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Los mejores comienzos de la literatura

La primera línea de un relato es fundamental. Tiene que ser el disparador que motive una lectura ávida, curiosa, hambrienta. Hay algunos que nos aprendemos de memoria: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, García Márquez en El amor en los tiempos del cólera; o “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”, de La Metamorfosis Kafka. Otra favorita: “Al día siguiente no murió nadie”, en Las intermitencias de la muerte, de José Saramago. Cómo olvidarlos. En ESTACIÓN LIBRO compilamos muy arbitrariamente, la verdad, las que más nos gustan.

 

Don Quijote de la Mancha, de Cervantes.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.
“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”.

Lolita, de Vladimir Nabokov.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta”.

Anna Karenina, de León Tolstoi.
“Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”.

Yo, Claudio, de Robert Graves.
“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto-lo-otro-y-lo-de-más-allá…”.

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.
“Es una verdad universalmente aceptada, que todo hombre soltero en posesión de una buena fortuna, debe estar en búsqueda de esposa”.

Rayuela, de Julio Cortázar.
“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”.

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.
“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás pavadas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso”.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino.
“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida”.

El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
“En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza.”Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”.

Rebecca, de Daphne du Maurier.
«Anoche soñé que iba a Manderley de nuevo».

El túnel, de Ernesto Sabato.
“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”.

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”.

Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
“Aquel día no hubo manera de dar un paseo. El caso es que por la mañana anduvimos deambulando una hora entre los pelados arbustos; pero después de comer -y la señora Reed, cuando no había invitados, comía pronto- el helado viento invernal había acarreado unas nubes tan sombrías y una lluvia tan penetrante que volver a poner el pie fuera de casa era algo que a nadie se le pasaba por la cabeza. Yo me alegré”.

Ulises, de James Joyce
“Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente a su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó: -Introibo ad altare Dei. Se detuvo, escudriñó la escalera oscura, sinuosa y llamó rudamente: -¡Sube, Kinch! ¡Sube, desgraciado jesuita!”.

Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.
“Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia”.

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
“Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no agarraba un pez”.

Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.
“Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret más fabuloso del mundo…”.

La campana de cristal, de Sylvia Plath.
«Fue un verano extraño y sensual, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg, y yo no sé qué estaba haciendo en Nueva York ”.

Me llamo Rojo, de Orhan Pamuk.
“Encuentra al hombre que me asesinó y te contaré detalladamente lo que hay en la otra vida”.

David Copperfield, de Charles Dickens.
“Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente”.

El castillo soñado, de Dodie Smith.
“Escribo esto sentada en la pileta de la cocina”.

1984, de George Orwell.
“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece”.

Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa.
“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Middlesex, de Jeffrey Eugenides.
“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”.

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
“2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”.

El tambor de hojalata, de Günter Grass.
“Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí, que soy de ojos azules, no es capaz de calarme”.

Matadero cinco, de Kurt Vonnegut.
“Todo esto sucedió, más o menos“.

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.
“Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador de paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso”.

El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
“En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible”.

El extranjero, de Albert Camus.
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”.

Colmillo Blanco, de Jack London.
“A un lado y a otro del helado cauce de erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos hacia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza”.

A sangre fría, de Truman Capote.
“El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman ‘allá’”.

Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
“No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad. Eso no es nada”.

Ilustración: Fernando Vicente.

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