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Cuando te golpeo, de Meena Kandasamy

Cuando te golpeo – O retrato de la escritora como joven esposa, de Meena Kandasamy (Malpaso) es la segunda novela de la autora india que la ha situado en los altares de la novela contemporánea. Después de casarse con un conferenciante universitario, marxista y revolucionario en el sur de la India, la narradora se muda con él a una ciudad desconocida donde empieza su calvario. Su esposo la manipula para que le entregue las contraseñas de sus cuentas de correo electrónico, y le obliga a abandonar las redes sociales y acaba por controlar hasta su teléfono móvil. Mientras se suceden los golpes y las violaciones, su único refugio es la escritura, la que sucede en su cabeza, para evitar que él la descubra. Inteligente, feroz y valiente Cuando te golpeo es una disección de lo que significaba, significa y vendrá a significar el amor cuando la confianza se ve socavada por la violencia; un retrato estremecedor del matrimonio tradicional en la India moderna, pero que nos habla de un horror universal.

 

 

POR MEENA KANDASAMY

 

 

 

 

Mi madre no ha dejado de hablar de ello.

Han pasado cinco años, y poco a poco su historia ha ido transformándose, ha olvidado la mayor parte de los datos, la secuencia de los acontecimientos, la fecha del mes, el día de la semana, los etcéteras y los y eso, hasta quedarse apenas en los detalles más absurdos.

De modo que, cuando empieza a hablar sobre el momento en que escapé de mi matrimonio porque recibía continuas palizas y me resultaba insoportable y absurdo continuar con el papel de la perfecta esposa india, ella no menciona al monstruo de mi marido; no menciona la violencia, ni siquiera menciona la concatenación de sucesos que acabó provocando mi huida. No, ese no es el tipo de historia que te contará mi madre, porque mi madre es profesora y, como tal, sabe que no es preciso afirmar lo obvio. De hecho también sabe, como profesora, que afirmar lo obvio es un signo inequívoco de estupidez.

Cuando narra el relato de mi huida, ella habla de mis pies. (Y le da igual que yo esté presente, que la audiencia tenga acceso visual directo a mis pies; que mis dedos se retraigan de vergüenza, que en realidad mis pies no tuvieran ninguna importancia en mi huida más allá de facilitar mi desplazamiento de menos de cien metros hasta el tuk-tuk más cercano. Mi madre se muestra indiferente a mi bochorno. Yo diría, más bien, que disfruta con el espectáculo.)

—Tendríais que haberle visto los pies —dice—. ¿De verdad podían llamarse así? ¿De verdad pertenecían a mi hija? ¡No! Los talones estaban agrietados, las suelas se habían vuelto veinticinco sombras más oscuras que el resto de la piel y, tras echar un rápido vistazo al estado de su calzado, no quedaba la menor duda de que mi hija no había hecho otra cosa que atender a sus labores durante todo el tiempo. Tenía los pies de una esclava.

Y entonces abre su boca formando una circunferencia y se golpea los labios con cuatro dedos para emitir algo que suena a «ooooo». Lo hace para subrayar que lo sucedido le parece lamentable. Que en realidad no tendría que haber sucedido. Es el mismo gesto con el que las madres tamiles se golpean la boca cuando oyen hablar de la fuga de la hija de un vecino o de la muerte del familiar de un primo que cayó en desgracia, y pone de manifiesto una conveniente mezcla de tristeza y conmoción, y, lo más importante, de desaprobación.

En ocasiones, cuando está más relajada, la ternura que siente hacia su marido de treinta y seis años la lleva a ruborizarse y a decir algo como «es un padre tan afectuoso… ¿Recuerdas cuando tuvimos aquel problema y mi hija volvió con nosotros, con esos pies que parecían los de una esclava, negros y agrietados, con cicatrices y un dedo de mugre en cada uña? Pues él se los lavó con sus propias manos, frotando y frotando y frotando con agua caliente y sal y jabón y un viejo cepillo de dientes, y les puso crema y aceite para bebés con el fin de sanarlos y devolverles su suavidad. Después, a solas conmigo, se echó a llorar. Si aquel era el estado de los pies de su hija, ¿cómo estaría su alma? La ruptura de aquel matrimonio lo rompió también a él». Pero este tipo de cosas solo las comenta con sus familiares más cercanos, sus amigos más íntimos o las pocas personas que aún son amables con ella pese a tener en casa a una hija que ha escapado de su matrimonio. Es decir, unas seis personas en todo Madrás.

