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¿Literatura pop? Literatura pop

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Cuando hablamos de pop pensamos inmediatamente en el arte y en la música, incluso, con todo el abanico de prejuicios que ambos escenarios conllevan. Ahora, bien, ¿qué relación tiene el pop con el mundo de las letras? Vamos con algunas pistas porque no hay una única respuesta.

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POR BÁRBARA PISTOIA

 

Si decimos pop lo primero que se nos viene a la cabeza es Andy Warhol o las bandas formadas por cinco chicos o chicas. Y con estas imágenes aparecen automáticamente varias definiciones tan instaladas como no necesariamente acertadas para hablar de una manera madura del pop; por ejemplo, la que sentencia que el pop es siempre descartable o la que acusa que es algo comercial, y ambos señalamientos, claro, se suceden desde un lugar 100% despectivo. Como si Warhol no hubiera influenciado a varias generaciones, Paul McCartney no tuviera temas pop o Stephen King no fuera un escritor comercial.

Pero también es cierto que no todos son Warhol, McCartney y King, y en ese caso hay que decir lo obvio: nadie vive del aire y pensar lo perdurable como cualidad peca de ingenuidad, pues nada lo es, o, mejor dicho, parafraseando a Vladimir Jankélévitch: si algo se descarta es porque supo existir. Y acá nos encontramos con la primera clave: el pop se alimenta de los prejuicios y los toma para enviártelos de vuelta, como un boomerang, como el dicho que reza “no hay que escupir para arriba porque te cae encima”. Es que si algo no necesita el pop es ser aceptado o entendido, porque, directamente, se presenta como el presente en sí mismo sin la distancia, ni el contexto ni el margen de comprensión. El pop es y existe al mismo tiempo, no luego.

 

Andy Warhol, autorretrato.

 

Y desde esa primera clave podemos vislumbrar de qué va la literatura pop: si es el presente en sí mismo, tendrá protagonismo lo que sucede en el bendito “aquí y ahora”. ¿Algo más moderno que esa búsqueda absurda de permanecer y hacer sagradamente consciente un “aquí y ahora”? Es así como cobra fuerza narrativa la vivencia, y no sólo una vivencia personal, aunque el uso de la primera persona sea una de las estrellas de la literatura pop, sino que también la relación frente a la vivencia que podría ser ajena. Porque si algo sabemos, es que el Yo va mucho más allá del uso de la primera persona, y desde hace varias décadas, casual o causalmente de la mano del desarrollo tecnológico. Ya no es tan solo una situación presencial, lo que multiplica las formas de relacionarse, pero no garantiza una construcción vincular.

“En el futuro todos serán famosos por quince minutos” desafió y acertó Andy Warhol. En la década del 90, el músico y periodista cultural Momus, con una visión “dosmilera”, metió primera y redobló la apuesta, “en el futuro todos serán famosos para quince personas”. Se suele decir que el futuro ya llegó hace rato, y en estas dos mediciones podemos decir que sí, que es cierto, estamos en el futuro de aquellos pasados viendo exactamente eso.Pero, si afilamos bien la visión, podemos darnos cuenta de que también esto ya es viejo, porque todo va demasiado rápido y quice minutos es una eternidad para ese anhelado “aquí y ahora”.

Mientras que el futuro predominante del que nos habló la literatura se nutrió del retrofuturismo y ciencia ficción, y me disculpo por esta generalidad, la realidad es que hoy lo más cercano a una nave repleta de aventuras son los celulares desde donde todos estamos siendo leídos y escribiendo incansablemente. Y aunque suene insólito, acá tenemos otra clave distintiva de la literatura pop, narrativas absolutamente sumergidas en un micromundo sensorial, emotivo, sin bordes ni márgenes entre lo privado y lo público, como escritas en el block de notas que viene del celular o, más aún, como un email autoenviado en el que nos decimos cosas a nuestro Yo de mañana prescindiendo de la introducción, nudo y desenlace. La literatura pop nos da otros tres pasos nuevos: consumismo, selfie e interacción. No, no necesita de la historia, sino de una historia subjetiva, pero en un sentido cultural de la subjetividad, una subjetividad que figura como un gemido de época.

 

David Hockney y William Burroghs.

