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¿Que murió cómo?

 

Muertes desde misteriosas hasta ridículas, los escritores han tenido partidas dignas de novela. Sir Francis Bacon murió de neumonía por querer hacer un experimento de conservación de la carne y salir en mitad de una tormenta para rellenar un pollo con nieve. Daniel Defoe murió en extrañas circunstancias mientras se escondía de sus acreedores. Molière, que murió tras un ataque de tos mientras interpretaba una de sus obras, El enfermo imaginario. Molière, que padecía tuberculosis desde hacía años, acabó la función y murió. El poeta Dan Andersson, que fue envenenado en por cianuro en un hotel de Estocolmo por una fumigación; y la del crítico musical y escritor Gustav Kobbe, a quien le cayó literalmente un avión encima mientras navegaba en su barco (en rigor, un hidroavión que descendía para aterrizar).

 

 

 

POR ANTONIA LOUTA

 

 

Thomas Lanier Williams III, mejor conocido como Tennessee Williams sufrió quizá una de las muertes más absurdas de la historia de la literatura. A sus  años, el escritor de Un tranvía llamado deseo, se había alojado en el hotel Elysee de la ciudad de Nueva York, cuando un empleado del lugar lo encontró muerto: había perdido la vida al atragantarse con el tapón de un tubo de pastillas para la resaca (la noche anterior se había emborrachado fuerte). Aparentemente intentó abrirlo con la boca, se tragó el tapón por accidente y se asfixió. 

 

Horacio Quiroga tuvo una muerte muy “digna” de él, de algún modo. El autor uruguayo que tanto escarbó entre la naturaleza y el terror, sufrió un cáncer de próstata durante el último momento de su vida. Se internó en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires para tratarse aunque no prosperó. Ahí se enteró que en el sótano se encontraba encerrado un paciente con deformidades monstruosas, parecidas a las de Joseph Merrick, el famoso hombre elefante. Quiroga pidió expresamente que instalaran en su habitación al “monstruo”. El hombre, agradecido con el cuentista, quedó a su disposición y le ofreció asistencia en lo que necesitara. Así, Quiroga le reclamó la promesa y le pidió que lo apoyara cuando bebiera un vaso de cianuro para anticipar su muerte. Murió en los brazos del monstruo como un protagonista más de sus cuentos.

 

 

Nikolái Gógol tuvo una muerte tan particular como su vida. Siempre obsesionado con la muerte, lo aterrorizaba la idea de ser enterrado con vida (sí, sí, todo muy El entierro prematuro de Poe). El padre de la novela rusa moderna, autor de Almas muertas entre tantas maravillas, durante los últimos diez años de su vida durmió sentado en un sillón temiendo que lo den muerto si lo encontraban recostado en la cama… (En una carta le pidió a un amigo cercano que solo lo enterraran cuando su cuerpo mostrase ya signos muy evidentes de descomposición.) Por supuesto, su estado mental fue deteriorándose con el tiempo y la depresión le causó estragos mortales. Por influencia del religioso Matvey Konstantinovsky, llevó a cabo determinadas prácticas ascetas que fueron minando su salud física y psicológica. La noche del 24 de febrero de 1852 quemó algunos de sus manuscritos  y lamentablemente entre ellos se encontraba la segunda parte de Almas…, para luego arrepentirse y atribuirle esa decisión al diablo. Poco después dejó de comer y falleció al cabo de nueve días de ayuno.

 

Un año antes de morir, en 1909 cuando tenía 73 años, Mark Twain dijo: «Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley». Y así ocurrió: el padre de Huckleberry Finn murió un día antes de que el cometa fuera nuevamente visible desde la Tierra. ¿Coincidencia? Una de las muertes más particulares, sin dudas.

 

De los primeros representantes de la tragedia griega, Esquilo murió por una tortuga. Autor de Los persas en el 472 a.C., murió en contraposición de lo que vivió: en formato comedia. El filósofo caminaba despreocupadamente cuando un águila que volaba cerca dejó caer una tortuga que llevaba atrapada en las garras. El animal impactó la cabeza del hombre y murió al instante.

 

Sherwood Anderson murió por limpiarse los dientes con un palillo. El escritor de La risa negra se encontraba en Panamá cuando sintió un fuerte dolor de estómago. Se le diagnosticó peritonitis pero al cabo de unas horas, inesperadamente, murió. La autopsia reveló que Sherwood Anderson tenía la mitad de un palillo de dientes entre sus órganos lo que le causó un sangrado descomunal.

 

 

 

Scott Fitzgerald sufrió un ataque al corazón el 21 de diciembre de 1940 en el apartamento de Sheilah Graham en Hollywood. Bien conocida es su afición a la bebida y es lo que se estima llevó a enflaquecer su órgano vital. Ahora bien, su muerte tuvo como consecuencia indirecta la muerte de otro escritor, Nathaniel West. Al día siguiente, West, muy amigo de Fitzgerald, conoció la noticia y quedó tan conmocionado tuvo un accidente mientras conducía junto a su esposa y murieron ambos.

 

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