Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

La fiesta inolvidable

 

Retratado por tres grandes escritores (Allen Ginsberg, Tom Wolfe y Hunter Thompson), el encuentro entre los Merry Pranksters -núcleo duro del hippismo- y los Ángeles del Infierno es un evento histórico de los sesenta: dos días y dos noches de sexo, drogas y rock & roll.

 

 

POR MARTÍN GRAZIANO

 

 

Un Ángel del Infierno, trepado en la rama más alta de una secuoya y en pleno viaje de ácido, escucha la voz de Bob Dylan por los altoparlantes mientras la luna llena echa su manto de piedad. Debajo, en ese valle californiano de los sesenta, las dos pandillas más buscadas del país celebran su encuentro y tres de los mejores escritores de la contracultura toman nota de los hechos: Allen Ginsberg, Tom Wolfe y Hunter Thompson. Es decir, el rey poeta de los beatniks y los santos patronos del Nuevo Periodismo. Al margen de la resaca, ¿cuál es el resultado de la ecuación? Pues bien: la historia literaria de la fiesta más legendaria de la década.

 

En los primeros días de agosto de 1965, Thompson conoció a Ken Kesey en los estudios de un canal de televisión de San Francisco. Tenían motivos suficientes para sentarse a tomar unas cervezas. Después de trabajar como voluntario en diversos tratamientos medicinales con LSD, Kesey había escrito la novela One Flew Over the Cuckoo’s Nest (traducida como Alguien voló sobre el nido del cuco y adaptada al cine como Atrapado sin salida) y a su alrededor había crecido una cofradía autodenominada los Merry Pranksters. A la larga, el núcleo duro del hippismo. Thompson, por su lado, era ese cronista indómito que se había infiltrado en el corazón de los Ángeles del Infierno: la banda de motociclistas que tenía en vilo a toda la población norteamericana. Para Kesey, sin embargo, eran una representación natural de la vida en los bordes: el auténtico rebelde sin causa. De manera que, apenas estrecharon las manos, cursó su invitación: sábado 7 de agosto en su finca de La Honda. 

 

Para esta clase de forajidos, la escena no podía ser más gloriosa. Con nueve flamantes acusaciones por posesión de marihuana, la finca lucía orgullosamente cinco patrulleros en la puerta y un cartel de cinco metros con los colores de la bandera norteamericana: “Los Merry Pranksters le dan la bienvenida a Los Ángeles del Infierno”. Cruzando el arroyo y su puente de madera, Ken Kesey ya estaba escoltado por su Guardia Pretoriana: Allen Ginsberg, Neal Cassady (el protagonista central de En el camino) y aquel profesor de Harvard devenido en gurú de la contracultura: Richard Alpert (también conocido como Baba Ram Dass). Más allá, desparramados al tun tun en ese pequeño valle bañado por el sol y el rock & roll, toda la comunidad del anillo del ácido. 

 

“Arggggghhhh… hacia las tres de la tarde empiezan a oírlo –escribe Tom Wolfe en Ponche de Ácido Lisérgico-. Era como una locomotora  a unos quince kilómetros de distancia. Eran los Ángeles del Infierno en formación, acercándose por la montaña en sus Harley Davidson 74. Los Ángeles se hallaban ya al alcance del oído; tomaban las curvas de la carretera 84 reduciendo la marcha –zraggggg-, y acelerando, y la locomotora sonaba con más y más fuerza hasta que el ruido sofocaba lo que decías y ya no se oía a Bob Dylan, y zraggggg, ahí estaban doblando la última curva, los Ángeles del Infierno, con sus motos, su barba, su pelo largo, sus chaquetas vaqueras sin mangas con la insignia de la calavera y demás parafernalia, luciendo su más egregio y desastrado aspecto”.

 

Históricamente a la defensiva, los Ángeles bajaron del estribo y escudriñaron a su alrededor. Echaban su manto de duda sobre todo, pero Kesey les había caído en gracia –era un macho alfa corpulento con su propia estadía en prisión- y la verdad es que nadie los invitaba a ningún lado. Con la cerveza y las primeras dosis de LSD, bajaron un poco la guardia y la mayor parte se puso extrañamente pacífico. Algunos fueron cayendo en arrebatos de llanto o de silencio catatónico; otros se fueron perdiendo en el bosque y contaron su viaje a las tierras lejanas del inconsciente; incluso hubo quien atestiguó su muerte como humano y su regreso como gallo sacrificial de la fiesta. Todos –exactamente todos- la comenzaron a pasar muy bien y, para la medianoche, la fiesta era un éxito rotundo. 

