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Carácter, una obra maestra

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Carácter, de Ferdinand Bordewijk (Jus) tiene tres protagonistas: un padre, una madre y un hijo. Cada uno de ellos es esencialmente incapaz de comunicarse con los otros y está atrapado en su propia naturaleza sin posibilidad de escape. El padre es un monstruo salido de la tragedia griega, la madre, una santa de proporciones casi aterradoras, y el hijo debe vencer al padre que intenta destruirlo. Bordewijk es uno de los escritores más importantes en la historia literaria holandesa, es autor de una extensa obra narrativa y poética. La crítica lo enmarcó en el nuevo objetivismo, especialmente tras la publicación de esta novela que fue llevada al cine con gran éxito. 

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En lo más negro del tiempo, por Navidad, vino al mundo mediante sección cesárea en la sala de parto de Róterdam el niño Jacob Willem Katadreuffe. Su madre era la sirvienta Jacoba Katadreuffe, de dieciocho años, a la que llamaban por la forma abreviada de su nombre: Joba. Su padre, el agente judicial Arend Barend Dreverhaven, un hombre que rozaba la cuarentena y ya entonces pasaba por ser el azote de todo deudor que cayera en sus manos.

La joven Joba Katadreuffe llevaba poco tiempo sirviendo en casa del soltero Dreverhaven cuando él sucumbió a su inocente belleza y ella a su fuerza. Él no era hombre dado a sucumbir: estaba hecho de granito, tenía corazón sólo en el sentido literal del término. Sucumbió aquella única vez, capitulando más ante sí mismo que ante ella. De no haber tenido la chica unos ojos tan especiales tal vez no hubiera ocurrido nada. Pero había acontecido tras varios días de furia contenida por culpa de un proyecto grandioso que Dreverhaven había ideado, montado y visto naufragar porque al final el prestamista dio marcha atrás en el último momento. O incluso pasado ese último momento, cuando ya no podía dar marcha atrás, puesto que había empeñado su palabra. No había ninguna prueba, ni un solo testigo y, como hombre de leyes que era, Dreverhaven sabía que nada podía emprender contra el incumplidor. Llegó tarde a casa, con la carta de éste en el bolsillo, una carta formulada con mucha prudencia, pero a la vez muy explícita en su negativa. Se lo había olido: en los últimos días el muy sinvergüenza supuestamente se había ausentado cada vez que lo llamaba por teléfono. Sabía que era mentira, lo sentía. Entonces, a última hora de la tarde llegó la carta, el primer y único escrito, y no había por dónde cogerla. De redacción impecable, seguro que detrás había un abogado.

Dreverhaven llegó a casa hirviendo por dentro y, en un arrebato de ira que disimuló, sometió a la joven Joba Katadreuffe. No estaba en la naturaleza de la chica sucumbir: tenía una voluntad de hierro, pero no dejaba de ser una jovencita. Lo sucedido rayó en el abuso, aunque no lo fue del todo, y ella tampoco lo consideró tal.

Se quedó con su patrón, pero dejó de dirigirle la palabra. Como él era callado por naturaleza, no se sintió molesto en absoluto. «Todo se arreglará —pensó—, y si el asunto trae cola me casaré con ella». Y se encerró a su vez en el mutismo.

Al cabo de unas semanas, Joba rompió el silencio.

—Estoy en estado.

—Ya —dijo él.

—Voy a marcharme.

—Ya.

Él pensó: «Todo se arreglará». No había pasado una hora cuando oyó cerrarse la puerta de la calle; no de un portazo, sino con el chasquido habitual. Se asomó a la ventana: allá iba la moza, con su abultada maleta de mimbre. Era una chica fuerte, no iba ladeada por el peso de la maleta. La vio marcharse cuando la tarde comenzaba a grisear; era a finales de abril. Se dio la vuelta hacia la mesa, donde yacían los restos de la cena. Se quedó quieto un momento, meditativo; era un hombre ancho de hombros, fornido pero sin gorduras, la cabeza de pedernal sobre un cuello grueso y corto, tocada con un sombrero negro de ala ancha. «Todo se arreglará», pensó, aunque comenzaba a dudarlo. Luego, sin darle más vueltas, se puso a fregar él mismo los trastos en la cocina.

La joven Joba Katadreuffe no volvió a dar señales de vida. Puesto que su estado no la entorpecía en absoluto, permaneció activa como sirvienta. Cuando ya no pudo esconder su embarazo, dijo sin más ni más que la había abandonado su marido. En aquella época no lo pasó tan mal, siempre dispuso de comida en abundancia y un techo decente. Hasta el final tuvo suficientes casas donde servir sin necesidad de pasar por la bolsa de trabajo, donde habrían indagado y descubierto su condición de soltera. Trabajaba duro, tenía una complexión de hierro y sus patrones se la recomendaban unos a otros. Los últimos meses sólo trabajó en casas de personas sin hijos: le bastaban para ganarse el sustento y así se ahorraba las situaciones incómodas en hogares de familias con niños.