No se extiende demasiado con el tema de mis pies. ¿Qué más podría decir sobre ellos a un grupo de oyentes ya ancianos con una lista de auténticos problemas de salud? La historia de los pies no cala demasiado hondo. Es una metáfora útil, pero limitada. Es la otra historia, la que se ubica en la otra punta de mi cuerpo —mi pelo, o, más específicamente, la misión de rescate a la que lo sometió mi madre—, la que se lleva la palma. Esta es la historia que ella insinúa en todas las conversaciones con la esperanza de que el desconocido que tiene delante la presione para aportar más detalles. La potente combinación de consejo médico, cuento con moraleja y experiencia vital resulta irresistible para sus aturdidos amigos hipocondríacos, y ella desempeña, estilosa e indefectiblemente, su papel. Con los años se ha convertido en una especie de curandera entre sus círculos más cercanos, en gran medida porque ha logrado llegar a los sesenta en más o menos prístina forma.

—Estrés. El estrés puede provocar todo tipo de reacciones en el cuerpo. El estrés hace que la psoriasis empeore. Primero afecta a la piel y el pelo. Ni te imaginas lo que le pasó a mi hija en el pelo cuando tuvo una mala época… sí, con aquel matrimonio. ¿Qué quieres que te diga? Aléjate del estrés. Practica ejercicios de respiración. Aprende a relajarte.
O bien:

—No es más que estrés. Cuando estamos estresados, perdemos nuestra inmunidad. Los mecanismos de defensa de nuestro cuerpo se rompen y quedamos a merced de cualquier situación. Nos resfriamos continuamente porque padecemos estrés. No te rías. Cuando mi hija se casó con ese canalla, y luego huyó de casa, sufrió tal grado de estrés que tardé varios meses en lograr que volviera a ser como antes. Se había vuelto frágil y estaba vacía como una concha. Cualquier enfermedad podría habérnosla arrebatado. Es probable que no me creas, y menos viéndola ahora así, pero te aseguro que no imaginas cómo estaba. Si yo te contara… Ni su pelo se salvó de aquello. Caía sin parar. Era increíble.

O bien:

—[Inserte aquí el nombre de una enfermedad crónica] no es nada, nada que los cuidados y el amor no puedan sanar. La cura no está en la medicina, sino en un estado mental. Tienes que dejar de preocuparte. De este modo, cada día es un progreso. La preocupación solo te mata por dentro. Cualquier enfermedad puede meterse en tu cuerpo. Lo he visto en mi hija. ¡Dios, su pelo! Pero cada problema, cada situación, puede combatirse y superarse.

Y en el más que improbable caso de que esta referencia constante y directa no despertara en sus oyentes el interés suficiente como para seguir divulgando mi «condición» capilar, mi madre se moverá enérgicamente y hablará de otras cosas con desaprobación. En la mayoría de los casos, sin embargo, el destinatario de su supuesto consejo siempre parecerá tener una curiosidad saludable, y esto la complacerá enormemente.

—No había visto tantos piojos en mi vida. Piojos o liendres o como los llames. Ya sabes a qué me refiero. Tenía el pelo atestado. Si se sentaba a mi lado podía ver a esas criaturas correteando por su cabeza. Le caían por los hombros. En los doce años que fue a la escuela, aunque el pelo acabó llegándole hasta las rodillas, jamás tuvo piojos. ¡Jamás! Y ahora que volvía a casa, tras solo cuatro meses de matrimonio, después de que ese delincuente le cortara el pelo por encima de los hombros, resulta que tenía la cabeza in-fes-ta-da. Las liendres le absorbieron la energía. Una vez le puse una sábana blanca sobre la cabeza, le froté el pelo y, cuando se la quité, estaba llena de piojos. Al menos cien. Era imposible matarlos uno a uno, así que sumergí la sábana en agua hirviendo. Lo intenté con champú, sheekakaai, Nizoral y hojas de neem, pero fue en vano.

