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Como en una canción de amor

Como en una canción de amor, de Maurene Goo (V&R) es la historia de una estrella k-pop, sus vicisitudes y… su amor. Lucky es la estrella de K-pop del momento. Con su voz de ángel, su peluca rosada y sus botas plateadas de infarto, acaba de hacer vibrar a todo Hong Kong al final de su exitosa gira por Asia. Y ahora está lista para conquistar el mundo: Estados Unidos la espera. Pero en este momento… solo desea una cosa: una hamburguesa. Jack se cuela en un hotel elegante para conseguir una exclusiva para su trabajo secreto como paparazi. Al salir, se cruza con una chica en pijama. Es bonita. Le resulta familiar. Captura su atención. Parece desorientada. Es una chica desesperada por una hamburguesa. Nada volverá a ser lo mismo. Vive un divertido romance de película de la mano de la autora de Creo en una cosa llamada amor.

 

 

POR MAURENE GOO

 

LUCKY
Cuando tu rostro es reconocido en todo un continente, no hay lugar para errores.
En especial, sobre el escenario. Miré a los fans, que gritaban sin parar; las luces me enceguecían y el sonido de mi propia voz se perdía en mi auricular. El clamor constante hacía que me resultara imposible oírme a mí misma.
Una vez, durante una presentación, cuando me arrojé de cuerpo entero a los brazos en alto de mi bailarín, el micrófono inalámbrico se enredó en mi cabello, y la voz se me quebró en el momento más dramático de mi hit “Heartbeat”.
Fue lo más visto en Asia. Había videos en internet que repetían una y otra y otra vez el incidente. Algunos hasta habían sido intervenidos e incluían conejitos animados y efectos de sonido.
Uno de mis favoritos era el que tenía una especie de panel animado de vidrio que se hacía añicos en el momento exacto en que mi voz se quebraba. Estaba tan bien logrado que me reía cada vez que lo veía.
A mi sello discográfico no le pareció nada gracioso, desde ya.
Lo vieron como una falla, una imperfección en quien era su estrella perfecta.
Esa falla era justamente en lo que estaba pensando mientras
estaba de pie en el escenario en Hong Kong, la última parada en mi gira por Asia.
Había algo en la vibración del aire, en la ola de emoción que llenaba los espacios entre mi lugar en el escenario y mi público.
Esa era la razón por la que yo hacía todo esto. Lo que fuera que hubiese sentido días o incluso segundos antes de salir al escenario, como el terror a arruinarlo todo una vez más, desaparecía en el instante en que la energía del público se deslizaba por debajo de mi piel y se me metía a la fuerza en el torrente sanguíneo.
Una adoración feroz por ósmosis.
Mis botas plateadas estaban plantadas firmes sobre el suelo.
Las piernas bien separadas. Los pies doloridos, como ya era costumbre. Tenía esta pesadilla recurrente en la que mis botas me perseguían por un estacionamiento en círculos infinitos. Mis representantes habían insistido en que usara las mismas botas cada vez que actuaba. Eran mi sello distintivo. Botas ajustadas por encima de la rodilla.
Yo soy alta. Casi un metro ochenta. Una giganta en Seúl. Pero, para ellos, nunca era “demasiado alta”.
Mientras bailaba de memoria la coreografía de “Heartbeat”, ignoré el dolor que se expandía hacia todo mi cuerpo desde las puntas de los dedos de los pies, pasando por mi pequeño short siempre demasiado ajustado, y hasta los largos mechones de la peluca rosada que se me pegaban a ambos lados del rostro cubierto en sudor.
Podría hacer esta coreografía con los ojos vendados… y con las dos piernas rotas. Había hecho esto cientos de veces. Llegado un punto, mi cuerpo se movía solo, como si estuviera en piloto automático. Tan en piloto automático que, a veces, cuando terminaba de cantar “Heartbeat”, mi cabeza quedaba colgando en un ángulo un poco incómodo (porque así terminaba la coreografía), y entonces parpadeaba unas tres veces y me preguntaba dónde había estado en esos últimos tres minutos y veinticuatro segundos.
Cuando mi cuerpo se apoderaba de mí de esa forma, sabía que había hecho mi trabajo. Mi premio era la precisión absoluta con la que ejecutaba mi presentación.
