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Despierta, de Lorena Pronsky

En Despierta (Vergara) Lorena Pronsky nos habla, de una manera honesta y visceral, sobre cómo superar los golpes de la vida: las pérdidas, el desamor y los miedos. Pronsky estudió en la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de La Plata. Licenciada en Psicología desde 2003, posee una destacada experiencia en el área de la psicología clínica y en el tratamiento de adicciones. Rota se camina igual, su primer libro, resonó en miles de lectores, transformándose en pocas semanas en un éxito. Curame, el segundo, confirmó que su voz novedosa, potente y original se había ganado un espacio indiscutido entre los lectores que, sin duda, la estaban esperando. Dicta conferencias en distintos puntos de la Argentina y el exterior.

 

 

 

 

POR LORENA PRONSKY

 

 

Escribir un libro en medio de una pandemia —única en la historia de la humanidad contemporánea— no fue fácil.

Hacerlo atravesada por la escritura de mis dos libros anteriores, que todavía palpitan en el corazón de quienes los leyeron con la misma intensidad que en el mío, tampoco lo fue.

Tan es así que, antes de decidirme a firmar el contrato con esta nueva editorial que me acobija, le dije a Florencia: Siento mucha presión.

Presión por salir con mi tercer libro en medio de este caos, pero sobre todo presión por darle al lector un libro distinto.

Un libro compañía. De esos que no soltás ni cuando vas al baño. Un libro que llevás en el asiento del acompañante del auto, en la cartera o en la mochila. Ese que cae abatido sobre tu pecho cuando te vas a dormir, por el agobio de haber sido leído con todo el cuerpo.

Un libro que ponga todo en suspenso, que te abstraiga del mundo exterior por un buen rato y permita que te sumerjas atentamente en otro universo desde el momento en que toques la primera página.

Porque eso es lo que pretendo.

Ese es mi deseo.

Que entren acá desde la primera palabra hasta la última.

Que entren.

Que sean parte.

Que lo vivan.

Que se dejen sentir y atravesar por las palabras que lo recorren.

Imagino que cada uno tiene a su lado mate, un café, un té o su vaso de vino. El exquisito silencio acompañado por una luz tenue que venga del reflejo del sol o del cielo anunciando una tormenta.

Una luz que no violente la mirada y que tenga el solo propósito de alumbrar este otro espacio que tienen en sus manos.

Y también imagino arena.

O pasto.

O sillón.

O seguramente cama.

Lo que cada uno necesite para saber que va a ingresar a un mundo distinto pero también propio.

El mundo de las emociones nos pertenece a todos. Y estoy segura de que en cada relato van a poder viajar al interior de sus propios recuerdos. O, quizá, de que comenzarán a permitirse darle lugar a un presente que está golpeando la puerta hace rato y al que no se animan a abrirle.

Yo era una de esas.

Con mucho miedo de vivir las emociones. Entonces terminaba todas las historias de mi vida antes de darles la posibilidad de que sean ellas mismas las que terminaran conmigo. Era como una forma sutil de dejar la puerta entreabierta, creyendo que así me iban a doler menos los portazos.

Recuerdo que hace muchos años le dije a Hernán que tenía miedo de los cachetazos que me pudiera dar la vida, porque nunca había recibido uno.

Nunca me pasó nada malo, fueron exactamente las palabras que pronuncié.

Y realmente tengo miedo, porque no sé si voy a tener los recursos para hacerles frente a las guerras cuando me toque pelearlas.

Casi con la potencia de una profecía autocumplida, así fue.

No estaba exagerando.

Me estaba adelantando.

Un día que recuerdo perfectamente, la vida me agarró con las dos manos, me zamarreó y me tiró en lugares que nunca antes había pisado.

Desde ese día, no me dio tregua.

Dicen que cuando te cae una ficha, te caen todas juntas. El famoso efecto dominó.

Una a una.

Cachetada tras cachetada.

Con el tiempo, y con mucha entrega, aprendí lecciones que quedaron grabadas a fuego en mi piel.

Hice trabajo de hormiga, entendiendo que la única forma de transmutar el dolor en algo positivo era atravesarlo.

Juro que si hay algo que tuve en ese viaje que aún no se termina fue aceptación. Jamás pregunté por qué.

Sabía perfectamente que esa pregunta era inconducente.

No me iba a llevar nunca a ninguna solución. Y, de hecho, creo que nunca busqué soluciones.

Por algún motivo, ese día y todos los que vinieron sentí que lo que estaba viviendo era la vida y no un espejismo.

La vida.

Sentí que alguien, que tiene nombre y apellido, al menos en mi historia, me abrió la puerta de una patada, prendió la luz de mi habitación, y no me dio tiempo a reaccionar.

Sin ninguna decisión de mi parte, lo único que pude hacer fue despertarme.

Una catarata de emociones nuevas, sentimientos, sensaciones, miedos, angustias, preguntas, inseguridades empezó a caer sobre mí como una tormenta vuelta inundación.

No tenía cómo contenerla.

No sabía cómo deshacerme de todo eso.

De hecho, no tenía idea de la violencia que tiene el agua una vez que rompe las paredes de tu casa. Y cuando digo agua, me refiero a la potencia de los afectos que florecen por cada suceso que se impone en tu vida.

Como en toda inundación, tuve que resignarme a dejarlos entrar.

Uno por uno, sin que yo pudiera ofrecer resistencia alguna, fueron atravesando todas las capas de mi piel.

Y allí se quedaron.

Y con ellos aprendí a convivir.

Los conozco.

Los nombro.

Sé lo que buscan.

Sé lo que quieren.

Sé cómo huelen. Cómo se sienten. Cómo laten dentro de mí.

A ninguno lo rechazo. La puerta siempre está abierta y los dejo pasar.

Los miro a los ojos, los escucho, y me dejo sentir.

Antes la pasaba mejor. A todos nos gusta dormir y que nadie nos moleste.

Sin embargo, cuando miré con atención, lamenté mucho no haber despertado antes.

Tiempo después entendí que la diferencia entre vivir despierta o vivir dormida se llama libertad.

Pero no fue así.

Desperté cuando muchas cosas ya estaban hechas.

Sí, claro, por mí. Siempre se trata de uno. Hechas por mí.

Y sin embargo, hoy, un poco más sabia, más adulta, más consciente, sé que desperté cuando pude despertar. Es cierto que ya no tengo la posibilidad de despojarme de todas las consecuencias de aquellas decisiones; de hecho, quedaron inscriptas en mi cuerpo, marcadas en cada paso que doy, en mis vísceras, guardadas en todo mi ser.

 

 

 

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