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Bombo, el reaparecido

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Este libro cuenta con varios factores que lo hacen de lectura obligatoria: está escrito por Mario Santucho, hijo del guerrillero del ERP, Mario Roberto Santucho, militante marxista. El escritor y periodista investiga aquí la «resurrección» del Bombo Ávalos, un también combatiente del ERP, en principio, desaparecido. Si el hombre es quien dice ser, se trataría una cuestión de traiciones y entrega a los militares; pero si no lo es, ¿quién es? Además de las crónicas de exploración al respecto, el autor hace un profundo y sesudo análisis de la violencia. Aquí el primer capítulo. 

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Lo primero que debe decirse sobre Julio Ricardo Abad es que casi nadie lo conoció por su nombre legal.
Nació a mediados del siglo veinte en una comarca azucarera del sur de Tucumán y desde pibe lo lamaron Bombo Ávalos.
A los dieciséis años se incrustó un colmillo de oro y antes de llegar a la mayoría de edad se enroló en el Ejército Revolucionario del Pueblo, donde alcanzó el grado de capitán. Allí lo rebautizaron con el nombre de guerra Armando. A finales de 1976 fue secuestrado por efectivos del Ejército argentino. Desde entonces su memoria se perdió en el ultramundo de la desaparición física. Hasta que en 2013 reapareció como un espectro fugaz en su Santa Lucía natal. Y las preguntas se precipitaron. ¿Cómo que el capitán Armando está vivo si sabemos cuándo, dónde y quiénes lo secuestraron? ¿Cómo que volvió si varios testigos afirman haberlo visto en sendos centros clandestinos de detención soportando salvajes
tormentos? Admitamos aunque sea por un segundo que el Bombo sobrevivió: ¿es posible que se haya mantenido cuarenta años en el más estricto anonimato, en una suerte de dimensión paralela?
Este enigma se convirtió para mí en un campo magnético en torno al que comenzaron a surgir otros interrogantes incómodos. Julio Ricardo Abad no ha sido parte, ni lo será, del panteón de héroes revolucionarios que construyó la iconografía progresista. Tampoco ocupa un lugar destacado entre las víctimas que los organismos de Derechos Humanos inscribieron en el gran mausoleo de la memoria estatal. Un exponente de las clases más «atrasadas» de la sociedad, carente de formación académica y de trayectoria laboral, que toma un arma y se interna en la selva sin haber reportado antes en organizaciones sindicales ni estudiantiles, no es alguien que cotice alto en los anales historiográficos del setentismo.
Existe un argumento más sórdido para tender un manto de olvido sobre el Bombo Ávalos. Me refiero a las sospechas sobre su colaboración con la dictadura. Los indicios no son concluyentes, provienen en su mayoría de torturadores o servicios de Inteligencia, pero un prejuicio implícito induce cierto razonamiento tal vez inconsciente: si hubo miembros de las clases medias y pudientes que se entregaron en cuerpo y alma al ideal colectivo, que por su convencimiento ideológico ocuparon lugares de dirección en las organizaciones revolucionarias, y aun así fueron quebrados por la tortura, ¿por qué alguien plebeyo y más bien inculto se inmolaría por la causa?
El Bombo tuvo una vida intermitente, difícil de descifrar, con ribetes siniestros y pliegues heroicos. Como una bella cicatriz. Esta es su biografía imprevista. La historia de un desaparecido que volvió a un mundo que ya no lo recordaba. Y es también una reflexión sobre el viejo tema de la violencia que aquellas generaciones abrazaron, en busca del sueño perdido de la revolución.
Aquel día lluvioso de febrero de 2013 el pueblo dormía la siesta. Un hombre mayor se desliza en bicicleta sobre la ruta provincial 307. Va camino al cerro Aconquija.
A su derecha se recorta un antiguo ingenio azucarero, sobre el fondo verde del monte tucumano. El edificio, inmenso, yace en ruinas. Parece un espejismo. La imagen es conmovedora.
El sujeto franquea el arco de entrada a Santa Lucía e ingresa por Libertador, la arteria principal del poblado. Aunque intuye que nadie lo reconocerá, al fin y al cabo cuarenta años son demasiado tiempo, un miedo añejo atiza sus heridas. Sin proponérselo tuerce a la izquierda en el primer refugio para evitar la plaza, la rotonda, la iglesia. Bordea el muro derruido de la fábrica de azúcar abandonada, hasta la avenida Marco Avellaneda, y otra vez a la izquierda.
Un extraño sopor flota en el ambiente. El vaho le penetra por los ojos, la nariz, la boca, como el frío a los motociclistas en invierno. Mira de reojo la vieja administración del ingenio donde hoy funciona una biblioteca comunitaria. Ensaya un gesto de saludo al guardián de la empresa Alcogás y recibe como devolución un gruñido torvo. «Qué mala onda tienen estos», piensa. Ve un almacén abierto, se apea de la bici y entra.
La viva estampa del Zurdo Fernández, su amigo de la infancia, le provoca un escalofrío. Está igualito, aunque con arrugas. El Zurdo charla con una anciana que si la memoria no falla debe ser doña Ramona. Entonces saluda y pide una gaseosa, mientras siente que lo escanean con la mirada. Desde el fondo del negocio irrumpe una doña que trata de «mami» a Ramona. Debe ser María Orozco. El forastero pregunta qué fue de Lucía Cañas, la de acá a la vuelta. «Al José lo llevaron los militares», responde María, que parece simpática. «Los Cañas se mudaron a la par de la iglesia», completa y sale de escena.
Bombo comienza a sentirse cómodo. Algo le inspira seguridad. Una tenue brisa infantil, quizás ancestral, le reafirma que está en su lugar de origen. De repente, esa famosa voz que «viene de adentro» habla por él. Lo desboca. «¿Ustedes saben quién soy?», pregunta.
Los ojos saltones del Zurdo se achinan. Ramona se pone rígida de suspenso e intriga. Él mismo no había
calculado el advenimiento de este instante límite. Sabe que está dando un paso sin retorno. «Soy el Bombo Ávalos», anuncia y sonríe. Luego pregunta por su familia, dice que anda de paso, que tiene que ver a alguien en la Banda del Río Salí, se despide y sale del negocio. Todavía deja un último rastro:
a la altura del sindicato UATRE se cruza a un chango e intercambian miradas sin saludarse. Es el hermano de María Orozco, que dos minutos más tarde llega al negocio, donde hay revuelo. Doña Ramona, ni bien el aparecido emprende la retirada, ingresa a la casa y se abalanza sobre su hija: «¿Sabés quién era ese?». María pega un grito al enterarse. Corre con la intención de alcanzarlo.
Pero el Bombo ya se había esfumado. Otra vez.