Y hoy no había sido la excepción. Terminé la canción y miré a mi público. Los gritos de los fans me atravesaban mientras que mi cuerpo volvía a la realidad.
Por fin esta gira había terminado.
Ya en el backstage, me rodearon decenas de personas: la maquilladora, la estilista y el jefe de seguridad. Me desplomé en una silla mientras alguien ajustaba mi peluca y alguien más colocaba papeles secantes sobre mi rostro.
–No me quites este brillo en la piel –le pedí a Lonni, mi maquilladora.
Lonni apretó los labios.
–Tienes diecisiete años. No necesitas una piel más brillosa. Una fuga de aceite no cuenta como “brillo”.
¿Qué podía yo a hacer? Dejé que siguiera secando mi piel grasosa de adolescente.
Los bailarines llegaron también adonde yo estaba. Un grupo de hombres y mujeres en trajes idénticos, negros y sexis. Salté de mi silla (Lonni también dio un salto, pero del susto) y me incliné hacia adelante.
–¡Sugohaess-eoyo! –les dije mientras que los saludaba con una reverencia–. Thank you so much –siempre me aseguraba de agradecerles en coreano y en inglés, porque los bailarines venían de todas partes del mundo.
Ellos sufrían conmigo cada una de las prácticas y jamás obtenían nada de la gloria que yo recibía. Mi aprecio era genuino, pero también era algo que todos de alguna manera esperaban que demostrara. Las estrellas del K-pop siempre debían ser amables y atentas.
Ellos me devolvieron la reverencia y me agradecieron también, todos cubiertos en sudor y visiblemente agotados.
–Arrasaste allí fuera, Lucky –dijo uno de los bailarines, Jin–.
Casi hasta pudiste seguirme el ritmo.
Me sonrojé. Jin era lindo. También estaba algo fuera de mi alcance, como la mayoría de los muchachos en mi vida.
–Algún día caeré con más gracia en ese último paso, lo prometo –dije con una risita nerviosa. Todos se retiraron. Volverían juntos al hotel. Los vi marcharse con un poco de envidia. ¿Se quedarían charlando y pasando el rato en alguna de las habitaciones, comiendo ramen todos juntos?
No importaba. Mis pies iban a deshacerse hasta convertirse en polvo. Volví a echarme sobre la silla.
Una mano me palmeó el hombro.
–Ey, para ti también. Sugohaess-eo –era la asistente de mi representante, Ji-Yeon. Ella siempre me decía que había hecho un buen trabajo después de cada show; era una especie de orgullosa aunque austera hermana mayor. Era joven y pequeña, su rostro con mejillas redondas estaba enmarcado con un fleco recto y gafas enormes. Pequeña, sí, pero era una planta eléctrica que siempre hacía que todo funcionara.
Chequeó algo en su teléfono, que siempre llevaba en la misma mano.
–Tendremos un encuentro con los fanáticos de aproximadamente una hora. Asegúrate de tomar agua.
–¿Qué? ¿Un encuentro con los fans? –había dejado de hacer eso hacía unos años. Los encuentros con los fans eran más que nada para las bandas que recién comenzaban. Una vez que alcanzabas un cierto nivel en tu carrera, todo aquello se volvía más difícil de controlar.
–Sí. Es tu último show de la gira, así que pensamos que sería  una buena oportunidad para hacer una foto final.
Me pasó una botella de agua.
–¿Estás diciéndome que tendré que quedarme aquí una hora más? –dije, esforzándome por mantener la calma.
–Será rápido. Entrarán y saldrán. ¿No quieres hacerlo? –me preguntó Ji-Yeon por encima de sus gafas.
No seas holgazana, Lucky.
–Lo haré, está perfecto.
–Muy bien. Ahora vamos a sacarte este traje, te daremos algo más cómodo para tu encuentro con los fans –dijo Ji-Yeon con una
mueca de nariz, haciendo que sus gafas se movieran para arriba y para abajo sobre su rostro pálido–. Excepto las botas, por supuesto.
Deberás tenerlas puestas para la foto. Por supuesto.
Unos minutos más tarde, estaba sentada detrás de una mesa, firmando álbumes, afiches y lo que fuera que los seguidores hubieran traído consigo. Y, aunque hacía unos minutos había deseado poder estar ya metida en la cama, la emoción de los fans me recargó con una energía que se sentía muy familiar y que extrañaba. La interacción con ellos no había sido mucha en el último tiempo.
