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Libros malditos

 

Maldiciones: el modo efectivo contra el robo de libros, al menos en la Edad Media. Así es, condenar el alma del ladrón era efectivo en esos tiempos… También encadenar los libros o encerrarlos en cofres bajo candados era la metodología de los señores feudales de evitar el robo de un libro que, en esos tiempos, era del mismo valor de una Ferrari hoy en día.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

En la época medieval, apenas un porcentaje muy bajo de la sociedad tenía acceso a la lectura: eran pocos los que sabían leer y menos aún los que podían acumular libros en una biblioteca. El valor de un ejemplar en esos años es el equivalente al de un auto de alta gama de hoy. Cuenta Kapuscinski en El Imperio, que los armenios -de los primeros en manufacturar libros- sacrificaban hasta cuarenta ovejas para obtener la piel y así lograr confeccionar un solo libro…

De ahí su valor elevado. El lector promedio podía acumular cuatro o cinco ejemplares en toda su vida, mientras los señores feudales lograban alguna forma de biblioteca.

Ahora bien, dado su precio, eran objetos muy preciados por los ladrones. A tal efecto, los dueños de tan requeridos ítems apelaban a tres métodos para defender sus libros, a saber: cadenas, cofres y el más efectivo, las maldiciones. El sistema de cadenas aún hoy se pueden ver si visitamos castillos medievales en Europa, lo mismo en monasterios (como en El nombre de la rosa, claro, pero sin el ciego -guiño, guiño-). Llegar y encontrarse con una pila de libros atados con cadenas no será un modo sutil ni elegante pero el ratero ya se veía con que la tendría difícil pero no imposible. Para dar con los libros encadenados hacía falta fabricar unas cubiertas de madera donde se pudiera atornillar la cadena o, como recurso aún más complicado, pasarla por dentro del hueco del lomo (recordemos que el tamaño de los libros eran más grandes que el común denominador de hoy). Otra ventaja con la que contaban los cacos era llegar a dar con la llave de los candados o arrancarlas a fuerza de estrambóticos movimientos.

Los cofres era otra modalidad de resguardo y no solo de los robos sino para la buena conservación de las obras. Era una costumbre habitual meter grandes colecciones en estos artilugios confeccionados especialmente para guardar los libros. Y por supuesto se cerraban bajo siete llaves. Para más seguridad, también encadenaban los libros dentro de las cajas. Tanto valor se les daba. Si bien no eran más que cofres de madera, resultaba muy difícil el robo dado su peso. Los enormes ejemplares más las cadenas hacían prácticamente imposible llevárselos. (También tengamos en cuenta que estos castillos y monasterios eran espacios enormes donde debían cruzar desde enormes campos hasta subir y bajar miles de escaleras.)

Oh, las maldiciones. La superstición estaba a la orden del día en aquellos tiempos y así es como de las tres opciones para evitar la pérdida de las bibliotecas, resultaba la más efectiva.  El miedo en la sociedad medieval era moneda corriente (recordemos a cuántas mujeres quemaron acusándolas de brujas cuando en realidad lo único que hacían era pensar un poco más que ellos…). La excomunión era lo más temido: saberse excluido de los votos cristianos era impensable. Y ademàs, la cantidad de desgracias a las que se vería expuesto el bandido, no era soportable para ningún mortal. Nadie iba a arriesgar su espíritu a la maldición eterna en un infierno de libros ardientes por llevarse un libro que no solo difícilmente pudiera leer, sino la imposibilidad de venderlo en el mercado negro. Las maldiciones estaban escritas en latín sobre los mismos objetos pero luego se extendieron a otros idiomas como el árabe cuando el moro empezó a arrasar tierras europeas. Estos conjuros eran copiados con gran esmero por los mismos escribientes que apelaban a mil y un sortilegio para disuadir a cualquiera que quisiera apropiarse los libros… ¡y supiera leer! Como addendum, ponían el nombre del señor feudal y hasta el nombre del castillo por si algún arrepentido quería devolverlo.

 

 

 

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