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Imágenes que valen como palabras

La tapa de un libro puede ser el portal al misterio de la lectura, a descubrir el acto íntimo que se establece entre el lector y el autor, que ya es pasado, únicamente recuperable a través de su acto estético. Aquí un más que interesante informe de Omar Genovese sobre las portadas de los libros y su relación con el contenido. O no.

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Por Omar Genovese

También como el imán de las miradas en un sistema de exhibición de mercaderías que compiten entre sí, de manera salvaje, sin rehenes ni cuartel. Así podemos pensar en los libros como víctimas de la frecuencia y circulación de una marea de publicaciones que no se detiene, y arrasa con todo, perdurando lo actual. Estas asimetrías también remiten a la fragilidad de lo que hoy se enuncia como “producto cultural”, bajo el concepto de consumo, y con eufemismos simplificadores, incluso despectivos, como es el caso del término “contenidos”. Desde esta última perspectiva, la tapa de un libro funcionaría como una rara especie de carnada para el comprador, sin importar el pacto de lectura. Mera decoración para una estafa intelectual. Pero al pesimismo de la saturación podemos oponer un criterio estético, tal vez evocando las formas pictóricas, donde el diseño, la ilustración, una foto o un trazo, condensan algún significado, proyectan una metáfora, aluden a cierto guiño de complicidad con el posible lector. Esta selección, basada en estas observaciones busca la singularidad, ciertos detalles, herramientas que hacen de un libro una rareza entre los objetos cotidianos.

Los libros esperan por nosotros, tienen paciencia, veamos qué hacen para destacar tal actitud silente. Detalles técnicos: Esta selección es sobre libros de habla inglesa, la idea es extender las observaciones en otras lenguas, incluso las orientales, tal vez con ello podremos encontrar aspectos estéticos comunes y a la vez diferenciales. La mayoría de las tapas tienen una relación cuyo cociente entre ancho y largo ronda el 0,6 al periódico de esta cifra. Es la misma proporción matemática de una pantalla de 9 pulgadas de smartphone. ¿El libro se adaptó al formato del artefacto más usual o son los celulares que buscaron la proporción tradicional a la que se encuentra acostumbrado el ojo humano? La nueva empatía tiene, al parecer, una fusión de formatos.

El cómic, y el humo como tinta en el agua, una figura amenazante se aproxima hacia el lector portando una sombra evanescente. La tipografía del título es un cartel del teatro de variedades, el ritmo de una partitura, la pérdida del centro, también de rumbo en dos cintas paralelas, dos dimensiones o dos posibilidades al mismo tiempo. El juego de contrastes emula cierta aparición del fantasma, propio, ajeno, de todos…

 

El grabado de un ojo con la técnica de dibujo de los manuales de anatomía del siglo XIX, las habituales flechas descriptivas se reemplazan por tres círculos de distinto tamaño en el mismo tono celeste; tres marcas que dan contexto a la forma en que el ojo mira hacia el comienzo de la lectura, al margen donde se origina el relato a la manera occidental. Contra la textura de fondo, casi una pared descuidada, la tipografía del título evoca cierta escritura manual en plumín, con mucha tinta; el ojo respira, la mano escribe, y el nombre de la autora sostiene al conjunto con finas letras, es la única inscripción tradicional, más que sello, sutil énfasis de identidad.

 

 

 

 

La reciente serie Westworld en una sola caja de bombones siniestros. ¿Pueden los robots del amor enloquecido sobrevivir a la venganza? Ya sabemos la respuesta, pero desde el espacio llega la nébula del pasado (como toda luz estelar), para subrayar la poesía de esos cuerpos ya huesos, ocultos en la figura de una vitalidad desvanecida, no más que borde sutil. Alguna vez todos amamos y no fuimos amados, la desgracia de la existencia en la poesía universal.

 

 

 

 

La mirada vacía y el tercer ojo es la tierra desde el espacio, el marco resulta mortuorio, con una forma reiterativa de inscripción, a la manera del ambiente mecánico recreado por Giger para la tapa del disco Brain Salad Surgery de Emerson, Lake & Palmer; allí el rostro de una mujer asoma en el centro su mirada, que al abrirse las dos hojas laterales, como tríptico medieval religioso, luce los ojos cerrados, también los labios. Aquí la boca está esperando un beso, o emitiendo un suspiro, tal vez de placer. ¿Y si susurra un secreto al oído del lector?

 

Tres triángulos, tres colores primarios, el 3, un colibrí (la levedad de la prosa), una mujer invertida y a la vez descalza, el brazo marcado como para cortarlo con algún filo, 3 novelas, belleza y verdad oscura en la frase que lo recomienda. Ocurre que el nombre de nuestro escritor tiene 3 letras A. Triple A. Referencia siniestra para el lector argentino, evoca a los predecesores de los Grupos de Tareas en la última dictadura militar. Durante años Aira fue el curador de la obra de Osvaldo Lamborghini quien, a la manera de código secreto, aludía a esos asesinos como Afganistán, porque en el nombre está la otra triple A, la terrible. El pasado, como una ironía estética, reaparece de manera insólita.

 

La referencia a Personaje delante del sol, 1968, de Joan Miró está en los tonos, las formas oblongas, la intersección de los colores, donde el cuerpo del médico (Williams mismo) resulta inasible. En la imaginación del lector está encontrarlo, como en la irrupción inestable de las líneas tipográficas. Esta imprecisión remite al sonido, a la promesa de un diálogo con el poeta, o con el hombre oculto tras las palabras. La fotografía de la primera edición de esta novela (2006) pertenece a Lewis Hine, quien fuera fotógrafo oficial de la construcción del Empire State Building durante 1930. En apenas 6 meses, los trabajadores (indios nativos, irlandeses y escandinavos, en su mayoría) armaron el gigantesco esqueleto de acero del edificio. Para lograr la toma, el fotógrafo también hacía equilibrio en las alturas, tomaba el riesgo previo al salto de ese trabajador en la imagen. ¿Pero a dónde saltaban exactamente? A la depresión, a la miseria y el olvido. La novela de Kelly refiere a esos trabajadores, a las miniaturas olvidadas en un cielo gris e indiferente. En sí, todo imperio se construye sobre el sacrificio de los hombres.

Ten little niggers era el título original de este éxito de ventas de Agatha Christie, publicado originalmente en 1939. Ya en esa época, la corrección política dejó como título el final de un verso de la canción infantil en que se inspira: Y no quedó ninguno. La sombra hacia adelante, hacia el futuro, representa el destino de cada personaje y a la vez es una alfombra manchada de sangre. Solo dos figuras de las diez, son las dos que inauguran una serie, o son los dos ejecutores de la masacre. La mano negra se acerca, va por uno, va por todos, hará justicia por cada crimen cometido. El marco es la negrura, una habitación cerrada, una noche eterna, una isla en la tormenta. La mano también es la boca de un animal, la bestia de la venganza que hace pequeño a todo hombre.

 

 

 

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