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Plagios: ¿copia o inspiración?

 

Una constante en el mundo editorial: las acusaciones de plagio. Hay diferentes factores a considerar como bien destaca Cerminaro, el autor del informe, sobre el robo intelectual de una obra. Lo cierto es que hoy difícilmente pueda pasar desapercibido: todo se verifica en la web. Un detalle que salvó a Shakespeare, sin dudas. 

 

 

POR PATRICIO CERMINARO

 

Las palabras son finitas. Y sus posibles combinaciones se presentan infinitas. Sin embargo, a veces dos textos chocan como dos aviones en la inmensidad del aire. Y, como dos hermanos separados al nacer, su encuentro revela más similitudes que diferencias. Pero aquí no hay genética: por obra de la picardía, la viveza, la mala suerte o la mala interpretación del ojo lector, un texto ha sido desprendido del otro, se ha apropiado de su esencia o, incluso, en algunos casos, ha tomado solamente un detalle. “Plagio”, le dicen los denunciantes. “Coincidencia”, le llaman los culpables.

 

De hecho, así se defendió José Saramago cuando debió hacerlo. “Si dos autores tratan el tema de la ausencia de la muerte, resulta inevitable que las situaciones se repitan en el relato y que las fórmulas en que las mismas se expresen tengan alguna semejanza”, dijo. La historia había comenzado varias semanas antes: el 12 de mayo de 2006 el periodista mexicano Teófilo Huerta Moreno denunció a través de la radio que su obra El cuento triste fue, no solo el disparador creativo para el escritor portugués, sino también una inspiración más que burda. Y antes de que la defensa acusara desconocimiento de causa, dio más información: Huerta Moreno tenía la seguridad de que el ganador del Premio Nobel había leído su trabajo porque fue él mismo quien se encargó de enviar a su editorial ejemplares a su nombre en el año 1997. Ocho años después, Las Intermitencias de la muerte llegaría a las librerías. Sin embargo, incluso con las pruebas presentadas, la parte atacada negó todo una y otra vez: “esta historia circula por internet y resurge cuando falta alguna noticia en los diarios”, comentó Pilar del Río, esposa de Saramago, al ser consultada años más tarde. Aún hoy la polémica no tuvo resolución. O en todo caso quedará reservada al criterio del lector: será cuestión de comparar.

 

José Saramago

 

Otros no necesitaron ser denunciados para ganarse la condena de, incluso, sus fieles seguidores. “William Shakespeare no era un escritor, era un genial carpintero del teatro, un actor que copió y plagió maravillosamente los textos que había en su época”, comentó en enero de 1995 el fundador de la Fundación Shakespeare de España, Manuel Ángel Cornejo. Y la idea no es nueva, ya desde el siglo XVIII la crítica y la investigación literaria ha encasillado al británico más como ladrón que como santo. Que un hijo de comerciante no podía escribir así, que no pudo haber leído lo suficiente para tener tanto mundo, que alguien nacido en un pueblo no era capaz de eso. Sus textos debían ser propiedad de algún intelectual, alguien preocupado más por el de su obra que por la fama. Cornejo, fundamentado en un estudio concienzudo, prefiere dejar de lado esas teorías y abordar la evidencia: lo escrito. “En La tempestad hay fragmentos enteros copiados de Montaigne, que era aburridísimo; pero sus textos, puestos en los personajes del romance de Shakespeare, son sobrecogedores”, dijo. Y frente al desdeño moral de tomar lo ajeno para convertirlo en propio, encuentra quizá un alivio tanto para él como para la memoria del autor: “el producto de sus plagios y textos de dudosa procedencia está lleno de maravillas”. Es que, claro, en el mil quinientos y pico la apropiación era más sencilla: esto es mío y aquí no ha pasado nada. Los tiempos que corren son difíciles para los ladrones de palabras: siempre hay un lector atento y conexión a internet.

 

 

Y tanto como internet ayudó a Michel Houellebecq a escribir su obra El mapa y el territorio, también contribuyó a destruirla. Es que, claro, la tecnología es traicionera: el mismo teclado con el que se puede copiar y pegar puede borrar, ya no un texto sino una reputación construida. Según acusaciones públicas aparecidas en la web por la gracia de las comunidades digitales, varias frases medulares de la obra del francés figuran idénticas a fragmentos de Wikipedia. Como un estudiante secundario un domingo por la noche, el autor de Las partículas elementales se dedicó a quitar una por una las comillas y las referencias para convertir en propias palabras de otros. Su editorial ensayó una respuesta al afirmar que los fragmentos señalados son “pequeñas citas que no son susceptibles de constituir plagio, lo que sería una acusación grave”. Y como un salvavidas de plomo, mete al escritor en un brete ya no legal sino más bien técnico o metodológico: parece que al gran autor francés nadie le enseñó a usar las comillas para citar. Desactivada la farsa, un usuario digital llamado Florian Gallaire propuso un fuego contra fuego: ¿acaso no debería ser pública una obra desprendida de textos precedentes de dominio también público? El vengador internauta abordó esa lógica y publicó el libro de Houellebecq en Wikipedia a días de llegar a las librerías.

Y más allá de las resoluciones simpáticas y de las palabras bonitas, aquí más que honor a veces hay mucho dinero en juego. Arturo Pérez-Reverte lo sabe: en 2013 debió resarcir a Antonio González-Vigil con la suma de 200.000 euros. ¿La razón? Un tribunal lo encontró culpable de plagiar el guion de la película “Gitana”. Y, como si fuera poco, la escritora Verónica Murguía lo acusó también de plagiar un texto del libro Perros e hijos de perra. Sin embargo, aunque debió pagar sin chistar, nada le impidió lanzar algunas palabras primero. «Decir que hay plagio porque en un guion aparecen gitanos, droga, música flamenca y venganzas es como decir que en una película del oeste hay plagio porque salen un sheriff, bandidos, indios y una chica del salón», dijo en un comunicado. Más tarde, aprovechó para salpimentar el asunto: “creo que ya es momento de que el señor González Vigil busque otras fuentes de ingresos o de financiación ajenas al señor Pérez-Reverte” escribió en su página web el 15 de julio de 2013, y continuó: “dado que la profesión declarada del señor González Vigil es la de guionista de cine, el señor Pérez-Reverte se inclina a sugerirle que escriba guiones”.

 

 

 

Michel Houellebecq

 

 

Los casos aparecen y se repiten. Plagios por aquí y acusaciones por allá. Y la cuestión central parece estar más bien alejada de eso. Así lo revelan algunos de los ejemplos reunidos: no alcanza con robar ideas, con tomar prestados conceptos, nombres de personajes. No alcanza con la inspiración. Incluso tal vez nunca nada sea suficiente frente al objetivo del texto perfecto. Sin embargo, no estarán más cerca de ello los que roban mejor ni tampoco los que no lo hacen, sino aquellos que sepan qué hacer con las palabras que le han sido dadas.

 

 

 

 

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