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Libros-álbum: no todo es como lo ves 

“Son libros sin edad”, dice Pistoia. Este informe nos acerca el género más vistoso, cómo no, que resulta el libro-álbum. Libros que ilustran las palabras, visten los textos, los embelesan. Lo atemporal refiere a los clásicos y al segmento de lectores, son libros para el disfrute de todo el mundo por igual. Y lo más destacado que presenta la autora: una nueva concepción de la cultura de la mano de ediciones que abarcan un mundo más allá de lo literario e ilustrativo. Vean.

 

POR BÁRBARA PISTOIA

 

Los libros-álbum son libros en los que la imagen y el texto van de la mano. Vale enfatizar que no funcionan tan solo como un complemento, cada uno tiene su voz propia. Esto significa que podríamos leer el texto por separado y nos contará una historia, o podríamos dedicarnos solo a las imágenes sin prestarle atención a ninguna palabra, y nos llevarán hacia otro destino narrativo; pero cuando los integramos y respetamos su simbiosis natural notaremos una realización absoluta. Así vemos cómo imágenes y texto se unen para construir un nuevo sentido que nunca no genera, de mínima, un pequeño shock. Pero las capas de profundidad de este tipo de libros no terminan ahí. De hecho, la aventura apenas comienza cuando tomamos conciencia de todas las lecturas que vamos a tener que abarcar desde lo que no es escritura.

 

Abuela siempre me recordará

 

Un ejemplo. En La Caperucita Roja de Leicia Gotlibowski lo que leemos es el cuento clásico en su versión original, la de Perrault. No hay ni una coma de más, ni una coma de menos. Pero todo cambia cuando leemos mirando las ilustraciones. Luego de unas pocas páginas comenzamos a dudar, después a sospechar y, finalmente, lo confirmamos: no estamos hablando de Caperucita, estamos hablando de María Antonieta.

 

Estos libros están dispuestos para romper diversas inercias. En primer lugar la inercia editorial, y luego, la inercia lectora. Esto se traduce en una invitación concreta a mirar diferente, a pasar cada página sumergidos en los detalles, más aún, a que las historias puedan comenzar o finalizar en sus tapas, en el lomo, en una solapa, en un guarda, o, simplemente, a dejarnos una clave por ahí suelta que nos ayude con el después de la lectura. Porque el libro-álbum nunca se termina en su punto final. Uno de los que usa estos recursos y apuesta a las mil y una referencias es Anthony Browne, uno de los autores e ilustradores más prestigiosos y representativos del género, que se dedica especialmente a niños y familias. Y acá tenemos otra pauta: son libros sin edad. Si bien se recomiendan franjas etarias, los libros-álbum pueden ser para jóvenes y adultos, pero cuando son para niños requieren de algún tipo de mediador. Hasta la historia más infantil se enriquecerá si hay un adulto trabajando la lectura y la mirada con el niño.

 

Anthony Browne

 

La diversidad sexual, desde la autopercepción hasta la composición de las nuevas familias, padres separados, madres y padres solos por las más variadas razones, las pesadillas, los miedos, la muerte, enfermedades, mudanzas, bullying, discriminaciones y/o persecuciones de cualquier tipo son solo algunos de los temas que funcionan como moneda corriente en estos libros, que buscan facilitar el momento de las preguntas, de desdramatizar sin fingir, de revisar sin revictimizar, de abrir paso a una conciencia lúcida y lúdica, para finalmente fomentar una lectura ávida donde al niño no se lo ningunea como tal y se lo reconoce como lector.

 

El niño estrella

 

Otros ejemplos más. Abuela siempre me recordará, con texto de Samar Mahfouz Barraj e ilustraciones de Maya Fidawi, nos habla de cómo vive una nieta el Alzheimer de su abuela. El viaje, de Francesca Sanna, narrado desde la óptica infantil, hace foco en las familias empujadas al exilio y/o clandestinidad. En una línea íntima de conflicto, pero con mayor atención hacia los movimientos migratorios masivos, José Campanari escribió Trenfugiados con ilustraciones de Evelyn Daviddi. En El niño estrella (Edelvives), con algunas alegorías a El Principito, Rachel Hausfater-Douïeb y la ilustradora Olivier Latyk avanzan sobre el holocausto judío desde la relación de un niño con su estrella de seis puntas. La autora Ana María Machado nos habla de la identidad y representación racial en su Niña bonita, ilustrada por Rosana Faría. “No soy de aquí. Llegamos una tarde, cuando era pequeña” empieza Eloísa y los bichos (Calibroscopio) y abre un viaje de emociones profundas sobre el empezar de cero lejos de lo que, hasta ese momento, fue casa, la escuela, los amigos de siempre. Este último es de Jairo Buitrago con ilustraciones de Rafael Yockteng.

 

Eloísa y los bichos

 

Si dijimos que el leitmotiv de estos libros es no ningunear a los niños como lectores, por supuesto que también hay una enorme variedad de humor y poesía dentro del género. En No es una caja, escrito e ilustrado por Antoinette Portis, un pequeño conejo abraza las aventuras más divertidas a través de su juguete favorito: una caja. O sea, no, no es una caja, es un auto, un cohete, un edificio, o lo que el conejo quiere que sea esa caja. La argentina Isol, multipremiadísima, en Tener un patito es útil/Tener un nene es útil, también dibujado y escrito por ella, advierte sobre las diferentes perspectivas según en ángulo que se mire a partir de la relación mutua entre un niño y su pato de juguete. O viceversa. El desdoble de perspectivas es tal que el libro se abre como un bandoneón. Llegamos, así, a otras grandes características: el diseño, la producción y las definiciones. Y para esta instancia no podemos obviar Cuentos silenciosos, del gran Benjamin Lacombe: un repaso por los clásicos a través de ilustraciones pop-up, que nos muestran las escenas más representativas sin necesidad de sumarle fragmentos, citas, nada más que nosotros frente a la obra, con todo lo que eso implica.

 

 

Entre las publicaciones del género podemos encontrarnos con libros que alcanzan la calidad de obra de arte, otras que rompen la idea que tenemos del objeto libro por completo, y también tenemos las publicaciones que apelan a un minimalismo extremo, tanto ilustrativo como textual, y que, sin embargo, pueden ser mucho más profundos, graciosos, emotivos, lograr más belleza y/o agresividad que cualquier otra edición.

 

Trenfugiados

 

En definitiva, la gran provocación de los libros-álbum, y vale hablar de provocación porque todavía hay quienes lo cuestionan o ponen en duda su valor, tanto literario como formativo, es darle lugar a los infinitos desbordes del lenguaje empujándonos a la experiencia lectora más cruda y en su más literal definición: nunca alcanza con los ojos y no somos todos iguales frente a las páginas ni somos los mismos cada vez que vamos hacia ellas. No solo que no todos comprendemos igual, no todos miramos igual y, por sobre todo, nuestras miradas se mueven, tocan otras, se dejan tocar, transmutan. Por eso, si no entendemos el saber como algo móvil y que la cultura nunca es fija ni lineal ni siempre es universal, quedamos presos de nuestros (pre)conceptos, perdemos capacidad de asombro e incomodidad, básicamente, matamos la experiencia lectora. Ergo, el libro-álbum nos recuerda el proceso fertilizante de desaprender para seguir creciendo. E incluso cuando en el volver a aprender reconfirmemos ideas, los libros-álbum se ocuparán de que esas confirmaciones se den a partir de nuevas preguntas y no de viejas certezas.

 

Niña bonita

 

 

 

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