Había reservado con suficiente antelación una plaza en la sala de parto. Era ciertamente muy joven, pero en absoluto ignorante; y previsora por naturaleza. También eligió el momento indicado para guardar cama, con lo que pudo descansar un tiempo. Una muchacha juiciosa, sin parientes ni amigos, una chica que no tenía nada que aprender, que lo sabía todo: así era Joba.

Hasta el final se sintió estupendamente. El rostro fresco, con dientes fuertes y ojos expresivos. Se ganó por entero a las enfermeras, ya curadas de espanto. Y esto pese a su seriedad, su silencio, la aspereza de su habla. Le preguntaron qué nombre le pondría al niño. Jacob Willem. En caso de ser niña, sólo Jacoba.

Le señalaron que el padre estaba obligado a pagar alimentos, a lo que ella no tardó en responder con patetismo:

—El niño nunca tendrá un padre.

—Vale, pero no estamos hablando de sus derechos, sólo nos referimos a que el padre tiene que proveer para tu hijo.

—No.

—¿Cómo que no?

—No quiero.

Le dijeron que cuando la dieran de alta podría dirigirse a Asistencia a la Madre, a Asistencia al Bebé para pedir ayuda.

Las manitas de sirvienta rojizas, rechonchas, infantiles, firmes, descansaban inmóviles sobre la colcha. Los ojos oscuros miraban adustos, eran claramente rechazantes. La crispación de la enfermera no tardó en esfumarse, la chica la enternecía: en su terquedad adivinaba algo de raza.

Ella no le hacía confidencias a nadie. Ardiendo en curiosidad, una de sus vecinas intentó sonsacarle con cautela la identidad del padre. Por lo visto la mujer (ella no veía por qué motivo) pensaba que detrás del asunto se escondía un señor acaudalado. Joba respondió:

—No tiene importancia, el niño nunca tendrá un padre.

—¿Por qué?

—Porque no.

El parto no se presentaba fácil. Al médico le extrañó. Una chica completamente sana. Pero tuvo que ceñirse a los hechos. Por último, decidió proceder a una operación y se la llevaron rodando.

El facultativo tenía ya mucha experiencia en la materia. No obstante, nunca olvidaría del todo el caso; en el círculo de colegas lo comentaría varias veces, aun años después. Bajo sus instrumentos vio marchitarse a la chica anestesiada, que en una hora se saltó la edad adulta. Le preocupaba el corazón, pero éste se mantuvo sano. La paciente no hizo nada más que marchitarse precipitadamente, como una flor expuesta a un gas tóxico. Contra toda certeza, él esperaba que todo volviera a componerse. Nada de eso: de las ruinas de su juventud ella no rescató más que la intensa, seria mirada. La mirada de raza.

El médico vino todos los días a sentarse un rato con ella.

—De momento no puedes trabajar, tienes que hablar con el padre.

—No.

—Debes hacerlo por el bien de tu hijo.

—No, no y no.

—Está bien —la tranquilizó—. En cualquier caso, deberás reconocerlo.

Joba hizo que le explicasen de qué se trataba y luego accedió. Fue su primer sí.

Sabía que era varón, pero no preguntaba por él, jugándose algo de la simpatía ganada. No intuían que ella simplemente no tenía el carácter para pedir el más mínimo favor, ni siquiera que le enseñaran a su propio retoño.

En casos así, el niño rara vez padece trastornos a raíz del parto. La enfermera lo trajo al tercer día.

—Joba, mira los ojazos que tiene tu hombrecito.

Eran sus mismos ojos marrones, tirando a negros. Tenía, además, un copete de pelusa negra.

—Ya se le puede peinar con raya —bromeó la enfermera.

El niño permaneció frenético e impaciente junto a su madre. En las camas vecinas se instalaron otras mujeres, y otras.

—Quisiera irme —dijo Joba.

Al cabo de tres semanas le dieron el alta. Se despidió de todas las enfermeras dándoles la mano, una mano pequeña, pálida y estrecha, ahora huesuda.

—Muy agradecida —le dijo a cada una—. Muy agradecida.

—Muy agradecida —le dijo al obstetra.

—Piensa en lo que te he dicho —la conminó el doctor De Merree—. Las direcciones de Asistencia al Bebé y Asistencia a la Madre han estado tantos días colgadas en tu cabecera que ya las habrás memorizado.

—No —dijo Joba—. Pero de todos modos se agradece.

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