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A prueba de fuego, de Javier Moro

A prueba de fuego de Javier Moro (Espasa) es una novela histórica que cuenta la aventura americana de Rafael Guastavino, el arquitecto español de Nueva York. Contada por su hijo, esta es la historia del arquitecto Rafael Guastavino, que es también la de una familia desgarrada entre dos continentes, y la epopeya de una época convulsa que vio nacer el mundo moderno. Un universo donde el sesgo entre lo nuevo y lo antiguo solo se veía a prueba de fuego, justamente.

 

 

 

 

Abandonado por la familia, arruinado, sin hablar inglés, Rafael Guastavino desembarcó en Nueva York en 1881, a los 39 años, una edad tardía para emigrar. Lo animaba el éxito que había conocido en Barcelona y una fe inquebrantable en su propia visión de la arquitectura y de la construcción. Padre e hijo –inseparables compañeros y tambien rivales– diseñaron y levantaron algunos de los edificios y monumentos más bellos de Norteamérica.
En el estilo ágil y ameno que lo caracteriza, Javier Moro reconstruye la aventura de los Guastavino, desde la dura infancia en Valencia, la juventud en la Barcelona de la fiebre del oro, hasta la conquista de Nueva York. Gracias a una minuciosa documentación, en concreto unas cartas inéditas, el autor devela los secretos inconfesables de una vida familiar tumultuosa que la ficción más descabellada no hubiera podido inventar. Y surge un poderoso relato sobre las complejas relaciones entre un hombre y las mujeres de su vida, entre un padre y su hijo, entre la pulsión creativa y la necesidad de supervivencia, entre la lealtad y la infidelidad, entre la ambición y la belleza. En ESTACIÓN LIBRO compartimos la primera parte (luego seguimos).

 

 

POR JAVIER MORO

 

