido otra denominación. Y ya que ha de ser tratado como tal, permítaseme señalar que no debe leerse de forma secuencial, de la A a la Z o viceversa, sino hojeando, buscando voces al azar que puedan llamar la atención o estimular la curiosidad. Aunque, hasta que no se lee una de ellas, no alcanza uno a discernir, a ciencia cierta, si el lector se enfrenta a un ejemplo o, por el contrario, a un contraejemplo de ejemplarizante estupidez.

Y es posible que ni siquiera se sepa después, porque aquello o aquel que puede antojarse estúpido a alguien puede no parecérselo a otro y viceversa. En cualquier caso, la intención de dudosa nobleza del autor es que los ejemplos manifiesten en todo su esplendor qué (o cómo) es la estupidez, y los contraejemplos urdidos ilustren qué no es ontológicamente adscribible a la categoría de lo genuinamente estúpido. Obviamente desde su punto de vista personal, cosa que quizá le permita reconocer la estupidez ajena, pero no degustar la propia.

Y es justamente la insobornable certeza de que los estúpidos son siempre los demás lo que nos permite convivir tan bien con nuestra propia estupidez. A nadie se le ocurre discutir la afirmación de que casi todo el mundo es estúpido. Sin embargo, a nadie se le pasa por la cabeza que, en tal caso, uno mismo puede ser acreedor a tan distinguida condición, menos aún al propio autor de este diccionario.

El lector lo advertirá pronto, como también descubrirá pronto para qué sirven las flechas. Desvelárselo a priori equivaldría a considerarlo un perfecto estúpido, pero quien no lo descubra a posteriori sí podría reunir los requisitos necesarios para merecer tamaña condecoración. Nadie podrá demostrar nunca, con todo, que no es un poquitín estúpido: antes o después todos pensamos, decimos o hacemos alguna estupidez; solo queda determinar cuántas. El autor sabe que ha cometido alguna, espera haber escrito muchas y se excusa por no haber pensado muchas más.

 

A

Abraham

Las religiones de los judíos y los árabes consideran a Abraham su progenitor, lo cual, a priori, le convierte en sospechoso de ser divinamente estúpido por partida doble. Antes de su aparición, el Antiguo Testamento se recrea en el relato de los grandiosos acontecimientos cósmicos de la creación del mundo. A partir de él, en una vertiginosamente patética caída, pasa bruscamente a consignar las pequeñas disputas tragicómicas del pueblo elegido lanzado a la conquista de la Tierra Prometida.

La comicidad del relato no tarda en irrumpir en escena. Dado que Abraham tiene que ir a Egipto y teme que los egipcios le maten para apropiarse de su bella esposa, la obliga a decir que es su hermana. El faraón se encapricha con ella aunque es ya septuagenaria y, para poseerla, colma de regalos a Abraham. Este pide ayuda a Yavé, el cual, en vez de castigar al cobarde patriarca, somete a grandes calamidades al incauto faraón y «deja estériles a todas las ? mujeres de su casa».

La tragedia se presenta cuando Yavé practica la primera procreación asistida de la historia sagrada en la ya nonagenaria mujer de Abraham y luego le pide a este que sacrifique precisamente a ese hijo: algo que él habría hecho de no haber sido frenado en tan noble empeño por un ángel. Huelga decir que descender de un hombre así no parece conferir un gran pedigrí ni a los judíos ni a los árabes, pero cada cual se conforma con lo que tiene y tiene lo que se merece.

 

C

crisis

El tulipán negro (1850) de Alejandro Dumas padre narra la subida vertiginosa en los primeros años del siglo XVII de los precios de los bulbos de tulipán holandeses hasta alcanzar cada uno el precio de una casa o de un terreno. La burbuja fue alimentada también por lo que se llamó el «comercio del viento»: es decir, la venta de bulbos inexistentes basada únicamente en la intención de plantarlos, que constituyó uno de los primeros «futuros financieros» del pasado. En febrero de 1637 la burbuja estalló, el mercado quebró y los estúpidos listillos que habían invertido todo lo que poseían en una vacua especulación acabaron en la miseria como merecían.

Tanto la Gran Depresión, tras la caída de la Bolsa de Wall Street en 1929, como la Gran Recesión, tras el estallido de la burbuja de las subprimes en 2007, fueron causadas por un mecanismo similar al de los tulipanes: la estúpida sustitución del mercado real de mercancías y de trabajo por el mercado virtual de las bolsas y los ? bancos. Y ya que estos últimos son «demasiado grandes para quebrar», la crisis se ha convertido en la ocasión para que en su lugar se quiebren estúpidamente las políticas sociales de protección del trabajo y de los trabajadores, y también para eliminar el pequeño comercio a favor de las grandes superficies.

 

G

Gran Hermano

El Gran Hermano de la televisión es una exhibición global de estupidez que adopta el nombre a partir de una expresión local de inteligencia: la de la novela 1984 de George Orwell (1948), citada por muchos y leída por pocos. Porque el Gran Hermano del libro es una mirada obsesiva instaurada por un poder político que controla y angustia y del que se hace todo lo posible por esconderse. El Gran Hermano del programa es, sin embargo, una cámara instalada por una televisión comercial que exhibe y fascina y ante la que se hace lo imposible para ser grabado.

Lo que podría ser Gran Hermano si, en vez de reclutar a sus concursantes en el mare magnum de los minus habentes intelectuales, los captara entre los gotha de la intelectualidad, se vio en 1945, cuando diez científicos atómicos alemanes, entre los cuales había tres premios nobel, fueron capturados por un comando estadounidense, llevados a un refugio de los servicios secretos ingleses y espiados noche y día sin que lo supieran. Sus conversaciones, desclasificadas y publicadas en 1992, revelan que los «malvados» científicos alemanes eran éticamente más sensibles que los «buenos» científicos aliados y se quedaron trastornados por el hecho de que sus colegas se hubieran prestado a fabricar las bombas atómicas usadas en Japón.

 

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