 

Pronto se hizo evidente que la policía iba a detener a cada una de las personas que saliera de la finca. Ginsberg y Thompson avanzaron sobre los patrulleros y, cada uno a su manera, comenzó a interrogar a los oficiales. “Me encanta escuchar todo aquello en la grabación –dice Thompson en su libro Los Ángeles del Infierno: una extraña y terrible saga-. Parece como si Ginsberg y yo estuviéramos haciéndonos preguntas retóricas con una radio de la policía emitiendo al fondo. Cada poco surgía una voz distinta que emitía monosílabos, pero nadie respondía a nuestras preguntas. Durante varios instantes no se habla nada en absoluto, solo se oye a Ginsberg tararear un ragga del Oriente Medio, acompañado de cuando en cuando por el estruendo espasmódico de la Voz del Cuartel General. Era una escena tan ridícula que, al cabo de un rato, hasta los polis empezaron a sonreír. Su negativa a hablar llegó a convertirse en una insólita inversión de papeles, vigorosamente subrayada por nuestra divertida despreocupación. El policía que habían dejado para tratar con nosotros miraba a Ginsberg con curiosidad. ‘¿Cuánto le tardó en crecer así la barba?”, preguntó de pronto. Ginsberg dejó de tararear, se pensó un poco el asunto y contestó: ‘Unos dos años… no, creo que fueron dieciocho meses’. El policía asintió pensativo, como si también él quisiera dejarse la barba pero no pudiera invertir tanto tiempo”.

 

De regreso en la finca, Ginsberg tomó un micrófono y comenzó a bailar y cantar sus mantras hindúes. Neal Cassady se arrojó desnudo en la orilla privada del arroyo y, blandiendo una botella de cerveza, agitó a los policías en la alta madrugada de La Honda. Su ex mujer Anne Murphy, mientras tanto, se alejó rumbo al cobertizo acompañada por tres Ángeles del Infierno. La noticia corrió como un reguero de pólvora y varios motociclistas más se acercaron a la maratónica sesión sexual. “La chica, con el vestido rojo y blanco hecho un ovillo a la altura del pecho, tenía dos o tres Ángeles encima de ella, entre las piernas, sentados sobre su cara… -dice Wolfe- en la morbosa luz ocre del cobertizo, en medio de un trajín de lengüetadas y ojos lascivos y gorgoteos y sorbetones y frondas de vello púbico, y el sudor y el semen le brillaban las zonas cruciales de vientre y muslos y se retorcía y gemía, no en señal de protesta sino en una suerte de ebrio acceso solo Dios sabe de qué”. 

 

La propia Murphy subrayó su voluntad en un escrito (“fui gozosamente enfiestada”, apuntó), pero el retrato en espejo de Thompson tiene un cariz menos lúdico. Sobre todo cuando, llegado un punto, invitan al propio Cassady a sumarse a la orgía. El beso entre ambos, rodeados por los aullidos de los Ángeles, es inquietante y angelical al mismo tiempo. “No era una escena particularmente sexual –escribe el gonzo-. La impresión que tuve entonces fue que era como una venganza. En el cobertizo había una atmósfera áspera, quebradiza, de histeria casi”. 

 

Esa tensión fue anticipatoria. Aunque la alianza entre hippies y Ángeles del Infierno se extendió por la simpatía de Ginsberg (que les dedicó un poema) y la provisión de LSD, Vietnam trazó una línea en el suelo. “La luna de miel duró unos tres meses y tuvo un desastroso final el 16 de octubre, cuando los Ángeles del Infierno atacaron una manifestación contra la guerra de Vietnam en el límite entre Oakland y Berkeley –dice Thompson en su libro-. Los héroes existenciales que habían compartido porros con liberales de Berkeley en las fiestas de Kesey, se convirtieron de pronto en bestias venenosas que se abalanzaban contra los mismos liberales, agitando los puños y gritando ‘traidores’, ‘comunistas’, ‘¡beatniks!’. 

 

Para entonces, todos parecían estar al tanto del asunto. Todos excepto los Rolling Stones, que convocaron a los Ángeles del Infierno para oficiar de seguridad privada en el Altamont Speedway Free Festival. ¿No suena como una buena idea, no?

 

Posteos Relacionados