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Ofelia, la trascendencia de la muerte

 

Rimbaud describió a Ofelia como un gran lirio blanco flotando sobre el río desde hace miles de años, el filósofo Gaston Bachelard encuentra en el mito de Ofelia la encarnación de las aguas suicidas. Ella, la enamorada del Hamlet de Shakespeare, tiene uno de los finales más románticos de la literatura. A partir de una obra de teatro, la autora aquí desarrolla estilísticamente el aspecto que más ha trascendido del personaje de Ofelia a las demás artes: su muerte. 

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

Hace unos años, en una caminata por Leading Creek, Ohio, alguien se encontró con la imagen de tres ciervos que, según se cree, en una pelea, se quedaron enganchados entre sí por sus cuernos y cayeron al río. Murieron ahogados. La imagen es poderosa, quedaron unidos, como formando una estrella, cubiertos apenas por el agua y rodeados de algunas hojas que condicionan su color original según la iluminación del sol, viéndose entre doradas y rosadas. Mirando esas fotos, desde el fondo de la memoria, siempre sensible en su poder de relación, se provoca la imagen inevitable: el cuadro clásico de Ophelia, y, entonces, se abre paso al ideario poético, hasta los ciervos sueñan con ser el personaje de Shakespeare.

“Todas queremos ser Ophelia, aunque sea una vez”, dice la actriz Inda Lavalle en la introducción de la premiada obra Ser sin orillas, escrita y dirigida por Macarena Trigo. Un monólogo de brutalidad barroca que la protagonista recita desde la carne, y con tanta intimidad de dolor, tragedia y belleza que podemos escuchar el crujir de sus huesos en cada palabra que pronuncia, pero, sobre todo, cuando nos mira de frente y nos advierte con la boca llena de pulsión: “Yo soy Ofelia”.

La obra, que se puede ver en Espacio 33 los sábados a las 20 hs, en funciones que son “a la gorra”, comienza con un ensayo alrededor de, justamente, el cuadro de John Everett Millais. No necesita pronunciarlo, en cuanto dice “cuadro” la mayoría ya sabemos cuál es, y en cuanto se acerca a la pared para señalarnos las flores o hablarnos de la pose de Ofelia a nadie le quedan dudas. El detalle: la pared nunca deja de estar en blanco, lo único que se proyecta, entonces, son nuestros cinco sentidos.

Ofelia flota en el río como los ciervos. Las escenas por separado y la comparación se cargan de una hermosura que, como toda manifestación de la belleza, subleva. Si esto no pasara, estaríamos frente a algo más ligero, frente a algo que podemos medir como “lindo” o “feo”, frente a algo que olvidaremos pronto, que es reemplazable o descartable, pero jamás será vincular. Lo bello, en cambio, sí, porque es lo que te toca aún sin tocarte, es lo visual volviéndose una explosión de tacto adentro del cuerpo. Muchas veces ni siquiera se percibe en el momento, sino después, cuando aquella sensibilidad de la memoria lo trae al presente como un puente de comprensiones, complementos o, simplemente, porque sí, como un bocado. Todo esto hace que las tragedias shakespeareanas sean desesperantes y magnéticas, pero, sobre todo, que se mantengan vivas, porque son historias que se componen el entramado de la belleza.

“El río no quiso salvarla”, continúa el monólogo. “Se queda con los ojos abiertos para siempre”, nos advierte con desesperación la actriz antes de seguir dándonos nuevas herramientas y deseos locos de volver a la lectura de Hamlet, “nadie le enseñó lo que era el amor. Lo aprendió en el mismo momento que él, mientras reflexionaba sobre su existencia, le decía ‘vete a un convento’”. De todos los lugares que existen en el mundo, ese fue el destino que él le deseo. Y es en ese momento exacto que nuestro personaje favorito se hace mujer, conoce lo que nadie le enseñó ni le explicaron después, y es ahí, estrictamente ahí, cuando muere, o, mejor dicho, cuando se transforma en algo eterno que sólo necesita del espacio adecuado para liberarse del desprecio, no sólo de él, también del mundo que la sorprende una vez que descubre el amor, y todo lo que viene y se quita con esa sensación.

 

Ofelia vive y sobrevive de tal manera que aparece, incluso, cuando ella no está. El pintor inglés Millais parece comprender perfectamente la estadía de infinitud a la que Shakespeare la empuja, por algo su muerte se concreta con el río como cómplice. Por eso, la Ofelia pintada por uno de los artistas románticos más importantes es la que siempre se nos viene primero a la mente, la que nos da la sensación de conocerla de manera íntima; y es en ella en donde parecen descansar, a su vez, las miles de Ofelias ilustradas, pintadas y recreadas en el arte moderno.

El pintor fue matemático para componer esa imagen profundamente emocional: cada una de las flores que la rodea son las que enumera Gertrude cuando le toca contar el trágico final de su hija. Cada una de esas flores tienen un significado simbólico y, a partir de ahí, él las acomodó a su alrededor: el sauce es el amor, la ortiga habla del dolor y las margaritas de la inocencia, pero la flor protagonista -y que exige una mirada filosa- es la amapola, una de las flores que Hamlet le regala.

Lo bello nunca es feliz o triste, su complejidad nos trae la verdad que la modernidad se empeña en olvidar, y es que ambos sentires pueden ocurrir al unísono. Pero, además, no se separa de lo trágico, más aún, se funde, porque la verdad de la belleza ocurre en nuestra profundidad, de ahí su no neutralidad, una no neutralidad que es totalmente procesal. De nuevo, por algo las obras de Shakespeare atraviesan los siglos y las sentimos tan familiares, incluso para los que no son lectores del gran autor.

“Pocas personas saben apreciar la belleza de una decisión”, sentencia sabiamente ya casi sobre el final de la obra la actriz, ¿y acaso la vida se trata de algo más que de decisiones? ¿Y no hay acaso en la toma de decisiones un conjuro de sentimientos que aun en lo triunfal dejan atrás, o a un costado, una parte de uno? La respuesta también está entre las páginas de Hamlet, y no pasó desapercibida ni para Millais ni para Macarena Trigo, y la da Ophelia, en una escena en soledad, cuando exclama “Haber visto lo que vi, para ver ahora lo que veo”.

 

 

 

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