 

Hay dos grandes padres del pop, el obvio y masivo, que es Warhol, y el menos obvio y popular, que es David Hockney. Y es menos obvio por dos razones:

1/ El pop en Hockney fue solo un momento, él lo atravesó y trascendió. Incluso si miramos para atrás, a lo largo del último siglo, él siempre estuvo por delante de cada vanguardia, no solo respecto a la pintura, también a la ilustración, la fotografía, el collage, la realización visual y lo literario, y nunca lo hizo desde un lugar pop. El pop, en su “aquí y ahora”, añora la juventud eterna, cierta ligereza y una rebeldía que sea socialmente aceptada, que haga ruido pero que no altere el orden, así como también se regodea en un hedonismo disruptivo en este presente necesariamente multicast. Para que se den una idea mejor, Hockney es al arte lo que William Burroughs es a las letras, así de tenaz, incómodo, inabarcable y, sobre todo, rompedor de relatos. Hockney llegó al pop antes que el pop, lo confirmó y creció.

2/ En su paso por el arte pop, el artista inglés se dedicó a mostrar “el otro lado” de lo que Warhol mostraba. Por lo que, como quien escucha la cinta al revés del casete esperando el mensaje diabólico, su trabajo delata soledades, vacíos, silencios, miradas no correspondidas, ambientes poco vivenciados y con un disfrute obligado, o de inercias. Todo sucediendo en un perfecto marco explosivo de color y goce espontáneo que sublima, pero no mata el drama interior, negado o silenciado. Podemos insertar aquí la escena en la que BoJack Horseman nos recuerda que nada es más solitario que una fiesta. Y eso es el pop de Hockney, ¿anti-pop? No, simplemente es otra cara.

 

El artista David Hockney.

 

Mientras que Warhol colorea y se burla de la oscuridad, Hockney la revela. No hace falta hacer un video para visualizarlo mejor porque ya fue hecho. En Lucky, de Britney Spears, la joven estrella aparece en un cuarto rodeada de espejos e intocable, incluso para ella misma que se ve desde afuera desolada. Y Britney también nos sirve para visualizar la dimensión pop, pero no por haber sido tildada de Princesita Pop, sino porque su propia autopercepción era otra, sin embargo, ahí estaba conviviendo con la expectativa ajena, masiva y popular que no termina de abrazar la idea de que irremediablemente el pop no es fantasía, más bien nos recuerda a la fantasía como mercado. Y el mercado está para ser capitalizado.

La teoría dice que la literatura pop nace en Alemania en los años 90 tomando como referencias al dadaísmo. Nada más pop que despreciar al pop y desentenderlo. ¿Qué es desentender al pop? Moralizarlo (vaya si Britney eso lo sabe). Pero acá, además, hay otro drama paralelo íntimamente ligado al punto geográfico:la concepción del pop comienza en el mundo de la posguerra, es a partir de la sucesión de acontecimientos sociales y políticos de la mitad del siglo XX que se prepara la atmósfera para los Warhol, los Hockney, los Michael Jackson, las Madonna, en definitiva, para la globalización, la tecnología y las selfies como construcción y reparación del Yo en un mundo moderno que desestima las raíces.

Por último, aunque lo obvio sería hablar de literatura del Yo, de literatura amateur y de internet, pero también de diferentes actores sociales y culturales no escritores que se lanzan a publicar, vale decir que la mayoría de las novelas y de la poesía contemporánea, así como la mayoría de la narrativa actual, tampoco le escapan a la etiqueta pop, aun cuando sus propios autores niegan o reniegan de la misma. Y en realidad no deberían por qué renegar, de hecho, no están solos, están muy bien acompañados. Cada vez crece más la tendencia de reeditar grandes autores y clásicos desde un lugar pop. O sea, en un plan de mantener vivos ciertos títulos de cara a las nuevas generaciones; así, vemos escritores imposibles de imaginar en libros ilustrados llevados a formatos similares al cómic o las fotonovelas. Estas formas de publicación, además, aportan una puesta en valor al libro como objeto y los libera, en muchos casos, del traje fantasmal de haber sido lecturas escolares o académicas.

 

Bojack Horseman.

 

En definitiva, todos somos potencialmente pop, y cuando algo es potencial es porque, en cierta medida, ya lo es.Y este es un signo palpitante de la actualidad. De una actualidad que todavía no descubrió cómo serán los quince minutos próximos, quizás, porque para ello necesita reconciliarse con la idea de que existe la historia, la única manera posible de jugar con el futuro.

 

Títulos pop:

 

5/ Aprendizaje o el libro de los placeres, de Clarice Lispector.

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