Cada vez que contaba esa historia la cifra de los piojos iba aumentando; los centenares se convirtieron en miles, los miles, en millones, y los piojos se multiplicaron hasta el infinito, convirtiéndose primero en asentamientos y luego en municipios y ciudades y naciones. En la versión de la historia que explicaba mi madre, los piojos provocaron disturbios y alteraciones del tráfico en mi pelo, realizaron caminatas nocturnas por mi delgado cuello, declararon una guerra civil y reclutaron a un número ingente de entusiastas niños soldado que a la postre se enzarzaron en una desenfrenada guerra contra ella. Los piojos montaron una resistencia organizada y establecieron campamentos base en las áreas del cuero cabelludo que quedaban sobre las orejas y en la nuca —donde eran más difíciles de alcanzar—, pero fueron siendo diezmados, lenta e implacablemente, por los infatigables esfuerzos de mi progenitora. Se desplegaron todas las estrategias bélicas y se apeló a Sun Tzu: finge debilidad cuando te sepas fuerte y fortaleza cuando te sientas débil; si tu oponente es de temperamento colérico, trata de irritarlo con lavados más clorados de lo que pueda soportar; atácalo cuando menos se lo espere; oblígalo a desplegarse; sé tan rápido como el viento cuando empuñes el paenseeppu (esto es, el inclemente cepillo quitaliendres de púas estrechas que quita tantos pelos como piojos, liendres y huevas); aprovecha el sol y usa el champú más fuerte, y, sobre todo, no pierdas el tiempo con los derechos de los piojos y la corte suprema del genocidio si estás defendiendo una zona liberada.

Así es como mi historia de «joven hija fugitiva» se convirtió, de hecho, en la gran batalla de «mi madre contra los piojos». Y dado que mi madre ganó la contienda, la historia siguió explicándose eternamente, y pronto entró a formar parte del corpus literario dedicado a la violencia doméstica. Los estadounidenses fueron advertidos de sus acciones y recibieron amonestaciones de contenido gráfico adjuntas al material correspondiente, que en todo caso adquirió un considerable empuje en otros lugares. El asunto fue enseñado en los programas dedicados al estudio de género, y las mujeres de color lo discutieron en sus grupos de lectura. (El tema era demasiado baladí, sucio y confuso para las feministas blancas, y excesivamente hostil con el medio ambiente para las ecologistas; las posmodernas, por su parte, decidieron ignorarlo porque el relato de mi madre obvió el detalle crucial de la tendencia de mi esposo a golpearme.) Incluso quienes olvidaron el contexto inicial de la historia o el pésimo transcurso del matrimonio la recordaron siempre como la fábula del amor infinito, incondicional y siempre devoto de una madre.

Por supuesto, espero que todos entiendan por qué me resisto a que sea precisamente la historia de mi madre la que se convierta en el punto de partida, el referente o la versión autorizada de la Biblia del rey Jacobo de mis aventuras matrimoniales.

La autoría es un asunto que he acabado tomándome muy en serio. Por mucho que quiera a mi madre, no puedo soportar que se apropie de la historia de mi vida y le añada las anécdotas que le plazcan. Es puro plagio. Además, hay que tener mucho empaque para hacer algo así: está robándole la vida a un escritor. ¿Dónde se ha visto una atrocidad semejante? La primera lección que aprendí como escritora fue «no permitas que nadie te eche de tu propia historia». Sé implacable, aunque se trate de tu propia madre.

Si no actúo de inmediato, temo que su atractiva narración pueda desautorizar la verdad. Me condenará eternamente, porque cada referencia a la triste historia de mi matrimonio será indexada bajo «piojo capilar, ectoparásito, Pediculus humanus capitis».

Necesito parar esto antes de que mi historia se convierta en la nota a pie de página de un tratado sobre la propagación de los piojos.

Debo asumir alguna responsabilidad sobre mi propia vida.

Debo escribir mi historia.

 

 

 

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