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Los hobbies más disparatados de los escritores

 

No solo de las letras viven los autores. Hombres y mujeres de plumas tomar, también se han dedicado a pasatiempos de lo más descabellados. Como indica el informe, algunos han influido en su obra, otros apenas (o nada menos) fueron su forma de terapia, de recogimiento personal.

 

POR PATRICIO CEMINARO

La experiencia del escritor suele describirse de muchas formas y tiene muchos procesos. Y en entre todas las alternativas, se revela una verdad: las obras se revelan al lector como un evento lineal, sin las interrupciones propias del trabajo maratónico de la escritura.

No es raro, entonces, que al autor se lo conciba como un simple escribidor. Un robot programado para trabajar sin interrupciones y hacer de las palabras, un todo. Sin embargo, la lógica lo sugiere: el escritor escribe. Y también hace todo lo demás.

 

Foto de José Gelabert

 

Cortázar, por ejemplo. Una tarde de su infancia lo encontró en la ignorancia de esos grandes momentos: sin saberlo, ese día cambiaría su forma de concebir al mundo. Tenía nueve años. Su familia era dueña de la única radio del barrio y, como una obligación social, su casa funcionaba como núcleo de los grandes eventos. Así ocurrió esta vez: el 14 de septiembre de 1923 toda la barriada se juntó a escuchar el relato de la pelea entre Jack Dempsey –norteamericano, peso pesado, favorito- y Luis Ángel Firpo –argentino, apodado “El Toro de las Pampas”, retador-. Mil veces se narró lo ocurrido en Estados Unidos durante aquella “Pelea del Siglo”. Tantas menos se dijo lo que ocurrió en esa localidad del sur de la provincia de Buenos Aires: el ritmo frenético y la emoción de aquella contienda –quizá no la primera que Cortázar escuchaba, pero sin dudas la primera a la que le prestó atención- hicieron mella en él. Así  lo recuerda el propio autor en el texto “El noble arte” de La vuelta al día en ochenta mundos: “Fue nuestra noche triste; yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. Y a pesar de la injusta derrota del púgil argentino, los dos rounds que duró la pelea alcanzaron para crear un gusto para toda la vida.  

Desde entonces, el boxeo se volvió su gran pasatiempo. Vio narices rotas en el mítico estadio Luna Park y tantas veces escuchó la cuenta regresiva que anuncia el final inminente. Admiró, claro, a Mohamed Ali. También a Nicolino Locche, al “Mono” Gatica y a “Sugar” Ray Robinson. Incluso fue más allá: lejos de aquel relato fundacional en su Banfield natal, Cortázar se volvió el hombre de la radio. Recién llegado a Francia en el año 51 y por su facilidad con las palabras fue escogido como relator en peleas transmitidas en directo para Argentina y México. Sin embargo poco duró: por su mala pronunciación fue expulsado al poco tiempo de arrancar. Y aunque fue corta su carrera como locutor, su vida de escritor nunca olvidó aquella pasión: cuentos como “La noche de Mantequilla” o “Torito” son la demostración de que aquella noche de 1923 duró para toda la vida.

 

 

Agatha Christie con su marido

 

A veces, sin embargo, esos grandes pasatiempos se descubren más tarde. Y no como un evento de shock, sino más bien a través del tiempo: crecen obsesivos y silenciosos, como si pertenecieran allí. Así le ocurrió a Agatha Christie. A los cuarenta años conoció a su segundo marido y con él, a su gran pasión. Max Mallowan era por ese entonces un reconocido arqueólogo. Ella, ya muy leída en esa época, nunca contempló la posibilidad de adentrarse en ese mundo de polvo y rocas, pero sí que lo soñó: en su infancia se había imaginado realizando grandes descubrimientos subterráneos. Sin embargo, la vida misma se había encargado de soterrar esas fantasías de niño. Y la misma vida también se encargó de desenterrarlas. Después de conocerse en 1930 en la ciudad de Ur –actualmente perteneciente a Irak-, Mallowan y Christie se volvieron inseparables. Cada uno empezó a interesarse en la actividad del otro: era requisito para sus planes que ambos pudieran mantener sus trabajos sin la necesidad de alejarse por largos viajes. Ella, sin embargo, no se conformó con conocer. También quiso hacer. Y puso manos a la obra: en las sucesivas excavaciones se especializó en la restauración arqueológica. Etiquetó piezas de marfil y reconstruyó cerámicas. Desarrolló habilidad por la fotografía e incluso tomó cursos para especializarse aún más. No era un trabajo para ella sino una pasión. Por eso, siempre que pudo aportó parte de sus ingresos como patrocinadora anónima para apoyar nuevas y más ambiciosas excavaciones. Tanto supo, tanto conoció, que se convirtió en la única persona de confianza de su esposo para entender y transliterar textos en cuneiforme y sumerio. Aquellas experiencias se transformaron en contexto para sus novelas. Publicaciones como Asesinato en Mesopotamia, Nombramiento con la muerte y Llegaron a Bagdad revelan aquel gusto por la arqueología.