Lo recuerdo en sus horas más bajas, cuando mi madre le dijo que se iba, que nos dejaba. Era la noche del 11 de mayo de 1881. Caía sobre Nueva York un chirimiri que se infiltraba en los huesos. Mi padre llegó empapado y aterido al piso donde vivíamos en la parte baja de Manhattan, cerca del puerto. Éramos los únicos españoles en ese edificio poblado de irlandeses, alemanes, rusos, polacos e italianos, familias como la nuestra que habían venido a labrarse un
futuro en América. Entonces no lo sabíamos, pero ese barrio era la zona con mayor densidad de población del planeta. A esa hora tardía, los ronquidos y las toses de los vecinos se mezclaban con el chasquido de los cascos de los caballos hincándose en el barro y con las lejanas sirenas de los buques.
No podía dormir porque había visto llorar a mi madre toda la tarde; la tristeza que la embargaba, como el tiempo, no escampaba desde que habíamos desembarcado del Ville de Marseille una tarde soleada de abril. A través de la rendija de la puerta de nuestro cuarto, el de los niños, la vi encender el candil, cogerle a mi padre el abrigo y, antes de colgarlo en el perchero, olisquearle las solapas.
—Otra vez, Rafael… —dijo sin aspavientos—, ¿qué perfume es este?
—No pienses mal, hija.
—Ya sé que no me vas a decir con quién has estado hoy… ni yo te lo voy a pedir.
Hablaba en voz baja. Quizás para no despertarnos a mis hermanas y a mí. O quizás porque le costaba comunicar su decisión. Rara vez se encaraba con mi padre, por quien sentía un respeto reverencial. Por eso, me sorprendió cuando la escuché decir:
—Ya no me importa saber con quién te corres las juergas.
Mi padre alzó los hombros y le contestó:
—Como si no tuviera otra cosa que hacer, Paulina. —Se frotó la patilla que descendía por la cara y luego se fundía en un bigote espeso, era lo que se llevaba entonces, y se apresuró a dar explicaciones—: No he estado con nadie, mujer, solo con Fernando… Ya sabes, Fernando Miranda, el escultor valenciano. Hemos quedado en Delmonico’s, allí solo admiten señoras de la high society, ¡y acompañadas por sus maridos! Van muy perfumadas, por eso huelo así…
—Mi madre le miraba impasible, callada. Él seguía hablando—: La reunión de esta mañana con los arquitectos que conocí a través del cónsul fue un fracaso. ¡No consigo hacerme entender!
—¿Cómo te van a entender si no hablas nada de inglés?
Ya te dije que este no era un país para nosotros. Mejor nos hubiera ido en La Habana.
—El futuro está aquí, Paulina, no en Cuba. —Mi padre se dejó caer en el sillón. Parecía agotado—. He estado una hora chapurreando para que me digan lo de siempre, que este tipo de bóveda de ladrillos delgados puede funcionar en España o en Italia, pero aquí lo ven fuera de lugar. ¡No entienden las ventajas! Me desespera.
—Rafael —le interrumpió mi madre, mirándole a los ojos—. Quiero volver a Barcelona.
Se hizo un largo silencio.
—¿Cómo?
—La Paqui no mejora —prosiguió ella—, y me han dicho las vecinas que está brotando una epidemia de difteria en el Bowery… Tengo miedo de que se ponga peor con esta humedad y… y hay un vapor que zarpa dentro de dos semanas.
Gruesos lagrimones resbalaban por sus mejillas. Tenía los ojos enrojecidos, llevaba llorando desde nuestra llegada.
—Lo de Paquita no es nada, ha cogido una pulmonía, pero ya se está curando, nos lo dijo el médico.
—Tengo miedo de que recaiga, no está bien.
Hubo otro silencio largo, que mi padre rompió.
—Paquita se va a poner buena, ahora llega el verano.
De nada servía consolarla. Mi madre se quería ir por muchas razones, que yo supe más tarde, aunque la principal era que no se sentía querida por mi padre, pero eso no se atrevía a decirlo directamente.
—Rafael, es que no puedo… no puedo… —balbuceó con la respiración entrecortada.
—No me gusta verte así, Paulina.
—Ni a mí me gusta que vuelvas tan tarde. Cuando vivíamos en Barcelona lo soportaba todo, pero aquí me derrumbo. Paso los días esperándote, estoy sola con los niños… y la Paqui, que no mejora, no puedo más.
—Es el principio, Paulina. Hay que darle tiempo al tiempo.
Mi padre se acercó y la abrazó, pero ella le rechazó suavemente.
—No tengo una sola amiga, y tú nunca estás —respondió, levantando la mirada—. Pensé que la vida cambiaría al venirnos aquí, pero no… Cada uno es como es, y tú no vas a cambiar nunca.
Mi padre le soltó de nuevo todo lo que le había contado cien veces, que había que tener paciencia, que se encontraban en el país de las oportunidades, que estaba seguro de que su idea de hacer edificios ignífugos iba a triunfar, que ya le habían encargado unos dibujos para una revista catalana publicada en Nueva York por un amigo de un amigo, que vivirían con más desahogo…, pero mi madre no escuchaba. Hacía tiempo que había dejado de creerle. Qué lejos
parecía la época en la que constructores, banqueros y altos funcionarios del ayuntamiento de Barcelona hacían cola para ser recibidos por don Rafael Guastavino. Hacía solo un año era todo un señor, con coche de caballos propio y rodeado de amigos engolados a los que invitaba a las inauguraciones de los edificios que él mismo diseñaba y proyectaba en las mejores zonas del Ensanche… Ahora su caída, que parecía no tener fin, nos arrastraba a todos.
Para apaciguarla, le propuso mudarse a un piso más amplio y cómodo en un barrio mejor. No lo había hecho hasta entonces porque decía que necesitaba sus ahorros para poner en marcha el negocio, pero ahora estaba dispuesto a lo que fuese con tal de mantener a la familia unida.
—No es eso, Rafael. Es que no puedo vivir aquí, no me hago con las costumbres, no hablo el idioma…
—Ni yo, pero ya lo aprenderemos.
—Me da hasta miedo salir a la calle, si a eso lo llamas
calle, porque es un barrizal… Ayer unos chavales irlandeses se metieron con la italiana del quinto. Cualquier día me pasa a mí. Necesito volver a España, Rafael… Me siento una mendiga, aquí me muero de melancolía.
—Qué cosas dices, Paulina.
Mi padre no midió bien el malestar de mi madre, lo achacó a una crisis pasajera debido a la dureza del clima y a la dificultad de integrarse en la vida neoyorquina. La mayoría de los inmigrantes tenían gente de su país de origen a quien recurrir, pero los españoles éramos muy pocos
porque prácticamente todos se iban a Cuba, México o Sudamérica, así que no había suficientes compatriotas en Nueva York para hacer un barrio español donde conseguir apoyo.
Según mi padre, era lo que le faltaba a mi madre, y lo que dificultaba su adaptación en un mundo en inglés. Pensó que se le pasaría.

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