–¿Podemos sacarnos una foto? –miré a la muchacha con frenos y el cabello bien corto y estaba a punto de decirle que sí cuando
el guardaespaldas a cargo, Ren Chang, se paró frente a mí y negó con la cabeza.
Intenté pedirle perdón a la chica con la mirada antes de que el siguiente fan se acercara con un afiche para que le firmara.
Al comienzo, hubiera deseado darles un abrazo a todos y hablar con todas y cada una de las personas que habían esperado para verme. Pero, con cada segundo que pasaba, los rostros se volvían más y más borrosos a causa de mi cansancio. Batallé contra el instinto de dar respuestas preparadas e inexpresivas.
–Gracias por venir –le dije con una sonrisa al hombre mientras le firmaba su afiche con un marcador.
Él asintió con la cabeza, aunque no hizo contacto visual conmigo. Pero su mano tomó la mía cuando le estaba devolviendo el afiche, y entonces se me acercó. Podía oler lo que había comido; sentí el calor de su cuerpo. Sin perder una milésima de segundo, Ren lo empujó hacia atrás con mano firme. Otra vez, sonreí para disculparme, aunque debo admitir que no me gustó nada. La mayoría de mis fans varones eran adorables pero, algunos de ellos, excesivamente entusiastas, solían acercárseme con una intensidad que me asustaba. En esos momentos, aun así debía actuar amable y gentil. Siempre agradecida.
La fila de gente se terminó y yo me puse de pie y saludé con una mano y con varias reverencias a los fans que sollozaban y gritaban mi nombre. Estallaron cuando saludé con el signo de la paz y entonces mi gente me sacó de allí por la puerta de atrás.
Apenas puse un pie en la acera, los fans y los paparazi estaban esperándome. Los flashes de las cámaras, las voces que gritaban mi nombre, un chapuzón de humanidad. Ren y otros guardaespaldas me encerraron en un círculo cual membrana de protección.
Cuando la gente los empujaba, la fuerza hacía que el círculo ondulara mientras que avanzábamos por el callejón angosto hasta la camioneta.
–¡Lucky, te amo! –gritó una muchacha. Mi instinto fue mirar en dirección hacia donde había venido la voz y decir “¡gracias!”, pero hacer eso habría dado lugar a muchos más gritos y muchos más “gracias”. Había aprendido mi lección hacía tiempo.
Así que bajé la cabeza, concentrando mi mirada en los pies de Ren, que iba delante de mí. Con los ojos fijos en sus pasos firmes, mi corazón se desaceleró y pude tranquilizarme. Me gustaba tener algo en qué concentrarme. De lo contrario, pasaría directo a un estado de pánico, sintiéndome atrapada, aplastada por un millón de personas que querían un trozo de mí.
Mis guardias de seguridad desaceleraron la marcha y yo levanté la vista: la camioneta estaba cerca, pero los fans bloqueaban la puerta. La policía ya había llegado y la energía se volvía más y más intensa. Era ese momento de locura sobre el que absolutamente nadie tenía control, donde hombres adultos con brazos fornidos luchaban contra niñitas adolescentes con la mirada llena de ilusión, y yo lo observaba todo sin poder hacer nada mientras que aquellas niñitas se trepaban salvajes sobre los guardias.
Mi corazón se volvió a acelerar, me sudaban las palmas de las manos, y una ola de náuseas se apoderó de mí.
–No te alejes –dijo Ren en voz muy baja, estirando su enorme brazo contra mi torso para protegerme.
–¿Crees que tengo opción? –le pregunté. Tenía la voz ronca.
Estaba molesta con Ren, aunque sin razón.
–Podrían pisotearte –me respondió tranquilo. Ren tenía la edad de mi padre pero la preparación física de cualquier participante de
las Olimpíadas. Y el sentido de humor de una galleta sin sal.
No me alejé… Y luego, pude sentir una ráfaga de aire fresco que atravesó el círculo, rompiendo la muralla de cuerpos que me
rodeaba.
Mi corazón latió normal y levanté el rostro para ver la silueta de Hong Kong en el horizonte. Brilló solo para mí durante una milésima de segundo antes de que me empujaran dentro de la camioneta.
Lo primero que hice fue quitarme las botas.

 

 

 

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