 

Todavía más lejos en el tiempo, la poeta Emily Dickinson encontró en la cocina un espacio de inspiración. Su gusto por el horneado de pan se transformó en un momento de su vida en un disparador: inspirada por el aroma de las masas calientes escribió decenas de sus poemas en el dorso de sus recetas caseras. Y esos manuscritos llegaron a estos tiempos como evidencia de su gusto y su pasión. Prefirió la panadería y la pastelería. De hecho, no hay registros que indiquen que también preparara otras recetas. Cocinaba y repartía. Sus familiares, los niños del barrio atraídos por el aroma de un pan de jengibre, los vecinos: todos recibían su porción. Y en el medio, arrebatadas, surgían las palabras que interrumpían el proceso: el poema aparecía en el dorso del papel en menos de lo que tardaba en leudar la masa. Todas esas recetas y esos manuscritos fueron compaginados años más tarde en el pequeño libro Profile of the Poet as Cook. Sin embargo, el fin no era el arte sino la cocina en sí misma. Tan buena se volvió que su pan se llevó el segundo puesto en un concurso organizado en 1856. Y que las malas lenguas del barrio se callen: que su hermana haya sido uno de los jurados no tuvo nada que ver. Esto escribió Susan Dickinson –pareja de su hermano y amiga de toda la vida- en su obituario, el día de su muerte: “Hay muchos hogares a los que se enviaban constantemente sus delicados tesoros de frutas y flores y platos deliciosos para los enfermos que siempre extrañarán esos delicados vestigios de su desinteresada devoción”.

 

 

Esas pasiones incluso a veces perduran más allá de la muerte. Dos retratos de tiempos distintos, de autores distintos, lo sugieren. Miguel de Unamuno está sentado y enseña su perfil izquierdo. En el primero, lleva un libro en la mano izquierda. En el segundo, en la derecha. Su atuendo es similar en ambos casos. Sin embargo, hay algo que llama la atención: tanto en la obra de Ignacio Zuloaga como en la de José Gutiérrez Solana lo acompaña un pequeño pájaro blanco, de contorno recto y bordes definidos. «Y la pajarita es, a no dudarlo, la forma arquitectónica, digámoslo así, que el papel pide y exige, la forma que del papel surge naturalmente, la perfección de la figura en papel, el perfecto ser papiráceo» dijo en su texto Apuntes para un tratado de cocotología. Lisa y llanamente, en tono irónico aunque convencido de sus habilidades manuales, está hablando sobre virtudes y verdades de aquello conocido como origami. Lo que él dio en llamar cocotología. Según la historia lo recuerda, Unamuno fue uno de los grandes cultores de ese arte oriental en la España del siglo XX. Y aquella destreza nació en la infancia: recluido a un encierro forzado por la Tercera Guerra Carlista, vivió a su edad de diez años en compañía de su primo, Telesforo Aranzadi. Allí aprendieron de la nobleza del papel y conocieron todos sus secretos. De hecho, la pajarita del relato es considerada una técnica de su creación. Incluso cuando la guerra había terminado, quien luego sería tres veces rector de la Universidad de Salamanca prefería pasar sus tardes en la soledad de su cuarto. Las pasiones son así.

 

Como estos hobbies hay tantos otros en escritores de todas las épocas. Algunos dejan huella en los textos, en las historias, y otros no tanto. Quizá por eso a veces obra y autor se confundan en un solo elemento. Sin embargo, y pensándolo mejor, la lógica lo sugiere: el escritor hace todo lo demás.

Y también escribe.

 

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