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Amigo imaginario

Kate Reese es una madre soltera que escapa de una relación de abuso para empezar desde cero en el pueblo Mill Grove junto a su hijo de siete años, Christopher. Pero Mill Grove no resulta ser ese lugar seguro que cree: Christopher desaparece en un bosque cercano, donde hace cincuenta años tuvo lugar otra desaparición similar de un niño que nunca fue resuelta. Amigo imaginario de Stephen Chbosky (Planeta) es el thriller más esperado. Así comienza.

 

 

No dejes la calle. Ellos no pueden atraparte si no dejas la calle.
El pequeño David Olson sabía que estaba en problemas. En cuanto su madre volviera con papá, le iba a ir mal. Su única esperanza eran las almohadas bajo su cobija, que daban la impresión de que seguía acostado. Era algo que hacían en los programas de televisión. Pero en ese momento no importaba. Había salido a hurtadillas de su habitación y se había lastimado el pie al resbalarse mientras bajaba por la enredadera. Pero no fue tan grave. No como lo que se hizo su hermano mayor jugando futbol. No era tan grave.
El pequeño David Olson cojeaba por la calle Hays, con el rocío en su cara y la niebla a los pies de la colina. Miró la luna. Estaba llena. Era la segunda noche seguida que estaba llena. Era una luna azul. Eso le había dicho su hermano mayor. Como esa canción con la que mamá y papá bailaban a veces. Antes, cuando eran felices.
Antes, cuando no le tenían miedo a David.
Blue Moon.
I saw you standing alone.
El pequeño David Olson escuchó algo entre los arbustos. Por un instante, pensó que podría ser otro de esos sueños. Pero no lo era. Sabía que no lo era. Se había obligado a mantenerse despierto.
Pese a los dolores de cabeza. Tenía que ir ahí esa noche.
La luz de los faros de un auto que pasaba iluminó la niebla. El pequeño David Olson se escondió detrás de un buzón mientras salía música rock and roll desde el viejo Ford Mustang. Luego, las risas de unos adolescentes. Estaban reclutando a muchos chicos para el ejército y manejar ebrios era cada vez más común. O al menos eso era lo que decía su papá.

—¿David? —susurró una voz. Sisserró. Sissseó.
¿Lo dijo alguien? ¿O simplemente lo escuchó?
—¿Quién anda ahí? —preguntó David.
Silencio.
Seguro estaba en su cabeza. No era un problema. Al menos no era la mujer siseante. Al menos no estaba soñando.
¿O sí?
David observó la esquina con el enorme farol en Monterey Drive, bajo la colina. Los adolescentes se fueron por ahí y se llevaron consigo todo sonido. Fue entonces cuando vio la sombra de una persona. En medio del charco de luz que formaba el farol había una silueta. Esperando y silbando. Silbando y esperando. Una canción que sonaba un poco como «Blue Moon».
A David se le erizaron los pelos de la nuca.
No te acerques a esa esquina.
Aléjate de esa persona.
El pequeño David Olson tomó un atajo por los jardines. Se acercó de puntitas a una vieja cerca. No dejes que se acerquen. Tampoco que te vean. No estás en la calle. Es peligroso. Arriba, a través de una ventana, vio que una niñera se besaba con su novio mientras un bebé lloraba. Pero sonaba como un gato. Aún no estaba seguro de que no estuviera soñando, pero cada vez era más difícil saberlo. Pasó por debajo de la cerca y los pantalones de su pijama se embarraron de pasto mojado. Sabía que no podría ocultárselos a su mamá. Tendría que lavarlos por su cuenta. Como si de nuevo estuviera mojando la cama. Cuando lavaba las sábanas cada mañana. No podía dejar que su madre supiera. Ella haría preguntas.
Preguntas que él no podía responder.
No en voz alta.
Avanzó por la pequeña arboleda detrás de la casa de los Maruca, junto a los columpios que el señor Maruca había armado con sus hijos. Tras un día de trabajo pesado, siempre había Oreos y un vaso de leche esperando. El pequeño David Olson los ayudó un par de veces. Le encantaban las Oreos. Especialmente cuando estaban algo viejas y se ponían blandas.

—¿David?
Ahora el susurro era más alto. Miró hacia atrás. No había nadie. Echó un vistazo hacia el farol más allá de las casas. La sombra ya no estaba ahí. Aquella silueta podría estar en cualquier parte.
Podría estar detrás de él. Por favor, por favor, que no sea la mujer siseante. Por favor, que no esté dormido.
Crac.
Una ramita se quebró justo detrás de él y el pequeño David, olvidando que tenía el pie lastimado, empezó a correr. Cortó camino por el jardín de los Pruzan, directo hacia Carmell Drive, y dobló a la izquierda. Podía escuchar perros jadeando. Acercándose. Pero no había perros. Solo eran sonidos. Como en los sueños. Como el gatito llorando. Lo perseguían, así que corrió con más fuerzas, azotando el pavimento mojado con sus pequeños botines. Plas, plas, plas, como los besos de la abuela.
Cuando al fin llegó a la esquina de Monterey Drive, dio vuelta a la derecha. Corrió por en medio de la calle, como una balsa sobre el río. No dejes la calle. Ellos no pueden atraparte si estás en la calle.
Podía escuchar los sonidos a cada lado. Pequeños siseos. Y perros jadeando. Y lamiendo. Y gatitos. Y esos susurros.
—¿David? Aléjate de la calle. Te van a lastimar. Ven al jardín, aquí es seguro.
Era la voz de la mujer siseante. Lo sabía. Su voz siempre era linda al principio. Como la de una maestra sustituta queriendo caer bien. Pero en cuanto la veías, dejaba de ser linda. Se volvía toda dientes y una boca siseante. Peor que la bruja mala. Peor que cualquier otra cosa. Con cuatro patas como un perro o un largo cuello de jirafa. Sssss.
—¿David? Tu mamá se lastimó los pies. Los tiene todos cortados. Ven a ayudarme.
Ahora la mujer siseante estaba usando la voz de su mamá. No era justo. Pero eso hacía. Incluso podía verse como ella. La primera vez funcionó. Se acercó a ella en el jardín y ahí lo atrapó. Después de eso, no durmió en dos días. Después de que se lo llevó a la casa que tenía ese sótano. Y ese horno.

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