Emmanuel Carrere publicó en 2014 una novela sobre el cristianismo que es también un ensayo sobre lo
que significa vérselas con un resucitado. El Reino describe las reacciones de quienes escuchaban al apóstol Pablo anunciar la resurrección del mártir Jesús: «tras un momento de estupefacción, una parte del auditorio se entusiasma mientras la otra clama contra la blasfemia».
Algo similar me sucedió al trasmitir la noticia de la reaparición del Bombo.
El grupo de los incrédulos se nutrió de exmilitantes que lograron escapar a la muerte. El Indio Mario Paz, por ejemplo. Salteño, morocho, petiso, morrudo. En la guerrilla le decían Daniel. Cayó prisionero el 12 de agosto de 1974 tras el fallido asalto del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) al Regimiento
de Infantería Aerotransportada de Catamarca. Allí se salvó por poco de los fusilamientos de Capilla del Rosario donde 16 combatientes fueron ejecutados. Luego vivió nueve años en las cárceles de la dictadura. Considera imposible el regreso de su antiguo camarada: si alguna lógica tuviera ese rumor, me dice, habría que replantear todas nuestras teorías sobre el tema de la traición.
Edgardo Fontana es entrerriano, gringo, siempre vital, lo llaman Cambá. Integró el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre, un grupo distinguido del peronismo revolucionario. En el exilio español le decían Veneno por el ánimo corrosivo. Retornó ni bien los militares desalojaron el gobierno en 1983 y pronto supo que el país nunca volvería a ser el mismo. Su hermana Lily asumió con él la pasión por la militancia. Pero ella no zafó y, para colmo, estaba embarazada. Cambá sabe, con esa seguridad que otorga la experiencia, que Julio Ricardo Abad no puede seguir en esta vida. «¿Sabés cuántas veces nos dijeron que habían visto a mi hermana?». Rolo Diez, grandote de andar cansino y razonar chispeante, se crió en el corazón de la pampa húmeda. Formó parte del dispositivo de inteligencia del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Luego partió al destierro para recalar en México, más precisamente en Colonia Roma. Hoy es un multipremiado escritor de novela negra. Por mail le pido su impresión sobre la reaparición del Bombo Ávalos. Cito textual la respuesta: «En cuanto al tema del justiciero supuestamente muerto por el enemigo pero que en realidad está vivo, suele ser más literario y mitológico que verdadero y político. Zapata montado en un caballo blanco era leyenda en Morelos años después de su muerte. Claro que puede haber un caso en que sea cierto, pero concretamente en este no se me ocurren ni motivos para que le perdonaran la vida ni posibilidades de llevar una existencia oculta para todos los que lo conocían».

En el bando de los creyentes se alistan los testigos de la aparición. El Zurdo Fernández y María Orozco crecieron en el barrio de los Pabellones, límite suroeste de Santa Lucía, camino a Las Dulces. María, cincuenta y cuatro años, vive en un hogar sólidamente constituido, con portal y cocina comedor a la calle, y un patio enorme que sueña convertir en salón de fiestas cuando su marido se jubile de la empresa agroexportadora en la que trabaja hace tres décadas. «Mi mamá es gente de antes, lo conocía al Bombo de chico, no se pudo haber equivocado; además, él se identificó», dice convencida cuando le sugiero que
pudo haber un error.
Con el Zurdo no logré traspasar la coraza gélida y jabonosa que los santaluceños fraguaron luego de la apoteosis represiva. Fue en uno de los últimos viajes que hice al pedemonte. Corrían los primeros días del año pero el calor no asustaba. Yo me había propuesto rastrear la letra chica de la reaparición del Bombo y el amigo Raúl Suárez, alias Sapo, lo apalabró a Fernández para que brindara su
trascendental testimonio. Lamentablemente solo conseguí extraerle monosílabos que confirmaban el milagro pero no agregaron un ápice de espesor a la noticia.
«No sé si le creo. ¿Vos pensás que puede ser cierto?», le pregunté al Sapo.
Su mirada me hizo sentir el significado preciso de la palabra imprudencia. Acto seguido explicó que si el
Zurdo decía haberlo visto es porque precisamente eso fue lo que sucedió; que no existía posibilidad de pifia porque conocía desde siempre a la familia Abad; y que él también estaba convencido de que el Bombo andaba vivito y coleando.

 

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